SCALABRINI ORTIZ, MAESTRO DE MAESTROS

Dario Pardini

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Sí, pero uno de los nuestros, a quien escuchar, de los que hayan sufrido los mismos quebrantos, los mismos abatimientos, las postergaciones sin límites.

RAÚL SCALABRINI ORTIZ, MAESTRO DE MAESTROS.

1898 – 14 de Febrero – 2010

 

Raúl Scalabrini Ortiz nació en la ciudad de Corrientes, el 14 de febrero de 1898.

Hijo del naturalista Pedro Scalabrini, director del museo de la ciudad de Paraná, transcurrió su adolescencia y su juventud entre la hegemonía liberal conservadora de la época y la tentativa Yrigoyenista.

 

Numerosos son los factores que lo llevaron a cuestionar el pensamiento colonial vigente en la época.

 

En primer lugar, su militancia juvenil en un grupo llamado "Insurrexit", le permitirá descubrir la importancia de los factores económicos y sociales en el desarrollo histórico.

 

Por el otro, su permanente deambular por el país por razones de ocupación de agrimensor (viaja a La Pampa , Entre Ríos y Catamarca). Dichas circunstancias, le permiten trascender la “visión porteña del país”, y le enseñan cómo viven y cómo sueñan sus compatriotas.

 

A todo ello se le sumará un viaje a París, a los veintiséis años, del cual regresa hondamente decepcionado, pues en la "Francia eterna" del "humanitarismo y los derechos del hombre", encuentra un enorme desdén por los latinoamericanos y una antidemocrática xenofobia de pueblo elegido.

 

Ejerce influencia seguramente sobre el, Macedonio Fernández, quien posiblemente lo orientó hacia una vida profunda, de altruismo y generosidad, donde lo individual se diluya en aras del beneficio colectivo.

 

"Mis días eran extrañamente ajenos los unos a los otros… Les faltaba sometimiento a una sorpresa más grande que ellos mismos. Les faltaba subordinación a una fe" sostenía Scalabrini.

 

Ya en buenos Aires Buenos Aires se vinculó a la revista Martín Fierro. En 1923 se inicia como cuentista con " La Manga ”.

 

Fue periodista en La Nación , El Mundo y Noticias Gráficas, además de crear y dirigir el diario “Reconquista”.

 

 En esa búsqueda se halla cuando, en octubre de 1929, se desencadena la crisis económica mundial.

 

El capitalismo se desmorono y millones de hombres son arrojados a la desocupación y al hambre.

 

Los países desarrollados, envueltos en la crisis se recuestan sobre los periféricos productores de materia prima.

 

En ellos caen los precios de las exportaciones y baja el peso.

 

Desocupación, hambre, tuberculosis, delincuencia y suicidios señalan el inicio de la Década Infame. ".

 

Escribe bajo esa situación "El hombre que está solo y espera" donde crea un arquetipo de porteño: el hombre de Corrientes y Esmeralda.

 

Entonces el verdadero rostro del país vasallo se asoma a los ojos del pensador nacional que quiera y sepa verlo.

 

Y mientras el resto de la inteligencia Argentina juguetea con metáforas exquisitas, Scalabrini Ortiz, emprende la tarea de demostrar la verdadera realidad nacional.

 

A partir de 1932  hunde profundamente el escalpelo del análisis en la patria vasalla e inicia la tarea de toda su vida.

 

El pensamiento nacional, dormido desde hacía décadas, se pone en marcha.

 

La incógnita sobre ¿Cómo es posible que en un país como la Argentina , productor de carnes y cereales, haya hambre? obra como disparador inicial.

 

De allí pasa a inventariar nuestras riquezas (ferrocarriles, frigoríficos, puertos, etc.) estudiando en cada caso quién es el propietario de los mismos, y así, llega a la conclusión de que los argentinos nada poseen, mientras el imperialismo inglés, se lleva nuestras riquezas a precios bajísimos y nos vende sus productos encarecidos, mientras los ingleses nos succionan a través de seguros, fletes, dividendos, jugosa renta producto de su dominio sobre los resortes vitales de nuestra economía.

 

Como consecuencia de su participación en la Revolución Radical de Paso de los Libres, es desterrado a Europa en 1933.

