La gente decía “ahí están los muchachos en el monte hostigando al Ejército”, y se empezaba a sumar porque vislumbraba la posibilidad de una victoria.

EN 2012, EL MILITANTE PERONISTA JOSÉ PEPE AMORÍN SUBIA AL COMANDO CELESTIAL

Por Leandro Gil Ibarra

Amorin combino su militancia con sus estudios de medicina. Auténtico exponente de la militancia juvenil asumió  su compromiso  a mediados de los años sesenta, en una época en que los cuadros peronistas  no se iniciaban en la política soñando con ocupar un cargo; como solía decir el petiso José, “en aquel tiempo, si solamente caíamos presos nos dábamos por satisfechos”.

2012 – 7 de diciembre. Tenía 66 años

EL MILITANTE PERONISTA JOSÉ “PEPE” AMORÍN

 NAC&POP

07/12/2012

Auténtico exponente de la militancia juvenil asumió  su compromiso  a mediados de los años sesenta, en una época en que los cuadros peronistas  no se iniciaban en la política soñando con ocupar un cargo; como solía decir el petiso José, “en aquel tiempo, si solamente caíamos presos nos dábamos por satisfechos”.

Fué todo un médico sanitarista y un docente universitario.

Autor de Testimonios y parodias (cuentos, Instituto Nacional de Bellas Artes, México, 1981); Sueño de Invierno (estrenada 1981 y 1982 en el teatro Félix Azuela, Tlatelolco, D. F., México); “Ay, gatito” (cuento, 1981); “Tiroteo en Castelar” (cuento, 1982)¸ “¿Qué fue de aquellos héroes que escaparon para no morir?” (novela, el CID editor, Buenos Aires, 1984); “Che bandoneón Pichuco”, (guión, obra musical estrenada en el Complejo Cultural San Martín de la MCBA, Buenos Aires, 1989); “La ventana sin tiempo” (novela, 1998-2003) y “La noche del alunizaje”, primer premio del concurso literario “Eduardo Wilde” auspiciado por la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) y AMM (Buenos Aires, 2003). Colaborador “El Porteño”.

Reportaje por Verónica Gago

Jose Amorin, ex dirigente montonero.

Ex miembro de uno de los grupos fundadores de Montoneros, el que dirigía el mítico Sabino Navarro, el médico sanitarista y escritor José Amorín decidió recordar, ordenar y relatar la historia de su militancia en un libro. “La buena historia”, según su propia definición.

Montoneros: la buena historia es un collage.

Al no tratarse de una investigación periodística ni acádémica, se permite la mezcla de voces, registros y materiales que dan cuerpo a un libro de trazo testimonial, casi íntimo por momentos.

Es en la derrota política que se guarece ese tono personal: la “buena historia” es la que escriben los vencidos, se cita metodológicamente en la primera página.

Y es el lugar, sin disimulos, del sobreviviente que José Amorín, fundador de Montoneros y perteneciente al grupo de Sabino Navarro, construye para rememorar su militancia, sus amigos y compañeros, las muertes, las miserias propias y ajenas, los balances de entonces, las reflexiones de ahora.

Amorín compone un relato de más de trescientas páginas -editado por Catálogos-, en el que reúne escenas de operativos relatadas casi como ficciones, intercambios de mails con conocidos sobre las lagunas de su propio recuerdo, cuentos de otros para describir situaciones que parecen inverosímiles (como los “autoatentados” de Montoneros), y comentarios que recibió cuando hizo circular un primer borrador del libro.

Todo queda enhebrado por su propia voz, que va y viene por el oeste bonaerense (donde dirigía la columna montonera denominada del “far west”), y recorre las discusiones entre militantes y organizaciones políticas y militares.

A la vez, Amorín repasa las lecturas coyunturales de los acontecimientos que se aceleran a fines de los sesenta y principios de los setenta, y revive sus miedos: la sospecha -ante sí mismo y los otros- de “volverse cagón” es una angustia que recorre el libro casi como marca de época.

De este modo, Montoneros: la buena historia nunca elige un análisis que tome distancia de lo vivido para valorar los acontecimientos desde algún otro lugar.

Más bien se sumerge en una escritura a la que el autor parece sentirse obligado.

Como una deuda contraída con un “nosotros” que es, sin dudas, su grupo más cercano de militancia y del cual es hoy el único sobreviviente.

