Histórica representación pictórica donde el general Beresford se rinde ante un triunfante Santiago de Liniers en la Plaza Mayor.

12 DE AGOSTO DE 1806: RECONQUISTA DE BUENOS AIRES, ENTONCES OCUPADA POR LOS INGLESES.

Por Daniel Chiarenza

La Reconquista: Histórica representación pictórica donde el general Beresford se rinde ante un triunfante Santiago de Liniers en la Plaza Mayor.

12 DE AGOSTO DE 1806:  RECONQUISTA DE BUENOS AIRES,  ENTONCES OCUPADA POR LOS INGLESES.

 Beresford se rinde ante Santiago de Liniers

Por Daniel Chiarenza

NAC&POP

12/08/2010      

La Reconquista: Histórica representación pictórica donde el general Beresford se rinde ante un triunfante Santiago de Liniers en la Plaza Mayor.

204 años después, no sólo tengo la intuición, sino que tengo la seguridad que reconquistaremos nuevamente Buenos Aires, pero esta vez de las garras del pérfido y convencido fascista Mauricio Macri.

Días antes del efectivo cumplimiento de esta efemérides (no por fuerza del proceso histórico, sino gracias a la Virgen del Rosario), llega a la ciudad el oscuro -oscuro por su origen no fácilmente identificable y no porque era negro ¡zapatos!- capitán del puerto de la Ensenada, don Santiago de Liniers.

Es un hombre maduro (yo diría más que maduro… ¡podrido!), nacido en Francia, hijo de un oficial de marina.

Fue alumno de la Escuela Militar de Malta (le faltaba la destilación alcohólica para transformarse en Cerveza o -¡que bueno hubiera sido!- Escuela Militar de Birra…), de la que salió con la cruz de caballero

¿Por que con la cruz?

¿Acaso estaba disconforme con el sexo que le habían dado sus padres?

Lástima, ¡pobre!, que no vivió estos democráticos tiempos de matrimonio igualitario.

Siendo muy jovencito se enganchó en una expedición española contra Argelia (¡No era muy afortunado para elegir!, se enganchó con una potencia de segundo o tercer orden como lo era la española de aquellos días, y se fue de Francia que iba a ser potencia imperial con Napoleón…) y permaneció al servicio de España toda su vida (allá él).

Cursó estudios en el Colegio de Guardiamarinas de Cádiz, de donde egresó con el grado de alférez.

Casi toda su carrera la hizo peleando contra Inglaterra (¡no era mala opción, tampoco, pelear contra los piratas ultraladrones individualistas!).

Un día llegó a América integrando la expedición del general Cevallos (el único español que supo algo del arte militar, porque si fuera por el burro de Franco ¡Ay Dios!) que expulsó a los portugueses (Y… todavía no lo tenían a Cristiano Ronaldo) de la Colonia.

El franchute Liniers volvió a España y en 1778 regresó al Río de la Plata, donde se radicó definitivamente.

Se le dio el mando de la flotilla que custodiaba la entrada del río; luego la gobernación de Misiones (¡Cómo lo habrán querido!, por eso lo mandaron, en aquel momento, donde el diablo había perdido el poncho) y por último la capitanía del puerto de la Ensenada de Barragán (menos mal, ahí por lo menos tenía al colectivo 202, aunque La Plata aún no existía, pero habiendo bondi uno siempre se las rebusca.

Lo que no había era monedas -para tomar el colectivo- se las había llevado todas el valiente del virrey Sobremonte…).

Don Santiago era viudo y aquí se casó con una hija del patricio porteño don Martín de Sarratea, volviendo a enviudar a los pocos años al fallecer su esposa como consecuencia de una fuerte hemorragia tras un parto (¿pero este Liniers tenía, como hubiera dicho mi abuelo calabrés, lu catzo avvelenato?).

Santiago de Liniers, jefe naval de la ensenada de Barragán).

Liniers, que no ha prestado juramento de lealtad al monarca británico (cuando muchos de los que posteriormente lo mandan a fusilar, sí lo habían hecho), viene de visitas, y entre una de esas visitas efectúa una que tendrá una insólita trascendencia.

La Virgen del Rosario, de la cual es devoto, parece mimarlo de una manera extraña (¡Guarda virgen…! yo sé porqué te lo aconsejo).

La Madonna parece decirle –me siento tan sola… ¡me siento tan triste!…

Porque la Virgen, estimado lector, no siempre coincide en opiniones y sentimientos con los obispos; y parece que esta vez no estaba muy contenta del juramento de fidelidad a Jorge III, ni muy convencida de la bondad de la libertad de cultos.

Liniers interpreta el mensaje, por supuesto que del modo terrestre y pecador como solemos interpretar, los simplemente humanos, las comunicaciones divinas, y sale del templo decidido a hacer algo para devolverle la alegría a la Virgen […] y el brillo tradicional al culto, que le resulta opaco.

