MARTINIANO LEGUIZAMÓN, ESCRITOR NACIONAL

La Voz de Sola

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Su mayor obra es Montaraz (1900): la acción se desarrolla en la tierra de E.Ríos, con toda la intensidad y violencia de la época. Tambien Recuerdos de la tierra, De cepa criolla…

MARTINIANO LEGUIZAMÓN

 

BIOGRAFIA DEL ESCRITOR NACIONAL

GLOSARIO DE VOCES INDIGENAS Y MODISMOS LOCALES

PRIMER Y SEGUNDO CAPITULO DE “RECUERDOS DE LA TIERRA”

DEMAS CAPITULOS

 

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BIOGRAFIA DEL ESCRITOR NACIONAL MARTINIANO LEGUIZAMON

 

(Tala, Entre Ríos, 1858-1935) Escritor argentino. Hijo de militar, pasó su infancia en el campo y aprendió en una escuela rural las primeras letras; se formó en el colegio de Concepción del Uruguay y se hizo abogado en Buenos Aires.

 

Como estudiante se distinguió en la poesía, y a los veinte años hizo que una compañía de teatro le estrenara Los apuros de un sábado, un trabajo escénico que antecede a la obra teatral que le dio fama: Calandria, que narra la historia de un gaucho revoltoso que finalmente obtiene el privilegio del trabajo.

 

Dedicó su vida a la enseñanza y llegó a presidir el Consejo Escolar y la Sociedad Argentina de Autores; viajó por Sudamérica y Europa, y permaneció en espíritu apegado al terruño, en el que se funden sus reminiscencias románticas: como escritor hispanoamericano, reafirma su perfil regional que se distingue especialmente en la descripción de la vida del campo.

 

Como narrador su obra más interesante se titula Montaraz (1900): la acción se desarrolla en la tierra de Entre Ríos, con toda la intensidad y la violencia de la vida de la época.

 

Otras obras suyas son Recuerdos de la tierra (1896), Alma Nativa (1906), De cepa criolla (1908) y Fiesta en la estancia (1917).

 

El final de su vida lo encontró cerca de terminar dos obras en las que trabajaba intensamente: Papeles de Rosas y La cuna del gaucho.

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INDICE ALFABETICO DE LAS PRINCIPALES VOCES INDÍGENAS

Y MODISMOS LOCALES USADOS EN LA OBRA “RECUERDOS DE LA TIERRA” DE MARTINIANO LEGUIZAMÓN (1858-1935)

 

A – C

 

ACHIRA – Sagittaria montevideensis. Del quíchua achira. Planta que crece en las costas de los ríos y parajes húmedos, de grandes hojas frescas, lustrosas y flor colorada. Su raíz la comían los indios. Se usan sus hojas aplicándolas sobre la cabeza para refrescarla en los días calurosos. Las hojas de esas achiras / Eran el tosco abanico, / Que refrescaba mi frente / Y humedecía mis rizos. (0. V. ANDRADE La Vuelta al Hogar)

 

ACHURAS – Las entrañas del animal vacuno u ovino, riñones, corazón, hígado, intestino; la parte delgada de este último es el más apreciado y se denomina chinchulín, del quíchua chunchulli, – intestinos. Achura es una voz quíchua que significa comer sangre; debe provenir este nombre de la costumbre de comer las achuras apenas asadas.

 

AGUARIBAY – Schinus molle. Del guaraní aguaraibá. Árbol de tronco y ramas tortuosas muy estimado de antiguo por las propiedades medicinales de sus hojas resinosas; las gentes del campo suelen llamarlo por eso curaloto. (F. DE- AZARA, Viajes inéditos, 1784.)

 

ALBARDONES – Pedazos de tierra alta que se eleva en las costas de los ríos, lagunas y bañados que no se anegan con las crecientes.

 

CH – K

 

CHAGUARA-O – Golpe dado con la cuerda torcida de una especie de bromeliácea llamado chaguar en guaraní y del cual se extraen unas fibras muy fuertes que sirven para fabricar sogas y tejidos. El chaguar, como el caraguatá y la ivira (Daphnosis Leguizamonis LTZ) era empleado para sus tejidos por los guaraníes.

 

CHAJÁ – Cauna chavaria. Del guaraní chajá o yaiá, que quiere decir: "¡vamos!" Ese grito de alarma repetido ha dado este nombre a este ave americana de color gris ceniciento, con alto copete y unas púas óseas en las alas que son su defensa. "La llegada del capitán Saldaña es anunciada por el grito melancólico del chajá, el vigilante centinela de los pajonales y de las lagunas". (José S. ÁLVARFZ, Juicio de "Calandria";.)

 

CHALA – Del quíchua challa, la hoja seca que cubre la rnazorca del maíz, y sirve para envolver cigarros y hacer colchones, etc. "Arman en seguida sus cigarros de tabaco criollo en la chala de la mazorca, y los devoran con deleite durante los primeros momentos de somnolencia";. (J. V. GONZÁLEZ, Mis montañas.)

 

CHARABÓN – El pichón de ñandú que los guaraníes llamabain también churí y yarabí, con pocas plumas. Familiarmente se nombra así a los muchachos.

 

CHARAMUSCAS – Las ramillas y pedacitos de madera que sirven -ara encender el fuego por la mucha llama que levantan. Corrupción del vocablo castellano "charamasca"; que significa la misma cosa.

 

CHAASCA – Del quíchua chhásca, pelo desgreñado y crespo.

 

CHASQUE – Del quíchua chasquí, el antiguo correísta de a pié dícese entre nosotros del que conduce una comunicación a caballo en casos urgentes. Según Solórzano (Política indiana), la palabra chasquí quiere decir toma, porque el mensajero indio llega corriendo a la parada o topo donde ya le esperaba otro, sólo le decía esta palabra al transmitirle la orden de viva voz. Montesínos, en las Memorias antiguas del Perú, la traduce por el que recibe porque tomaba y recibía el mennsaje de otro. Garcilaso de la Vega, en sus Comentarios reales, dice que significa uno que hace cambio. Preferimos la opinión del doctor V. F. López (Les races aryennes du Pérou) que la traduce por andar, moverse, idea que expresa mejor las funciones del correísta indígena. Chasque o propio se decía antiguamente al que llevaba cartas o comunicaciones, por más que el vocablo propio es castellano y significa "correo a pie";. Pero entre nosotros los propios siempre desempeñaban sus comisiones a caballo. Merece recordarse como un caso notable de celeridad el viaje del chasque Verón que.- en 1822 recorrió el trayecto de 60 leguas castellanas entre el Uruguay y Paraná en sólo 18 horas, para lo cual se fajó la caja del cuerpo y llevó tres caballos de reserva. Verón llevaba el aviso al gobernador Lucio Mansilla que los comandantes Medina, Piris y Ovando habían invadido la provincia y marchaban al Paraná para asesinarle. Mansilla salvó la vida y castigó severamente a los revolucionarios y premió con 20 onzas de oro y el grado de capitán al chasque. (Véase J. J. ALVAREZ, Mem. hist. de la guerra civil de 1822.)

 

CHIMANGO – Milvago pezoporus. Ave de rapiña muy abundante en nuestros campos, de color acanelado. Su grito desapacible es onomatopéyico del nombre indígena que lleva, aunque adulterado, pues en quíchua se le dice chihuánhuay. (CH. BERG, Zoologia.)

 

CHINA – Del quíchua china, la hembra del animal como china-taruka, la hembra del ciervo (Mossi). Chinita es una locución de cariño muy usual en el campo para designar a las muchachas de color moreno, llamadas también morochas. "Era una chinita deliciosa de dieciocho años, de carita fresca y morena, de ojos grandes negros como el pelo, sin más defecto que aquel pescuezo angosto y flaquito, que parece ser el rasgo distintivo de nuestra raza indígena". (M. CANÉ, Juvenilia.)

 

CHINGOLO – Zonotrichia matutina. Pajarito de color pardo, pecho entremezclado de blanco y erguido copete, cuyo alegre canto consta generalmente de cinco notas. "Casi ya no se ven chingolos en Buenos Aires. Desterrado por el intruso gorrión, por una parte, y perseguidos a muerte para adornar la polenta, por otra, sus cuerpecillos desplomados se venden a millares en los mercados". (E. L. HOLMBERG, Rev. del Jardin Zoológ. de B. A., t. l.)

 

CHIRIPÁ – Manta cuadrilonga de algodón o paño que usa el paisano en vez del pantalón. El nombre es indígena y vie ne a no dudarlo de las siguientes voces quíchuas: chiri, frío, ppacha, la ropa o vestido; y chach, cubrir; lo que nos daría: ropa para cubrir el frío. Recuerdo que el erudito don Andrés Lamas conversando un día sobre etimologías indígenas me aseguró que la palabra era quíchua y significaba más o menos "para cubrir". Según el escritor M. A. Pelliza, el vistoso chiripá no se usó en los primeros tiempos y sólo figura como traje característico del gaucho desde 1780, pues anteriormente usaba un ancho calzoncillo de lienzo adornado con flecos y cribos y un corto pantalón que no pasaba de la rodilla (El País de las Pampas). Con este último traje presentó Ascasubi a los gauchos del siglo pasado que figuran en su Santos Vega, edición de París, 1872. Sin embargo, la palabra es a todas luces indígena.

 

CHOCLO – Del quíchua chokllo, la espiga del maíz dulce, tierno, que se come asado o cocido.

 

CHURRASCO – La carne apenas asada sobre las brasas; por esa inversión frecuente en las gentes del campo -que los retóricos llaman metátesis le dicen también charrúsco. Alimento muy sano y nutritivo.

 

ESPINILLO – Acacia cavenia. Árbol muy abundante en los montes de Entre Ríos, de hojas pequeñas, muy espinoso, por lo cual se le llama espinilla, que da una florcita redonda y amarilla de aroma muy suave y agradable. "Fragantes flores de aroma / Derraman los espinillos". (J. M. GUTIERREZ, Los Espinillos.)

 

FACÓN – Puñal grande con cabo de plata generalmente y una S en la empuñadura, que usa el paisano para el trabajo y como terrible arma de pelea por la destreza con que lo maneja. "Y pasa uno en su desvelo / Sin más amparo que el cielo / Ni otro amigo que el facón". (J. HERNÁNDEZ,  Martín Fierro.)