 

Desde allá, se aclara aún más el grado de sometimiento argentino al imperio, pues lo que los diarios ocultan en la Argentina , se dice en voz alta en Alemania o Italia, especialmente debido a las rivalidades ínter imperialistas. "Somos esclavos de los ingleses", se repite una y otra vez ya absolutamente convencido de que sus cifras son ciertas e irrefutables.

 

Desde Alemania, en 1934, escribe sus primeros artículos en los que aborda en profundidad el problema clave de todo país semicolonial: la cuestión nacional.

 

Poco después, en 1935, ya de regreso del exilio, se lanza decididamente a la lucha contra el imperialismo.

 

Desde el periódico "Señales" y desde FORJA (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina ), juntamente con Gabriel del Mazo, Arturo Jauretche, Homero Manzione, Amable Gutiérrez Diez y Héctor Maya, condena uno a uno todos los decretos de la entrega.

 

A través de la conferencia, el libro y los artículos periodísticos, no cesa un instante, desde entonces, en denunciar la expoliación imperialista, entre otros en la década de 1930.

 

A través de las conferencias y los cuadernos de FORJA, Scalabrini se convierte en el gran fiscal de la entrega. Pero por sobre todos estos negociados, él apunta decididamente a la clave del sistema colonial: el ferrocarril.

 

Esos rieles tendidos por el capital extranjero son "una inmensa tela de araña metálica donde está aprisionada la República ".

 

Es a través del ferrocarril que nuestra economía se organiza colonialmente para entregar riqueza barata en el puerto de Buenos Aires a los barcos ingleses y es a través del ferrocarril, con sus tarifas parabólicas, que el imperialismo destruye todo intento industrial en el interior, asegurando así la colocación de la cara mercadería importada.

 

Por esos años, se sumerge en la historia nefasta de esos ferrocarriles y paso a paso desnuda la verdad: que los ingleses trajeron capitales ínfimos, que aguaron esos capitales a través de reevaluaciones contables dirigidas a inflar los beneficios, concedidos como porcentajes fijos sobre el capital, que quebraron todo intento de comunicación interna que no fuese a dar a Buenos Aires, que subieron y bajaron las tarifas, según sus conveniencias, para boicotear alas industrias nacionales que compitiesen con la mercadería traída de Londres, que obtuvieron miles de hectáreas de regalo junto a las vías, que no cumplieron función de fomento alguna en las provincias pobres, que hundieron unos pueblos y levantaron otros torciendo el trazado de las líneas según sus intereses y los de sus socios: los oligarcas.

 

Allí reside, para él, el verdadero cáncer de nuestra soberanía y en torno a él han crecido las restantes enfermedades que han terminado por hundirnos: la moneda y el crédito manejado por la banca extranjera, el estancamiento industria, la no explotación de la riqueza minera, ni de la hidroelectricidad, la subordinación a barcos, tranvías y restantes servicios públicos extranjeros, la expoliación de los empréstitos a través del interés compuesto. "Somos una Argentina colonial, queremos ser una Argentina libre" reclaman Scalabrini, Jauretche y sus muchachos de FORJA.

 

Pero el boicot del silencio cae sobre ellos.

 

La superestructura creada por el imperialismo se cierra ahogando a las voces nacionales.

 

Ellos no cejan, sin embargo, y desde las catacumbas, van forjando la conciencia nacional. Publica en esos años la "Historia de los Ferrocarriles Argentinos" y "Política Británica en el Río de la Plata ".

 

Cuando se desencadena la Segunda Guerra Mundial y ante la presión aliadófila para que la Argentina envíe tropas al frente, Scalabrini vuelve a hacer punta contra el imperialismo, publicando el diario "Reconquista".

 

Desde allí defiende la neutralidad y lanza esta consigna: "No os dejéis arrastrar a la catástrofe. Si os empujan, sublevaos. Muramos por la libertad de la Patria y no al servicio de los patrones extranjeros".

 

Así convoca a la Segunda Independencia.