Se conecta con los conspiradores, y de común acuerdo marcha clandestinamente a Montevideo para urgirle al general Ruiz Huidobro ayuda y permiso para intentar la reconquista.

En su ausencia la tensión sigue en aumento y se produce el combate de Chacra de Perdriel, realtivamente desafortunado, pues si bien las neófitas milicias rurales son derrotadas, se eleva la angustia de los ocupantes hasta llegar al pánico (para colmo de males no había ningún psicólogo o psiquiatra en la Armada Pirata, para tratarles el estrés y el ataque de pánico).

Beresford ordena el acuartelamiento permanente y emite un bando severísimo pidiendo le sean entregadas todas las armas en poder de particulares (pero eso es como pedirle a Piñón Fijo que no se pinte la cara).

Casi no tiene respuesta.

En Perdriel ha capturado a uno de sus desertores sirviendo una batería criolla y lo fusila en la plaza. Buenos Aires no se inmuta y el general inglés padece cada vez más la sorda hostilidad que lo rodea, contagiando su neurosis a Mr. Pophan que mantiene la escuadra alerta en el estuario.

William Carr Beresford.

Mientras tanto ha comenzado la epopeya de Liniers.

Sale de Montevideo con una fuerza de 600 hombres.

Cuando llega a Colonia para embarcarse, su ejército se ha duplicado. (Lo acompaña como jefe de escuadra un oficial de marina que es un típico exponente del colonialismo español, Gutiérrez de la Concha [y claro, con ese apellido cualquier hombre hubiese querido acompañarlo], a quien Liniers se encapricharía a unir a su destino hasta morir ambos fusilados por la Junta de Mayo).

Cuando desembarcan en Tigre dispone de 2000 combatientes (Y claro, ya Caruso Lombardi puso a toda la barra brava a su disposición).

Y cuando se concentran en los Corrales de Miserere al término de una marcha triunfal (aunque ese día ¿raro, no? el Subte A, a Primera Junta, no funcionaba por huelga del personal auxiliar), de todos modos el conglomerado reconquistador excede los 3000 hombres, no todos armados ni todos con aptitudes militares.

Liniers se agranda (recordemos que el último domingo Vélez le ganó a los diablos rojos, precisamente).

Ha realizado la hazaña de cruzar el río con sudestada en las narices mismas de la escuadra británica, inmovilizada e impotente.

Ahora, sintiéndose a la cabeza de un pueblo le manda un mensaje a Beresford, bastante desinflado de su soberbia, dice que –combatirá hasta donde se lo indique la prudencia. (Beresford toma su celular Nextel y recibe el mensajito).

Juan Gutiérrez de la Concha, quien luego sería gobernador en Córdoba.

Su nieta, Concha Gutiérrez, llego a ministra de Transporte en España.

El ejército reconquistador avanza sobre la Plaza de Toros (donde había una manifestación, que casi frustra la operación, enviada por el “alborotador” de Sarmiento, que llevaba pancartas que decían “sed compasivo con los animales, con los gauchos, no!!!”), en una maniobra envolvente, Liniers obtiene allí su primera victoria y se desborda hacia el corazón de Buenos Aires.

Pero ¿qué es ese ejército? (se preguntan las Damas de Beneficencia, pues no estaba todavía Evita para ponerlas en caja)… ¿quiénes son?…

Son hombres, mujeres y niños; blancos, negros y mulatos; porteños y provincianos como esa bravía tucumana Manuela Pedraza que con sus propias manos mata a un soldado inglés.

Liniers no puede ejercer un control absoluto sobre esa falange miliciana tan heterogénea constituida con rapidez y espontaneidad; y antes de que él lo ordene la infantería comienza el ataque a la Plaza Mayor (parte de la actual Plaza de Mayo) donde los ingleses están acorralados, protegida por partida de hombres a caballo muy distintas de aquellas que en Quilmes se habían dispersado al primer “púm” (¡cómo se nota que no estaba aún Aníbal para insuflarles valor!).

Desde ese momento la tarea de Liniers consiste en moderar a su gente e impedir que asalten el Fuerte (actual Casa Rosada) y pasen a degüello al resto de la guarnición extranjera. Beresford se rinde y entrega su espada (cuestión muy difícil, porque para los militares de aquellos tiempos era como la extensión de su virilidad) bajo los arcos vetustos de la recova del Cabildo.

Es el 12 de agosto de 1806.

El 13, Liniers es el hombre más popular de Buenos aires.

El 14, una asamblea vecinal exonera al virrey Sobremonte (quien parecía Macri, pues había hecho todo mal con tal de Pro-tegerse con su familia, ni las escuchas le habían servido).

 

DCH/

 

N&P: El Correo-e del autor es Daniel Chiarenza danich45@gmail.com

 

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