"El capitán Piluso" fue una de esas cosas increíbles que uno nunca imagina que van a tener tanto éxito.

ALBERTO OLMEDO/1974

Por Emilio Giménez Zapiola

Alberto Olmedo, Joe Bazooka; el Capitán Piluso; Ru Cu Cu : El Mago; Yeneral Gonzalez; Costa Pobre; el Manosanta; Borges y Alvarez, en fin, Alberto Olmedo.

ALBERTO OLMEDO/1974 


Reportaje de Emilio Giménez Zapiola
revista Gente

1974

Todo empezó el 24 de agosto de 1933.

Ese día nací yo.

Ni más, ni menos. 

Lo que si no recuerdo bien es si fue en el hospital Centenario, de Rosario, o en mi casa. 


Mi vieja me lo contó una vez, y nunca me puedo acordar exactamente.
 

Pero me parece que fue en el Centenario.

Es decir que de esto hace ya 40 años. 

Como quien dice, soy un hombre que empieza a vivir, porque, según escucho a veces por allí, la vida comienza a los 40.
 Pero vamos por parte. 

A Rosario todo el mundo la conoce, así que no vamos a hablar mucho de ella. 


Yo siempre digo, en broma, que todos los que somos provincianos queremos estar orgullosos de nuestras provincias. 


Les encontramos algunas virtudes y se las decimos a todo el mundo.

Pero si le encontramos algunos defectos, nos callamos la boca; ésos no se los decimos a nadie.  

Entre las virtudes figura el hecho de ser, en 1925, el segundo puerto granero.

¿Cuando empecé a trabajar?

Y… desde muy chico.  

Algunos me preguntan si eso fue doloroso, porque piensan que el trabajar desde chico no es bueno.  

Sin embargo yo nunca me sentí mal por eso.

Al contrario, cuando uno trabaja desde los seis años y medio, la cosa se convierte en un juego más.  

Por ejemplo, para mi era mucho más dramático ir al colegio que hacer el reparto en una verdulería, que fue mi primer trabajo. 

Y eso que le daba duro.

Me acuerdo que a las tres o cuatro de la mañana ya nos íbamos al mercado central con el carro.  

Porque camionetas, pick-up y esas cosas, en aquella época no había.  
Apenas si teníamos que hacer unas 30 cuadras, pero el viaje duraba como una hora.
 

Claro, el carro era bastante jovato y el caballo, bastante más jovato que el carro, seguramente.  

De esos viajes recuerdo que casi siempre volvía tirado, durmiendo entre los lienzos de lechuga, que a veces venia comiéndome alguna bananita, que de vez en cuando me dejaban manejar el carro.  

O sea que era un juego bastante divertido para mi y de paso me ganaba unos pesos para llevar a casa.

Cuando cuento estas cosas todo el mundo siempre me pregunta si no era terrible tener que levantarme tan temprano, y yo la verdad, ni me acuerdo si me costaba o no. 

Supongo que no, porque me acostaría muy temprano.

Recuerdo que en otro trabajo, más adelante, me tenia que levantar a las seis, y allí sí me molestaba; pero cuando era invierno, nada más.

Luego de aquel trabajo pasé a otro mucho más bacán: era cadete en una farmacia.

Ahí ya iba “empilchadito”, era otra cosa. 

Pero la verdulería me ha dejado algo que no se me ha borrado todavía, y es como se me iban estirando los músculos poco a poco.  

A los siete años, por ejemplo, tenia que levantar una canastita con cuatro o cinco kilos de papa para hacer el reparto, y al levantarla notaba que se me inflaba un poquito el bíceps derecho.  

Allí descubrí que tenia un musculito; me sentía muy orgulloso.  

Luego, traté de cultivarlo haciendo acrobacia.

Pero la farmacia tenía también sus encantos; era un trabajo más limpio, más ordenado, menos sacrificado y más remunerado; ganaba algo así como 14 pesos.

En el barrio ya me miraban de otra manera. 

Pero lo más lindo que tenia la farmacia era tener que hacer el reparto en bicicleta.  

Sobre todo porque yo no tenía bicicleta y me gustaba mucho el aparatito.

Me acuerdo que a andar en bicicleta me enseñó una chica que en realidad no recuerdo si era chiquita, grande, alta, baja, rubia o morocha, pero lo que sí recuerdo era que tenía un corazón inmenso y me la prestaba todos los sábados para que yo pudiera andar un par de horas.  