Así es que, al extremo, muchas páginas se inundan de la jerga de la época, que hacen literal algo que anota Amorín: “Escribir es revivir”.

EL LEJANO OESTE ESTÁ DE LUTO

Por Ernesto Jauretche

NAC&POP

08/12/2012

[El 7 de diciembre de 2012 murió José “Pepe” Amorín, médico, peronista y uno de los fundadores de la organización Montoneros junto al negro Sabino Navarro.

Ernesto Jauretche lo despidió con estas sentidas palabras]

Un típico petiso: arrogante, autosuficiente, audaz; de los que tienen que demostrar día a día su superioridad; un peronista de buen trapío; en fin, un incorregible, como los que van al matadero cantando.

No tenía nada que perder, salvo su rozagante dignidad.

Y acabó su existencia en la felicidad de su última apuesta de vida: amor de hembra joven, olor a alfalfa, pampa, cielo y caballo.

En Punta Indio lo vamos a extrañar.

Murió el asaltante de diligencias sin oro, el vengador de causas descamisadas, el ideólogo de la ilusión, el gozozo del olor a pólvora, el entregado sin remuneración ni reconocimiento.

El negro Sabino Navarro, su jefe y maestro, allá en la estanca donde lo está esperando, lo recibirá como corresponde: cantando la marcha peronista; a su lado, Pinguli tamborilleará el ritmo con los dedos.

En sus etapas de subordinación orgánica, fue el conductor de una armada brancaleone en camisón y en pata; eran los pre-montos que improvisaban sus primeras temeridades.

Médico que hizo honor como pocos al juramento hipocrático, ejercía en el páramo de la clandestinidad, mientras planeaba inverosímiles operetas en un desvencijado consultorio improvisado.

Por su insubordinación fue a parar al lejano oeste; se destacó como el vaquero esmirriado de gatillo certero capaz de conquistar al más reacio con un discurso torrencial.

Murió JOSE AMORIN, y con él otro vestigio de una estirpe: la de los optimistas de toda la vida, los ganadores, los que no se rinden, LOS INVENCIBLES.

Los que vivirán para siempre en el cementerio de la memoria.

Pepe montonero querido

Hasta la victoria.

7 de diciembre de 2012

-Hay una suerte de tragedia que usted señala en el libro y que al mismo tiempo parece una crítica interna hacia Montoneros: el orden de las jerarquías de la organización que llevan a Firmenich -casi sin razones de peso, según usted- a ocupar un lugar central.

¿Qué de sus características personales usted atribuye o vincula con el desenlace de Montoneros?

¿Qué imagina o qué hipótesis tiene de lo que hubiera pasado con Montoneros si Firmenich no hubiese quedado en la conducción?

-En términos personales a Firmenich se le pueden atribuir una serie de características: autoritarismo, rigidez, soberbia, estrechez de miras, impiedad, etcétera.

Pero ellas caracterizan, caracterizaron y caracterizarán a muchos dirigentes, revolucionarios o no.

Y, si bien no ayudan a un proceso revolucionario, tampoco constituyen el factótum de su fracaso.

El problema con Firmenich fue su falta de capacidad política.

Además de su incomprensión de Perón, de la incondicional adhesión del pueblo a su figura, del modelo político que proponía el peronismo y del movimiento peronista como revolucionario en su conjunto.

Problema que compartía con otros integrantes de la conducción nacional montonera.

A partir de allí sobreviene la controversia con Perón, el sentimiento de humillación por ciertas actitudes de Perón posteriores a la masacre de Ezeiza, la desmedida respuesta que significó el asesinato de Rucci y, al final, el aislamiento del pueblo.

Este es el meollo del fracaso montonero.

Fracaso que, con la para nada desdeñable ayuda de Isabel y la ultraderecha delincuencial, llevó al fracaso del peronismo en su conjunto.

El terreno de las hipótesis a futuro corresponde al terreno de la fantasía.

Sin embargo, es posible inferir que el golpe del 76 igualmente se hubiera realizado en cualquiera de los escenarios.

Y, en tal sentido, si Montoneros hubiera respetado sus consignas políticas iniciales, habría sido posible una alianza con el sindicalismo -burocrático o no-, la ultraderecha jamás hubiese ocupado el espacio que ocupó después de la muerte de Perón, tal vez la respuesta popular al golpe hubiera asumido las características de la primera Resistencia y, sobre todo, el movimiento peronista no habría transmutado en ese engendro bastardo que se ha dado en llamar Partido Justicialista, éste sí factótum del fracaso del proyecto nacional y popular.