 

Jaqueado por todas las fuerzas de la Argentina ainglesada, "Reconquista" logra vivir ton sólo 41 días. Pero subterráneamente, el pensamiento nacional se va infiltrando y despierta ya muchas conciencias dormidas. Y cuando poco después, el Grupo de Oficiales Unidos dé el golpe de estado el 4 de junio de1943, alguien recordará que uno de los libros que esos militares consideran texto obligado para su formación política es " La Historia de los Ferrocarriles" de Scalabrini (figura junto a José Luis Torres como autor de ensayos recomendados para la lectura en el BOLETÍN nº 5 del grupo Obra de Unificación G.O.U. )

 

Poco después a mediados de 1944 en La Plata conoce personalmente a Juan Domingo Perón, a quien ya le sugiere la nacionalización de los ferrocarriles.

 

El 17 de octubre de 1945, Scalabrini forma parte de la multitud que irrumpe en nuestra historia para iniciar una Argentina nueva. Ese día, se convence de que esos hombres, a los que llama "esos de nadie y sin nada", son los que conducirán al país hacia su nuevo destino:

 

"… Era el subsuelo de la patria sublevada. Era el cimiento básico de la Nación que asomaba por primera vez en su tosca desnudez original….Eran los hombres que 'estaban solos y esperaban', que iniciaban sus tareas de reivindicación".

 

Pocos meses después, Perón derrota en las urnas a los viejos partidos representantes de una Argentina que moría irremediablemente. Scalabrini acompaña el proceso de la campaña electoral desde las columnas del diario "Política" y mantiene estrecho contacto con Perón, ya siendo éste presidente.

 

 Presenta entonces varios trabajos atinentes a la nacionalización de los ferrocarriles, pero no acepta cargos en el gobierno.

 

Considera que su lugar está en el llano, opinando, fiscalizando, apoyando, pero, después de tantos años de oposición, no se considera un "hombre de construcción".

 

Una nación económicamente libre, socialmente justa y políticamente soberana deja atrás, como un triste recuerdo, a aquella colonia de los años treinta.

 

Las consignas lanzadas por FORJA, a veces casi con las mismas palabras, son coreados ahora por la multitud.

 

Pero si bien Perón reconoce en variadas oportunidades, el aporte ideológico de Scalabrini, su gobierno no le brinda el acceso a "los medios" para que difunda su "pedagogía nacional".

 

La burocracia peronista, por su parte, choca con este místico de la política, contumaz crítico de toda desviación o inconducta.

 

Por ello se retrae de la vida pública y se dedica a plantar álamos en las costas del Paraná.

 

No acepta cargo alguno de gobierno (le ofrecen la presidencia de Ferrocarriles Argentinos), aunque apoya la obra de gobierno peronista a través de libros y conferencias.

 

De esa época afirma: "Hay muchos actos y no de los menos trascendentales de la política interna y externa del Gral. Perón que no serían aprobados por el tribunal de ideas matrices que animaron a mi generación…..En el dinamómetro de la política esas transigencias miden los grados de coacción de todo orden con que actúan las fuerzas extranjeras en el amparo de sus intereses y de sus conveniencias".

 

Y agrega: "No debemos olvidar en ningún momento- cualesquiera sean las diferencias de apreciación-que las opciones que nos ofrece la vida política Argentina son limitadas. No se trata de optar entre el Gral. Perón y el Arcángel San Miguel. Se trata de optar entre el Gral. Perón y Federico Pinedo. Todo lo que socava a Perón fortifica a Pinedo, en cuanto él simboliza un régimen político y económico de oprobio y un modo de pensar ajeno y opuesto al pensamiento vivo del país".

 

Por eso, cuando le proponen participar en un golpe contra el gobierno, rechaza la invitación. Por eso, también, es uno de los primeros en alistarse en la "Resistencia", en septiembre de 1955, a la caída de Perón.

 

El golpe militar del 16 de septiembre propicia el retorno oligárquico. Ahora han vuelto los hombres de paja del imperialismo, los mismos del los años treinta.

 

Otra vez los amigos de los ingleses, otra vez los personeros de la oligarquía, otra vez los pactos claudicantes, de nuevo los bancos privados, los tratados vergonzosos, las devaluaciones para engordar las arcas de los ganaderos.

 

Y de nuevo entonces, piensa que hay que plantear como única y absoluta prioridad: la Revolución Nacional

 

Todo parece volver hacia el pasado y sus ideas se afirman en su vieja lucha. Desde "El Líder", "De Frente" y "El Federalista" se constituye en crítico implacable.

 

Como le había dicho a Leopoldo Maréchal pocos días después de la caída de Perón: "Hay que empezar a hacer todo de nuevo, todo otra vez". Cerrados estos periódicos, escribirá desde mediados de 1956 en la revista "Qué".