Ahora que lo pienso bien, esos sábados eran realmente felices para mi.

Porque recibir una bicicleta los sábados después de trabajar durante toda la semana…  

Y además estudiaba.

Porque también iba al colegio, por supuesto. 

Era uno muy grande, en el barrio: se llamaba Francisco Seguí.  

Hace como tres años lo fuimos a visitar con Gente.  

Fue una nota muy emotiva; algo que realmente me puso muy triste por todos los recuerdos que me trajo.  

Pero un día también dejé la farmacia, esta vez por dinero.  

Tuve una oferta, no de otro canal, sino de otro ramo: carnicería.  

Yo ganaba 14 pesos y el carnicero me ofreció 18.

Ni lo pensé, me fui volando.  

Era mucho dinero en aquella época.

Allí también tuve mis buenas experiencias.

Claro que la cosa no era fácil.

Era un laburo bastante violento.

Sobre todo porque lo que más exige una carnicería es higiene, y me pasaba el día limpiando.  

Debe de ser por eso que ahora soy un tipo bastante limpio, y no digo sólo con mi persona sino también con las cosas que me rodean, con mi casa.  

Mi mujer también es una enfermita de la limpieza.  

Acá estás comiendo, y si no te levantas a tiempo, te lustran también a vos.  

Pero sigamos con la carnicería.  

A los ocho años, por ejemplo, aprendí a cortar reses, y a los nueve, si bien todavía no sabía descuartizarlas totalmente, sabia cortar unas cuantas partes.

¿Si tanto trabajar no me impedía jugar como todos los pibes?

Y… en alguna medida, sí.

No tenia mucho tiempo en realidad. 

A la mañana la carnicería, al mediodía aprovechaba el tiempo libre y le hacia el reparto de masas a una confitería.

Salía a las 12 y en seguida agarraba el triciclo.

En una hora liquidaba el reparto. 

Luego iba a casa a almorzar y al colegio, y a la tarde, hasta la nochecita, otra vez a la carnicería.  

Todo eso hizo que a los diez años, por ejemplo, yo fuera de alguna manera un poco más grande que mi verdadera edad.  

Ya tenia mis amigos, y, por el tipo de vida que llevaba, aprendía muchas cosas mucho más rápido que la mayoría de los chicos.

Pero ninguna tragedia el tener que trabajar mucho. Nunca lo sentí como una carga. 

Claro que a los diez años ya no me gustaba mucho levantarme temprano, sobre todo cuando hacía frío, porque salir de la cama y meterte de cabeza en la pileta del patio no me hacia ninguna gracia, precisamente.  

Me acuerdo que me ponía papel de diario en el pecho porque lo hacían los ciclistas, y como yo tenia que andar en bicicleta, también me lo ponía para no sentir tanto frío.  

En esa época eso del frío y el pasar a veces por lugares donde había chicos jugando a la pelota me hacían sentir un poquito mal.  

Pero un poquito, no mucho, ¿eh?

Porque yo tenia una clientela sensacional, ganaba mucho en propinas y llevaba buena carne a casa y comía bien.  

En realidad, siempre fuimos bien alimentados, así que de todas maneras hay que darle gracias a Dios por eso, porque me las supe rebuscar y no con dolor.  

No me quedó el dolor…

Y eso que era flaquito. Flaquito, pero alegre.

Era simpático, la gente me quería mucho.  

Una clienta que era maestra, por ejemplo, todos los días cuando iba a llevarle el reparto se quedaba como 15 minutos conmigo enseñándome cosas de aritmética.  

Claro que después se me atrasaba el reparto y tenia que pedalear como un toco.

¡Cuántas veces, en días de lluvia, me habré caído con la bicicleta!  

Se me armaban unos líos bárbaros, porque uno salía de la carnicería con todos los pedidos ordenaditos, cada cosa en su papelito, y cuando me caía se armaba un desparramo que se mezclaba todo y allí te olvidabas de quién te había pedido el lomo, la falda, la paleta, el bife…  

Entonces iba a las casas y preguntaba: ¿qué había pedido usted?  Y cuando me lo decía, le sacudía la tierrita, se la envolvía lo mejor que podía y se la daba.  

