SAN MARTÍN ENTRE EL MITO Y LA HISTORIA (PARTE I)

Gonzalo García - La Voz de la Jotapé -

En los años setenta, la Juventud Peronista, provocaba al generalato de Lanusse cantando: “generales de cartón, generales son los nuestros: San Martín, Rosas, Perón.”
El 17 de Agosto de 1850 fallecía el “Padre de la Patria”

SAN MARTÍN ENTRE EL MITO Y LA HISTORIA (PARTE I)  

santamarta-2-1-320

Por Gonzalo García

“Una palabra domina e ilumina nuestros estudios:”comprender”. No digamos que el buen historiador está por encima de las pasiones; cuando menos tiene ésa.” Marc Bloch.

“No esperemos recompensas de nuestras fatigas y desvelos”. José de San Martín.

Introducción

San Martín como figura de culto, como prócer, puede resultar un perfil sencillo para ser narrado en historias escolares o para ilustrar revistas como Billiken.  

Pero no es fácil para los historiadores. Su tratamiento histórico es áspero y dificultoso por dos razones: El nombre de San Martín está envuelto en “misterios”, enigmas, secretos y dudas que aún no están del todo despejadas y, en segundo lugar, la figura histórica de San Martín está muy vinculada con el mito del héroe. En lo que se refiere al “héroe”, el concepto de la heroicidad individual como sujeto hacedor de la historia, considero que es una zona que corresponde al mito o a la leyenda, no a la historiografía.  

El heroísmo individual no tiene significado histórico. Pero sí es medular conocer la construcción histórica del prócer, del “Padre de la Patria” y ése es el objetivo propuesto en este artículo: conocer y comprender las razones y los medios de la construcción histórica de San Martín como Padre de la Patria, héroe sobresaliente e indiscutido del panteón nacional. En torno a la historia de San Martín se ha creado un mito.

Poco tiene de verdad lo que se ha enseñado mecánicamente sobre él durante generaciones. Pero ese mito no es más creíble.  Ya no es funcional a quienes lo inventaron.  Es tiempo de construir un nuevo relato al servicio de los intereses de la patria.

Saliendo del ostracismo

Fue recién a fines del S .XIX, principios del XX, que San Martín quedó en el lugar de la historia que la escuela primaria nos enseñó. Su figura y su mito se desarrollaron a lo largo de los años.  Este fue un proceso largo y accidentado que todavía no ha terminado y que a continuación intento exponer.

Al momento de abandonar el país en 1824, San Martín era uno de los hombres públicos más “desprestigiados” del continente.  En Perú lo acusaban de ladrón y dictador con ínfulas de monarca; en Chile de jefe de los bandidos y asesino de los hermanos Carreras; en la Argentina de ambicioso, advenedizo y reblandecido cerebral.  

Sus muchos enemigos políticos (personajes nefastos de la talla de Rivadavia, Cocharne, Carreras, etc.) habían realizado una despiadada campaña de injurias contra el vencedor de Maipú. En 1842 el Congreso de Chile vota por unanimidad una ley que le restituye el grado militar y otorga una pensión vitalicia a un San Martín ya en el exilio y pocos años antes de su muerte.  

La reivindicación pública había comenzado un año antes con un escrito de Sarmiento en la prensa chilena.  Firmado con el seudónimo de un “Teniente de Artillería de Chacabuco”, su autor, quien obviamente no había estado en la batalla, provoca la inmediata atención pública.  El artículo pone en marcha la revisión del pasado bajo una nueva perspectiva, la del presente americano que busca en su propia historia el origen y la identidad del nuevo orden institucional.  

Una vez retomada esta línea de continuidad histórica, la figura de San Martín adquiere el status de “primus inter pares”, y será “el primer exiliado” dirá Sarmiento desde su propio exilio chileno. Los historiadores contemporáneos del prócer ejercitaron sin temor la crítica directa y abierta sobre su persona como sobre sus actos.  

Dos de ellos lo conocieron en el exilio.  El ya mencionado Sarmiento lo visitó en Grand Bourg en 1845; dos años antes había estado Juan Bautista Alberdi.  Pese al enorme interés que despertaba en ambos, ninguno dejó una visión apologética de su anfitrión.  

Sobre todo el sanjuanino que juzgaba con acritud la relación epistolar que San Martín mantenía con Juan Manuel de Rosas, “un tirano condenado por la historia”.  

Sin embargo, a cada lado de los Andes, los miembros de la segunda generación de la Independencia reconocían en San Martín al Libertador.  Según cuenta Francisco Encina en “Historia de Chile”, los antiguos oficiales chilenos también rehabilitaban en el país trasandino su figura.  

En 1845 el general Francisco Pinto le escribía: “Marcha a Europa mi hijo Aníbal en la legación que va a Roma, y al pasar por París tiene que cumplir con la obligación que incumbe a todo chileno de besar la mano de quien nos dio Patria. Sírvase usted, mi general, echarle su bendición”. Lentamente San Martín va saliendo del ostracismo histórico al que fue sometido por la pandilla rivadaviana. Paradójicamente, serán los herederos políticos de Rivadavia y los unitarios los que construirán el mito sanmartiniano.

Alberdi rehúsa el rol de creador

En 1852, después de la caída Rosas, Sarmiento le pide a Alberdi una biografía del héroe. Alberdi rehúsa la invitación, pues cree que se pretende condicionar su juicio. Alberdi rechaza el manejo politiquero de la historia y en 1865, decepcionado con el curso de los hechos, arremete contra la primera versión de la “Historia de Belgrano”, publicada en 1857 por Bartolomé Mitre y prologada por Sarmiento.  

