"El dólar sube o baja, pero su movimiento jamás es inocuo a las economías del mundo"

ÉCHALE LA CULPA A KEYNES

Por Leandro Selén

Ellos siempre dicen que el derrumbe de 2001 fue culpa de la política, de los políticos, de la violencia social, de las organizaciones sociales, de la corrupción y la delincuencia, que a su vez nunca son consecuencia de las recetas económicas y financieras dictadas desde los centros financieros mundiales. Ja!


Telam
02/09/2015

De Corbacho a la UCEMA, y de Cavallo a Kiguel, la polémica en torno a la figura de Keynes, permite proyectar una mirada sobre el debate económico y sobre los supuestos ideológicos que están detrás de las recetas de los gurúes de siempre.

Hay académicos que se distinguen por salvaguardar siempre el honor de la ortodoxia económica, antes que dejar en evidencia la responsabilidad de la misma en las crisis sociales.

A propósito de Alejandro Corbacho, su colega de think tank en la Universidad del Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina (UCEMA), Miguel Kiguel, fue bien clarito días atrás cuando dijo que la Argentina debe seguir “el camino que está haciendo Grecia, aunque por estos días no tiene buena prensa”.

Kiguel fue subsecretario de Finanzas del segundo gobierno de Carlos Menem, y jefe de asesores de Domingo Cavallo al frente del Ministerio de Economia en los últimos días de la Alianza (sí, asumió el 14 de diciembre de 2001, a días de la quiebra del país).
Sin embargo, estos académicos, como Corbacho, Kiguel, Cavallo, Federico Sturzenegger, aseguran que lo que sucedió en 2001 no fue consecuencia de los 25 años previos de políticas económicas de ajuste, endeudamiento, desindustrialización, desempleo y pobreza siguiendo una a una las recetas de los organismos multilaterales de crédito, como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial.

No, ellos siempre dicen que el derrumbe de 2001 fue culpa de la política, de los políticos, de la violencia social, de las organizaciones sociales, de la corrupción y la delincuencia, que a su vez nunca son consecuencia de las recetas económicas y financieras dictadas desde los centros financieros mundiales.

Así de simple, como con el nazismo.

Que no fue producto de las humillaciones a las que el pueblo alemán fue sometido por las principales potencias mundiales, como predijo John Maynard Keynes, en su libro “Las Consecuencias Económicas de la Paz”, donde dejó en claro por qué renunciaba a ser parte del Tratado de Versalles.

Esas consecuencias fueron las que indefectiblemente terminaron por llevar a Alemania a una de sus etapas más oscuras.
Este mismo académico, Keynes, no Corbacho, fue además quien vislumbró previo al Acuerdo de Bretton Woods que las potencias sellaron tras la Segunda Guerra Mundial, que erigir al dólar como moneda de reserva iba a significar sumir a la economía mundial en la dependencia de la moneda de un país que era el único que tenía la maquinita de producirla.

Y así fue nomás.

Y hoy vemos las consecuencias de ésa decisión de la manera más dramáticadesde que se firmó ése acuerdo.

El dólar sube o baja, pero su movimiento jamás es inocuo a las economías del mundo, desde las más pequeñas y menos desarrolladas, hasta las más grandes y potentes.

Sus movimientos también empujan los valores de los combustibles, los alimentos, los recursos naturales y los productos industrializadios.

El dólar rige el orden monetario mundial, aun cuando es una moneda que se produce en un país cuyo endeudamiento supera con creces lo que su economía puede producir a lo largo de un año.

Cualquier otro país en condiciones semejantes sería conminado a suscribirse a un programa monetario dictado por los organismos multilaterales de crédito para mejorar sus perfiles de deuda y finanzas, tal como lo hicieron con Grecia.

O como lo hicieron en décadas pasadas con los países latinoamericanos, y antes, con los sudafricanos.

Pero no, porque Estados Unidos puede fabricar los dólares que necesita para su propio salvataje financiero y no se los debe a nadie. Además es quien escribe las recentas de los organismos multilaterales.

Y porque cuenta con “buena prensa”.

Y con académicos dispuestos a defender a capa y espada el Tratado de Versalles y el Acuerdo de Bretton Woods.

Y echarle la culpa a Keynes.

LS/