 

FLETE – El caballo lindo, guapo, ligero de gran estima del paisano; le dice igualmente pingo o el de "reserva". "En un overo rosao / Flete nuevo y parejito". (E. DEL CAMPO, Fausto.)

 

GARÚA – Llovizna fría, menuda, que cae generalmente en los días de invierno obscureciendo el cielo y es muy molesta. "Salimos y al momento empezó una garúa débil que duró y nos humedeció todo el camino". (F. DE AZARA, Viajes inéditos)

 

GAUCHO – Del quíchua huák-cha, pobre, huérfano, o del araucano-pampa huachu, hijo sin madre. "El gaucho es altanero, como que sabe domar un caballo salvaje y atravesar la pampa al galope en él. Es valiente como todo el que tiene que luchar con las fieras y abatir la res que le ha de servir de alimento. Es orgulloso como quien no reconoce superior en el desierto en que vive, y se considera dueño por su esfuerzo de cuanto le rodea. Es además el primer jinete del mundo, y el hombre más airoso a caballo. Leal como pocos: sañudo y cruel a veces; obediente también, pero no por interés sino por afecto a la persona a que se somete. Sin saber muchas veces leer siquiera, muestra ingenio despejado -y mucha viveza para la respuesta; es poeta por instinto y brilla por su agudeza cuando se pone a paya)- en contrapunto con otro. El gaucho argentino sin degenerar de sus cualidades generosas, ha recorrido la América desde el Plata hasta la cumbre del Pichincha, dejando en todas partes monumentos de su valor heroico. El Chimborazo le vió batirse uno contra -cuatro, en la pampa de Río Bamba, y vencer tres veces a su enemigo que estaba orgulloso también de sus triunfos. El gaucho es espigado, ligero de cuerpo, pero membrudo; tan infatigable en la faena como indolente cuando no tiene precisión de hacer algo. Alegre a veces, taciturno otras, celoso de sus derechos de hombre, no sufre que nadie le humille: tipo especial que no tiene muchos parecidos" (JUAN ESPINOSA, Diccionario para el pueblo.)

 

GRAMILLALES – Parajes bajos, cubiertos de un pasto muy abundante que come el ganado. Es una corrupción del vocablo castellano gramal "terreno cubierto de gramíneas", yerbas.

 

GUACHO – Véase [la] palabra "gaucho". El animal sin madre, que se cría en las casas. "Era en el mes de marzo; la parición de estío terminaba: los corderos de un mes venían retozando; saludaban la vida el hijo con la madre, el padre y los hermanos, con sus acentos broncos, remisos y cansados. El guacho estaba solo…"; (VICTORIO SYLVA, Guacho.)

 

GUALEGUAY – Río que nace por los 31º latitud Norte y atraviesa toda la provincia de Entre Ríos hasta desembocar en el Paranacito o Ibicuy. El nombre primitivo de Gualeguay, según el profesor Benigno T. Martínez en su Historia de Entre Ríos, debe haber sido en guaraní Curéguaig, que quiere decir "Río de los chanchos", justificando su etimología por la existencia de chanchos salvajes hasta hace muy pocos años en aquellos parajes. Trelles se inclina a las voces Yaguari y Yaguari-mini como las originarias del vocablo (Véase Revista del Archivo , tomo II) . Preferimos la primera por su semejanza fonética con el nombre actual.

 

GUAMPA – Del quichua huampa. Las astas del animal vacuno con las que se hacen utensilios domésticos, como vasos, estribos, cabos de rebenque, de cuchillos y chifles para llevar el agua en los viajes.

 

GUASCA Del quíchua huáska, soga o tira de cuero que sirve para los trabajos rurales. Ciertas prendas de cuero que usa el paisano en el recado. "No me faltaba una guasca, / Esa ocasión eché el resto,/ Bozal, maniador, cabresto,/ Lazo, bolas y manca…" (J. HERNANDEZ, Martín Fierro.)

 

GUAZUBIRA – Del guaraní guazú-birá El venado de los montes, de cuerpo gracioso y esbelto, con la piel color canela manchada de pequeños medallones blancos. En el campo hay la creencia de que el guazubirá mata a las víboras cuando las encuentra dormidas rodeándolas con un círculo de babas. Del cuero se hacen sobrepuestos que consideran un preservativo contra los granos malos. La especie está ya casi extinguida.

 

HORNERO – Furnarius rufus. Pájaro de color acanelado y el pecho blanco que construye su admirable nido de barro semejante a un horno esférico; es el ave amiga de los hogares campesinos, pues siempre anda cerca de las casas -de ahí su otro nombre de casero-, cantando alegre, y es el primero que saluda cada nuevo día desde el mojinete de los ranchos, y anuncia la proximidad de gentes o animales extraños con sus gritos de alerta. "-'Cuidado con los nidos' nos decía / Mi madre en el umbral;/ Pero digan horneros y zorzales / Si les valió la maternal piedad." (R. OBLIGADO, El hogar Paterno.)

 

IGUANA – Del guaraní Iguana. Reptil semejante al lagarto, de piel dura y pintada de blanco y negro, que vive en las cuevas de las vizcachas. Su bonita piel la usan para retobar boleadoras y hacer tiradores; su grasa se emplea contra los dolores reumáticos. Hay una iguana con la cabeza manchada de colorado que los quíchuas denominaban por esto caraipuca.

 

JAGÜEL – Pozo ancho y poco profundo que se hace en los terrenos bajos para abrevar los ganados. Es el xagueis antiguo de que hablan los primeros cronistas describiendo el pozo de donde se saca el agua con baldes para dar de beber a las haciendas en los tiempos de seca.

 

KAKUY – Nombre de un buho que llora por la noche en los montes y cuyo triste grito parece decir: ¡turay!, ¡"mi hermano"! en quíchua. La superstición ha bordado una melancólica leyenda acerca del grito de esa ave condenada a llorar solitaria llamando al hermano que no vendrá. Varios escritores han contado esta tradición de los bosques del interior, algunos apartándose completamente del orígen indígena y adulterndo -el nombre del animal o sin mencionar el grito lamentoso que informa la anécdota. Así un señor Máximo L. Corria cuenta que "Ca-cuí fué un guerrero arrebatado por una náyade que habitaba una gruta del mar que existió en el hoy desierto de las Salinas, y que habiéndole Neptuno arrebatado a su amante, la enamorada anda gimiendo: ca-cuííí, ca-cuííí!" ( Almanaque Santafesino, 1893). El número I de La Biblioteca publicó un poema de Rafael Obligado, "El Cacuí", hermosamente tratado pero incompleto desde que no menciona ese triste grito: ¡turay! que es el lamento del ave que llora. Para escribir, hace varios años, el cuento que figura en el capítulo "Máma Juana", consultamos a varios viejos de provincia muy versados en leyendas y tradiciones y todos coincidían con nuestro relato. Después hemos visto con placer que esa es también la opinión de Paul Groussac -de indiscutida autoridad, dada su larga residencia en las provincias del interior y sus investigaciones sobre la materia. "Poseen -dice hablando de los habitantes de los bosques de Santiago del Estero- anécdotas supersticiosas sobre todos los animales del monte: las hay terribles respecto del tigre y del puma: cómicas y burlonas acerca del atoj, el zorro a quien llaman Don Juan; otras son muy melancólicas, como la que se refiere a cierto buho, que llora de noche en el follaje llamando a su hermano. Además de muy conmovedora, recuerda una metamorfosis de Ovidio: es una joven que mereció ser cambiada en ave nocturna por haber negado un poco de miel a su hermano que volvía del monte, rendido de hambre y de cansancio; desde entonces está condenada a arrojar en la noche -su temeroso grito dé piedad: ¡ituray, mi hermano!" (Costumbres y creencias populares en las provincias argentinas, conferencia en el World's Congress de Chicago, 1893.)

 

KOIUIO – Cicada sonata>. Las enormes cigarras que en los bosques del interior anuncian con sus chirridos metálicos en la estación del verano la madurez de las vainas azucaradas de los algarrobos. "¡Ya está cantando el koiuio!" -dicen- y hombres y mujeres abandonando sus ranchos se van a los sombríos bosques para hacer su provisión de frutas y de miel silvestre. La generalidad de nuestros escritores que se han ocupado de esas costumbres populares de provincia, al hablar de esta chicharra de los algarrobales escriben coyuyo como P. Groussac (Ensayo Histórico), otros coyuyu como S. Lafone Quevedo (Biblioteca Catamarcana), otros coyoyo como J. V. Gonzalez (Mis montañas), y otros koiuio como Pablo Lascano (Siluetas contemporáneas). Adoptamos esta última forma por creer que esa es la verdadera ortografía quíchua de la palabra.

 

L – O

 

LAZO – La acepción rioplatense de este vocablo español al ser adoptada por el Diccionario de la lengua es tan imperfecta, que nos determina a incorporarla en nuestro glosario de modismos locales. Por lo demás el característico utensilio del gaucho en las faenas rurales y hasta para la guerra, bien merece recordarse con más de tres líneas imperfectas como lo hace el Diccionario.

 

Llámase lazo entre nosotros a una trenza formada con tientos de cuero vacuno de cuatro, seis y hasta ocho ramales de diez a doce brazas de largo; en una de sus extremidades llamada llapa -generalmente de uno o dos ramales más que el resto- se asegura una argolla de fierro o de bronce para formar la armada que se escurra rápidamente una vez arrojada a brazo sobre el animal que se quiere enlazar. La armada se revolea por encima de la cabeza sosteniendo el resto en rollos concéntricos con la izquierda. En el extremo opuesto termina el lazo en una presilla de lonja la cual sirve para que no se escurra de la mano cuando se trabaja de a pie o para asegurarla en la sidera de la cincha cuando se trabaja a caballo. El formado por cuatro o más ramales de tientos trenzados es lo que propiamente se llama lazo entre nosotros, distinguiéndose así de otro más corto y resistente compuesto de una o dos tiras gruesas de cuero retorcidas al cual se denomina sobeo o lazo pampa. "Todavía me quedan rollos /Por si se ofrece dar lazo";. (J. HERNANDEZ, La Vuelta de Martín Fierro.)

 

LECHIGUANA – Chatergus brasilensis. Del quíchua llachiguana, la abeja de los bosques y el panal de miel silvestre que fabrica colgándolo en los árboles una avispa muy brava de ese nombre. Es un nido cónico, de color gris, semejante al papel mascado, con celdas interiores donde está la miel. "Tras de estas palabras tiró al patio la lechiguana que al rodar lejos fué esparciendo por aquí y acullá sus hojaldres". (E. ACEVEDO DÍAZ, Nativa.)