Con ironía fustiga la falsa vanidad nacionalista de Mitre y denunciando falsedades, entre otras cosas escribe: “En Sud América, cada república tiene que deber su historia a su vecina. ¿Acaso la revolución no se ha hecho de esa manera? ¿Y cuáles fueron sus banderas? La azul y blanca, aclara Alberdi, sólo flameó victoriosa en territorio argentino en la batalla de Salta, con la bandera española se hicieron las campañas de Paraguay, de Montevideo y del Norte, con las banderas de Perú y de Colombia se definió la independencia en Ayacucho; la bandera azul y blanca sólo volvió a desplegarse en Chile pero San Martín, una vez en Lima, la reemplazó por la del Perú pese a la oposición de los oficiales argentinos. Esta es la historia que Mitre no cuenta, asevera Alberdi, porque no da votos para la presidencia”. 

El mas lucido de los intelectuales del liberalismo argentino rechazaba ser el “creador” del mito sanmartiniano.  Con su actitud ya denunciaba la invención de un mito que no concordaba con la verdad histórica.

El liberalismo argentino y la creación del mito

En 1862, se inaugura la gran estatua ecuestre del héroe en Buenos Aires, en la actual plaza que lleva su nombre. Mitre presidía la República.  A partir de 1875, comienza a publicar en “La Nación” (recordemos que Mitre era propietario del diario), en forma de folletín, la “Historia del general San Martín”

La obra cuenta con una profusión de documentos que provienen entre otros del archivo personal de San Martín que estaba en manos de su nieta doña Josefa.  En 1878 el gobierno nacional en pleno conmemora el primer centenario de su nacimiento.  

Los actos son masivos.  Desde el año anterior, el presidente Avellaneda ha logrado instalar en la opinión pública la necesidad de juntar fondos para repatriar los restos del Libertador. El 28 de mayo de 1880, la ciudad recibe los restos de San Martín; para la ocasión se pospone el enfrentamiento armado entre los detractores y los partidarios de la federalización de Buenos Aires que ya era inevitable.  

Algunos historiadores mencionan las dificultades que se tuvo para que la Curia de Buenos Aires aceptara sus restos en el recinto de la Catedral, debido a su posible condición masónica.  

La historiadora y experta sanmartiniana, Patricia Pascuali, tiene una interesante opinión al respecto cuando expresa que: “Es una gran contradicción que sus restos estén en la Catedral. La Iglesia no lo quería, por eso se hizo el mausoleo afuera del recinto consagrado. Debería estar enterrado en la Recoleta: la ciudad le había destinado un lugar en el Cementerio”.  

Ciertamente, los funerales y el destino final de sus restos mortales, descansando en la Catedral Metropolitana, contradicen la voluntad de San Martín, claramente expresada en su testamento, donde prohibía que se le hiciere funeral y pidió explícitamente que se lo trasladase a un cementerio.  Su único pedido fue “aunque desearía que mi corazón descanse en Buenos Aires”.  Pero poco le interesaba a esa generación respetar la última voluntad del prócer, ya estaba en marcha la construcción del mito.

El hombre según Mitre

Entre 1887 y 1888, Mitre concluye su obra biográfica.  Su visión de San Martín no es complaciente.  Lo describe como un general más metódico que inspirado, un político por necesidad y por instinto más que por vocación, en fin, una inteligencia común de concepciones concretas.  Polemiza con Vicente Fidel López, que juzga con más dureza al Libertador pues no omite referir cuanto ha oído de su propio padre, Vicente López y Planes. La historia de Mitre, muy bien escrita y mejor documentada, se propuso asentar los mitos fundadores de la Nación.  

Si el mito es el relato de los orígenes, lo que a Mitre le interesaba, era instalar institucionalmente, a través del mito histórico, un discurso político y una historia oficial que nos permita reconocernos en un pasado propio.  Obviamente un pasado circunscrito dentro los conceptos ideológicos del liberalismo porteño, a los intereses de clase que defendía y representaba Mitre. El objetivo fue políticamente funcional al poder oligárquico durante el siglo XIX y parte del S. XX.

Muerte de la tradición oral

El historiador Ernesto Quesada, precursor del revisionismo histórico, afirma en el año 1915, en una conferencia pública, que ha recibido de manos de un investigador peruano un retrato de un supuesto hijo natural de San Martín muerto poco tiempo atrás en Lima, y agrega: “ha sido voz pública en la ciudad del Rimac, que aquel mulato era bastardo del héroe”.  

Quesada le resta importancia al hecho pero no omite contarlo.  ¿Quiere humanizar al prócer?  No, no necesita hacerlo, simplemente acude a la fuente de la tradición oral que todavía opera con fuerza sobre el sentido común.  Esta es una de las últimas noticias que llegaron a través de la tradición oral que se conoce como fuente histórica a 65 años de la muerte de San Martín. Muerta la tradición oral. Era tiempo de reactualizar y rediseñar el mito. Era el momento de cristalizarlo. Pensaron (los herederos de Mitre, Sarmiento y cia) que no existía quien pudiese refutar el mito. Bajo esta lógica avanzaron.