O su dique de contención, que para el caso es lo mismo.

-Las actitudes de la Jotapé el 1º de mayo del 74 respondieron a las características políticas que recién mencioné de la mayor parte de la conducción montonera.

Constituyeron una provocación no prevista por la mayoría de los cuadros medios, quienes en la práctica organizaron la movilización.

Sería ingenuo pensar que fueron espontáneas o, al menos, sólo espontáneas.

A ello hay que sumar el número y la composición social predominante de las columnas montoneras: no eran ni la mitad de los compañeros que habitualmente y sin esfuerzo se convocaban hasta seis meses antes; compañeros que, por otra parte y sin desmerecer su origen, en su mayoría pertenecían a sectores medios, estudiantes secundarios y universitarios.

-¿Cuál es la importancia de Sabino Navarro en Montoneros? ¿Qué características le imprime a sus primeros desarrollos? ¿Puede ser pensado como una contrafigura -tanto personal como políticamente- a Firmenich?

-Sabino Navarro y, posteriormente, Carlos Hobert, fueron las contrafiguras de Firmenich.

No recuerdo, por ejemplo, que ninguno de los dos diera jamás una “orden”.

Ambos -el primero sin ilustración y el segundo muy ilustrado- proponían, discutían y consensuaban: carecían tanto de soberbia como de rigidez.

Ambos, además, se ponían al frente de los compañeros, se preocupaban por ellos y los cuidaban al máximo.

No es gratuito que ambos hayan muerto en combate.

-Usted denuncia duramente el traslado que se le aplica a Sabino Navarro a Córdoba a modo de una sanción por un episodio personal menor.

¿Qué lee en esta orden?

¿Cree que el desenlace de su muerte estaba previsto?

-Este es un punto respecto del cual no pocos viejos compañeros, luego de leer La buena historia, disintieron conmigo.

No creo que el desenlace de su traslado a Córdoba hubiera estado fríamente calculado.

Pero que su traslado fue producto de una sanción, no cabe la menor duda.

Y lo afirmo no sólo porque fui testigo del hecho.

De ser el arquitecto que reconstruyó y agrandó la Organización a nivel nacional y el único dirigente que estaba en ese nivel -Perdía afirma que fue “el coordinador nacional”: para el caso es lo mismo- pasó a conducir una regional casi devastada.

Emisión del programa radial Atrapados en libertad por AM 530, La Voz de las Madres

-¿Qué opina de las apariciones de los últimos años de Firmenich, por ejemplo en el programa de Mariano Grondona, hablando de los beneficios de una democracia de mercado?

-Creo que es coherente con su incomprensión del peronismo como modelo revolucionario, así como con sus características personales que señalé al principio.

Además, demuestra su carencia de convicciones revolucionarias y su falta de criterio político: cada vez que abre la boca es para quemarse un poco más.

Nunca conocí a un político que se encargara de esmerilarse a sí mismo.

-Hay una discusión sobre la pretensión de verdad del testimonio a la hora de analizar los años 60/70.

Este argumento fue planteado por Beatriz Sarlo en su último libro, donde cuestiona que la primera persona testimonial sea una voz privilegiada en términos de autenticidad.

¿Qué piensa al respecto?

¿Por qué eligió la primera persona y qué características cree que le da a su relato?

-Elegí la primera persona porque al respecto no pienso lo mismo que Beatriz Sarlo.

Es decir, si se tratara de un ensayo -o solamente de un ensayo-, Beatriz Sarlo tendría razón en la medida en que la “falta de distancia”, inevitable en un protagonista de los hechos que se narran, podría afectar su objetividad.

Por otra parte, la validez de la primera persona, del testimonio, depende de la calidad del testigo y del contenido de su testimonio: ellos facilitan los análisis de los ensayistas y de los historiadores.

En todo caso, mi intención no fue ser tanto objetivo como creíble.

Por ello narro en primera persona y me hago cargo de lo que hice y de lo que escribo. Me hago cargo, y no sin dolor, de la violencia que ejercí.

Sin embargo, rescato el ejercicio de la violencia revolucionaria, como un instrumento más -también el más “jugado”- en los dieciocho años de lucha del Movimiento Peronista para invertir las relaciones de poder en beneficio de los intereses populares.

Rescato el ejercicio de la violencia contra cualquier dictadura: en dictadura vivimos, con breves e inestables períodos de democracia limitada, hasta 1973.