 

La Revolución Nacional , por sobre todo, piensa Scalabrini, y así, redobla sus esfuerzos para romper el continuismo. Junto a Jauretche, son de los primeros en vislumbrar la posibilidad de un acuerdo con la U.C .R.I. y con Arturo Frondizi y coinciden en esta posición proclive a una salida pacífica, de transición, con el coronel Domingo A. Mercante, exiliado en Montevideo.

 

Scalabrini, a partir de junio de 1956, comienza a escribir en QUE, revista semanal dirigida por Rogelio Frigerio (generación XIª).

 

Esa posición, lo lleva a colaborar con Frondizi y Frigerio entendiendo que debe usar a "Qué" como vocero de sus ideas, más allá de sus diferencias que pueda tener con los teóricos de la burguesía nacional.

 

Todo el año 1957 Scalabrini ataca semana a semana las medidas retrógradas y pro imperialistas del gobierno. Puede decirse que a través suyo se expresa la Argentina auténtica que se niega a volver al pasado.

 

El 23 de febrero de 1958 el Frente Nacional, que lleva a Frondizi para presidente, aplasta a la reacción en las urnas, pero la entrega del poder es condicionada.

 

Por eso entiende que debe seguir apoyando, aún disintiendo en muchos aspectos, al gobierno frondizista.

 

Por eso también acepta la dirección de la revista "Qué",convertida ahora en revista oficialista.

 

El 31 de diciembre de 1957, desde Caracas, Perón le envía una carta donde le pide que encabece la formación de un movimiento de intelectuales para luchar contra la oligarquía.

 

En un párrafo le dice textualmente: "A usted le cabe el honor del precursor, el formador de una promoción que alimentó a la Revolución Nacional ".

 

Ya en el gobierno Frondizi -catapultado por el acuerdo con Perón-, Scalabrini al igual que Jauretche se desengaña muy pronto de su orientación económica, especialmente por los contratos petroleros firmados con compañías norteamericanas.

 

Al renunciar a la dirección de la revista QUE, en su último artículo del 5 de agosto de 1958 explica las razones de su alejamiento, dos semanas después del anuncio de la "Batalla del Petróleo" por el Dr. Arturo Frondizi.

 

Escribe entonces un artículo titulado "Aplicar al petróleo la experiencia ferroviaria" y deja constancia de su disentimiento con los contratos, en especial con lo pactado con la Banca Loeb.

 

No desea, sin embargo, romper frontalmente con el gobierno cuando éste se encuentra jaqueado por los gorilas y prefiere irse calladamente.

 

Por otra parte, ya está preso de un cáncer que lo llevará a la muerte pocos meses después.

 

Desde esa separación, ya no actúa públicamente pero sus amigos y sus familiares saben que una tristeza lo domina por la traición del frondizismo. El 31 de diciembre de 1958, Frondizi anuncia la adhesión de la Argentina al Fondo Monetario Internacional (FMI) y en enero de 1959 se abraza con los banqueros de Wall Street; mientras los tanques derrumban las verjas del Frigorífico Municipal (en la ciudad de Buenos Aires) para sofocar a los obreros en huelga.

 

Pero Scalabrini, ya nada puede decir: está vencido por la enfermedad y después de un período de postración, fallece el 30 de mayo de 1959.

 

En el cementerio, Jauretche recuerda que Scalabrini fue el maestro, el que les permitió pasar del antiimperialismo abstracto al antiimperialismo concreto, descubriendo la verdadera realidad Argentina, como paso previo al intento de transformarla.

 

Por eso concluye su despedida con estas palabras:

 

"Raul Scalabrini Ortiz …..Tú sabes que somos vencedores… vencedores en esta conciencia definitiva que los argentinos han tomado de lo argentino. Por eso hemos venido, más que a despedirte, a decirte: ¡Gracias, Hermano!"

 

 

 

Prólogo de Política británica en el Río de la Plata, Cuaderno de FORJA de 1936

 

La economía es un método de auscultación de los pueblos.

 

Ella nos da palabras específicas, experiencias anteriores resumidas, normas de orientación y procedimientos para palpar los órganos de esa entidad viva que se llama sociedad humana.