Rojas: la sacralización del Mito de Don Bartolo

El endiosamiento del prócer, su sacralización y sobre todo la militarización de su figura no es imputable al siglo XIX. Es un fenómeno mucho más tardío, o más reciente: comienza bien entrado el siglo XX.  Ricardo Rojas (1882-1957) publica en 1933 “El Santo de la Espada”.

Como se afirmó, la tradición oral ha concluido. Ahora Rojas puede, sin reservas, presentar a San Martín como un santo laico, un hombre moralmente íntegro, desinteresado e intachable. Un arquetipo.  

Es interesante ahondar ligeramente en la figura de Ricardo Rojas, ya que su trayectoria como intelectual orgánico fue repetida trágicamente por muchos pensadores argentinos. Arturo Jauretche escribió un brillante y ácido artículo “Ricardo Rojas, un intelectual a contramano de la alegría” donde, entre otras cosas, señala: “Rojas fue durante varios años la gran figura histórica del viejo país, ligado al radicalismo en declinación, que simbolizaba la oposición a la revolución nacional acaudillada por Perón”.  

Jauretche reivindica a un Ricardo Rojas joven y nacionalista que escribió obras atractivas como “La restauración nacionalista” o “Blasón de plata”, que es una crítica al dilema de civilización o barbarie.  Pero añade que, “presionado por los grandes poderes de la semicolonia que lo condenan al silencio, Rojas sale a la palestra durante la primera guerra mundial en total coincidencia con la posición oligárquica y poco después se desplaza cada vez más de su posición de años atrás”, quedando al fin, “enredado en los compromisos con la superestructura cultural de la factoría”.  

Para Jauretche, Rojas es el responsable de la sacralización y mitificación de San Martín en “El Santo de la Espada”, “levantándolo como héroe moral para anularlo como jefe de la revolución latinoamericana y decidido antirrivadaviano, es un paso más en su claudicación”.

El Santo de la Espada”

No hay dudas que sin “El Santo de la Espada”, la historia y la imagen pública de San Martín hubiese sido otra, tal vez más formal y militar, y mucho menos “sacra”.  Quien haya leído esta obra habrá notado que el autor no ha escrito “una historia”, sino que escribió “una vida”.  Ricardo Rojas escribe esta biografía apologética para incorporar a San Martín a la mitológica universal.  

Leemos entre otras cosas: “Su figura sin predecesores entre los guerreros, no pertenece a la tradición homérica de Aquiles o de Héctor, en que se formaron Alejandro, César, Carlomagno, Federico, Napoleón y el americano Bolívar, tan grande como aquellos. San Martín es un asceta con misión de caridad, y pertenece a la progenie de los Santos armados, prototipos de los que en la gesta medieval fueron Lohengrin y Parsifal, caballeros de lo divino, verdaderos protectores, cuyo misticismo épico no se había realizado plenamente en la historia antes del caso sanmartiniano; pero que tiene precedentes castizos en el Rey Pelayo y el Cid Campeador de la historia o en el Amadís y el Quijote de la leyenda literaria.”

En “El Santo de la Espada”, Rojas divide la vida de San Martín en tres etapas o “Jornadas”, la primera de aprendizaje y conocimiento (1778-1816), la segunda de realización y poder (1816-1822) y la tercera de sacrificio y amor (1822-1850). A ellas corresponden las tres grandes partes del texto, titulados: Iniciación, Hazaña y Renunciamiento.  

A manera de epígrafe utiliza para iniciar los bloques tres conocidas frases sanmartinianas que reflejan el perfil psíquico del héroe: “Serás lo que hay que ser o no serás nada”. “Debo seguir el destino que me llama” y “Estoy y estaré retirado del mundo”. Desde el punto de vista literario es considerada, por quienes entienden, una obra menor. Entretenida, erudita, de lectura amena, pero “sin la fuerza narrativa de un Sarmiento o Lugones” dicen.  

También agregan que se advierte en el “Santo de la espada” la influencia del modernismo con un sesgo neorromántico, y una gran identificación con la poética de Víctor Hugo. Ricardo Rojas vacía de contenido político la biografía de San Martín y lo mitifica como un santo laico, inmaculado: “El será en medio del tumulto emancipador, algo así como un monje armado, ejemplar nunca visto de santidad paladinesca, Cid de nuevas Castillas fundido en un Loyola de misticismo laico”. “El santo de la espada” es un claro ejemplo de mitificación de la historia y un libro paradigmático que, tendenciosamente, nos muestra a un semidiós para no mostrarnos un hombre. 

Un libro que, ofrece un prototipo de héroe universal en vez de nacional, en fin un Santo que debe de cumplir con su destino del que está prisionero.

Y como toda mitología tiene su costado misterioso y esotérico, los temas inciertos de la historia de San Martín, los que definen su naturaleza política, quedan en la bruma de las dudas.  Todo es enigmático y metafórico como en las leyendas.  

La filiación de San Martín la define como “cuna incierta y oscura”.  Las razones de la decisión de San Martín de venir a América del Sur y adherirse a la causa de la emancipación se debe a que: “La visión de América pasó ante sus ojos: en lo recóndito de su espíritu, oyó entonces la voz del daimon interior que guía a los héroes. Odiseo volvía a su Itaca”

La posible filiación masónica de San Martín no es un hecho político, sino hermético y oscuro: “San Martín entró así a la logia de Cádiz, aunque no sin antes vencer recios escrúpulos en lo profundo de su alma”. “La verdadera “iniciación” de San Martín fue su experiencia en el trabajo y el dolor…”.

