"El movimiento no puede transar con quienes, por acción u omisión, sirven a los intereses de la oligarquía y el imperialismo"

LA ALTERNATIVA PERONISTA DE 1985

Por Miguel Unamuno

Lo que el Movimiento Nacional Justicialista enfrenta en las actuales circunstancias es la crucial alternativa de proyectarse como instrumento de la liberación al servicio del país o sobrevivir como un apéndice más de la dependencia.

LA ALTERNATIVA PERONISTA

 Miguel Unamuno jura como Ministro de Trabajo luego de la muerte de Perón

Por Miguel Unamuno    

Revista UNIDOS

05/04/1985

 En distintos medios periodísticos, políticos, sindicales, gubernamentales e, inclusive, partidarios, se especula con que el justicialismo se acerca inexorablemente a su disgregación.

 Con inocultable satisfacción los enemigos del movimiento popular –especialmente las minorías oligárquicas – asisten a la disputa interna con el regocijo propio de espectadores interesados que regulan sus intervenciones con el único y deliberado objetivo de apresurar el final, ese final de aniquilamiento y extinción con que vanamente sueñan desde 1955 hasta la fecha.

 Algunos compañeros, en el plano interno, se retraen y vacilan por miedo a esta pregonada descomposición mientras otros se ocupan de agitar exclusivamente ese fantasma para ahogar toda discrepancia, evitar cuestionamientos, eludir responsabilidades y seguir detentando posiciones y cargos aún a costa de la ruina del conjunto. 

En verdad, lo que el Movimiento Nacional Justicialista enfrenta en las actuales circunstancias es la crucial alternativa de proyectarse como instrumento de la liberación al servicio del país o sobrevivir como un apéndice más de la dependencia.

 En estos términos está planteada la disputa.

 Esta es la motivación real que lleva a los hombres surgidos de la mismas filas a expresar posiciones antagónicas y pelear palmo a palmo el control de las estructuras de conducción. 

No es casual que ante las primeras críticas de dirigentes y militantes que siguieron a la derrota electoral del 30 de octubre de 1983 se hayan levantado plañideras invocaciones a la unidad, anteponiéndola como valor supremo para el justicialismo.

Esas apelaciones, cuyo único objetivo fue perpetuar privilegios, se hicieron más insistentes a medida que fueron creciendo las fuerzas de quienes propiciamos el cambio.

Lo peor es que la unidad se reclama sin otro justificativo que la conservación del número, como si fuera posible mantener el agrupamiento de muchos pies sin ninguna cabeza o congregar voluntades sin una convocatoria atrayente.

 No se advierte, o deliberadamente se pretende negar por conveniencias personales o de círculos, que la unidad se pierde cuando se abandonan los postulados que contribuyeron a cimentarla.

 El peronismo, como fenómeno social de masas, no es un hecho mágico.

 Atrajo multitudes y mereció la adhesión popular porque levantó banderas revolucionarias, impulsó transformaciones, y abrió las compuertas a las realizaciones futuras.

 En torno a esos principios se fraguó la unidad.

 En base a esos postulados irrumpió en la vida nacional y durante cuatro décadas mantuvo un lugar hegemónico en la política argentina.

 Por revisar las causas de nuestro fracaso, por promover la discusión de la doctrina, por propiciar la participación de las bases para enriquecer nuestra expresión popular, no se atenta contra la unidad. 

Todo lo contrario, se lucha por recuperar la identidad de nuestro movimiento contra quienes, en nombre de la unidad, tratan de desfigurarlo y vaciarlo de contenido.

 Nadie ignora, lo hemos dicho repetidamente, que el Justicialismo atraviesa una profunda crisis desde hace más de una década, desde antes del golpe militar de marzo de 1976.

 Esa crisis se arrastra desde que la desaparición física de nuestro líder y fundador nos dejó sin conducción y los puestos de mando quedaron ocupados por figuras de escaso relieve cuya incapacidad, en algunos casos, o rapacidad, en otros, las impulsó a buscar refugio en el apartamiento de las bases.

 Luego sobrevino la dictadura, y la situación quedó congelada. Se cristalizó la ineptitud junto con la audacia de quienes pretendieron quedarse con la herencia.