 

En puridad, la economía se refiere exclusivamente a las cosas materiales de la vida: pesa y mide la producción de alimentos, de materia prima, tasa las posibilidades adquisitivas, coteja los niveles de vida y capacidad productiva, enumera y determina los cauces de los intercambios y, en momentos de fatuidad, pretende pronosticar las alternativas futuras de la actividad humana.

 

Pero la economía bien entendida es algo más.

 

En sus síntesis numéricas laten, perfectamente presentes, las influencias más sutiles: las confluentes étnicas, las configuraciones geográficas, las variaciones climatéricas, las características psicológicas, y hasta esa casi inasible pulsación que los pueblos tienen, en su esperanza cuando menos.

 

El alma de los pueblos brota de entre sus materialidades, así como el espíritu del hombre se enciende entre las inmundicias de sus vísceras. No hay posibilidad de un espíritu humano incorpóreo.

 

Tampoco hay posibilidad de un espíritu nacional en una colectividad de hombres cuyos lazos económicos no están trenzados en un destino común.

 

Todo ser humano es el punto final de un fragmento de historia que termina en él, pero es al mismo tiempo una molécula inseparable del organismo económico del que forma parte. Y así enfocada, la economía se confunde con la realidad misma.

 

Temas para extraviar son todos los de la realidad americana.

 

Esa realidad nos contiene, su calidad condiciona la nuestra.

 

Somos un instante de su tiempo, un segmento de su espacio histórico.

 

Ella delimita constantemente la posibilidad del esfuerzo individual.

 

No podemos ser más inteligentes que nuestro medio, sin ser perjudiciales a los que quisiéramos servir y a nosotros mismos.

 

Valemos cuanto vale la realidad que nos circunda.

 

La realidad se “anecdotiza” incesantemente en nuestros actos y en nuestros pensamientos sin que la inteligencia americana se preocupe de consignarlos.

 

Solemos referirnos a los pasados de América que se anotaron con trascendencia histórica, solemos hilvanar imaginerías sobre su porvenir, pero el instante vivo en que la historia se confecciona, sólo ha merecido desdén de la inteligencia americana que podía haberlos descrito.

 

Y ésa es una de las grandes traiciones que la inteligencia americana cometió con América.

 

Cuatro siglos [cinco ahora] hacen ya que la sangre europea fue injertada en tierra americana. Tres siglos, por lo menos, que hay inteligencias americanas nacidas en América y alimentadas con sentimientos americanos, pero los documentos que narran la intimidad de la vida que esos hombres convivieron no se encontrarán, sino ocasionalmente, por ninguna parte.

 

Razas enteras fueron exterminadas, las praderas se poblaron.

 

Las selvas vírgenes se explotaron y muchas se talaron criminalmente para siempre.

 

La llamada civilización entró a sangre y fuego o en lentas tropas de carretas cantoras.

 

El aborigen fue sustituido por inmigrantes.

 

La inteligencia americana nada vio, nada oyó, nada supo.

 

Los americanos con facultades escribían tragedias al modo griego, o disputaban sobre los exactos términos de las últimas doctrinas europeas.

 

El hecho americano pasaba ignorado para todos.

 

No tenía relatores, menos aún podía tener intérpretes y todavía menos conductores instruidos en los problemas que debían encarar.

 

Sin un contenido vital, las palabras que en Europa determinan una realidad, en América fueron una entelequia, cuando no una traición. El conocimiento preciso de la realidad fue suplantado por cuerpos de doctrina, parcialmente sabidos, que no habían nacido en nuestro suelo y dentro de los cuales nuestro medio no calzaba, ni por aptitudes, ni por posibilidades, ni por voluntad.

 

La deliberación de las conveniencias prácticas fue reemplazada por antagonismos tan sin sentido que más parecían antagonismos religiosos que políticos o intelectuales.

 

En esas luchas personales o absurdamente doctrinarias se disipó la energía más viva y pura que hubiera podido animar a estas nacientes sociedades.

 

Los revolucionarios de 1810, por ejemplo, con exclusión de Mariano Moreno, adoptaron sin análisis las doctrinas corrientes en Europa y se adscribieron a un libre cambio suicida.

 

No percibieron, siquiera, esta idea tan simple: si España, que era una nación poderosa, recurrió a medidas restrictivas para mantener el dominio comercial del continente ¿cómo se defenderían de los riesgos de la excesiva libertad comercial estas inermes y balbuceantes repúblicas sudamericanas?