Esos días, al final, siempre me sobraba un kilo de carne.  

Era muy divertido, por supuesto.

Después de la carnicería hice changas, de esas que duran un día, una semana o un mes, y chau. 

Una de las changas más violentas que recuerdo me duró cuatro o cinco días.  

Era en una fábrica de fideos; había unas máquinas que largaban los fideos y luego se ponían en unas zarandas muy grandes, de un metro y medio por 50 u 80 centímetros de ancho, y había que llevarlas a la terraza para que se secaran al sol. 

La escalera era muy empinada y un día me vine en banda con zaranda, fideos y todo.  Pero no me echaron porque el tipo era muy bueno.  

Me dijo: “Pibe, vos no tenes fuerza para llevar las zarandas”, y me puso a trabajar en una de las máquinas.

Otra vez, ya tenía 11 ó 12 anos, fui panadero.

O mejor dicho repartidor de pan.  

Cuando empecé, el tipo me preguntó si sabia manejar un carro, porque el reparto se hacia con un carro.  

Le dije que si y a los tres días me enganché con un tranvía.  

Por supuesto, me rajaron. 

Otra vez me tocó acarrear ladrillos con una carretilla.  

La primera vez no es tan difícil, cargas, levantas, haces palanca con los brazos y arrancas, pero a la tercera vez los brazos se te van al piso. 

Entonces largué: “Esto no es para mí”, me dije.

Otra cosa que hice parecida, fue descargar quesos. 

Me acuerdo que fuimos juntos con un primo mío. 

Un tipo me tiraba los quesos a mi, yo a mi primo, mi primo a un tipo que estaba dentro del depósito. . . 

Los primeros quesos la cosa es divertida, pero al décimo ya te parece que el tipo que está arriba del camión te tira piedras de veinte kilos.
 

Creo que cargamos sesenta quesos y largamos todo al diablo.

También fui corredor por la calle, vendía baratijas con un amigo, Salvador Naón. que después fue un maestro en comicidad.  

En esa época gozaba como un loco.

Hacíamos cada negocio…

Y así pasé por varios trabajos distintos hasta que entré en una imprenta.  

Allí aprendí bien todo el oficio gráfico: linotipista, planista, minervista; en fin, todas las cosas que se hacen en una imprenta chica con unas cuantas máquinas.  

Lo que más me gustaba, por supuesto, era la linotipo, porque como era trabajo insalubre me tenían que dar un litro de leche.  

En ese entonces ya tenia como 15 años: empecé a hacer acrobacia.

La cosa fue así: con un amigo, Osvaldo Martínez, un día fuimos a ver a una patinadora que era medio noviecita de él y vimos a tres o cuatro tipos haciendo acrobacia. 

Nos gustó el asunto, nos hicimos amigos y les dijimos que nos gustaría practicar. 

Aceptaron, y así, de esa forma, nació un grupo grande al que unió una amistad que aún hoy dura.

Poco a poco nos fuimos fortaleciendo, empezamos a sacar buenos músculos- y a trabajar.
 

Yo era “volante”. 

Tal vez porque era liviano, cuando hacíamos la pila humana iba arriba de todo, aunque era medio miedoso y dos por tres me venia en banda.

Pero generalmente lo hacia bien, y cuando bajaba lo hacia de un salto. 

Siempre caía parado, claro, pero, con las zapatillas, caer desde cuatro metros, te hacía saltar las lágrimas. 

Pero cuando saludábamos nos reíamos todos.  

A pesar del dolor. “Muchas gracias”, decíamos.

En fin… La escuela la fui haciendo a los ponchazos porque nos mudamos varias veces.  Empecé a hacer palotes cuando tenia cuatro años con una maestra particular, muy viejita.  

Los hacía muy lindos.  

Hice palotes un año y medio hasta que al final ya estaba podrido de los palotes.  

Después hice la primaria, y cuando terminé, un maestro me dijo por qué no hacia el secundario.

-Olmedo —me dijo—, hágalo. Usted es un muchacho inteligente. 

La verdad que me entusiasmó bastante; en el fondo todos pensamos alguna vez en ser doctores, abogados o ingenieros.  

Y me anoté…, pero no fui.  

Pensé que iba a perder el tiempo, que yo no daba para eso, que prefería trabajar…  

Total. en cuanto a buscar el mango, seguro que siempre me lo iba a ganar. 