 En estas condiciones llegamos a la última campaña electoral, virtualmente sin conducción, con el poder partidario disputado por “aparatos” antagónicos a través de públicos y groseros enfrentamientos apenas disimulados.

 Para coronar la fachada que procuraba ocultar el derrumbe, se mantuvo la ficción de una máxima conducción ausente, otorgada a quien sobrellevaba el mérito de un apellido ilustre pero se mantenía totalmente ajena a los problemas del país e indiferente a la suerte de la masa peronista.

 A pesar de todo el Justicialismo obtuvo el 40% de los votos.

 Los cómputos sirvieron para decretar la derrota en las urnas pero también demostraron que el movimiento seguía conservando una extraordinaria vitalidad y que no sería fácil convertirlo en un perrito faldero del sistema.

 Esa vitalidad le permitió gestar en su interior, durante todo el último año, una generalizada reacción contra los responsables del fracaso.

 Las manifestaciones fueron prácticamente inmediatas y más fuertes en aquellos distritos donde el revés electoral fue contundente, pero lentamente se extendieron hacia todas las regiones del país, aun aquellas donde triunfó el Justicialismo pero que estaban alarmadas por la influencia nefasta de una conducción sin prestigio. 

Es la disconformidad de los hombres y mujeres peronistas, de todas las edades, que no se resignan a cargar con un movimiento derrotado porque se sienten capaces de sostener a un movimiento triunfante.

 Esta marcha, emprendida por los cuadros más lúcidos, que paulatinamente fue ganando espacio dentro del movimiento y logró la mayoritaria adhesión de los afiliados, abrió un camino irreversible cuya meta es la renovación y cuyo tránsito no se puede clausurar con desvíos aleatorios.

 A partir de esta nueva situación, las concertaciones entre cúpulas –como la que se pretendió fraguar entre octubre y noviembre de 1984– o el reparto de cargos entre dirigentes irrepresentativos, es una aventura política condenada al fracaso. 

Hasta el momento, el congreso partidario reunido en la ciudad de Río Hondo el 2 de febrero de 1985, constituye la respuesta orgánica más concreta a estos generalizados pronunciamientos.

 Por primera vez se descorren los tules con que algunos quisieron cubrir la inquietud y el descontento de las masas peronistas.

 Por primera vez un sector mayoritario de su dirigencia admite públicamente la existencia de discrepancias y la necesidad de inaugurar un nuevo estilo en la vida partidaria.

 La presencia de dirigentes de todas las provincias y de representantes de todos los sectores ratificó la concepción federalista y movimientista del Justicialismo.

 La intervención dispuesta al distrito bonaerense resultó, sin duda, la decisión más importante del congreso en tanto apunta a resolver el conflicto que en estos momentos entorpece el desarrollo de todo el peronismo. 

Pero todavía queda un largo camino por recorrer. 

El congreso de Río Hondo es apenas un punto de partida, no de llegada.

 Su presencia en la realidad del Justicialismo deberá consolidarse con próximas e inmediatas realizaciones donde se profundicen los lineamientos renovadores trazados en la localidad santiagueña.

 Sin más vacilaciones deberán asumir sus titulares la responsabilidad que les cabe como integrantes del máximo organismo conductor del principal partido de oposición en la Argentina.

 En el plano interno la implantación del voto directo de los afiliados se impone como una decisión necesaria e impostergable.

 Es el único mecanismo que en las actuales circunstancias garantiza a las bases la libre expresión de sus opiniones. 

La consulta de la opinión popular es una práctica tradicional en el Justicialismo.

 Si durante cuarenta años ese mecanismo se desarrolló con el diálogo directo entre nuestro líder y las masas, en ausencia de nuestro conductor debemos implementar otro procedimiento que nos permita auscultar los deseos y anhelos de los peronistas.

 Esto es propio de un movimiento donde la voluntad de las bases siempre estuvo por encima de las cabezas de los dirigentes.

 Es la única alternativa para asegurar que el movimiento continúe siendo el vocero de las mayorías, enriquezca sus propuestas con las expresiones de sus afiliados, pueda formular alternativas de hondo contenido popular ante los problemas que aquejan a la Patria.

 El cierre de estos mecanismos favorece a los oportunistas.

 Mantener la estructura piramidal que rigió nuestra organización y que antaño nos deparó jornadas de júbilo, implica ahora, con una verticalidad inexistente, incurrir en un grave error que nos llevaría de narices a la derrota.