 

LOCRO – Del quíchua locro. Uno de los platos más suculentos de la cocina criolla; se hace con maíz triturado o de trigo, carne de pecho, tripas, tocino y varios condimentos. Según el P. Miguel A. Mossi, la -letra l nunca es usada por los verdaderos quíchuas del Perú o Bolivia y solamente se halla en:cambio de lar usada por los aymaristas, santiagueños y catamarcanos; por consiguiente, locro debía pronunciarse rocro, como tara -el árbol y su fruto- en vez de tala. Pero estos cambios de la radical son frecuentes en muchas lenguas y el vocablo indígena es de uso corriente, no solo en nuestras provincias arribeñas, sino en todas las del litoral. Véase el Manual de la lengua general del Perú, 1889, de este sabio filólogo piamontés, que falleció en Santiago del Estero a los 75 anos, el 12 de agosto de 1895, después de haber consagrado toda su vida a la ciencia y a la religión en las más apartadas e inidigentes poblaciones de la América, a semejanza de aquellos sabios religiosos que ilustraron con sus obras los anales obscuros del descubrimiento y de la conquista. El P. Mossi ha muerto en un lecho de hospital, entregado a sus estudios predilectos -las lenguas indígenas- vertiendo al español una traducción del drama quíchua Ollantay con notas explicativas de los errores en que incurrieron los traductores de esta discutida obra, que despertó entre nosotros tan eruditas y apasionadas controversias y que, según la opinión del eminente filólogo, todavía no se ha hecho la luz sobre su origen.

 

LUZ MALA – Las gentes de campo dan este nombre a los fuegos fatuos que se levantan de los sepulcros, y que suponen ser el alma en pena de los muertos que no han sido enterrados en el cementerio. (B. MITRE-, Rimas.)

 

MACÁ – Del guaraní macáng. Ave acuática semejante al pato, que vuela arrastrándose a flor de agua, llevándose sus hijitos sobre el lomo. "Ibamos por un pequeño canal para ir a ver entre el pajonal, un macá que nada con sus pichones en el lomo o los larga de uno a uno en un ancho remanso para enseñarles a zambullir". (FRAY MOCHO, Viaje al país de los matreros.)

 

MACETA – El caballo viejo, manco, inservible; se le dice también mancarrón, sotreta, matungo o tungo y bichoco, "Lo mesmo me da, comandante. Corrí la carrera pa hacerle ver que mi maceta vale lo que pesa";. (0. MORATORIO, Juan Soldao.)

 

MACIEGAS – Plantas altas, espesas, que cubren los terrenos bajos que baña el agua; se -componen de totoras, pajas, cortaderas, sarandises y duraznillos.

 

MACHÍS – Voz araucana con que se designaba al curandero o brujo de la tribu entre nuestros antiguos pampas, que curaba los daños producidos por Gualicho, el genio del mal.

 

MAJADA – Conjunto de ovejas con sus correspondientes carneros que en las estancias cuida generalmente un puestero. "Cerca, sobre una loma, la mancha, gris de una majada (E. CAMBACERES, Sin rumbo.)

 

MALAMBO – Baile de dos hombres y en donde el gaucho luce sus habilidades de danzante al son de la guitarra, que acompaña al escobillado de sus pies que apenas palpitan sobre la tierra. Es un baile de desafío para mostrar la agilidad y flexibilidad del cuerpo. Entre los lindos bailes criollos figuran el pericón, el gato;, la hueya, el triunfo, la firmeza y el cielo: todos se bailan al son de la guitarra y acompañados de canto.

 

MALÓN – Del araucano malon. La sorpresa de los indios a los caseríos para robar. Maloquear, en araucano y pampa es el acto de invadir tierras entrañas con el propósito de saquear poblaciones y arrear las haciendas. Antiguamente se llamaba maloca a la invasión o correría hecha por los conquistadores para exterminar los indios. Así está usada en varias actas del Extinguido Cabildo de Buenos Aires y en el Archivo, histórico de Entre Ríos, siglo XVI. "La partida de indios se hallaba a media legua del pueblo dormido y avanzaba al gran galope de sus caballos fuertes y nerviosos, producto del último malón que llora aún el que formó la tropílla a costa de tantos desvelos…"(ROBERTO J. PAYRÓ, La vuelta del malón.)

 

MANADA – Grupo de yeguas con su padrino; manada de retajo se llama a la que tiene un garañón para la cría de mulas. Mansas se dice a la manada donde hay varios caballos y que se destina para los trabajos de trilla o pisada de barro en los hornos de ladrillos. "Por allí triscaba los pastos una manada de yeguas de colas llenas de abrojos, arisca, bufadora, casi agresiva". (E. ACEVEDO DÍAZ, Soledad.)

 

MANDISOBI – Del guaraní mandi-hobi, bagre verde. Es el nombre de un arroyo de Entre Ríos que desagua en el Uruguay.

 

MARTINETA – Eudromia elegans. Hermosa perdiz que vive entre las altas yerbas y de la cual se encuentran dos variedades en la República, la "copetona"; o la martineta, y la perdiz grande de los pajonales, (Rhynchotus rufescens). Los guaraníes le llamaban Iñambú-guazú a esta última, y los quíchuas pisakha y a la chica yuttu.

 

MATAMBRE – La tira de carne que está entre el cuero y las costillas del animal y es una de las achuras preferidas. "Con matambre se nutren los pechos varoniles avezados a batallar y vencer, y con matambre los vientres que los engendraron-, con matambre se alimentaron los que en su infancia, de un salto escalaron los Andes, y allá en sus nevadas cumbres entre el ruido de los torrentes y el rugido de las tempestades, con hierro ensangrentado escribieron: independencia y libertad!" (E. ECHEVERRÍA, Apología del matambre.)

 

MATE – Del quíchua mati, calabaza. El mate o calabaza donde se toma la infusión de yerba que se le extrae a las hojas del árbol Ilex y que constituye la bebida americana para el habitante de nuestros campos. "Los hijos de esta tierra sabemos cuánta influencia ha tenido la yerba en el despertamiento intelectual de nuestra nacionalidad. Y si alguien lo duda podría fácilmente convencerse de ello, con sólo recorrer en los archivos públicos las fojas manchadas con mate de los documentos originales de nuestra Revolución, de nuestra Independencia, de nuestra Constitución, de nuestros Códigos, de nuestra Historia en fin". (H. LEGUIZAMÓN, La Yerba-mate.)

 

MATRERO – El hombre que anda a monte huyendo de la justicia. "El rancho no tiene puerta, porque nada contiene en su interior, cuando están ausentes los que lo habitan; -es una vivienda de las tierras bajas, un rancho de matreros reunidos por la casualidad y ligados por el peligro común". (FRAY MOCHO, Viaje al país de los matreros.)

 

MAZAMORRA – Uno de los platos de la cocina criolla heredado de los antiguos quíchuas que le llamaban achachu, mutí o mote como se dice hoy en las provincias del interior, y es formado por el cocimiento del maíz blanco triturado. "La mazamorra la vendían en unos jarritos de lata que llamaban 'medida'. Salía a la puerta de calle la criada y a veces la señora en persona, con una fuente, y allí volcaba el mazamorrero un número de medidas arregladas a la familia. Era entonces un postre muy generalizado. ¡Ya no es de moda comer mazamorra!"(J. A. WILDE, Buenos Aires setenta años atrás.)

 

P – S

 

PAISANO – El hombre nacido en el campo, diestro en las faenas rurales, lo mismo que gaucho y criollo en la acepción rioplatense del vocablo. "¡Ah tiempos!… si era un orgullo / Ver jinetiar a un paisano!" (J. HERNANDEZ, La vuelta de Martín Fierro.)

 

PAJONAL – Terreno bajo, anegadizo, cubierto de pajas, carrizales, totoras y otras yerbas altas que crecen en los sitios húmedos, pero especialmente la llamada "paja-brava"; – coleotonia.

 

PALANGANIAR – Hablar mucho, sin sentido. "Güeno, dejáte de palanganiar y andá… el hombre nua éser puerco";. (VÍCTOR SILVA, Guacho.)

 

PALENQUE – Poste destinado a quebrantar la bravura de los potros y para atar los caballos en las estancias, a lo que los quíchuas llamaban vinchana, atadero. Se hace también con dos postes clavados y tres atravesados de madera.

 

PAMPA – Del quíchua pampa, llanura. "La región que propiamente puede ser denominada la Pampa se encuentra dentro de los límites jurisdiccionales de la provincia de Buenos Aires, entre el 4[º] meridiano occidental de esta ciudad y los ríos Paraná y la Plata y el Océano Atlántico". (E. S. ZEBALLOS, Formación de la Pampa.)

 

PAMPERO – Viento fuerte y frío de la pampa que sopla del S. 0. "Santos Vega cruza el llano / Alta el ala del sombrero, / Levantada del pampero / Al impulso soberano". (R. OBLIGADO, El alma del Payador.)

 

PAREJERO – El caballo criollo muy ligero que se destina para correr en el andarivel de las carreras, que se llaman pollas y californias cuando entran a medir sus fuerzas varios caballos.

 

PATA-ANCHA – Hacer pata-ancha, vale decir hacer frente con coraje a cualquier peligro. "El que se tiene por hombre / Ande quiera hace pata-ancha". (J. HERNÁNDEZ, Martín Fierro.)

 

PAVA – Vasija de hierro o de latón donde se calienta el agua para tomar mate; también se le dice caldera y cafetera.

 

PAYADOR – El trovador popular de nuestros campos. El escritor chileno Zorobabel Rodríguez, se inclina a creer que su nombre viene de ppaella, campesino pobre en quíchua. Payar es el acto de improvisar versos acompañándose de la guitarra y para lo cual nuestros gauchos revelan admirables predisposiciones nativas. Santos Vega es el tipo del payador legendario de nuestras llanuras.

 

PELUDO – Dasypus villosus En guaraní tatú, cuadrúpedo cubierto de una caparazón ósea con pelos ralos; su carne es muy estimada, especialmente la de la especie llamada mulita. Figuradamente se llama peludo al acto de embriagarse; y a las carretas empantanadas se dice que están peludiando, por las cuevas que hacen las ruedas, porque el peludo vive en cuevas y es muy difícil sacarlos una vez que se ocultan bajo tierra.

