En algún lado, aunque sea en la memoria de todos, Héctor Oesterheld te está esperando.

FRANCISCO SOLANO LÓPEZ: GRACIAS POR COMPARTIR TU TIEMPO

Por Jorge Claudio Morhain

Solano, hermano del alma, compañero de nuestros sueños y nuestras esperanzas, los que vivimos tu tiempo, hasta hoy, agradecemos la gracia de haberte tenido, de compartir tu tiempo.

FRANCISCO SOLANO LÓPEZ: GRACIAS POR COMPARTIR TU TIEMPO

Por Jorge Claudio Morhain

 NAC&POP

12/08/2011

Yo he escuchado su voz. Cascada. Seria.

Su voz sabia, honda, llena de raíces y de flores.

 El estuvo, antes que nadie, en la piecita del altillo, frente al ventanal donde vería morir a Ramírez.

 El, el primero, pateó la nieve junto al caballo muerto, forzó la ferretería y lloró por Elena, por Martita. 

Antes que nosotros.

Antes que todos.

Él se puso el traje de hule, y sudó como nadie, de miedo y de coraje, mientras la nevada iluminaba las fosforescencias de la realidad.

Y yo he escuchado su voz.

Hablando de Resistencia.

El, que armó su resistencia frente al tablero, todos los días de su vida.

Que traía en las venas sangre del Mariscal, sangre de héroes paraguayos.

De hombres de la tierra.

 El nos llenó el Imaginario, no sólo con Juan Salvo.

“Evaristo” Sampayo y Solano López

Con Rul, con El Cuaderno Rojo, con Slot Barr, con Ministerio, con Evaristo, con la monumental Ana.

El, Francisco Solano López.

 Francisco Solano López nació en la calle Córdoba, de la ciudad de Buenos Aires, en 1928. 

“Cuando, en 1869, el mariscal Francisco Solano López halló la muerte en la batalla de Cerro Corá –en las postrimerías de la Guerra de la Triple Alianza– mi familia entera estaba prisionera, cerca del escenario final de la tragedia…

En realidad, estaban prisioneros del propio Mariscal, porque hasta su madre esperaba terminar aquella guerra.

Entre estos parientes estaba mi bisabuelo, Venancio, el hermano menor de Francisco Solano López, de quien soy homónimo”, contó con su voz suave y cascada Solano, una tarde de sol de comienzos de 1995, recién vuelto de todo, en su casa a pocos metros del palco de música “Antonio Malvagni”, en las Barrancas del Belgrano.

 Como un sino, el dibujo se apoderó de él desde sus primeros balbuceos. Dibujaba antes de escribir.

Luego de pasar por el Liceo Militar se metió en la carrera de Derecho, mientras trabajaba como empleado.

Pero el dibujo lo pudo, y largó el estudio.

 Un dibujo que le vino del alma (queda más lindo que decir “de los genes”), porque nadie se lo enseñó.

Copiando aquellas historias que lo apasionaban, aquel Tarzán que gritaba por la radio e invadía las revistas –por Hogart, seguramente–, juntó una carpeta y se animó.

Ya no era tan pibe, y le gustaban las señoritas: fueron las chicas las que lo indujeron a retomar una afición que la muerte de su padre, a los 10 años, había truncado.

Probó dibujarlas para la publicidad.

Lo hizo, pero las rechazaban.

 Al fin pegó: fue en la vieja editorial de la palomita, Columba.

Ahí entró a los 25 años.

Dos años más tarde entra en Abril, con el grupo de locos desatados que Civita trajo para hacer historieta y divertirse.

Y ahí se contaminó de Oesterheld.

Uma-Uma, primero, y luego el Bull Rockett, el que lo hizo conocido entre los argentinos.

 Cuando Oesterheld arma Frontera, va con él, y con los locos (Hugo Pratt a la cabeza).

Inicia uno de sus mejores personajes: Rolo, el marciano adoptivo.

 Allí empieza a ensayar su “ciencia ficción costumbrista”: colectivos, clubes de barrio y marcianos.

Y profundiza en las emociones, en los sentimientos de los protagonistas.

 Crea Joe Zonda, donde el héroe no es rubio y de ojos azules, ni tiene la mandíbula cuadrada.