No es gratuito que el derecho a rebelarse figure en la Constitución Nacional.

-¿Qué opina cuando se dice que en la actualidad ha llegado al poder la generación de los años 70?

¿Está de acuerdo?

-Cabe aclarar que la generación del setenta produjo por un lado a la Jotapé y otros grupos revolucionarios no tan masivos, por el otro a los represores y sus apoyos políticos y, en el medio, a los indiferentes.

Claro está: se entiende que lo denominado la “generación del 70” se corresponde con aquellos que intentaron un cambio revolucionario, armas en mano o no.

En tal sentido, el Presidente, algunos ministros como Nilda Garré y Jorge Taiana, o alguien como Carlos Zannini, y no muchos legisladores, son parte de la “generación del 70”.

El resto no.

En consecuencia, no podemos afirmar que este gobierno esté hegemonizado por la “generación del 70” ni mucho menos.

Creo que este gobierno no tiene el poder real, pero pelea, contradicciones incluidas, por lograrlo aunque le falta por recorrer un largo camino.

Se podría decir que este es un gobierno socialdemócrata, mayoritariamente integrado por los mejores cuadros del PJ (Peronismo conciliador) y, en términos minoritarios, por cuadros provenientes del peronismo combativo, quienes carecen, por su parte, de una organización política común, al menos por ahora.

Si este gobierno logrará o no implementar el “modelo peronista” (cogestión, autogestión, cooperativismo, el obrero accionista de las empresas en las cuales trabaja, apropiación estatal de la renta diferencial empresaria -de lo cual un ejemplo limitado son las retenciones-, etcétera), por ahora es una incógnita.

No creo que el establishment se banque algo por el estilo y, en estos casos, la experiencia histórica muestra que no le hace asco a recurrir a la violencia.

En todo caso yo, respecto del gobierno, tengo un apoyo de carácter crítico.

-¿Qué lugar aspira a que ocupe su libro?

-La mayor parte de las 1.500 personas que compraron La buena historia -así como los otros tantos que lo siguen capítulo a capítulo en www.bitacoraglobal.com.ar son mis pares, al menos mis pares generacionales.

Sin embargo, este libro está dedicado a mis hijos y, sobre todo, a mis nietos.

Esto es, a los jóvenes y a los futuros jóvenes.

Para trasmitirles mi experiencia, nuestra experiencia.

Así, cuando les llegue la hora de encarar su propia epopeya, no cometan nuestros mismos errores.

JOSÉ AMORÍN: “UNA GUERRILLA NO PUEDE SUBSISTIR SIN EL APOYO IRRESTRICTO DEL PUEBLO”

NAC&POP
Mayo 29, 2008

Luego del debate comenzado en la revista La Intemperie, de la ciudad de Córdoba, acerca de la metodología utilizada por los grupos revolucionarios en los años ‘70, se entrevistó a José Amorín, uno de los cuadros más antiguos de Montoneros.

Para él, la vía armada no estaba en cuestión sino el divorcio de la conducción montonera de las bases peronistas.

Además, Amorín es médico, autor de un muy ilustrativo relato de los ‘70, `Montoneros, la Buena Historia’, y reflexivo autodidacta.

Amorín discrepa con el filósofo cordobés, Oscar del Barco, quien acusó a los líderes de Montoneros, y a él mismo, de criminales.

Amorín dice que el error fue escindirse de las bases peronistas, pero no el impulso inicial de pasar a la lucha armada.

“La revolución fue derrotada, pero comenzarla fue una decisión correcta en ese momento histórico que es muy distinto al de hoy.

Es imposible meterle la mano en el bolsillo a un rico sin previamente ponerle una pistola en la nuca.

Y el rico jamás va a ceder espontáneamente, por el contrario te va poner una pistola en la nuca a vos para incrementar su beneficio”, le dijo a Lucas Lanusse, autor de `Montoneros, el mito de los 12 fundadores’.

-¿Qué fue lo primero que le provocó la carta de Del Barco?

-La impresión de que hay una especie de vuelta hacia un pacifismo extremo, del cual es bastante representativo también José Pablo Feinmann, más allá de mis respetos hacia él como periodista, como escritor y como filósofo.

Pero creo que es un pacifismo extremo que se da de patadas con la realidad.