En conclusión, Ricardo Rojas, en el “Santo de la espada”, reafirma las bases fundacionales del mito sanmartiniano acorde a los dictados ideológicos del mitrismo y a la oligarquía porteña.  

Lo hace entrado el siglo XX, en respuesta a las nuevas necesidades de las minorías oligárquicas.  Construye un héroe misterioso y difícil de vislumbrar.  Muy parecido al que describía Mitre, cuando éste escribió su Historia de San Martín: “San Martín, tenía siempre dos cuerdas en su arco: una visible y otra oculta. Por una tendencia de su naturaleza compleja –positiva y de pasión reconcentrada- a la vez que todas sus ideas se traducían en acciones, se entregaba a elucubraciones solitarias, dando gran importancia a los manejos misteriosos. Su organización de la Logia Lautaro, su plan de guerra de Zapa antes de atravesar Los Andes, sus trabajos secretos para preparar la revolución del Perú, sus tentativas de pacificación con los realistas haciendo intervenir la influencia de la masonería, y por último sus planes tenebrosos de monarquía, dan testimonio de esta propensión. Era, pues, natural, que a sus trabajos públicos, acompañase algún trabajo subterráneo en la sombra del misterio”.  

Y en la penumbra de ese “misterio” se niega al San Martín histórico, jefe político de una revolución continental, el de la causa de la emancipación americana, el que desde el exilio le lega su sable a Juan Manuel de Rosas…. El San Martín mítico de Mitre y Rojas es un prócer universal y ahistórico mas cerca del “Cid Campeador” que de sí mismo, mas helénico que americano, más sajón que mestizo.  

Un arquetipo imposible de comprender en su verdadera dimensión histórica. De esta manera y de la mano de Ricardo Rojas se lo coloca al Libertador en la “superestructura cultural de la factoría” convirtiéndolo así en un ente inaccesible. La construcción del mito que compone Ricardo Rojas en el “Santo de la espada” según las instrucciones del aparato cultural del régimen liberal no tienen consistencia histórica alguna. Y si, a esa falta de solidez histórica, se le agrega la manera intrigante y misteriosa en que está narrada la vida del héroe, comprenderemos la razón por la cual se han planteado, desde diferente ángulos y desde todas partes, dudas y preguntas sobre la figura del prócer en los últimos cien años…: ¿Cuál era la relación de San Martín con la corona británica?  ¿Era masón?  ¿Era mestizo?  ¿Cual era su verdadera filiación?  ¿A qué vino a Argentina?  ¿Por qué no desembarcó en 1829?  ¿Cuál era la relación política con Juan Manual de Rosas?  

Y por último, como todo ocurre según la historia oficial entre enigmas e intrigas…  ¿Cuál fue el contenido de la entrevista de Guayaquil?  En el mito todo puede ser confuso, en la narración histórica no, porque toda narración histórica opera sobre la identidad nacional y ésta debe de ser fortalecida, no debilitada por las dudas intrigantes de los intelectuales orgánicos del aparato cultural del sistema.

La “estatización” del mito En 1934, un año después de la publicación del “Santo de la espada” y en plena “década infame”, el historiador José Pacifico Otero funda el Instituto Nacional Sanmartiniano con el objetivo de “proteger” la memoria del prócer.  

La “Biblia es la “Historia de San Martín” de Otero, una minuciosa y documentada obra que contiene una similar línea argumentativa que Mitre y casi mismas omisiones históricas que su obra. En este mismo período histórico, bajo la presidencia del General Justo, se proclama el 17 de agosto como efeméride patria y, de esta forma, San Martín es emplazado en el panteón nacional junto con Belgrano, el otro héroe biografiado por Mitre.  

Luego, con la incorporación de Sarmiento se completa nuestra tríada de héroes patrios, y son las tres fechas de sus muertes, en la actualidad, las que figuran en las efemérides patrias. Después de la revolución del 4 de junio de 1943 el culto sanmartiniano se oficializa según los dispositivos del Estado Nacional.  

Comienza lo que podemos llamar la militarización del prócer.  En agosto de 1944 por medio del decreto ley 22.131 se convierte el Instituto Nacional Sanmartiniano en un organismo del Estado.  El objeto de esta institución estatal es, entre otras cosas: “rectificar públicamente por comunicaciones, escritos, conferencias o cualquier otro medio de difusión, todo error que se ponga de manifiesto en publicaciones, obras, conferencias, etc., con respecto a la verdad histórica sobre la vida del prócer y hechos en que intervino”

Es decir que se crea un organismo estatal para ser el juez de la verdad histórica sobre temas sanmartinianos y custodio de la integridad moral de la figura del prócer.  Desde el año 1945 hasta la fecha ejercieron la presidencia del Instituto 8 militares y tan sólo un civil. (El Profesor José Maria Castiñeira de Dios desde 1950 a 1952. Una grata excepción).

Un aspecto a considerar también en la militarización de la prócer llevada a cabo por el Instituto Nacional Sanmartiniano es la creación posterior de la Comisión Argentina de Historia Militar.  Esta Comisión recibió el aval de la Secretaría de Cultura de quien depende el Instituto Nacional Sanmartiniano en su actual orgánica administrativa. Sus fines son, además de promover el estudio y la difusión de la historia militar en general y de la historia militar argentina en particular, ” enfatizar especialmente la trayectoria castrense del Libertador General José de San Martín”. En el año 1944 se instituye la “Orden del Libertador San Martín”, condecoración destinada al reconocimiento de los servicios prestados al país o a la humanidad por personalidades extranjeras, asociando así el mayor galardón otorgado por la Nación a la figura del Padre de la Patria.