 La gravedad del momento reclama definiciones claras y pronunciamientos concretos de todos los justicialistas.

 Mucho más de quienes ocupan, circunstancialmente, los puestos de conducción.

 Las medidas palabras y las vacilaciones sólo sirven de pantalla a los timoratos y aventureros tan peligrosos unos como otros, para la salud del movimiento. 

Es necesario que nos insertemos definitivamente en la realidad por dolorosa que resulte.

 En mérito a este convencimiento señalamos que la puja desatada en el movimiento no apunta a las cabezas sino a las ideas, no busca la caída de hombres sino el encumbramiento de principios transformadores y revolucionarios, capaces de devolvernos la fuerza y el coraje para ocupar un puesto de avanzada.

 Para eso necesitamos un marco de discusión donde se respeten las ponencias de los compañeros, donde cada uno pueda expresar libremente sus opiniones y donde, finalmente, las decisiones se adopten por la fuerza de la razón y no por la contundencia de los golpes. 

Esta es la causa fundamental por la cual, quienes apoyamos la renovación, repudiamos la acción prepotente de las patotas regimentadas.

 No cuestionamos su comportamiento por un prurito de buena educación.

 No objetamos sus conductas por razones académicas o por imitación de modelos extrapartidarios.

 Las denunciamos con toda energía como la incorporación de la represión a la vida interna del movimiento.

 Las rechazamos porque en los hechos representan el intento de un grupo minoritario, estrechamente vinculado con la nefasta dictadura militar que nos desalojó del gobierno y de la cual fuimos sus principales víctimas, de asumir el control total del movimiento para enervar su capacidad transformadora y convertirlo en un espectador pasivo de la entrega del país o, si la ocasión vuelve a presentarse, jugarlo como expresión populista de alguna aventura golpista.

 Esos “aparatos” prepotentes, que a través de la agresión física o la calumnia fácil, pretenden acallar las discrepancias en aras de la unidad son, en definitiva, los carceleros de la militancia, la guardia armada del sectarismo y los sepultureros del movimiento.

 A partir de la recuperación de la democracia interna el justicialismo podrá recuperar el terreno perdido en el ámbito político nacional, retomar la posición de vanguardia – todavía vacante – en la lucha por la liberación del país, y formular los planteos correctos para encarar los problemas que afligen a los argentinos. 

El sometimiento a los dictados de una autocracia usurpadora relegó al partido y al movimiento al plano de las indefiniciones. 

Su divorcio con la realidad después fue tan pronunciado como alarmante.

 De haber sido el vocero de las grandes mayorías populares hoy no alcanza a expresar ni siquiera a las minorías que tratan de coparlo.

 Carece de entidad y autoridad para exigir rectificaciones a un gobierno vacilante y falto de ideas, empeñado en acomodar con prolijidad los términos de la dependencia bajo el manto formal del estado de derecho.

 Ocupados en las disputas de campanario, los dirigentes del Justicialismo ignoran irresponsablemente lo que sucede a su alrededor o se descargan en cataratas de improperios contra las figuras gobernantes practicando un antialfonsinismo insustancial que no aporta elementos para la comprensión de las situaciones, aumenta la confusión de la población y enajena, por falta de seriedad, la confianza de la ciudadanía en los opositores.

 Abismado en estas posiciones el Justicialismo defrauda a sus seguidores y descuida su obligación para con el país.

 Al no erigirse como alternativa de cambio frente a los errores gubernamentales erosiona las bases del sistema democrático, cuya conservación debería empeñarse en sostener, aunque más no fuera por el recuerdo de los sufrimientos padecidos cada vez que se interrumpió la vigencia de las instituciones constitucionales.

 Mientras la administración radical escamotea al pueblo las soluciones a los problemas nacionales y olvida las promesas que pródigamente derramó durante la campaña electoral, el Justicialismo no sienta posiciones ante temas tales como la defensa de los derechos humanos, el castigo a los culpables del genocidio, la ubicación de las Fuerzas Armadas en el esquema social argentino, los remedios que deben aplicarse a la crisis económica, la incidencia que el pago de la deuda externa tiene en la salud física y moral de la población, la función de las inversiones extranjeras, los mecanismos para reactivar el aparato productivo, reducir la desocupación y garantizar un salario digno para los trabajadores.