Pero es un super-héroe, por lo que tiene adentro de la cabeza.

 Y entonces llega “la obra”.

 Así, como sin querer, Oesterheld le pide una sugerencia, y el pibe se la da: quiere una de ciencia ficción “humana”.

Y nace El Eternauta.

 Que no revoluciona todo, en ese momento.

Que tiene mucho éxito, sí.

Que todos la leen, la releen, la coleccionan.

Pero nadie le adivina el futuro.

Al menos, no tan bien como lo adivina El Eternauta mismo, desde la pluma y el pincel de Solano, tanto como desde los lápices de Héctor.

Hay historias de guerra, Amapola Negra (que cautivara al gran Carlos Giménez).

Y la larga colaboración con la Fleetway de Inglaterra, una de las culpables de la caída de esa maravilla que fue Frontera.

Pero qué íbamos a hacer. Si hay un trabajo mal pago aquí es el de historietista.

Y exactamente viceversa en el Norte: mano de obra de primerísima calidad y muy barata, para ellos.

Para nosotros, la salvación.

 Cuando Oesterheld, ya militante del peronismo en las filas de Montoneros, le pasa los guiones de la Segunda Parte de El Eternauta, se asusta: demasiado explícita.

Demasiado combativa.

Pero igual la dibuja acompañando a Héctor.

 Entonces, su hijo Gabriel, también militante de la tendencia revolucionaria del peronismo, desaparece.

Sus contactos consiguen sacarlo del anonimato, y de la “disposición del Poder Ejecutivo”, y comienza el largo exilio, la otra patria de los argentinos, ese país sin país.

Hace erotismo (igual que Altuna y muchos otros), con suprema calidad.

Y trabaja con otro exiliado: Ricardo Barreiro (no importa si “El Loco” era exiliado voluntario), Slot Barr, Ministerio.

Y con Sampayo, exiliado de antes: Evaristo.

Con su hijo hace una de las cumbres de la historieta “seria”, pero seria sin grupo, seria desde las tripas: Ana.

Y una historia de la Guerra del Paraguay, que estuvo terminando recién en estos días.

Siempre quiso volver a El Eternauta.

Para la Tercera Parte de Alberto Ongaro, hecha con el impulso del editor, colaboró con algunas caritas, y luego dejó todo el resto en manos del entintador,

Mario Morhain, sobre lápices de Osvaldo Viola (Oswal).

 Cuando Solano y Elsa Sánchez recuperaron los personajes de Héctor, fundó Solano Ediciones.

Y allí no sólo continuó la historia, sino que dio lugar a nuevos autores, para desarrollar nuevas vivencias con aquel personaje con el que siempre estará identificado.

Ese personaje que tomó vida propia, y había que ver cómo se sorprendía él mismo de las connotaciones e interpretaciones que le daba la sociedad argentina.

Ni él ni Oesterheld dijeron un día: “hagamos una obra maestra que metaforice la eterna resistencia de la Argentina a las eternas invasiones”.

De hecho, Héctor la escribía semana a semana, llevando el plan general sólo dentro de su cabeza.

Y Solano la dibujaba semana a semana, sorprendiéndose antes que los lectores de los rumbos y giros sorpresivos que iban brotando casi sin su voluntad en la hoja de papel.

La coherencia final de 350 páginas de cuadritos es otra de las maravillas que hacen al Eternauta de Solano la gran obra del siglo XX de los argentinos.

Con el tiempo, con su mayor permanencia en el país, fue aceptándolo, ue comprendiendo que tanto él como el escritor tenían cosas adentro, que iban dejando como sangre propia en las hojas apaisadas del Hora Cero Semanal.

Y que no podían contar fríamente, distanciados.

Debían ponerse el traje aislante, y salir a enfrentar los copos.

 Solano, hermano del alma, compañero de nuestros sueños y nuestras esperanzas, los que vivimos tu tiempo, hasta hoy, agradecemos la gracia de haberte tenido, de compartir tu tiempo.

En algún lado, aunque sea en la memoria de todos, Héctor Oesterheld te está esperando.

Decile que lo amamos tanto como a vos.

M/

Fuente: Télam

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