 

PERICÓN – El más lindo y airoso de los bailes criollos, sernejante a la cuadrilla; consta de cuatro partes o figuras llamadas: demanda o espejo, postrera o alegre, y la cadena y el cielo. se baila con seis u ocho parejas y la música de la guitarra es acompañada de canto. Cada pareja debe decir un verso, o relación y es donde el gaucho luce la agudeza picaresca de su ingenio para decir una galantería o un disparate gracioso (bolazo) a su compañera. El que lo dirige es generalmente un viejo llamado "bastonero" y -es quien designa los bailarines.

 

PETISO – Caballo pequeño, muy manso, de la silla de los muchachos. "Primero el petiso de los mandados, maceta y mosqueador". (J. S. ÁLVAREZ, El bailecito.)

 

PICADA – Senda estrecha en los montes y especialmente el paso en los arroyos por donde sólo se puede cruzar a caballo. "Y es tan seguro baqueano / Aquel resuelto jinete / Que, cual si fuera tan juguete, / Abras, sendas y picadas / Parece que están atadas / Al cabresto de su flete". (ELIAS REGULES, Rumbo.)

 

PICANA – Caña larga con un clavo en la punta que usan los paisanos para hacer andar los bueyes cuando aran o trabajan con carretas. También se llama así la parte del anca del animal que se come con cuero.

 

PICAZO – El animal de cuerpo negro y la frente, la barriga y las patas blancas. "Montar el picazo", locución criolla que significa enojarse, enfadarse, sin motivo.

 

PILCHAS – Conjunto de las prendas del paisano, especialmente el recado, poncho, chiripa, etc. "Comimos bien, hicimos camas con alguna dificultad, porque todo estaba anegado y las pilchas muy mojadas, y nos acostamos a dormir". (L. V. MANSILLA, Excursión a los Ranqueles.)

 

PONCHO – Dos palabras, una araucana pontho, poncho y otra quíchua puhullu, el poncho grueso de vicuña con frisa, se disputan el haber dado origen al nombre de esta característica prenda de la indumentaria de nuestro gaucho, y que como es sabido lo forma una manta de paño cuadrilonga con una abertura al centro por donde se introduce la cabeza para que cubra el tronco del cuerpo y los brazos.

 

POTRERO – Campo cercado para tener seguros a los animales yeguarizos o vacunos, diferenciándose así de los vocablos castizos potril, la dehesa en que se crían los potros separados de la madre y potrero el gañán que los cuida.

 

PULPERO – El comerciante de campaña que tiene pulpería. Ambas palabras son una corrupción de pulquero y pulquería, el que vendía el pulque, especie de chicha extraída de la pita y el puesto donde se vendía, según Pelliza en su Crónica abreviada de Buenos Aires apoyándose en la autoridad de Solorzano (Política indiana) . Pero el erudito doctor Granada en su Vocabutario Rioplatense considera dudosa esta etimología, citanto los Comentarios reales del Inca Garcilaso y las Leyes de Indias que distinguen lo que es pulquería lugar donde se vende pulque, y pulpería el lugar de "abasto o mantenimiento de las Poblaciones". El Diccionario de la Academia hace esta misma distinción.

 

Pero entre nosotros sólo se denominan pulperos a los comerciantes de campaña, generalmente extranjeros, que tienen pulpería o esquina, como se denomina todavía a estas casas de comercio por la antigua costumbre de ubicarlas en los ángulos de las calles en la ciudad y en donde se venden los más promiscuos artículos. Finalmente, por una resolución del Cabildo de Buenos Aires fecha marzo 7 de 1605, se ordena que los Diputados inspeccionasen las pulperías que abastecen la ciudad, y en la misma fecha se hace la visita tornándose medidas sobre el precio de las cebollas, ajos y vino, sin mencionar para nada el pulque y las pulquerías. (Véase: Acuerdos del extinguido Cabildo de Buenos Aires, t. I.)

 

QUIEBRA – El que presume de guapo, se le dice también coquero, quebrallón, que habla quebrando el cuerpo. "Yo soy el gaucho Macuco, / que aleteo como el gallo / en teniendo mi caballo, / mi facón y mi trabuco; / entre quiebras soy el cuco / en llegándome a enojar, / con la gente sé tratar / cuando a los ranchos me allego, / y estoy, de juro, en mi juego/ si hay un potro que montar". (A. DE MARÍA, El gaucho Mocuco)

 

QUINCHA – Del quíchua khincha Pared o tejido de totoras y pajas con que se cubren los techos y paredes del rancho. Los guaranís llamaban pirí-óg o pirí al toldo quinchado de juncos. (TRELLES, Revista del Archivo, t. II.)

 

QUIPUS – Manojos de cuerdas con nudos de colores que usaban los quíchuas como escritura. Fray Joseph de Acosta, testigo presencial y el más sabio y verídico de los cronistas de la conquista, hablando con admiración de los quipus, dice que eran memoriales o registros, que los indios hacían con ramales de cuerdas de diversos modos y diversos colores (colorados, verdes y azules) y que cada nudecillo significaba una cosa diferente. (J. DE ACOSTA, Historia natural y civil de las Indias, 1590.)

 

T – Z

 

TABEAR – El juego de la taba; pero más propiamente es el acto de conversar sin objeto, por perder el tiempo. Lo mismo que palanganiar. – "Meniar taba" o "pegarle a la sin güeso" son dos locuciones familiares en el campo que significan la misma cosa, – charlar por pasatiempo, inútilmente.

 

TACUARA – Bambusa – Del guaraní taquá, caña hueca. Cañas muy fuertes que se crían formando montes en el Paraguay, Misiones y Corrientes.

 

"Hay varias especies de tacuaras, unas llenas y otras huecas; las más grandes adquieren de 40 a 50 pies de altura, y 5 a 6 pulgadas de diámetro. En el interior de las articulaciones de esta especie, hállase, aunque raras veces, una materia concreta, que parece ser el verdadero y tan celebrado Tabaxir de la India – silicato de potasa y cal, según Vauquelin. Las tacuaras son muy útiles para las construcciones rurales, techos, cercos, canales de irrigación, etc. Con el tacuarembó, cañas delgadas, se hacen preciosos tejidos como de mimbre". (D. PARODI, Plantas usuales del Paraguay, Corrientes y Misiones.)

 

TALA – Celtis. Árbol frondoso de hojas pequeñas, y ramas -retorcidas y espinosas, que da un fruto amarillo de sabor muy agradable. Su madera de color blanquecina es muy fuerte y sirve para hacer utensilios domésticos. (Véase LOCRO).

 

"A la oración cerrada, logramos establecer cuartel general al abrigo de una tala o nachivik, árbol que según los indios tobas es temido del rayo a diferencia del quebracho y la palma";. (A. J. CARRANZA, Expedición al Chaco Austral.)

 

TAITA – El gaucho guapo cuyo valor es reconocido por todos en el pago; se dice también táutra, corrupción de toro, y equivale al vocablo español terne, valentón.

 

"Soy el taita que retruca / Generoso y altanero". (E. REGULES, El Entenao.)

 

TAMBERAS – Grupo de vacas lecheras, mansas, que se ordeñan bajo la ramada del tambo: -del quíchua tampu, el lugar donde se vende la leche.

 

TAPERA – Del guaraní tapera, pueblo que fué. Rancho en ruinas y abandonarlo. "No hallé ni rastro del rancho / Sólo estaba la tapera". (J. HERNÁNDEZ, Martin Fierro.)

 

TAPES – Se llama así en Entre Ríos y la República Oriental del Uruguay a las personas aindiadas, de color moreno, que conservan el tipo de los guaraníes que habitaban la reducción jesuítica de Santo Tomé Apóstol en las Misiones, a la cual se decía Provincia del Tape – o sea ciudad, pueblo en guaraní.

 

TARARIRA. – Macrodon trahira. Pescado de los ríos y lagunas, de escamas obscuras, especialmente en la cabeza y el lomo, cuya carne es muy estimada. "El doctor Burmeister señala el Macrodon trahira de este país en su Reise, y más de una vez me he sentido inclinado a pensar que M. intermedius y M. trahira, son la misma cosa. En todo caso este último nombre tiene prioridad". (E. L. HOLMBERG, Nombres vulgares de peces argentinos.)

 

TASI – Morrenia brachystephana, Enredadera de los montes, de fruto comestible y tallo lechoso; el cocimiento de la raíz y el fruto es recomendado de antiguo para aumentar la secreción láctea a las madres. Alcalde Espejo en su Excursión por la Sierras de Córdoba, 1871, menciona varias veces las maravillas que ha oído referir sobre las propiedades del tasi o tase. El doctor Arata ha estudiado sus propiedades galactógagas en los Anales del Consejo de Higiene, 1891. "El tasi o lorai de los tobas. Los indios, como la gente desheredada del Pararaguay, Corrientes y otras provincias argentinas, se alimentan del folículo, que no es desagradable, asado o hervido -hasta crudo siendo tierno- y cuyo mesocarpo carnoso, es también coriáceo. También hacen yesca del folículo, y en Santiago se prepara un dulce exquisito semejante al del tomate. Finalmente, está probado que el agua del tasi hervido, desempeña un rol muy especial en la lactancia materna". (A. J. CARRANZA, Expedición al Chaco Austral.)

 

TERU-TERU. – Vaneluts cayennensis. Ave de plumaje blanco, mezclado de negro y tornasolado. Como el chajá y el hornero, el teru-tero es el centinela vigilante de los campos; su grito estridente de alarma le ha dado ese nombre, así como el de tero y tetéu, que repite cuando vuela amenazando al transeúnte con el espolón rojo de sus alas para defender el nido que esconde con mucha habilidad entre los pastos. "Los zorzales se esconden, a lo lejos Gritando el teru-tero se agazapa". ZORRILLA DE SAN MARTÍN, Tabaré.)

 

TIENTO – Tira fina de cuero con la cual se confeccionan las primorosas trenzas que luce en su apero el gaucho.

 

TIRADOR. – Cinto de cuero a manera de faja con bolsillos que usa el gaucho en la cintura prendido por la botonadura o rastra de plata y que constituye una de las más indispensables y vistosas prendas de su traje. "El sombrero blando aplastado en la negra cabellera: el pañuelo de seda cuya punta cubre la boca del rayado poncho, el cual es una simplificación del albornoz árabe; el chiripá flotante como pantalón de zuavo, ceñido a la cintura por el ancho tirador de cuero escamado de pesos de plata y cruzado por el largo facón para el trabajo y la pelea". (P. GROUSSAC, Cost. populares en la Argentina.)