Perón y San Martín En 1950 durante el primer gobierno justicialista, el General Perón preside los actos oficiales montado en su caballo pinto y luciendo uniforme militar.  Es el primer centenario de la muerte del Libertador.  

El mito ya queda despojado del hombre conocido, el Gran Capitán sólo viste ropaje militar.  El prócer fundido en bronce acababa de nacer a cien años de la muerte histórica del hombre que lo sustentó. Por medio de la ley 13.661 se declaró a 1950, centenario de su muerte, “Año del Libertador General San Martín”.  La apoteosis sanmartiniana se renovaría cada día de los 365 del año 1950.  

El general Perón, infundido como militar y político del fervor patriótico que acorde a un conductor de pueblos como él, encontró el escenario ideal para impulsar la causa sanmartiniana como la causa de todos los argentinos. Pero para poder comprender debidamente al año 1950, “Año del Libertador General San Martín” y su aporte en la construcción del mito, es preciso también entender cuál es la función del mito en la historia de un pueblo y en que contexto nacional e internacional se encontraba Argentina en ese momento.

Los mitos son definidos por el especialista Joseph Campbell como “instrumentos fundamentales para entender la realidad” y explica que, a las creaciones simbólicas, los hombres las utilizan para resolver los dilemas de su tiempo.  

El país de los argentinos en el Año del Libertador era la Argentina del primer peronismo con un sesgo profundamente nacionalista.  Con el ejército participando activamente en la industria nacional y comprometido con el proyecto político de los trabajadores que conducía el General Perón, en el marco de una economía floreciente.  

Agreguemos un contexto internacional y geopolítico especial como lo fue la guerra fría. En ese marco de pos guerra la Argentina había declarado su Tercera Posición e intentaba conducir la unidad latinoamericana.  El Año del Libertador simboliza sin duda ese momento histórico de la Argentina que quería revelar a América y al mundo toda su realidad: un pueblo unido detrás de las banderas y el coraje de un Gran Capitán y un ejército poderoso con vocación nacional.

Exhibía también claramente a un presidente democrático de extracción militar encabezando un movimiento de masas, popular en su base y nacional en sus objetivos. Mostraba al mundo ideológicamente convulsionado de la post guerra el surgimiento de un proyecto alternativo: una Nación socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana.

La Resistencia Peronista y el “San Martín – Rosas – Perón”.

Y llegamos a la Revolución fusiladora de 1955.  Si bien la tríada San Martín-Rosas-Perón ya había sido preconizada por autores revisionistas durante el gobierno de este último, será después de 1955 que a la línea Mayo-Caseros-Septiembre propuesta por la “Revolución Libertadora se le responderá con la mencionada tríada nacional desde los más diversos círculos del peronismo. Jauretche señalará cáusticamente al respecto: “La Línea Mayo-Caseros ha sido el mejor instrumento para provocar las analogías que establecen entre el pasado y el presente la comprensión histórica…! Flor de revisionistas estos Libertadores! Para perjudicar a Perón lo identificaron con Rosas y Rosas salió beneficiado en la comprensión popular. Caseros se identificó con septiembre de 1955 y los vencedores con los gorilas…”

Perón, guiado por un criterio pragmático, prefirió no incorporar el debate sobre el pasado a los conflictos que atravesaban el presente de la sociedad argentina, por lo que eludía pronunciarse públicamente sobre la problemática planteada por el revisionismo.

En el libro “Breve historia de la problemática argentina” compilado por Eugenio P. Rom en 1967, en la soledad del exilio, Perón opina sobre San Martín y señala primordialmente el perfil militar del prócer: “San Martín era junto con Alvear, el único militar del Ejército Argentino, que se podía llamar de carrera. Cuando regresa a su tierra, ya es teniente coronel, formado en el Ejercito Español”. Y continúa: “Tiene 34 años de edad, con 20 años de servicios. Todos sus grados los ha ganado peleando en el frente de batalla. No era noble; por eso, cada ascenso tenía que lograrlo por mérito, y con el sable en la mano. No había en todas estas tierras, ninguno que se le pudiese poner a la misma altura. Era un soldadazo. Un militar de lujo. Su estrella brilla todavía, más que ninguna otra, en el cielo de la Patria con la luz de Chacabuco y Maipú con la libertad de medio continente”.

Pero es interesante señalar que Perón es coherente en la valoración que hace de San Martín esencialmente militar porque coincide con su concepto de que: “el origen de nuestra patria es sumamente complejo, pero, dentro de esa misma complejidad, se destaca netamente la influencia del factor militar”.

Las décadas del 60 y 70 son de movilización popular y lucha armada. Estos años coinciden con la época de oro del revisionismo y con un avance notable de la corriente nacionalista popular, acompañada por la “izquierda nacional” y las vertientes más radicalizadas del peronismo.  El pasado se politiza y en esas polémicas la figura del héroe es reivindicada por el revisionismo histórico y los sectores populares. 

El revisionismo histórico se reencuentra con el Movimiento Peronista. San Martín es bajado del pedestal liberal en donde había sido instalado como prócer impoluto por no haber intervenido en las luchas civiles argentinas, por no “desenvainar el sable”. 