Lo cierto es que si nosotros queremos un cambio social, una inversión de las relaciones de poder, si queremos que tengan prioridad los intereses de los desposeídos y no los intereses de los poseedores, eso implica siempre la violencia, y no necesariamente por parte de los desposeídos.
En nuestro caso concreto, el peronismo desde 1945 avanzó pacíficamente, hasta 1955, sobre los intereses de los poseedores.

Si querés en un marco autoritario, que era muy propio de la época, si uno se fija en otras partes del mundo, había una especie de cultura autoritaria, aun dentro de las democracias más representativas, el macarthismo dentro de la democracia de USA.

Entonces más allá de los pecados autoritarios del peronismo y más allá de sus errores políticos, lo cierto que aquí se inaugura la violencia con las bombas que estallan en Plaza de Mayo en 1953, con el bombardeo a la misma plaza en julio de 1955, con 300 muertos reconocidos, aunque se calcula que fueron 600, y después el golpe de Estado de septiembre de ese mismo año, que generó miles y miles de muertos.

Y no sólo por los fusilamientos y desapariciones sino por el empeoramiento de las condiciones de vida, y eso es también una forma de violencia, tal vez la peor porque es la más masiva.

En este caso cuando los poderosos avanzan siempre violentamente sobre los derechos populares y no ahorran sangre en ningún caso, por eso se justifica la rebelión armada.

De hecho es un derecho constitucional, creo que es el artículo 36, que marca el derecho a la rebelión en caso de una dictadura.

Ahora bien, cuando hay una rebelión, la violencia es inevitable también, es inevitable que existan heridos y que existan muertos, son, de alguna manera, batallas que se dan.

Y por lo tanto llevar el pacifismo a sus últimas consecuencias… yo no soy partidario que uno tenga que lograr los cambios a través de la violencia.

Pero esto muchas veces se hace inevitable.
Cuando los cambios, en un marco pacífico, se van haciendo cada vez más serios, pues, la violencia con la cual reacciona el establishment es mucho más jodida y no queda alternativa, cuando se te agotan todos los caminos democráticos, que el ejercicio de la violencia.

Y esto fue lo que nos sucedió a nosotros de desde 1955.

Sobre la carta de Oscar del Barco… lo que yo pienso es que son compañeros que, después de muchas experiencias han llegado a la convicción de interpretar gandhianamente el tema del cambio y lo cierto es que ni Gandhi tuvo éxito.

Creo que están bien inspirados, creo que son teóricos excelentes, tanto él como Feinmann, pero considero que están equivocados en ese sentido. Creo que recurrir a la violencia es el último extremo, pero que muchas veces es inevitable.

Por ejemplo en este momento no.

Si en este momento alguien recurre a la violencia yo le digo “sos un tarado”, primero porque hay una democracia bastante plena y segundo porque de alguna manera se están intentando cambios.

-En este momento hay libertades, pero esa violencia del estado, o del establishment, de la que usted hablaba, que se formaliza en la pobreza, en la exclusión social, en la desocupación, es hoy mucho mayor que la que se que se vivía en las décadas del ´60 y ´70.

-En ese sentido sí, después del ´76 empeoró el panorama notoriamente, antes de ese año la desocupación era desconocida en la Argentina, sacando algún período de la dictadura de Juan Carlos Onganía, donde se incrementó, aunque poco.

-Sacando de lado el tema de la dictadura militar, las causas que a personas como usted las llevaron a tomar la decisión de la lucha armada siguen vigentes. ¿Entonces esto podría…?

-(Interrumpe)

Es que no lo podés sacar de tema, los panoramas siempre son integrales.

Hacer cortes en la historia para sacar un elemento y analizar aisladamente ese elemento siempre va a llevar al error y a la confusión, porque todo fenómeno es producto de una red de causalidades que se imbrican para dar un solo resultado.

El mecanicismo pasó de moda ya hace como 100 años.

No hay una causa efecto, hay miles de causas que interactúan para lograr un efecto principal y también miles de efectos secundarios.

Cortar un pedazo de fenómeno para analizarlo aisladamente, puede ser en química, pero no en las ciencias sociales.

-Una de las respuestas más recurrentes que se dieron a la carta de Oscar del Barco con su “no matarás” universal, es que este es un precepto ideal y extemporáneo, en lo cual, creo, que subyace la concepción de que nada puede ser analizado fuera de su tiempo.

Ahora, en esta posición ¿no se diluyen los absolutos? ¿Y con ese relativismo no se podría justificar el genocidio de Hitler?