 

TOLDO. – La acepción rioplatense de este vocablo significa la choza primitiva del indio, hecha de estacas, ramas, totoras y pieles de animales. Piri-óg llamaban los guaraníes a sus toldos de totoras. Rucá, los araucanos. "El nollik (toldo) de los Tobas, plantado sin el menor orden, es realmente la huta del indio nómade. Consiste en algunas ramas delgadas y flexibles, clavadas en tierra de trecho en trecho y aseguradas por los extremos. Tan sencillo esqueleto, que no pasará de un metro de luz, es luego techado con totora (especie de enea), dejándosele en el mojinete una abertura a estilo de boca de horno, por la que es necesario entrar en cuclillas";. (A. J. CARRANZA, Expedición al Chaco Austral.)

 

TOTORAS. – Del quíchua tutura. Yerbas altas, de varas redondas y esponjosas, que crecen en los bañados y al borde de las lagunas; se le llama también hunco y huncales a los terrenos que cubren estas plantas que el paisano utiliza para las quinchas de sus ranchos. "El huarpe todavía hace flotar su bolsa de totora para echar sus redes a las regaladas truchas". (D. F. SARMIENTO, Recuerdos de Provincia.)

 

TRISTES- Canto popular de origen indígena con acento muy melancólico y donde el gaucho acompañado de la guitarra luce sus habilidades de cantor y músico, dando expansión a ese tinte de vaga tristeza que informa los sentimientos de su alma. Los tristes, estilos, vidalitas y cielitos son sus Cantos predilectos. "Canto tristes nunca oídos, / Canto cielos no escuchados". (R. OBLIGADO La muerte del payador.)

 

TROPERO – El hombre que tiene por oficio conducir haciendas para el abastecimiento de las poblaciones, también se les dice resero. "El Barbarucho era un catalán ordinario que había sido tropero de Olañeta, antes de la revolución, cuando éste era comerciante". (V. F. LÓPEZ, Muerte de Güemes.)

 

TROPILLA- Grupo de 12 o 15 caballos de montar que sigue a una yegua -la madrina- cuyo cencerro los acostumbra a andar siempre juntos o amadrinados, y de la cual jamás se apartan. "Ensilló su caballo, y montando en él, se alejó arreando su tropilla por entre la selva con la fría tranquilidad de su raza, sin temor, sin apuro, con la confianza resuelta del que no se expone". (L. V. LOPEZ, El salto de Ascochinga.)

 

TUCUS – Pyrophorus puntatissimus. Linternas o tucumapán. Se llama así a las luciérnagas grandes con dos focos luminosos sobre la cabeza, que en las noches de veranos vagaban por los montes despidiendo una luz azulada y fosforescente. "Las bellas no desdeñan adornarse sus- trajes en las fiestas campestres y familiares con la luciérnaga, llamada vulgarmente túco o túcco en todo el norte de la República; y es curioso observar que la palabra tuc-hóhó o tucho quiere decir estrella en la lengua de los Mocovíes, que son indios hasta el presente salvajes&", escribe Gioyanni Pelleschi en su hermoso libro Otto mesi nel gran Ciacco que tanta luz arroja sobre el lenguaje de los indios Matacos. "Tucu, significa luz en quíchua; y así se dice tucus las luciérnagas que bordan con sus brillantes chispas el manto azulado de la noche en los trópicos". (N. AVELLANEDA, Escritos,t.I)

 

TUSADO – El caballo que tiene las crines recortadas, atusadas como se decía en el antiguo español. Tusar, es el acto de cortar con tijera las crines del pescuezo y los pelos gruesos de las patas, y despuntar las cerdas de la cola para que quede más vistoso.

 

URUCÚ – Bixinea. Del guaraní urucú. El achiote de América. "Arbusto común, de cuyas semillas se extrae una materia colorante cuyo uso es conocido, y que los indios empleaban para pintarse el rostro en sus días festivos o cuando entraban al combate. Igual uso hacen del árbol iñandipá (Genipa americana) ." (D. PARODI, Notas sobre algunas plantas del Paraguay.)

 

URUGUAY- El gran río que limita la Provincia de Entre Ríos con la República Oriental, recorriendo un curso de más de 250 leguas desde su nacimiento en las sierras del Brasil hasta desembocar en el Río de la Plata. Su nombre guaraní ha sido interpretado de diversos modos. Azara le llama Río del país del pájaro Urú; La Sota, Río de las vueltas; Cabrer, Río de los caracoles y Zorrílla de San Martín, Río de los pájaros."

 

"Urú -dice en su Tabaré-, significa pájaro, y también un pájaro determinado, especie de ruiseñor; uá significa cueva, montes, concavidad; i, que tiene en tupí un sonido nasal característico, significa, agua o río, según se use sola la voz o combinada con otras. Uruguay significa, por consiguiente, agua que brota de cueva donde hay pájaros, o Río de los pájaros".

 

VACARAY. – Del guaraní – mbacaraí- hijo de la vaca, es decir, ternero; pero no se da este nombre indígena sino al ternero nonato que se extrae del vientre de la madre cuando se carnea y es una de las achuras más apreciadas. Del cuero del vacaray se hacen sobrepuestos, tiradores, zapatillas, etc. También se le llama tapichí; en la provincia de Entre Ríos se usa más esta última forma, tal vez de origen quíchua.

 

VAQUILLONA – El Diccionario de la Academia la define de una manera imperfecta al llamarla "vaca, hembra del toro", sin acertar con la acepción que ese vocablo tiene entre nosotros, pues la vaquillona es una ternera grande que todavía no ha llegado a ser vaca, y el diminutivo de vaca es vaquilla o vaquita;. Las vaquillonas, por tener la carne más blanda y su estado de gordura, son las especialmente elegidas para el asado con cuero de todas las fiestas camperas.

 

 "Aunque de facha tristona / Era el rancho, en la ramada / Con cuero estaba colgada /Media res de vaquillona". (H. ASCASUBI, Santos Vega.)

 

VELORIO – El acto de velar los cadáveres. Figuradamente se llaman velorio a las fiestas, y más propiamente a los bailes sin animación y poco concurridos; es un velorio, un fiambre se dice para significar que la reunión es poco animada. El término arranca de la antigua costumbre popular de velar los cadáveres, principalmente de los párvulos angelitos según la creencia tradicional la cual motivaba una fiesta nocturna de baile y juegos de prendas matizadas con abundancia de licores y el infaltable mate criollo. El velorio es una costumbre indígena que solo prosperó en el bajo pueblo y ha desaparecido ya casi totalmente. Algunos escritores extranjeros al ocuparse de nuestras costumbres populares hacen mención del velorio del angelito, como Pelleschi en su obra Otto mesi nel gran Ciacco, Mendoza y Tucumán, y Ebelot en La Pampa, por más que la descripción de último peque de muy exagerada, sobre todo en la falsa ilustración de Alfredo París que la acompaña. Pero es sabido que, en general los escritores extranjeros no son muy fieles en sus impresiones y relatos sobre costumbres sudamericanas [,] llegando a veces a referir cosas que sólo han existido en la imaginación… fantasista del ingenuo narrador, como aquella originalísima manera de asar la carne que atribuye a los gauderios Pedro Estela en El viajero universal; o la bárbara costumbre de desollar los caballos para aplacar la sed que tienen los gauchos, según lo refirió Prosper Merimée en la Revista de Ambos Mundos, agregando que se lo había visto hacer al general Frutos Rivera siendo Presidente de la República Oriental, o aquella enlazada de potros salvajes en campo abierto que describió Edmundo de Amicis en su vista a la Argentina en 1884.

 

VIDALITA – Del quíchua vidalita, – que quiere decir: ¡mi vida! Canto popular de las provincias montañesas. "La vidalita de los Andes es el yaraví primitivo, es el triste de la pampa de Santos Vega, es la trova doliente de todos los pueblos que aún conservan la savia de la tierra; la canta el pastor en el bosque, el campero en las faldas de los cerros, el labrador que guía la yunta de bueyes bajo los rayos del sol, la mujer que maneja el telar, el niño que juega en las arenas del arroyo y el arriero impasible que atraviesa la llanura desolada". V. GONZÁLEZ, Mis montañas.)

 

VIEJA DEL AGUA – Loricaria. "Denomínase así unos peces que tienen el cuerpo totalmente cubierto de placas óseas, más o menos lisas o erizadas. En el primer caso, y cuando el cuerpo es más alto que ancho, con solo dos filas de tales placas a cada lado pertenecen al género Callichthys, del cual existen varias especies en nuestro país; en el segundo, a los géneros Plecostomus, Chotostomus, Liposarcus y Loricaria, conocidos en nuestras aguas dulces, y un quinto, que he denominado Aristommata por la posición de sus ojos". (E. L. HOLMBERG, Nombres vulgares de peces argentinos, 1888.)

 

VINCHA – Del quíchua huincha, la faja de colores que sujetaba los cabellos de las mujeres indígenas; fué también el distintivo o diadema imperial (llautu). Los charrúas la usaban con una pluma de ñandú. "En el Perú, los hombres usaban trajes sencillísimos, las mujeres se vestían igualmente, atada a la cintura con una faja, el chumpi, y usaban un manto o lliclla prendido por un alfiler, tupu. La cabeza era adornada por una cinta llamada huincha y el cabello arreglado en dos trenzas. Para conservarlo lo lavaban cuidadosamente y lo inmergían con infusiones vegetales". P. N. ARATA, Los Cosmeticos (La Biblioteca, núm. 2). Pañuelo de seda o algodón que se atan los hombres de campo en las faenas rurales y cuando corren carreras. "Este hombre era de su pelaje, según coligió. Apenas traía una jerga su caballo, y lazo al pescuezo. El jinete un pañuelo atado en forma de vincha en la frente, y boleadoras y daga a la cintura". (E. ACEVEDO DÍAZ, Soledad.)

 

VIUDITA – Toenioptera moesta. Pequeña avecilla blanca de alas y cabeza enlutadas que vive en los cardales generalmente y produce una especie de gimoteo que remeda un silbido agudo y triste. Las gentes del campo consideran de mal agüero oir el grito de esta ave solitaria, que llama a los amantes, les acaricia y enamora para después hacerlos sufrir con sus desdenes. Se le llama igualmente monjita.

