EL ÚLTIMO QUIJOTE DE LOS EDITORES.

Silvina Friera.

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Aunque no le gustaba ostentar su pedigrí, Peña Lillo fue un auténtico editor de raza que puso toda la carne en el asador de su catálogo.

EL ÚLTIMO QUIJOTE DE LOS EDITORES.

 

PorSilvina Friera.

Domingo 22 de marzo de 2009

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El legendario Arturo PeñaLillo murió, a los 91 años.

 

El último de los mohicanoshizo tan bien su trabajo que llegó a ser casi un hombre invisible.

 

Aunque no le gustaba ostentarsu pedigrí, fue un auténtico editor de raza que puso toda la carne en el asadorde su catálogo.

 

Con un fervor militantepersonal pocas veces visto, se encargó de sistematizar el pensamiento nacionaly popular a través de los 400 títulos que publicó entre mediados de los años’50 y principios de los ’80 en ese sello que lleva su nombre y que supo ser unasuerte de polea de transmisión para las obras de Arturo Jauretche, RaúlScalabrini Ortiz, José María Rosa, Jorge Abelardo Ramos, Juan José HernándezArregui y Norberto Galasso (ver aparte), entre otros; textos que considerabaesenciales para comprender la historia argentina.

 

Siempre supo domesticar suego y mantener a raya la alegría que le generaba el hecho de haber sido elmentor del campo intelectual argentino de la segunda mitad del siglo XX. DonArturo nunca cayó en la tentación de la pedantería de la voz autorizada.

 

Lahistoria se escribe con sangre

 

Su vida es un manantial decircunstancias y anécdotas que estarían llamadas a figurar en el libro de losrecords.

 

Había nacido el 30 de agostode 1917 en Valparaíso, Chile, pero a los 2 años se mudó con su familia a la Argentina.

 

La infancia de Peña Lillo fuedura.

 

Su padre, un proletarioespañol admirador de José Antonio Primo de Rivera y la España reaccionaria,enloqueció cuando él tenía 12 años.

 

La escuela se acabó para elniño Peña Lillo sin haber llegado a sexto grado.

 

Desde chico aprendió aconjugar dos verbos propios del mundo de los adultos: sobrevivir y trabajar.

 

El único bálsamo paraconjurar ese horizonte hostil se lo proporcionaban las librerías de viejo quefrecuentaba en los años ’30, donde revolvía los libros de Alejandro Dumas,Víctor Hugo y Roberto Arlt.

 

Para ganarse el pan trabajóde lavacopas y de zapateador americano hasta que consiguió un puesto en unaimprenta.

 

Un día en 1939 el joven PeñaLillo se vistió con carteles –llenos de pensamientos, como legustaba recordar, frente al diario Crítica. Aprovechó que era una época deescritores muy petardistas que gustaban de la frase –la historia se escribe con sangrede Nietzsche.

 

Logró, claro, llamar laatención de los periodistas.

 

Al día siguiente sepublicaron un montón de crónicas sobre su actitud y consiguió un trabajo en lostalleres de la revista Radiolandia, donde llegó a ser delegado.

 

Como trabajaba en el turnonoche, aprovechaba para imprimir y pegar volantes. –Recuerdo que una vez me agarró elpatrón, Rosso, y me dijo: -Si no le alcanza el sueldo deje de ir al cine oapriétese más el cinturón’. Y aunque se ganó la huelga, a mí me echaron. No mequedó otra que comprar LaPrensa y buscar trabajo en los avisos.

 

 La editorial francesa Hachette pedía unvendedor. Como a Peña Lillo le gustaba mucho leer, se presentó y lo tomaron.Estuvo siete años trabajando en la misma editorial en la que se fogueó un jovenllamado Rodolfo Walsh.

 

Elgran salto

 

La historia se precipitabaante los ojos de un Peña Lillo que se esforzaba por comprender los hechos queempezaron con la revolución de junio de 1943 y desembocaron en el 17 de octubrede 1945.

 

-No puedo decir que fui militantecomunista, pero como había sido obrero y delegado gráfico y ya estabatrabajando en laEditorial Hachette, cuando se producían algunos movimientospopulares el partido se acercaba a uno no porque fuera militante, sino porqueuno estaba en la causa. Era proletario, un hombre de trabajo, por lo que loveía con mayor simpatía que al radicalismo, que expresaba a la clase media, justificaba el editor su simpatía inicial por el PC.

 

Excepto porque nunca estuvoafiliado ni militó activamente, aunque haya simpatizado, el itinerariopolítico-ideológico de Peña Lillo se asemejó al de Rodolfo Puiggrós: del PCsaltó al peronismo, cuando comenzó a vincularse con el pensamiento de los hombresde Forja.

 

En 1954, al publicar porconsejo de Diego Abad Santillán laHistoria de laArgentina, de Ernesto Palacio (libro que agotó quinceediciones), se contactó con Jauretche y adhirió a la causa nacional, poco antesde la caída del peronismo.