 No faltan voces aisladas que, desde la filas justicialistas, condenan o cuestionan determinados comportamientos.

 Pero no existe una postura clara y definida que englobe a todo el movimiento y que permita identificarlo con la propuesta de determinadas orientaciones.

 Ni siquiera su tradicional postura antiimperialista le permitió pronunciarse sobre la pertinaz intervención estadounidense en la vida interna de los países del continente, como actualmente ocurre en las naciones del Caribe.

 Esta retirada frente a los problemas claves del país y del mundo provoca un desconcierto en las filas justicialistas que va en aumento cuando quienes ejercen el magisterio de la patota se largan a opinar en los órganos más recalcitrantes de la oligarquía y el gorilismo antiperonista, para justificar a los trasnochados personeros de la ultraderecha militar, que ya no despiertan entusiasmo ni entre sus acólitos de la libre empresa, o para vincular la misión del movimiento en nuestro territorio con los oscuros designios de una secta extranjera al servicio de poderes extranacionales.

 En medio de estas flagrantes oposiciones, que responden a dos proyectos antitéticos para el Justicialismo, llega, por correo, desde España, la renuncia de María Martínez de Perón a la jefatura del Partido.

 Su determinación viene a convalidar una actitud asumida hace bastante tiempo por quien fue honrada con el máximo cargo en la conducción del movimiento y del partido.

 Su decisión fue anticipada cuando optó por fijar su residencia permanente en Madrid, aun cuando habían desaparecido los motivos que impedían su regreso al país.

 La voluntad expresa de quien fue la esposa del General Perón, respetada y valorada por el pueblo como la última presidente constitucional de los argentinos en representación del Partido Justicialista, debe ser orgánicamente tratada por los cuerpos de conducción, pero de ninguna manera puede aprovecharse para entorpecer el proceso de renovación iniciado.

 La interpretación de su dimisión como un llamado postrero a la unidad es tan subjetiva como antojadiza.

 En su breve texto manuscrito, la renuncia no hace ninguna alusión a la disputa interna ni promueve ningún procedimiento alternativo.

 Como acontecimiento dentro de la vida partidaria queda, por lo tanto, limitado a sus exclusivos alcances.

 El destino del Justicialismo no se juega en renunciamientos sino en una mayor y decidida participación.

 La reacción de los compañeros enciende una luz de esperanza que es nuestro deber mantener y acrecentar.

 La tarea que tenemos por delante es muy ardua y requiere el concurso de todos.

Pero este agrupamiento de voluntades no puede concebirse como un amontonamiento de posiciones inconciliables.

 Existen suficientes elementos como para distinguir al justicialismo del triunfo de los artífices de la derrota.

 La unidad es un bien preciado dentro del movimiento que creció y se fortaleció inclusive con la integración de frentes con otras corrientes políticas dispuestas a recorrer los caminos de la liberación desde posiciones paralelas.

 Pero el movimiento no puede transar con quienes, por acción u omisión, sirven a los intereses de la oligarquía y el imperialismo.

 El congreso partidario de Río Hondo marcó un rumbo.

 De la profundización de sus objetivos puede surgir la alternativa válida para vigorizar la acción del justicialismo.

 Sin falsas posturas populistas, sin actitudes despóticas, con sinceridad, sensatez y en diálogo abierto con el pueblo es posible recuperar la fuerza revolucionaria que lo sustenta y hace que el movimiento cumpla su ineludible compromiso con la masa peronista y con el país.

 MU/

  • Miguel Unamuno fue un dirigente político peronista proveniente del sindicalismo que se desempeñó como ministro de Trabajo durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón y tuvo otros cargos durante el mandato de Carlos Menem ya que lo designó embajador en Ecuador y luego director del Archivo General de la Nación, cargo que conservó durante los gobiernos de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner. En 1983 fue elegido diputado nacional, adoptó una posición crítica hacia las autoridades del Partido Justicialista, reclamó la reorganización del partido y se enroló en la corriente del peronismo renovador. Nació en el barrio de Flores de Buenos Aires, Argentina, el 1 de mayo de 1932 y falleció en la misma ciudad el 20 de junio de 2009. Unamuno era conocido como uno de los estudiosos de la historia del peronismo.