Además, en la escuela había que cumplir horarios, y a mi nunca me gustaron los horarios; siempre le tuve bronca al reloj.  

Por ejemplo: de la imprenta me fui no por los patrones, que eran gente macanuda. sino por el reloj, el horario; yo los lunes no iba a trabajar a la mañana y entonces se armaba el lío a la tarde.  

Después, cuando me mandaban a hacer el reparto de plomo a otras imprentas más chiquitas, algunos se agarraban la cabeza porque sabían que Olmedo salía pero nunca sabían cuándo volvía. 

Me acuerdo que había un ombú muy grande al lado del Paraná, todavía está y cuando pasaba por allí me quedaba a apolillar un rato.

Cuando volvía, otra vez lío.  

Pero me aguantaban, era increíble.  

Claro que un día me di cuenta que la cosa no podía seguir así y decidí irme.

 Sobre todo porque ya andaba bastante bien con la acrobacia y pensé dedicarme solamente a eso.  

Durante cinco o seis años hice acrobacia día por medio, hicimos giras por todo el país. 

Eramos muy conocidos.  

Hasta fuimos a trabajar a Chile una vez.

Actuamos en la Universidad de Chile, y vean lo que son las cosas: allí hice mi primer número cómico.  

Resulta que en plena actuación se me ocurrió perseguir una mosca: salté el alambrado, me metí entre el público, todo persiguiendo una mosca.  

Y dio resultado. 

Allí mi amigo Martínez me dijo: -Vos tenes que hacer comicidad, y me prestó unos discos para que yo hiciera la mímica.  

Después hicimos algún sketch, las cosas fueron saliendo bien, dejé los discos y la mímica porque no me gustaban, hicimos cada vez más sketchs y allí me di cuenta que tenia algo de pasta para ésto.  

La gente del Centro Asturiano, donde yo estaba trabajando, también se dio cuenta y me dio piedra libre.

Aunque no hacíamos un mango lo mismo.  

Pero nos divertíamos como locos.

Por seguir en ese club, una vez también hice radioteatro; ya tenía 18 años. 

Mi personaje era un paisanito bastante liero y caradura. 

Una vez salimos de gira por el interior para hacer el espectáculo “en vivo” y las viejas se mataban de risa.

En otra oportunidad tuve que hacer de bailarina, disfrazado de mujer.

La idea no me gustaba mucho, pero. ..

Eran épocas donde uno no podía estar pensando mucho porque en las giras no teníamos guita ni para pagarnos un hotel; dormíamos debajo del escenario directamente.

En esa época ya me había conseguido el rebusque de la claque en la comedia, y allí vi que la gran posibilidad de hacer plata estaba en el teatro; no hay que olvidarse que en ese entonces no había televisión en Rosario.  

Me acuerdo que también anduve con ganas de ser bailarín.

Tenia facilidad para el baile, era flaquito.

Inclusive bailamos varias veces dentro de Rosario.

Hacíamos en broma “La muerte del cisne” y “Los apaches”; yo siempre hacia de mujer.  

Un día, cuando estaba en Romería, me hice amigo de Pancho Guerrero.  

El también era rosarino y tenía familia allá, pero estaba trabajando en Buenos Aires.  

Al poco tiempo me dijo que me viniera a la Capital, y un día me junté 500 pesos de la “claque” y me vine en un micro.  

Fui a la casa de Pancho, la vieja me atendió de maravillas: me daba de morfar una barbaridad. 

Enseguida Pancho me mete como “switcher” (era el que le indicaba a los artistas qué cámara tenían que mirar) en Canal 7, donde él también trabajaba.  

Con el tiempo llegué a jefe de “switcher” y allí empecé a rebuscármelas como artista.  

A fin de año hice una comedia y en uno de esos días en que Dios te da una mano, que te salen todas, me puse a improvisar arriba de una mesa haciéndome el cómico.  

Todavía no sé cómo me salió tan bien.

Por eso digo que fue Dios que me dio una mano ese día; porque vino uno toma siempre y no por eso está inspirado.  

La cosa es que ese día me vieron los ejecutivos del canal, me vieron condiciones y me ayudaron.

A la semana siguiente ya estaba haciendo monólogos; era 1955.