 

Pero el manchesterismo estaba en auge y a su adopción ciega se le sacrificó todas las industrias locales.

 

América no estaba aislada.

 

Fuerzas terriblemente pujantes, astutas y codiciosas nos rodeaban.

 

Ellas sabían amenazar y tentar, intimidar y sobornar, simultáneamente.

 

El imperialismo económico encontró aquí campo franco.

 

Bajo su perniciosa influencia estamos en un marasmo que puede ser letal.

 

Todo lo que nos rodea es falso o irreal.

 

Es falsa la historia que nos enseñaron.

 

Falsas las creencias económicas con que nos imbuyeron.

 

Falsas las perspectivas mundiales que nos presentan y las disyuntivas políticas que nos ofrecen.

 

Irreales las libertades que los textos aseguran. Este libro no es más que un ejemplo de alguna de esas falsías.

 

Volver a la realidad es el imperativo inexcusable.

 

Para ello es preciso exigirse una virginidad mental a toda costa y una resolución inquebrantable de querer saber exactamente cómo somos.

 

Bajo espejismos tentadores y frases que acarician nuestra vanidad para adormecernos, se oculta la penosa realidad americana.

 

Ella es a veces dolorosa, pero es el único cimiento incorruptible en que pueden fundarse pensamientos sólidos y esperanzas capaces de resistir a las más enervantes tentaciones.

 

Desgraciadamente, es difícil aprehender con seguridad a nuestro país.

 

Hay que darlo por presente en las meras palabras que lo denominan o en los símbolos que lo alegorizan.

 

O ser extremadamente sutil para asir entre lo ajeno y lo corrompido esa materia finísima, impalpable casi, e incorruptible que es nuestro espíritu, el espíritu de la muchedumbre argentina: venero único de nuestra probabilidad.

 

Todo lo material, todo lo venal, trasmisible o reproductivo, es extranjero, o está sometido a la hegemonía financiera extranjera.

 

Extranjeros son los medios de transportes y de movilidad. Extranjeras las organizaciones de comercialización y de industrialización de los productos del país. Extranjeros los productores de energía, las usinas de luz y gas.

 

Bajo el dominio extranjero están los medios internos de cambio, la distribución del crédito, el régimen bancario.

 

Extranjero es una gran parte del capital hipotecario y extranjeros son en increíble proporción los accionistas de las sociedades anónimas.

 

Hay quienes dicen que es patriótico disimular esa lacra fundamental de la patria, que denunciar esa conformidad monstruosa es difundir el desaliento y corroer la ligazón espiritual de los argentinos, que para subsistir requiere el sostén del optimismo

 

Rechazamos ese optimismo como una complicidad más, tramada en contra del país.

 

El disimulo de los males que nos asolan es una puerta de escape que se abre a una vía que termina en la prevariación, porque ese optimismo falaz oculta un descreimiento que es criminal en los hombres dirigentes: el descreimiento en las reservas intelectuales, morales y espirituales del pueblo argentino.

 

No es un impulso moral el que anima estas palabras.

 

Es un impulso político. Cuando los Estados Unidos de Norte América se erigieron en nación independiente, Inglaterra, vencida, parecía hundirse en la categoría oscura de una nación de segundo orden, y fue la energía ejemplar de William Pitt la salvadora de su prestigio y de su temple.

 

Decía Pitt: “Examinemos lo que aún nos queda con un coraje viril y resoluto. Los quebrantos de los individuos y de los reinos quedan reparados en más de la mitad, cuando se los enfrenta abiertamente y se los estudia con decidida verdad”. Esta es la norma de este libro.

 

Buenos Aires, 1936

 

 

 

SE NECESITA UN MAESTRO

 

Sí, pero uno de los nuestros,

a quien escuchar,

de los que hayan sufrido los mismos quebrantos,

los mismos abatimientos,

las postergaciones sin límites.

 

Maestros, no fonógrafos

repetidores de dogmas,

de mitos, de teorías.

 

Uno de los nuestros,

listo de compasión e indulgencia.

 

Uno de los nuestros,

mejor que nosotros,

se necesita.

 

¡Preséntese!

 

Raúl Scalabrini Ortiz