 

El éxito con el libro dePalacio lo acercó a otros autores que venían de distintas vertientes delnacionalismo y la izquierda, como Scalabrini Ortiz y Puiggrós, a quienes eleditor definía como –polemistas con una pluma de gran calidad.

 

El peronismo no tenía unabibliografía que expresara sus ideas independentistas. –Todo se vivía de una manera muyespontánea, sentimental y mediante discursos oficiales. Pero intelectualmenteera necesario analizar un fenómeno como ése fuera de los esquemas liberales yde los discursos. Es una tarea que inician Spilimbergo, Abelardo Ramos,Jauretche. Los análisis que hace la izquierda nacional son reveladores yapabullantes… son nuevas ideas que a uno lo apasionan y por eso las apoyédesde mi lugar, contaba el editor.

 

Nunca persiguió el éxitoeconómico.

 

Su satisfacción consistía entener una idea y concretarla. Por su cuenta había editado un libro de Nietzschepara darse el gusto, aunque jamás vio un peso.

 

Su actividad como editorarrancó en 1947, cuando se juntó con un amigo estudiante de medicina, VicenteFederico del Giúdice, para compartir un proyecto editorial.

 

El primer libro publicado fueLos días del hombre, de Besançon, que Hachette no quiso editar.

 

Besançon era uno de esosmédicos que hablaban a calzón quitado de todos los temas tabú, como el sexo. Ellibro resultó un golazo.

 

Pronto apareceríaInstrucciones del Estanciero, de José Hernández. Cuando editó El idioma de losargentinos, de Jorge Luis Borges, Peña Lillo le fue a pagar los derechos deautor. Borges se sorprendió y le dijo que era la primera vez que recibía dineropor un libro.

 

Militanciaeditorial

 

A comienzos de 1960,Jauretche, convertido en best seller, vendía más de cien mil ejemplares de suManual de zonceras argentinas. Del mismo autor publicó El medio pelo en la sociedad argentina y Los profetas del odio y la yapa, entre otros títulos, a los que habría que agregar enuna apretadísima síntesis La historia de la naciónlatinoamericana, de Jorge AbelardoRamos; y Baring Brothers y la historia políticaargentina, de Rodolfo Ortega Peña yEduardo Duhalde.

 

Yo sentí la necesidad que teníael país de esclarecer la situación nacional de un momento –fines de la décadadel ’50– en el que los medios de comunicación se burlaban de los trabajadores,mientras la policía perseguía y encarcelaba. Y los militares fusilaban.

 

-Buena parte de Argentina había sidosilenciada, mientras un grupo exquisito de formadores de opinión dividía alpaís y callaba a los descamisados, que habían luchado contra el sistema liberalburgués, explicaba Arturo alrepasar su vida.

 

Nunca fui afiliado a ningúnpartido y, sin embargo, siempre me sentí militante. Expresaba mi militancia através de la editorial. Muy poco sé de administración de empresas… mi únicoobjetivo era sacar todos los días un libro, costara lo que costara.

 

La dictadura militar fue elprincipio del fin de la editorial. Le quemaron cientos de libros; los libreros,asustados, le devolvían esos textos peligrosos.

 

El editor de raza se retirópor un tiempo y dejó el destino de la editorial en manos de sus empleados, quela terminaron fundiendo.

 

Además de la vasta tareadesplegada en el mundo editorial, fue coeditor de algunas revistas injustamenteolvidadas como Quehacer nacional (1982) o frecuentemente citadas, comoCuestionario (1973), que dirigió Rodolfo Terragno.

 

También escribió dos librosautobiográficos, Encantador de serpientes y Memorias de papel, donde narra susencuentros con los intelectuales que conoció y frecuentó.

 

Pero como un Ave Fénix, volvióa reimprimir el resto de su fondo editorial en colaboración con EdicionesContinente en los años ’90.

 

Apoyó a Carlos Menem en 1989,hasta confesó que le editó La revolución productiva, pero la adhesión se quebró con la aparición deAlvaro Alsogaray y el abrazo con el almirante Rojas.

 

Hasta tiene una anécdota conel ex presidente. –Yo me lo encontré en una oportunidad, cuando ya era presidente, en unareunión pública. Se me acercó y me dijo: -¿Qué tal, cómo le va?. Le contesté: -¿Cómoquiere que me vaya?, tengo una editorial nacional y popular y usted me trae elneoliberalismo. -Y no se podía hacer otra cosa, me contestó. Asínomás. Nunca más tuvimos trato.

 

Se emocionaba cuando elpúblico lo reconocía por su trabajo. –Con mi baja autoestima tengo pocosfundamentos personales para sentirme importante. Lo veo y no lo creo.

 

A los lectores de ayer y dehoy nunca les alcanzarán las palabras para agradecer a ese viejo y entrañableeditor que en cada libro dejó una parte de su alma.


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