El revisionismo señala y difunde en sus escritos el gesto político de San Martín de legar su sable a Juan Manuel de Rosas.  El revisionismo rosista-peronista de los años de oro levantó la donación del sable hecha por San Martín a Rosas como la convalidación de los méritos históricos del Restaurador para integrar el panteón nacional. Espacio que la historiografía liberal le había negado y seguirá haciéndolo hasta la actualidad.

Por esos mismos años setenta, la Juventud Peronista, en estado de movilización permanente, provocaba al generalato de Lanusse con cánticos como éste: “generales de cartón, generales son los nuestros: San Martín, Rosas, Perón.” Consigna ésta que, además de proclamar la línea histórica de nuestra soberanía política, reflejaba la militarización de la política en esos momentos.  

Esa misma JP a principios de los 70 y en el marco de la campaña del “Luche y vuelve” realiza una pegatina de afiches que reproducían la “Orden General: “Compañeros del Ejército de los Andes: La guerra se la tenemos que hacer como podamos: si no tenemos dinero; carne y tabaco no nos tiene que faltar. Cuando se acaben los vestuarios, nos vestiremos con la bayetilla que nos tejan nuestras mujeres y si no andaremos en pelota como nuestros paisanos los indios, seamos libres y lo demás no importa. Compañeros, juremos no dejar las armas de la mano hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas como hombres de coraje.” José de San Martín.

En el primer documento de apoyo explicito a Montoneros realizado por una organización política de superficie, en ocasión del asesinato del asesinato de Emilio Ángel Maza en 1970, se cita la Orden General de San Martín.

En aquel documento la Federación de Agrupaciones Universitarias Integralistas de Córdoba encuentra en las palabras del Padre de la Patria la justificación política de la vida y la muerte de quien fuera uno de los fundadores de Montoneros.  

El mensaje sanmartiniano, aprovechado por la JP, iba dirigido a la cúpula militar de la dictadura lanusista y marcaba evidentemente la decisión y la naturaleza de la lucha emprendida.

El Golpe y el (re) vaciamiento del mito

En 1978, en plena dictadura militar, se celebró el año del bicentenario del nacimiento de San Martín, conjuntamente con el Campeonato Mundial de Fútbol.  El marco lo dio el “II Congreso Internacional Sanmartiniano” donde, la moderación de los discursos oficiales no alcanzó para ocultar el fondo de sus intenciones políticas y su ideología liberal – entreguista. 

El mencionado congreso ofició un gran homenaje a San Martín y recogió las investigaciones tanto de experimentados historiadores, como de jóvenes estudiosos del país y del extranjero.  

Toda esta actividad oficial se desenvolvía en una sociedad angustiada por la falta de garantías constitucionales y castigadas por las calamidades que sufría. Desde la vuelta al sistema democrático en 1982 hasta el día de hoy la figura de San Martín, como mito histórico, continúa en los manuales escolares de Historia Argentina definitivamente unida a la idea de Padre de la Patria que ya los argentinos tenemos integrada a nivel “genético”.

Estos manuales no pretenden enseñar historia sino la liturgia vacía y mecánica de ser argentino. Rituales sin sentido crítico que sirven para socializar los valores morales de un arquetipo humano. 

Es una política de estado, que entendemos correcta implementar, pero insuficiente y equívoca en el contenido. 

Porque el modelo, el mito, está vaciado de contenido histórico, es incompleto, parcial, tiene demasiadas lagunas y abusos interpretativos. Simplificaciones de catecismo que subestiman la inteligencia media del pueblo argentino.

Los vacíos actuales del mito

Pero, como señalamos más arriba, al no tener el mito sustento histórico necesario ha sufrido ciertos embates, se han planteado dudas, cuestionamientos que a algunos sectores les resultaron chocantes o agraviantes.  

En los últimos 20 años han aparecido algunos historiadores especializados en temas sanmartinianos que, desde diferentes espacios ideológicos, han cuestionado las bases mismas de la narración histórica oficial que generó el mito.

Entre estos trabajos históricos que han abierto nuevos caminos quiero destacar los siguientes:

Terragno y el plan ingles

a)     Rodolfo Terragno en 1981 durante su exilio londinense y guiado por su vocación investigadora encuentra en unos archivos escoceses una documentación en la cual un militar, Thomas Maitland, presenta hacia 1800 al gobierno británico un proyecto político militar bajo el nombre de “Plan para capturar Buenos Aires y Chile y luego emancipar Perú y México”.  

Al regresar del exilio y siendo Alfonsín presidente, publica su descubrimiento en la revista “Todo es Historia” en agosto de 1986 en un artículo titulado “Las fuentes secretas del Plan Libertador de San Martín”. Más tarde, en 1998, editará un libro bajo el título de “Maitland & San Martín” en el que profundiza y aporta nuevos detalles de sus investigaciones.

En realidad la obra se reduce a exponer su descubrimiento evitando interpretaciones y comentarios sobre el mismo, aunque deja sentado de que sería casi imposible que San Martín no haya conocido estos planes.  Deja de esta manera la puerta abierta para que los historiadores y el público replanteen las relaciones políticas entre la corona británica y el General San Martín.

Sejean y el agente ingles

b)    En 1997 la editorial Biblos publica “San Martín y la tercera invasión inglesa”, el autor, Juan Bautista Sejean no es un experto historiador sino un ex juez de la Nación.  

Ex juez de la dictadura militar que se declaró incompetente cuando le tocó intervenir en el asesinato del Mayor Bernardo Alberte, asesinado vilmente (fue arrojado al vacío desde el balcón del 6º piso del departamento en que vivía) por un grupo de tareas el mismo día del golpe militar del 24 de marzo de 1976.