 

VIZCACHERAS – Las cuevas de la vizcacha -cuadrúpedo muy dañino, algo semejante al conejo- que cava sus madrigueras en galerías subterráneas rodeando las entradas con ramas, huesos y cuanto objeto pueden arrastrar, para que no les pisoteen la cueva los animales, según dicen los paisanos. Las vizcacheras son la guarida de los zorros, de las iguanas y gatos cimarrones; se distinguen desde lejos en el campo por la tierra talada que las rodea y los montones de ramas, bosta seca, las grandes ortigas, y las matas de una planta que da una calabaza muy amarga llamada porongo, – del quíchua purúnku, "Parece una vizcachera", – se dice familiarmente a los ranchos pobres llenos de trastos viejos e inservibles. "Sólo se oían los aullidos / De un gato que se salvó. / El pobre se guareció /Cerca, en una vizcachera, Venía como si supiera Que estaba de güelta yo". (J. HERNANDEZ, Martín Fierro.)

 

VOLEAR – Se dice de los animales, especialmente de los potros o redomones cuando se están domando y tienen la maña de tirarse de pronto hacia atrás. También se les llama caidores. Figuradamente volear significa volver, dar vuelta con resolución: así "volear el anca" es el acto de darse vuelta para hacer frente a cualquier peligro, tirarse del caballo para pelear, etc. "Los potros caidores dan también mucho trabajo. Ese defecto proviene de una gran sensibilidad para la cincha". (C. LEMÉE, El domador.)

 

YAGUANÉ – Se llama así al animal vacuno o yeguarizo que tiene el cuerpo cruzado por largas tiras o fajas blancas y el resto del cuerpo negro o colorado.

 

YUYOS. – Del quíchua yuyu, yerba. La yerba dañina que no come el ganado e invade las tierras labradas perjudicando los sembrados. "Puede sin cuidao vivir / Que primero han de decir, /Que la vizcacha es caballo /Y que es sauce la bisnaga, / Y que los montes son Yuyos, Que asegurar que son suyos Los tristes versos que yo haga". (E. DEL CAMPO, Aniceto el Gallo.)

 

ZORRINO – Mephitis patagonicus. Especie de zorro pequeño, de color negro con dos fajas blancas al costado, que despide cuando le atacan un orín pestífero. En las célebres Instrucciones para los mayordomos y capataces de las estancias, escritas de puño y letra por don Juan Manuel de Rozas, allá por los años de 1819, se registra esta curiosa y verídica nota sobre la manera de matar los bichos dañinos en el campo. "El modo de matar los zorrinos es con las bolas, ganándoles viento arriba: así no pueden mirar ni las bolas. Después de muertos se les pincha la barriga para que acaben de salir los orines y así con esta operación no hieden los cueros".J. M. DE ROZAS, Inst. para los mayordomos, etc.)

 

 

FIN DEL Glosario (A-C)  digitalizado para "La Voz de Sola" por Susana de Tezanos Pinto de Arana T  – feb 2004 Datos de la primera edición- – Félix Lajouane, Editor, Buenos Aires,1896

 

RECUERDOS DE LA TIERRA

Martiniano Leguizamón

(1858-1935)

 

1) La maroma cortada 2) La minga – 3) Parando rodeo – 4) El chasque – 5) El curandero – 6) La creciente – 7) El sargento Velázquez – 8) Juvenilia – 9) Chabaré – 10) Junto al fogón – 11) Cayó el matrero – 12) Máma Juana – 13) ¿Capturar? – 14) La cojita – 15) La partida – 16) Tristezas – 17) El hogar en ruinas – INDICE Alfabético de las principales voces indígenas y modismos locales usados en esta obra (Glosario)

 

Capítulo 1

LA MAROMA CORTADA

 

Era muy niño, pero el recuerdo de aquella escena se grabó para siempre en mi memoria, -y aún hoy, al esbozar estos recuerdos a través del tiempo y la lejanía, veo acusarse netamente los perfiles del cuadro, con su antiguo, sombrío colorido.

 

El sol se hundía en el horizonte brumoso, lanzando sus postreros reflejos por entre el ramaje del bosque de sauces y laureles que se alejaba como una mancha gigantesca, hacia el sud-oeste bordeando las riberas del Gualeguay. La tarde había acallado sus rumores, el campo estaba tranquilo, -toda la naturaleza parecía replegarse muda en la quietud majestuosa del crepúsculo. Grandes bandadas de aves cruzaban presurosas, trazando en el azul del cielo una larga raya obscura y desaparecían en los follajes de la selva.

 

La noche no tardó en llegar y la luna asomando por sobre la cumbre de las arboledas, como una esfera de alabastro transparente, bañó de tenue luz el paisaje solitario. Un silencio triste, ese silencio de la noche en los campos, se extendió en torno de nuestra estancia, casi perdida allá en medio de los montes de Calá, en un pedazo de la tierra entrerriana.

 

De pronto un rumor que fué creciendo hasta percibirse claramente nos anunció que alguien se acercaba a galope, pocos instantes después se detenía en la tranquera de la empalizada cuya puerta defendían los perros ladrando enfurecidos, – fué necesario espantarlos, y el viajero a quien reconocimos cuando nos dió las buenas noches, resultó ser un antiguo peón de la casa.

 

-Ayúdenme a bajar, muchachos, -nos dijo con voz apagada. Nos acercamos y el más fornido tomándolo de la cintura lo puso en tierra exclamando: -¡Pero, don Juan, usted viene herido!

 

-Sí, traigo unas lastimaduras que recibí hoy en el paso -contestó levantando el brazo del que pendía la mano en un colgajo de carne amoratada-; además, tengo en el cuerpo otros arañones … ¡ah! se han de acordar de mi esa punta de flojazos que pretendieron les entregara la. balsa!

 

Fué a caminar, pero le faltaron las fuerzas, se tambaleó como un ebrio, dobló las rodillas y cayó de flanco dando un rugido sordo. Debilitado por la pérdida de sangre que manaba de las heridas, apenas habla alcanzado a llegar hasta la estancia para no morir en medio del campo abandonado. Se le transportó a un lecho confortable, le arroparon procurando dar calor al cuerpo aterido, y se mandó a escape en busca de un viejo, curandero que dragoneaba de médico en aquellos apartados lugares.

 

Tras largas horas de angustiosa espera, escuchando con el corazón oprimido las súplicas del enfermo, que clamaba porque le diéramos un cuchillo para. cortarse los pedazos de carne que pendían de la mano destrozada, el curandero llegó al fin, y no atreviéndose a amputársela se la entablilló como pudo, le vendó las otras heridas, dejando que la naturaleza obrara – según decía con aire convencido el galeno silvestre.

 

Gané la cabecera del pobre Juan porque le tenia una gran deuda de cariñoso afecto; asistí a las violentas horas de fiebre, de espantoso martirio, le ví muchas veces incorporarse en el lecho bregando por tirarse al suelo, pidiendo con eco suplicante un arma para pelear a los enemigos que veía en las visiones del delirio. Caía después desfallecido, con la mirada vidriosa clavada en el techo y el labio extendido en la expresión del dolor supremo, y se quedaba inmóvil, rígido, con la palidez amarillenta del cadáver. Era hermoso entonces en su mansa quietud, aquel gaucho bravío, con el perfil semi-árabe del hijo de nuestras llanuras, acusándose en el óvalo del rostro al que formaba sombrío marco una sedosa barba negra, luciente como un esmalte, sobre el cutis bronceado por las brisas del campo.

 

Otras veces cuando la intensidad de la fiebre declinaba, como si saliera de un letargo, abría los párpados penosamente, la mirada erraba de un punto a otro tratando de reconocer el sitio, y al encontrar un rostro amigo, sonreía hablándonos con acento tranquilo, presintiendo la muerte cercana, sin afán ni amargura.

 

Fué en una de esas breves horas de tregua que el dolor le daba, cuando nos refirió la tremenda aventura por que habla pasado.

 

Estaba de guardia en compañía de dos soldados cuidando uno de los pasos del Gualeguay donde existía una balsa. Era un punto estratégico, pues el río desbordado con las lluvias del invierno, no daba vado en ninguna parte, no aventurándose ni los más nadadores a desafiar la enorme masa de agua que rodaba por el -cauce tortuoso, aprisionada en las altas barrancas.

 

El coronel Taborda -un valiente que poco tiempo después caía derribado a traición por el puñal de un asesino desconocido- llamando al sargento Juan Sanabria y poniendo dos soldados bajo sus órdenes le dijo -Defiéndame la balsa; ¡muera si es necesario, pero que por ella no pase un enemigo! Los clarines tocaron marcha en seguida y la gallarda división se alejó ocultándose al poco rato en los tupidos pajonales que bordear .la sinuosa carretera.

 

Los días transcurrían en medio de esa calma imponente de los bosques, cuyo silencio solo turbaba el murmullo del agua escurriéndose por entre los sarandisales de la orilla, o el rugido áspero de las fieras celebrando sus amores en las penumbras de la selva. La guardia trataba de pasar lo mejor posible las largas horas de aburrimiento, pero siempre con el ojo alerta a la ribera opuesta por donde debla de llegar de un momento a .otro el enemigo. Un copudo curupí les servía de atalaya, desde allí escudriñaban para no ser sorprendidos Pero como el tiempo corría sin novedad, la confianza los fue ganando y la vigilancia se hizo 'con menos frecuencia, hasta que fastidiados de esperar concluyeron por dejarse de precauciones haciéndose esta reflexión: -De todos modos, si se les antoja venir no se lo vamos a privar y llegarán hasta el otro lado, y nos quemaremos a balazos, pero lo que es la balsa no se la llevarán así no más-; ¡que vengan a buscarla si se atreven! Tomada su resolución, la amarraron a un poste, revisaron la carga de las carabinas poniéndolas a cubierto de la lluvia y se resignaron a esperar los acontecimientos.