Empecé cargando a la gente de la TV, pero después de un tiempo pensé que eso no podía seguir porque estaba hablando de gente que el público no conocía.  

Entonces se me ocurrió empezar a mostrar lo que era realmente la TV.

Le hice conocer al público lo que eran las cámaras, los cameramen, los estudios, los decorados, los micrófonos; le enseñé lo que era un “boom”. 

Buscaba la manera de quitarle un poco de dureza a la cosa, porque en esa época todo era demasiado serio, demasiado ceremonioso.  

Luego hice otras cositas y la gente ya empezaba a conocerme por mi nombre.  

Hasta que llegó Joe Bazooka, mi primera experiencia a nivel de programas infantiles.  

Fue muy lindo, íbamos los sábados a la una de la tarde y tuvo un éxito bárbaro, pero yo igual seguía trabajando como “switcher”: no fuera cosa que un día se me pinchara la garganta…  

Además. como “switcher” ganaba 900 pesos y como artista 2.000. 

Pero cuando llegó Piluso, me decidí, largué el trabajo de atrás de cámaras y me dediqué a la parte artística solamente.  

Por ese entonces ya estábamos en 1959, ya habían empezado a llegar mis hijos y tenía que decidirme en mi profesión.

“El capitán Piluso” fue una de esas cosas increíbles que uno nunca imagina que van a tener tanto éxito.  

Me acuerdo que un día me llamó un directivo del canal y me preguntó si quería hacer un programa infantil diario de cinco minutos. 

Le dije que si, por supuesto. y entonces me dijo que me buscara quien me hiciera el libro.

Yo había conocido a “Coquito” en uno de mis programas anteriores y nos habíamos hecho bastante amigos; sabia que él escribía y le pedí que me hiciera los libretos.  

Aceptó, y luego aceptó también incorporarse al programa como un marinerito.

Así fue como empezamos a trabajar juntos.  

Después los cinco minutos se hicieron media hora, después cuarenta y cinco minutos, y al final una hora.

A esta altura. Coco ya no podía escribir un libreto de una hora por día porque era para volverse loco, así que empezamos a hacer el programa en base a ciertas pautas.  

Llegamos a conocer tanto a los chicos que trazábamos unos esquemas diarios y salía una hora de programa.  

Así, además, era más espontáneo, más fresco y más divertido.  

Hasta nosotros nos divertíamos de las cosas que se nos ocurrían sobre la marcha.

Es que Coco es un tipo muy ingenioso, pero además es ágil, no estira, hace todo rápidamente.  

Como autor, pienso que va a tener su gran oportunidad en un programa nuevo que empezaremos dentro de no mucho. 

Se llamará “Alberto Vilar, el indomable” y es una cargada a “El varón domado”.

También Víctor Sueyro participa en los libretos.

Ya vimos el primero y creo que es muy bueno.

Volviendo a Piluso, el éxito duró mucho, por suerte.  

Estuvimos tres años y medio en Canal 9, luego un año en que no sabíamos dónde meterlo, una temporada en Canal 7 otra vez y finalmente dos años en el 2.

Hasta que un día se acabó del todo.  

Allí es cuando me engancho con Gerardo Sofovich justo en el momento en que hace un programa nuevo; se llamaba “Operación Ja Ja”.

¡Qué programa!  

Yo siempre digo que marcó un hito en la televisión argentina.

Porque al principio trabajaban mucho los hermanos Sofovich, se escribían todo el libreto.  

Pero luego de un tiempo, era tanto lo que nos entendíamos que ya no hacían falta libretos.  

Nos sentábamos alrededor de una mesa todos los que hacíamos el sketch: ellos nos daban las pautas, algunas frases y nosotros hacíamos el resto.

Ni eran necesarios los ensayos.  

Era bárbaro, porque trabajar con esa libertad me parece una maravilla.

Y no hay duda que el sistema era bueno: los éxitos míos, de Altavista y de Eddie Pequenino, que de músico terminó ganándose un Martín Fierro por hacer a un inventor italiano, son claros ejemplos.

¿Teatro?

Y…, si. Pero muy poquito.

En cine, en cambio, hice varias películas.  

Pero yo siempre digo, mi público debería estar en Europa, porque acá no las iba a ver nadie.