Este ex juez, devenido en historiador llega a la conclusión de que el Padre de la Patria es un agente inglés.  

Así lo pronuncia sin ninguna vacilación.  Esta conclusión es producto de especulaciones basadas en una teoría conspirativa de la historia, pero que aprovecha también la ausencia de explicaciones coherentes y fundamentadas acerca de la razón del regreso de San Martín a su patria.  Sejean se vale de la poca solvencia de la historia mitrista, las deformaciones del mito y las profundas lagunas que la narración histórica contiene. 

Y así, el ex juez, apelando a simplificaciones, escribe en un libro que tuvo varias ediciones, donde plantea su absurda y fantasiosa conclusión: El Padre de la Patria, era un agente del imperialismo británico.

La chismografía histórica de Hamilton

c)     La polémica relacionada con San Martín se complica y profundiza en el año 2000 al cumplirse los ciento cincuenta años de su fallecimiento.  

En ese año se publican varias biografías de San Martín, la más exitosa desde un punto de vista comercial se titula “Don José, la vida de San Martín” del escritor liberal José Ignacio García Hamilton.  

El autor afirma que el libro “nos permite recuperar la imagen de un San Martín de carne y hueso, con humillaciones y esperanzas, alejado del perfil de héroe mitológico elaborado por la historia oficial.”  

Este libro, más cerca de la literatura o del género de la telenovela, es un salpicado de referencias a la vida íntima de San Martín que en su afán de humanizar al prócer llegan, innecesariamente, hasta las fronteras del mal gusto y la procacidad.  

Pero el golpe efectista del libro, la novedad es que: según investigaciones que por diversos caminos ha hecho el mismo Hamilton y otros autores, el General San Martín no sería hijo de Gregoria Matorras y Juan de San Martín sino de la india Rosa Guarú y del español Diego de Alvear.

La polémica se desata en los medios y el libro entra en la lista de best seller.  

Respuestas extrañas de los custodios del mito

El Instituto Sanmartiniano, custodio de la moral del prócer sale al cruce de las afirmaciones del “apóstata”. Para el Instituto es una infamia afirmar que San Martín fuese mestizo, hijo “bastardo” de una india.  

No deja de ser ideológicamente paradojal que el Instituto haya defendido activamente la filiación oficial de San Martín y no se haya inmutado ante las imputaciones del ex juez de que San Martín era un agente inglés.

El Instituto, en lo pareciera ser una adhesión a una vieja tradición racista, liberal y pro británica acuñada por Mitre, niega la posibilidad de sangre guaraní en las venas del Libertador. Pero al libro del ex juez, el Instituto no le contesta.

Le resta importancia a la afirmación de que nuestro Padre de la Patria haya podido ser agente inglés. La contingencia de un San Martín mestizo es negada enfática y dogmáticamente. Imposible!!! vociferan sin argumentar.. Sobre el tema de Inglaterra…. de eso no se habla.

El mito del indio

d) En el año 2001 el historiador Hugo Chumbita publica “El secreto de Yapeyú. El origen mestizo de San Martín” y luego “Hijos del país, San Martín, Irigoyen y Perón, en el 2004”. Este historiador, que adhiere políticamente al pensamiento nacional no busca en su obra un efecto comercial, no escribe un best seller sin asidero histórico.

De manera responsable y documentada el libro ofrece argumentos y documentación para demostrar que el Gran Capitán es hijo de Rosa Guarú y Diego de Alvear (padre de Carlos María de Alvear por lo cual San Martín seria medio hermano de éste).

Chumbita solicita incluso al Senado de la Nación que se efectué un ADN sobre los restos de San Martín y de su supuesto padre Diego de Alvear para probar su parentesco, pedido que fue denegado.

Galasso denuncia al “padre de la historia”

 e) Norberto Galasso, por último, hace también su aporte a la polémica desde su concepción “revisionista- federal- provinciano- socialista latinoamericano”. Galasso en al año 2006 publica “San Martín ¿padre de la patria? o Mitre ¿padre de la historia?. Este libro es la conclusión historiográfica de otro libro de Galasso, publicado un año antes, en el 2005: “Seamos libres y demás no importa nada. Vida de San Martín”. Galasso polemiza sobre la filiación de San Martín, critica y descalifica el trabajo de el ex juez Sejean, menciona el plan inglés descubierto por Terragno y llega a la conclusión de que Mitre como Padre de la Historia narró una historia tan vacía y contradictoria que hoy se le vuelve en contra al aparato cultural del sistema: “con el correr de los años, San Martín se ha puesto a cabalgar y arrincona a Mitre denunciado su historia falsa…” ¿Cómo interpretar toda esta polémica? ¿Cuál es el significado de los cuestionamientos? ¿Qué intencionalidad política o ideológica encubren las investigaciones históricas? ¿Qué ha pasado con la solidez del mito?

Reflexiones sobre las “historias” de San Martín.

Ante todo, es conveniente señalar que las investigaciones históricas sanmartinianas expuestas más arriba no son políticamente inocentes ni ideológicamente vacías. Por el contrario, en cada una de las hipótesis, se advierte un sustrato ideológico clarísimo.  

Existe una estrecha vinculación entre lo histórico y lo político contemporáneo: El historiador Hugo Chumbita escribe desde una concepción reivindicatoria de los pueblos aborígenes. El juez Sejean funda su hipótesis en un concepto conspirativo de la historia.