 

Los dos mocetones se mostraban impacientes; tenían ganas de estrenarse, de medir su coraje ante Sanabria cuyo facón probado, en cien lances cuerpo a cuerpo, le habla creado una gran fama de gaucho bravo. Él les replicaba sonriendo:

 

-Sí, aura están muy cócoras, pero si asomara la cabeza algún blanquilllo (1) por entre el pajonal, entonces sería otro cantar… Déjense de echar bravatas al ñudo, que lo que es yo no tengo muchas ganas de andar a tajos con mis propios hermanos; porque en resumidas cuentas, ¿qué vamos ganando con aujeriarnos el cuero y dejar quizá la osamenta blanquiando entre el pastizal? Vean, si no fuera de vergüenza y para que no vayan a pensar que he tenido miedo, ya les habría echado la balsa a la porra, ganando los montes a matreriar hasta que la guerra termine.

 

La arenga fué de pésimo efecto. Esa misma tarde con el pretexto de ir a dar agua al caballo, uno de los soldados desertaba. -Ha hecho bien el maula en mandarse mudar- exclamó Sanabria al notar su desaparición; -si iba a disparar al primer tiro, es mejor que se haya ido antes -y dirigiéndose al otro:- Bueno, amigo, ya sabe el camino, yo no lo he de estorbar…

 

Una llamarada de altivez relampagueó en los ojos del gauchito a quien no sombreaba aun el labio el bozo de los adolescentes: -¡Primero chancho antes que volver el anca!- fué su única respuesta.

 

Al día siguiente de esta escena, bajo la lumbre de un sol acariciador, aquellos dos seres confiados a su destino, subyugados por la calma del paisaje, dormitaban tendidos en el gramillal soñando tal vez con las ternuras del hogar ausente, cuando de pronto un grito de alerta hizo poner de pie al sargento que clavó la mirada escudriñadora en la margen opuesta, tratando de descubrir a través de los espesos matorrales, algo que no nombraba, pero que podía traducirse en la inquietud que lo dominaba.

 

-Ande ser los chajáses que se han asustáo de algún carpincho, -dijo el joven.

 

-No, el chajá no grita así alarmáo sino cuando anda gente desconocida -replicó Sanabria. Al mismo tiempo los caballos se revolvían inquietos trotando en la estaca, con las orejas tendidas hacia adelante, las narices abiertas, dando resoplidos violentos y escarbando el suelo.

 

La señal era inequívoca, los caballos sentían la proximidad de sus semejantes que no venían solos por cierto, como no tardaron en constatarlo al ver coronada la loma por una partida de diez o doce hombres, cuyos sombreros ostentaban la divisa blanca del ejército jordanista.

 

El oficial se destacó del grupo y, avanzando hasta la playa, gritó con voz de mando:

 

-Ché balsero, ¡pasá la balsa, pronto!

 

-Vengalá a buscar con toda su alma, y la llevará, ¡si puede! – contestó resueltamente Sanabria.

 

Una maldición cuyas últimas sílabas apagó el estampido de un pistoletazo fué la señal del combate. Los soldados se precipitaron a la picada descargando sus armas entre alaridos de muerte. El sargento impasible se aprestó a la lucha ordenando a su compañero que se cubriera con los troncos y no hiciera fuego sino a tiro seguro.

 

Las balas cruzaban desgajando los árboles o rebotaban en la barranca gredosa y caían al río.  De pronto uno de los atacantes alzó los brazos, dejó caer el arma y rodó en la arena bañado de sangre. Sus compañeros le rodearon para sacarlo de aquel sitio, presentando así imprudentemente un buen blanco que no desperdiciaron los defensores, dirigiendo disparos certeros al pelotón.

 

El oficial mandó abandonar la playa y ganar el barranco para combatir en guerrilla parapetándose en los matorrales. Así la ventajosa posición de los contrarios estaba equilibrada y tendrían que sucumbir al mayor número.. En seguida ordenó a un soldado atravesar el río a nado, guiándose por la maroma que estaba tendida de orilla al orilla a flor de agua.

 

Un chino fornido con el puñal apretado entre los dientes se echó al río y empezó a nadar agarrándose de la maroma. Fué el momento crítico. El sargento y su acompañante ya no podían defender la balsa desde la altura, era necesario descender a la playa donde estaba amarrada. Para presentar el menor blanco se separaron recostándose a los bordes salientes de la barranca y clavando una rodilla en tierra dirigieron la puntería al nadador que avanzaba cortando la correntada, protegido por los fuegos de la margen opuesta, que no les dejaban apuntar con fijeza.

 

Sanabria recibió un balazo en el costado, pero no dijo nada al heroico muchacho que se batía sonriente ante el peligro, con el rostro ennegrecido por la pólvora, desafiando con voz enronquecida a los atacantes. De pronto sus gritos cesaron, se irguió gallardamente, tendió la carabina apuntando, al nadador, y el tiro no salió. Una bala le había atravesado el pecho, y por la boca de la herida saltaba la sangre a borbotones; se agitó en un estertor convulsivo, avanzó un paso a la ribera con la cabeza altiva, y como, una estatua derrumbada del pedestal, rodó al fondo del río que abrió sus turbias ondas para sepultarlo!…

 

Entretanto el nadador alcanzaba ya las tablas de la balsa y no tardaría en trabarse una lucha desventajosa para Sanabria, que acababa de ser herido en la mano derecha quedando inutilizado. Podía huir, su caballo estaba allí cerca, había cumplido con su deber hasta donde era humanamente posible; ¡pero no, tenía prometido a su coronel no dar paso al enemigo, y lo cumpliría!

 

Se le vió entonces acercarse al poste que amarraba el cable blandiendo en la mano izquierda la filosa daga, y de un tajo de revés, soberbio, trozar la maroma que se encogió rápidamente escurriéndose por las roldanas hasta dejar libre la embarcación.

 

Enclavada en la arena, pero ya sin amarras, no podía resistir al choque del agua que la empujaba de flanco: se balanceó un instante inclinándose como si fuera a hundirse, la corriente barrió la cubierta del maderámen, la dio vuelta, la echó al medio del río y no tardó en seguir el derrotero de los verdes camalotes que arrastraba la impetuosa correntada. Tras un recodo del cauce se ocultó -al fin yendo a sepultarse en el remolino de un remanso, que después de azotarla con violentas sacudidas, la arrojó despedazada como un despojo inservible a los juncales de la playa

 

El paso quedaba interceptado. El sargento Sanabria habla cumplido su palabra, pero a qué precio! Abandonó recién el puesto de honor y montando a caballo se alejó en silencio. Algunas balas cruzaron todavía silbando sobre su cabeza, mientras a su espalda se oía el alarido rabioso de los enemigos impotentes para vengarse.

 

Miró por última vez la sangrienta escena recordando el sacrificio del valeroso compañero cuyo cadáver ni siquiera tendría piadosa sepultura, y aquella alma esforzada abatió la frente con tristeza sintiendo que las lágrimas enturbiaban sus pupilas. La visión de la muerte en medio de aquel desamparo, sin un ser amigo a quien confiar los postreros mensajes, debió conturbar su espíritu, y recordando, el hogar hospitalario de sus viejos patrones soltó la rienda al caballo en dirección a la estancia.

 

Su deseo se cumplió: estaba bajo el techo amigo, rodeado de seres que lo amaban; ¡ahora podía llegar la pálida viajera, la aguardaba sereno, dispuesto a disputarle la vida palmo a palmo, y si cala vencido tendría un regazo cariñoso donde reclinar la frente y llanto de dolor humedecerla la tierra de su tumba!…

 

La sangrienta tragedia llegaba al desenlace. El estado del enfermo era cada vez más grave; todo era impotente para detener la marcha de la enfermedad que causaba visibles estragos. Mi pobre amigo se batía en retirada, sereno, sin miedo, pero la vida se le iba por el boquerón de las heridas. La mirada altiva de otras horas se apagaba marchita, sin brillo, ya no vibraba en los labios secos, rajados por la fiebre, el acento viril, las palabras se arrastraban penosamente balbuceadas entre los hipos de la lenta agonía.

 

Fue una lucha inaudita, desgarradora, la que sostuvo esa naturaleza vigorosa del hijo de los bosques y la muerte que lo acechaba implacable. Debía triunfar al fin el mal misterioso y terrible; la gangrena empezó a trepar conquistando pedazo por pedazo el cuerpo del herido que extenuado por el largo sufrimiento sólo, le oponía la savia de su carne; sin auxilios de la ciencia la victoria no era dudosa y no se hizo esperar.

 

Una tarde, a la hora del crepúsculo, cuando las últimas explosiones rojizas del sol se hundían tras la cumbre del monte lejano, Sanabria se incorporó en el lecho arrojando las cobijas y tendiendo el brazo mutilado hacia el poniente como si señalara alguna cosa que vislumbraba en el delirio: -¡Pasen, si pueden!- exclamó con voz apagada, con el postrer acento que brotó de su boca, ¡y cayó de espaldas para no alzarse más!

 

En el camposanto de un villorrio vecino a la estancia, duermen el eterno sueño los restos de Juan Sanabria, el héroe modesto y esforzado. Una rústica cruz extiende sobre la tumba abandonada sus brazos siempre abiertos; al pie en vez de losa funeraria crece el trébol lozano; no hay allí más plegarias que el susurro de las brisas errantes y el perenne murmullo de un arroyuelo que rueda a pocos pasos en su lecho de toscas, por entre los verdes achirales de la ribera…

 

(1) Así se designaba a los soldados del ejército del general Ricardo López Jordán en 1870, por la divisa blanca que usaban en el sombrero y cuyo lema decía: "Defendemos la soberanía de la Provincia – Son traidores los que la combaten".

 

Datos de la primera edición- – Félix Lajouane, Editor, Buenos Aires,1896

 

FIN DEL CAPITULO 1- digitalizado para "La Voz de Sola" por Susana de Tezanos Pinto de Arana Tagle – feb 2004

 

Capítulo 2 – LA MINGA

 

El rancho de Lázaro Peñalva tenía aquella tarde un inusitado movimiento; un trajín de día de fiesta, de bullicio, traía  excitados a sus tranquilos moradores. Se acusaba desde lejos por la columna de azulado humito que flotaba sobre la cocina, petiza, corcovada, con el techo de quincho lleno de buracos que los remesones del pampero y de las lluvias iban agrandando.

 

A un lado el hornito de barro, empingorotado en un zarzo de palos como una habitación lacustre, humeaba también caldeándose a fuego lento para cocer las empanadas.