-Creo que hay que diferenciar la violencia revolucionaria al genocidio que se hace desde el poder.

El genocidio del pueblo armenio fue hecho desde el poder, en este caso del gobierno de los turcos.

Y en la época del proceso, en el ´76 sucedió exactamente lo mismo, es un genocidio hecho desde el poder, con todo el poder del Estado a su servicio.

Y que además fue más allá de lo que se decía que pretendía, se decía que se luchaba contra la guerrilla cuando la guerrilla era inexistente, ya en 1975 la guerrilla estaba totalmente derrotada, tanto en términos políticos como en términos militares.

En términos políticos, porque la guerrilla se había alejado totalmente del pueblo, y una guerrilla no puede subsistir sin el apoyo irrestricto del pueblo.

Un panorama totalmente distinto al que existió entre 1955 y 1973, donde había apoyo popular a la lucha armada.

-Viéndolo en retrospectiva, ¿La guerrilla debería haberse disuelto con la vuelta de la democracia?

-Debería haberse disuelto como organización armada, no como corriente política.

Montoneros surge como parte de la estrategia de Juan Perón, que era la llamada “lucha integral”, donde se consideraba que todas las tácticas de lucha eran válidas contra la realidad de la dictadura.

Dentro de ellas, la lucha armada.

Pero hay que entender algo, la lucha armada en ese momento no pretendía derrotar al ejército por las armas.

Pretendía crear condiciones psicológicas, de ánimo popular que permitieran vislumbrar una esperanza de victoria.

-Entonces, ¿no era un plan como de Castro y Ernesto Guevara en Sierra Maestra?
-Es que hay un error, todo el mundo piensa que la revolución cubana fue un hecho es-tratégicamente foquista.

Y nadie analiza que el foquismo por un lado puede ser estratégico y por el otro puede ser táctico.

La revolución cubana no fue un hecho foquista, primero que nace allá por 1940, con un movimiento popular muy importante, que después se llamó 26 de julio.

Y esa lucha se dio fundamentalmente en las ciudades.

La lucha en el campo, el foco guerrillero, lo que hizo fue crear condiciones subjetivas para la revolución.

La gente decía “ahí están los muchachos en el monte hostigando al Ejército”, y se empezaba a sumar porque vislumbraba la posibilidad de una victoria.

El foquismo es en realidad una táctica, aunque el Che lo tomó como estrategia y de ahí vienen sus fracasos.

Para Montoneros, por ejemplo, el hecho de la muerte del Gral. Pedro Eugenio Aramburu, fue una táctica foquista.

Yo no participé de la operación personalmente, pero si estaba dentro de la organización en el momento en que se llevó a cabo.

Y la principal causa de esa decisión fue actuar sobre la subjetividad del movimiento peronista, el hito de Aramburu fue eso, fue, simbólicamente, pasar a la ofensiva, fue quemar las naves al estilo de Hernán Cortés, sabíamos que después de eso no había retorno.

Fue un hecho proyectado hacia la subjetividad del peronismo, que en ese momento solo estaba unido por algunos mitos, que eran básicamente el recuerdo de Evita, el recuerdo de la justicia social del primer gobierno de Perón y el retorno de Perón al poder.

En ese sentido, la reacción del pueblo cuando liquidamos a Aramburu fue “Ah, por fin”. Y ahí es donde está el secreto de la masividad de Montoneros, el fenómeno político-cultural de la Juventud Peronista no hubiera sido posible sin el ajusticiamiento previo de Aramburu.

De hecho la FAP venía operando antes que Montoneros y nunca logró tener apoyo como tuvimos nosotros.

Y el ERP tampoco.

Nuestros operativos eran político-militares, o semi militares.

O sea, crear las condiciones de conciencia revolucionaria que podían desembocar en una insurrección general, de provocar un proceso electoral, a partir de que el gobierno se sintiera hostigado por esta rebelión popular…

Ese fue el sentido del asesinato de Aramburu.

Y si nos dicen que lo asesinamos, fuimos asesinos políticos en este caso.

Pero yo personalmente lo sigo reivindicando como parte de la estrategia de ese momento.

Y creo que el retorno de Perón fue posible en gran medida porque sucedió esto.

@DIN

 

Fuente: http://www.vivalavida.org.ar/jose-amorin-una-guerrilla-no-puede-subsistir-sin-el-apoyo-irrestricto-del-pueblo

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