A ésta no la hacen los pueblos sino que, el destino de las naciones se teje en los conciliábulos de la masonería internacional, en especial la inglesa y ese es un concepto ideológico de la historia. El Pueblo, por supuesto, ausente con aviso.

Terragno desde un liberalismo posmoderno, barnizado de social demócrata, termina elogiando la practicidad y el genio de San Martín por tal vez haber usado (si los usó) los planes de los británicos y justifica también una posible alianza del prócer con el imperio que para Terragno hubiera sido natural y oportuna.

El historiador Galasso a la revisión de estas historias les da una doble utilidad: En alguna exageración (según sus críticos) producto de nostálgicos enfoques ha escrito: “me gusta mucho encontrar analogía entre la lucha de San Martín y la lucha del Che”.  

Afirmaciones como éstas no pertenecen a la historia, son claramente ideologías, “ahistóricas” diría el profesor Sulé (un reconocido critico de la obra de Galasso). Y por otro lado, aprovecha el río revuelto para fortalecer su tesis de que la Revolución de Mayo no era separatista ni antihispánica sino una prolongación de la revolución democrática española y que San Martín desembarca en Argentina para luchar por la soberanía popular, la liberación y la reconstrucción de la Patria Grande. Interesante y conocida concepción de parte del revisionismo y de la” izquierda nacional” en la Argentina que humildemente comparto desde un revisionismo militante nacional y popular. Incluso la novelita de García Hamilton tiene un trasfondo y una intencionalidad ideológica: es preciso continuar alimentado el medio pelo y la cultura tilinga de algunos sectores de la sociedad argentina que continúan anteponiendo la chismografía de dudoso gusto antes que un poco de verdad histórica u opinión política sincera.  

Tampoco se nos debe escapar que Hamilton, en esencia un liberal reaccionario, pretende, ante los embates contra la historia oficial, “ofrecer” una “mirada distinta” para no abordar los temas sin respuesta y así correr el eje de la discusión hacia anécdotas personales no muy fundadas.

La conclusión cardinal es: la historia de Mitre se ha caído y con ella el mito de San Martín. Esto significa sin más que la Argentina, al menos en el mundo de las ideas, sufre de una grave y productiva crisis.  

Crisis que afecta a la historia de oficial, la de Grosso y la que nos enseñaron en la escuela que se ha derrumbado junto con el manual de Astolfi, el Instituto, la Academia de Historia, los claustros universitarios, los Profesorados de Historia y todo el aparato cultural que lo sostenía.  “La edad de la fábula ha terminado”. La historia y la mitología mitrista ya están desde hace años ante el juicio crítico de los argentinos. El éxito del aparto cultural dominante se debió a que nos quitó la posibilidad de mirarnos para luego reconocernos en un modelo histórico concreto.  

Es el mismo aparato cultural que construyó un mito basado en una historia tergiversada y tendenciosa y que hoy no resiste ni la mirada crítica de los escolares.  

Ya ni siquiera los manuales de la primaria repiten mecánicamente todas las patas del mito sanmartiniano del liberalismo argentino.  Pero la novedad, la buena noticia es que las ficciones y las contradicciones están al desnudo: la historia oficial es mentira o es ficción y el mito ya no es funcional. El esquema ya no le sirve más a nadie…. Sobrevive solo por inercia de poder.

La necesidad de otro San Martín  

A esta realidad inexcusable no es políticamente correcto responderle solo derrumbando estatuas o cambiando el nombre de las plazas, esas acciones son al fin y al cabo formales y serán el resultado de la conciencia histórica política del pueblo puesta en acción a través de sus representantes.  

A través de la política. Es ineludible incorporar la polémica a todos los espacios posibles en especial a los partidos políticos, a los claustros universitarios, a los medios, y a las organizaciones intermedias comprometidas con la memoria, la verdad histórica y la conciencia nacional. Ésta es la tarea que le cabe, entre otras en el futuro, a mi generación. Los años venideros imponen un nuevo proceso de revisión profunda para abrirle paso a la verdad histórica. Nuestro panteón nacional, con la ausencia de Rosas y la presencia de Sarmiento es el que corresponde a la antigua tradición liberal mitrista. 

Con un San Martín vaciado de significado político y negado en sus rasgos nacionales más profundos.  Es preciso darle una auténtica resignificación a su figura y es también imprescindible la reconstrucción del mito histórico por otro más integrativo, más nacional, más inclusivo. Es ésta, entonces, una batalla más a librar en el campo de las ideas, asumiendo los riesgos que la verdad conlleve, la reelaboración del mito fundacional de una Patria tiene que ver nada más y nada menos que con la identidad de su Pueblo.  

Se visualiza el presente como el momento oportuno para esta profunda revisión crítica, el hecho histórico ya no está secuestrado por los dictadores de la historia falsificada.  En una próxima entrega avanzaremos con la dilucidación de los “enigmas sanmartinianos”, aquellos que le dan forma al mito.  Allí plantearemos las bases de un nuevo San Martín, acorde con la verdad histórica y con las necesidades políticas de nuestra generación.

El mito, hoy agonizante, fue y es patrimonio del pueblo.

Y para un pueblo en marcha y con vocación nacional nada es inmutable, nada es inalterable.  

GG/

Lea y Difunda “La Voz de la Jotapé”www.lavozdelajp.com.ar

N&P: El Correo-e del autor es Gonzalo García lavozdelajotape@gmail.com