 

Atados al palenque y bajo la ramada se veían varios caballos de pelaje y marcas desconocidas: eran pingos de gente forastera, gordos, bien tuzados y desvasados con esa prolijidad minuciosa del criollo que funda su mayor satisfacción en la buena estampa del flete que monta. Más allá, junto al rastrojo que amarilleaba con ese matiz de la tierra recién segada, un grupo de trabajadores cargaba el trigo de la era en pelotas de cuero que unos muchachos arrastraban a la cincha en medio de una gritería ensordecedora.

 

 Con el chiripa cortón, el calzoncillo arremangado, un pañuelo de vincha en la cabeza y la barba cebruna de polvo, Peñalva recibía el trigo y lo iba amontonando en el granero.

 

-¡Metanlé lonja, muchachos, que ya acabamos!- exclamaba animando a los peloteadores, afanado por terminar de encerrar la cosecha en los trojes. El año había sido de gran rendimiento, las fanegas se desmoronaban bajo sus pies, se extendían llenando el cuarto en capas pesadas, calientes de granos dorados. El paisano estaba contento y sonreía a la mujer que le alcanzaba mate, contemplando sin engreírse el fruto de tantas fatigas.

 

-¡Áura ya no hay miedo de langostas ni heladas! Con tal que no salgan dispués esos gringos alarifes ofreciendo cuatro riales porque la cosecha es güena… Son tan logreros, tan sin yél los condenáos, -continuaba diciendo. Pero siempre habrá pa comer locro y tortas fritas, ¿no le parece mi vieja?…

 

Las pelotadas seguían llegando hasta que un correntinito de los acarreadores gritó desde la puerta haciendo rayar el caballo: -0-pá catú Ño Pefíalva, ¡ésta es la última!-, y en pocos momentos la pelota fue vaciada en el montón que ya tocaba la solera del rancho.

 

Del lado de la chacra partía una estruendosa algazara que se mezclaba al rumor de las pisadas de los peloteadores que, con los cueros vacíos a la rastra se perseguían dándose pechadas por llegar primero a las casas.

 

Más atrás dos corrían una carrera.

 

Los costillares pegados, las orejas gachas, el cuerpo extendido en los jarretes que apenas rozaban el suelo, iban los caballos; recogidos sobre las cruces, haciendo un ovillo del cuerpo para recibir el menor aire posible y el ojo alerta por sacar una ventaja al contrario, los corredores apuraban a los animales con voces sordas, sin castigarlos, llevándolos alzados en las riendas. Un bayo empezó a hacer punta; entonces su rival, un zaino cuadril blanco, a un grito de corredor que le taloneaba los ijares, se estiró en un esfuerzo supremo y se puso a la par; los rebenques cayeron a un tiempo, volvieron a alzarse y a caer otra vez confundiendo sus golpes, secos, rápidos, que cortaban el aire como hachazos. ¡Se debatieron breves instantes aún hasta que el bayo en una atropellada violenta se cortó adelante y salvó la raya como un relámpago, con la cola tendida y los encuentros temblorosos, bañados de espuma!

 

Marchando despacio en dirección a las casas venían los trabajadores de a pie bromeando contentos, con esa inacabable y bullanguera alegría que acompaña al paisano hasta en las más rudas tareas. Un vientito del sur con efluvios frescos de los campos soplaba agitando las matas del cardal en flor, se metió susurrando por entre el monte de duraznos y se alejó alzando espirales de polvo al cruzar por la lomada del corral de ovejas…

 

El movimiento y -el andar de la gente atareada en el rancho continuaba. Ña Juliana, la consorte de Peñalva, sus hijas, dos chirucitas agraciadas y varias vecinas que habían concurrido para ayudarles, no se daban un punto de reposo por agasajar debidamente a los convidados; sonrosadas, ligeras iban y venían del horno a la cocina, entraban y salían del rancho cruzando el patio recién carpido.

 

 En el fuego se doraban los costillares y la picana con cuero de la vaquillona más gorda del rodeíto de tamberas -que había claváo la guámpa- como decía Peñalva. En otro lado su mujer parada frente al pozo daba la última mano a las empanadas de gallina pincelándolas de azúcar y huevo batido. La pulpería vecina de "Las Vascas" había provisto de las damajuanas de vino sin mestura para remojarlas.

 

Un frasco de ginebra que se alternaba con otro de hesperidina o un mate cimarrón o de leche cebado por las hijas del dueño de casa, servían de aperitivo mientras llegaba la hora de la cena.

 

-Tome algo, amigo. ¡Prendalé un beso a la limeta que esto quita el calor! Sirvasé un matecito. Pite un negro… Con confianza, caballeros, que hay reserva… Eran las exclamaciones con que a cada instante -el rumboso paisano obsequiaba a sus huéspedes; porque aquellos hombres no eran peones sino amigos, convidados que venían hasta de pagos lejanos para ayudarlo en la recolección de las sementeras sin interés alguno, por simple espíritu de aparcería, de recíproca ayuda, creyéndose largamente recompensados con la celebración de la alegre minga -la fiesta tradicional de las cosechas de antaño- con su inevitable carne con cuero, pasteles, beberaje en abundancia y un bailecito hasta la salida del sol. (1)

 

Ese era el único aliciente; la diversión, la jarana al terminar las faenas. Si la cosecha habla sido abundante, mayor tenía que ser el obligado derroche en el festejo, ¡y era de admirar el contento, la sanidad del alma con que aquellos espíritus sencillos y generosos celebraban -el güen año del amigazo- serenos, gozosos sin una sombra de emulación!…

 

-Ño Lázaro no necesita un mensuál … exclamaba al pronto un gauchito presumido mirando sonriente a la muchacha que le alcanzaba mate.

 

-¡Ché, mirá que no come chancho! – retrucaba uno. -Si ya haé tener dueño la prenda, -añadía más allá otro.

 

-¡Atropellá hijito no, más, que es güen campo! -agregaba alegremente un viejo.

 

-Yo, hasta de carpiador de abrojos me quedo – añadía el paisanito entusiasmándose – al notar la sonrisa velada con que la cebadora le correspondía.

 

El dueño, de casa contemplando en silencio la escena, acariciaba con la memoria el hermoso tiempo lejano, en que él también había recorrido el camino de la vida tapizado de rosas y el alma embriagada del gozo de vivir…

 

Terminada la cena comenzaron los aprestos para el baile. El guitarrero después de pasar largo rato subiendo y bajando alternativamente el cordaje hasta que lo tuvo templado, y tras un arpegio de floreo -haciendo gemir la prima y suspirar la bordona- empezó a tocar uno de esos tristes de la tierra en que parecen vibrar las hondas congojas; pero de pronto, como si quisiera borrar la sombra de fugitiva tristeza:

 

-¡A la voz de áura, muchachos! – exclamó con voz serena acompañando con la cabeza los primeros cornpases de un alegre pericón.

 

Entre las mudanzas con cepillado de un malambo, el contrapunto de un canto por cifra, el gracioso estribillo de una firmeza o, de un cielo, las horas de la noche se deslizaban.

 

-Baile, mozo, mire que a las muchachas ni mella les hace; son capaces de prenderle hasta mañana sin resollar, -insinuaba Peñalva para animar a algún rezagado que se andaba arrinconando.

 

La fiesta estaba en todo su apogeo. Las paisanitas vibraban sus miradas sombrías sobre el compañero preferido que las había conquistado con la arrogancia de su porte y sus habilidades como danzante. Silenciosos los labios, pero hablándose calladamente con los ojos, bajo la armonía arrulladora de la música giraban las parejas, felices, ágiles, rozando apenas con las plantas el suelo. Y cuando la guitarra callaba, algunos todavía seguían bailando como si escucharan arrobados las notas de una cadencia misteriosa, hasta que el guitarrero les cantaba con acento burlón, imitando un suspiro:

 

¡Ay cielo de mi cielito,

 

Ya se acabó el bailecito!…

 

Entre risas y bromas el aludido se confundía en el alegre grupo, y la música, los cantares de amor con su melopea plañidera estallaban de nuevo y se extinguían a lo lejos en la calma tranquila de las sombras…

 

La campiña arrebujada aún en ese vaho lechoso, tenue de las neblinas, iba descubriéndose a trechos desgarrada por el sol naciente que la atravesaba con sus flechas de oro. Un rumor confuso, grande, de susurros, de aleteos, de cantos y mugidos estentoreos se alzó entre los totorales del cañadón, pasó rozando las aguas plomizas de la laguna, recorrió el llano, trepó la duna de las cuchillas y se perdió en las azules lejanías del horizonte, como un himno sonoro que saludaba el nuevo día!

 

Vióse entonces a un grupo de jinetes alejarse del rancho de Peñalva, que bien pronto no fué más que una manchita inmóvil, solitaria, perdida en la esmeralda de la llanura…

 

La minga había terminado. Pronto no quedaría igualmente más que el recuerdo de esa tradicional fiesta campestre.

 

El elemento extranjero y los adelantos de la maquinaria agrícola que ha llevado hasta las más apartadas regiones de nuestro territorio esos maravillosos inventos con que los Auden, Collins y Osborne han mostrado al labrador los medios de obtener el mayor y más perfecto producto en el menor tiempo, al simplificar su tarea, lo han reducido a la condición de una pieza automática más o menos inteligente. Los gringos, los maturrangos, los chapetones -como llamaban desdeñosamente al colono-, han vencido al criollo en su propio elemento enseñándole a ser agricultor; mas al renunciar a los procedimientos primitivos y rutinarios se han borrado casi totalmente esos rasgos de desinterés, ese desdén altanero y bizarro por las riquezas que lo caracterizaba.

 

¡Ya no hay mingas en mi tierra! El áspero, silbato de la trilladora al resonar en sus campos montuosos, asustó como a una ave huraña, la libre y sana alegría que informaba esas sencillas fiestas del pasado. Ya no resuenan en las noches de verano -bajo la trémula claridad de las estrellas, las músicas, las danzas y los cantos con que se festejaban las felices faenas de la tierra. La soltura de aquel buen humor campechano, agreste y generoso, ha desaparecido; la guitarra de las dulces trovas está muda; cegado el raudal de la ingenua poesía…

 

(1) CH. LEMÉE, Orígen y desarrollo Histórico de la agricultura en la Argentina.

 

Datos de la primera edición- – Félix Lajouane, Editor, Buenos Aires,1896

 

FIN DEL CAPITULO 2- digitalizado para "La Voz de Sola" por Susana de Tezanos Pinto de Arana T  – feb 2004

 

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