Claro, eso fue al principio, ahora en las dos últimas, “Los caballeros de la cama redonda.” y “Los doctores las prefieren desnudas”, tuvieron gran éxito y pienso que se debe a que ni yo, ni el gordo Porcel, ni ninguno de los muchachos habíamos tenido un libretista y director que supiera sacarnos todo lo que éramos capaces de dar en cine.

En teatro lo más importante que hice fue “Promesas, promesas”, con Susana Brunetti, mi comadre encantadora.

Pero no anduvo bien la cosa.

Por lo menos para mí, porque Susana cantaba y bailaba de toda la vida, pero yo…

¿Sabes lo que es aprenderte una letra de Bacharach?  

Pobre Buddy Mc Cluskey.  

El había hecho la versión castellana y yo se la asesinaba todos los días un poquito.

Se la cambiaba, me la olvidaba, un desastre.  

Además si el director no me daba el pie, yo no entraba porque era muy complicada la melodía.  

Recién a los 15 días empecé a hacerla como me gustaba, más a la Argentina, porque era muy americana la pieza, pero ya era tarde.

Cuando fallas de entrada, sonaste, porque la gente ya no viene.

Por eso mis mejores personajes, sin duda, siempre estuvieron en la televisión.  

El de la galera, por ejemplo, nació porque a mí siempre me gustaba disfrazarme de “artista porquería”.  

Un día Gerardo me dio un número especial para hacer por una única vez y salió eso.  

Lo mismo que el general González.

¿Se acuerdan?

Lo hicimos una vez y fue una bomba.  

A la semana siguiente Gerardo me dice que haga lo mismo.

“¿Lo mismo?”, dije yo.

“¿Cómo voy a poder hacer otra vez lo mismo?”.

Y sin embargo lo hacía.  

Después también estuvo “Rupeta”, allá por 1968.

A esta altura ya se empezaron a acabar definitivamente las penurias económicas para mi.

Ya nunca más me faltó el trabajo y hoy me puedo dar el lujo de elegir.

De decidir qué me gusta más hacer, de no hacer teatro, por ejemplo, para poder tener los fines de semana libres, y salir con mi mujer y estar con los chicos. 

Si agarrara todo lo que me ofrecen, ya seria estar persiguiendo la plata y me podría llegar a enfermar de guita; entonces no saldría nunca más del pozo.  

Porque entraría en esa de querer siempre más.

¿Tres habitaciones? No, cuatro.

¿Qué aquél tiene un traje de alpaca?

Yo quiero uno mejor. Y así.

Y cuando agarras esa onda, al final perdés como en la guerra.

Yo tengo un trabajo en el que me pagan bien por divertirme.

Pero hay que estar muy alegre para hacer comicidad.

Hay que ser feliz. Y yo soy muy feliz.

Con una mujer encantadora, cinco hijos todos sanos, no tengo enfermos en la familia, gano buena plata, puedo comer bien, ir al cine, hacer muchas otras cosas…

Y si dejara que me tragara la máquina, no las podría disfrutar y entonces ya no seria feliz y no podría hacer reír.

Y así, poco a poco, creo que tendré que seleccionar más mis trabajos.

Algún día, en vez de dos programas de TV haré uno, luego en lugar de trabajar todo el año trabajaré sólo seis meses, o me haré productor, porque, eso sí, creo que me resultaría imposible ahora dejar todo este ambiente.

Ya forma parte de mí mismo.

Pero hay que saberlo balancear con la familia. Si no, no sirve para nada.

Yo, por ejemplo, tengo cinco hijos: Fernando de 14 años, Marcelo de 12, Mariano de 11, Javier de 6 y Sabrina de 4.

¿Y sabes una cosa?

Me encantan los chicos, jugar con ellos.  

Yo siempre le digo a mi mujer que seria lindo tener siempre uno chiquito, de uno o dos años, al lado de uno mientras los otros van creciendo. 

Lindo asunto este de los chicos, pero para disfrutarlos hay que tener tiempo, y yo, de aquí en más, me lo pienso hacer.  

Después de todo, ¿hay algo más lindo que jugar con un bebé todo e! tiempo que se pueda…?

AO/

ALBERTO OLMEDO
Transcripción: EMILIO GIMÉNEZ ZAPIOLA
revista Gente

1974/

www.magicasruinas.com.ar

A %d blogueros les gusta esto: