3 MILLONES DE COMPAÑEROS, EZEIZA, PERÓN, EL PALCO, LOS HECHOS.

Horacio Verbitsky

Según el agente de Bunge & Born el supuesto atentado sólo había servido como pretexto para un plan ideado por López Rega y ejecutado por Osinde.

 

 

3 MILLONES DE COMPAÑEROS, EZEIZA, PERÓN, EL PALCO, LOS HECHOS.

 

Por Horacio Verbitsky

EZEIZA

 

El Hogar Escuela 

 

En todos los relatos sobre los tiroteos de Ezeiza se menciona como un lugar clave el Hogar Escuela.  

 

También se refieren a él sin saberlo los testimonios sobre disparos efectuados desde el bosquecito próximo al palco, es decir la arboleda lindera con el Hogar Escuela. 

 

El Hogar Escuela Santa Teresa tiene tres cuerpos de edificación y está ubicado a unos 500 metros del palco, al sur de la autopista Ricchieri, cerca de las Piletas Olímpicas y rodeado por una zona boscosa. Cruzando la ruta 205 se ingresa al barrio Esteban Echeverría.  

 

El Hogar Escuela forma un triángulo agudo con el puente El Trébol y el Hospital de Ezeiza, que está en el centro del barrio Esteban Echeverría.

 

Para controlar la zona donde se desarrollaría el acto, el Hogar Escuela era un sitio estratégico. 

 

La Policía Federal pensó en instalar allí un puesto para la remisión de detenidos, con un subcomisario, tres oficiales, veintiocho agentes masculinos y cinco femeninos de la Superintendencia de Investigaciones Criminales.  

 

Como el resto del servicio policial, debía implantarse a las 18 horas del martes 19. 

 

Determinar quien controló el Hogar Escuela durante los enfrentamientos es fundamental para comprender qué ocurrió el 20 de junio. 

 

La Falange 

 

El 24 de mayo en Monte Grande se preparaban las columnas que marcharían hacia la Capital para el acto de asunción de Cámpora, cuando llegaron el concejal Rubén Dominico y sus compañeros del C de O y con palos y cadenas intentaron dispersar a los manifestantes.

 

El 25 desfilaron uniformados al estilo de la Falange ante el intendente de Esteban Echeverría, Oscar Blanco, su protector. 

 

Asalariado de la UOCRA, procesado por el juez Omar Ozafrain por robo a un sindicato del que era chofer, por juego ilegal y por corrupción, Dominico y treinta acompañantes armados ocuparon el 8 de junio el Hogar Escuela, la Escuela de Enfermeras vecina y el policlínico de Ezeiza. ¡Perón, Evita, la Patria Peronista!, gritaban. 

 

El Hospital de Ezeiza tenía una capacidad normal de 120 camas, y para el 20 de junio se habían previsto habilitar otras 100.  

 

Funcionaban en él servicios de cirugía, traumatología, hemoterapia, neurocirugía, clínica médica, radiología, otorrinolaringología, pediatría, cardiología, ginecología, laboratorio, drogas y medicamentos.  

 

Contaba con tres ambulancias, una de ellas con radiollamado, dos vehículos utilitarios y una camioneta.  

 

Una guardia permanente de 70 médicos, 78 enfermeras y auxiliares y el apoyo de 50 alumnas de la Escuela de Enfermeras debían atender cualquier emergencia. 

 

El diario local La Voz del Pueblo informó que el 8 de junio, a raíz de la ocupación del C de O, el personal docente del Hogar Escuela fue enviado a sus casas y los niños evacuados.  

 

Con un comunicado que reprodujo el mismo periódico, el C de O rechazó las exhortaciones de Abal Medina y de la interventora en el Hogar Escuela, Esther Abelleira de Franchi, para que cesara la ocupación. 

 

Entre quienes ocuparon el Hogar Escuela estaban los militantes del C de O Carlos Alberto Vergara, Martín Magallán, Ernesto Berón, Mario Azategui, Juan Carlos Journet y su hermano, Guillermo Salao, Daniel Sanguinetti y su padre, Alberto Mellián, Víctor Diack, Carlos Alberto Nicolao y su padre, Rubén Rodríguez, Gabriel Nana y Maido.

 

A través de ellos, hasta un juez podría reconstruir la lista completa. 

 

Una vez ocupado el Hogar Escuela Dominico organizó la logística.

 

El intendente Blanco le dio dinero para comida y cigarrillos, y el frigorífico Monte Grande 200 kilos de asado, previa consulta con el comisario Guido Beltramone y el intendente Blanco, quienes avalaron a los ocupantes. 

 

Desde el principio, Osinde pensó utilizar el Hogar Escuela como puesto de comando y vivac de sus tropas y así lo planteó durante las reuniones preparatorias del acto en un memorándum que tituló Se requiere únicamente.  

 

Sin embargo, después de la masacre dijo a la comisión investigadora que al enterarse de que el Hogar Escuela había caído en manos de desconocidos, solicitó a la policía de Buenos Aires que los sacara de sus instalaciones el 19 de junio40. 

 

La policía de Buenos Aires no respaldó esta versión de Osinde.

 

Por el contrario, comunicó que cuando desalojó a 300 personas armadas, del Comando de Organización que ocupaban el Hogar Escuela, el Hospital y la Escuela de Enfermeras, el concejal Dominico alegó que respondían a las ordenes de Osinde41. 

 

Martín y Martínez 

 

El informe policial dice que antes del desalojo Osinde se había interesado por los ocupantes, y que luego se presentó para indagar por qué habían sido desplazados y declaró que obedecían al gobierno a través suyo.  

 

Además señala que en la noche del 19 de junio los ocupantes trajeron refuerzos y a punta de pistola volvieron a apoderarse del Hogar Escuela, a ordenes de dos personas que se hacían llamar Martín y Martínez. 

 

Coincide con ese dato un parte redactado por la Policía de Buenos Aires cuando aún el olor a pólvora no se había disipado en Ezeiza, que identifica al jefe de los dos mil jóvenes en armas que coparon el Hogar Escuela como Martínez, un hombre de frente ancha, cabellos canosos y sueltos hacia atrás, bigote fino, cara redonda y 1,70 ms de estatura42. 

 

Ordenemos y completemos la información. 

 

El 20 de junio tres grupos ocuparon el Hogar Escuela de Ezeiza.

 

El primero y más numeroso estaba constituido por los dos mil adolescentes reclutados por el C de O, que retomaron el edificio luego de la primera desocupación, dirigidos esta vez por Reinaldo Rodríguez. 

 

En un pabellón del tercer piso se instaló Gaeta, del Automóvil Club, a cargo de uno de los puestos de comunicaciones del COR del general Iñíguez.

 

Otros tres móviles del COR operaron desde el Hogar Escuela y sus inmediaciones. 

 

El tercer grupo pertenecía a la CGT y obedecía a Aníbal Martínez, de la UOM, y uno de los tres líderes de la Juventud Sindical. 

 

Lo que no hubo nunca fueron comunistas ni montoneros. 

 

40. Osinde, Jorge Manuel: Informe sintético, en la sección documental.

41. Troxler, Julio: informe del subjefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, en la sección documental.

42. Informe de la policía de la provincia de Buenos Aires, en sección documental. 

 

El Palco 

 

El 19 de junio mil civiles armados hasta los dientes ocuparon posiciones cerca del palco, por indicación del teniente coronel Osinde.  

 

Su consigna era impedir que se acercaran columnas con carteles de la Juventud Peronista, la Juventud Universitaria Peronista, la Juventud Trabajadora Peronista, las FAR, Montoneros y otras agrupaciones menores43. 

 

Detrás del vallado se identificaban con brazaletes verdes y un escudo negro los guardias de la Juventud Sindical. Los custodios del estrado empuñaban carabinas, escopetas de caño recortado, ametralladoras y pistolas44. 

 

El miércoles 20 los periodistas apreciaron el arsenal acopiado en el palco del Puente 12, que incluía fusiles con miras telescópicas, pero no se les permitió fotografiarlo.

 

Las armas estaban a cargo de hombres de la Concentración Nacional Universitaria y de la Alianza Libertadora Nacionalista, y rodeando el palco había integrantes de la Juventud Sindical y del Comando de Organización45. 

 

Desde el primer momento impusieron su autoridad en base a un uso desmedido de la fuerza y a la continua ostentación de armas largas y cortas, adujo un informe oficial46.

 

 Osinde no refutó esas aseveraciones.  

 

Por el contrario, dijo que había dispuesto 200.000 hombres de las organizaciones sindicales para el cordón de contención frente al puente, y 3.000 hombres de custodia personal rodeando la zona del palco de honor y el área de aterrizaje47.  

 

Añadió que la presencia de esos custodios armados allí era conocida y había sido aprobada por la Comisión designada por el Poder Ejecutivo, en un tardío intento de diluir su responsabilidad48. 

 

Giovenco y Queraltó 

 

La policía de la provincia de Buenos Aires informó que el puente estaba en poder de compactos grupos del SMATA, y que personal del COR y de la CGT ocupaban el palco de honor, a ordenes de Osinde y ostentando armas de gran potencia.

 

Entre los ocupantes identificó al custodio de la UOM Alejandro Giovenco49 Los técnicos apolíticos de la Policía Federal ratificaron que la seguridad del palco se había encomendado a civiles con armas largas y aportaron fotografías probatorias.  

 

El informe federal describe amenazas de golpear al público que se acercaba a los cordones de seguridad que circundaban el palco, y señala que se realizaron en las horas previas al tiroteo varios simulacros de lo que luego sucedió, en los que se obligaba al público a arrojarse al suelo.  

 

La Policía Federal señaló entre los custodios del palco a miembros de la Alianza Libertadora de Juan Queraltó50. 

 

En el palco también estaban el jefe de la custodia presidencial Rogelio González (hermano del chofer de Perón, Isabel y López Rega durante el retorno de 1972), sus subordinados Ángel Pablo Bordón y Rodolfo Monalli, el oficial subinspector Omar Horacio Fitanco, y los sargentos Humberto Zelada (chapa 12.312) y Eduardo Jorge Dimeo (chapa 13.372), todos de la Policía Federal. 

 

43. Clarín, 21 de junio de 1973.

44. La Nación, 21 de junio de 1973.

45. La Opinión, 22 de junio de 1973..

46. Informe del Servicio de Informaciones de la Provincia de Bs As. a la SIDE, 22 de junio de 1973.

47. Osinde, informe a la Comisión investigadora del 21 de junio de 1973, en la sección documental.

48. Osinde, informe complementario del 22 de junio, en sección documental.

49. Informe de la policía de Buenos Aires, 27 de junio de 1973, en sección documental.50. Informe del subjefe de la Policía Federal, comisario general Ricardo Vittani. 

 

Ellos constataron que los civiles con armas largas que ocupaban el palco sólo acataban las ordenes de Osinde, y fueron testigos de uno de los ensayos practicados desde el palco antes de los tiroteos reales.

 

Al aproximarse una caravana de manifestantes los guardias verdes de Osinde se arrojaron cuerpo a tierra en actitud de combate, con sus armas prestas a disparar.  

 

Quienes se acercaban se dispersaron lo más rápido posible, y de los empellones y desórdenes resultantes, quedaron varias personas heridas y contusas51″ 

 

Este breve texto que incrimina al Subsecretario de Turismo y Deportes del MBS fue dirigido con candor al superior jerárquico de Osinde y jefe de la banda, José López Rega.  

 

González era un profesional que citaba el testimonio de otros profesionales, y carecía de animosidad hacia Osinde, a cuyas ordenes llevaba trabajando sin conflictos por lo menos ocho meses. 

 

Los principales diarios de Buenos Aires, que miraban con desconfianza a todo peronista; la policía de Buenos Aires, cuyo Subjefe Julio Troxler simpatizaba con la Juventud Peronista; la Policía Federal, que actuó con estricta imparcialidad y no tenía compromisos con ninguno de los bandos; y la custodia presidencial que respondía a López Rega y Osinde, es decir peronistas de derecha y de izquierda, antiperonistas y neutrales, coinciden así en forma completa al relatar el dispositivo montado en el palco desde el día anterior y los aprestos para su empleo en las horas previas al arribo de Juan D. Perón. 

 

El pastor y la enfermera 

 

Un pastor protestante y su esposa, auxiliar de enfermería, fueron remitidos por el Ministerio de Bienestar Social al puesto sanitario instalado en Ricchieri y Sargento Mayor Luche.  

 

Llegaron al caer la tarde del martes 19 pero no encontraron el puesto, en el que debían presentarse como voluntarios. 

 

Se dirigieron a una posta sanitaria que el SMATA había montado a la derecha del palco, con una ambulancia pero sin elementos de atención.  

 

El enfermero Gentile los condujo al jefe del operativo sindical, y Cardozo aceptó la colaboración del pastor y la enfermera. No había tiempo que perder.  

 

En cuanto se instalaron atendieron a un herido en un pie, con el botiquín personal que portaban. 

 

Después fueron conociendo a los demás miembros del grupo.

 

Cables y alambres cercaban el predio, dentro del que se habían dispuesto carteles de SMATA, la UOM y el sindicato de la Carne, que eran los únicos autorizados a permanecer allí. 

 

–Estamos armados, para defendernos e impedir la infiltración, les confió uno de los dirigentes52

 

–¿Y esos emponchados que cercan el acceso al puente?, preguntaron algo inquietos.

 

–También son nuestros.

 

Debajo del poncho tienen las metras.–¿Para qué las metras?

 

–Para recibir a los zurdos que gritan por la Patria Socialista. 

 

Sintieron que ese no era el sitio más apropiado para un pastor y una enfermera y se despidieron.  

 

Debajo del palco conocieron al encargado de una ambulancia de la Unión de Obreros y Empleados Municipales, que protestaba contra la gente del interior que había llegado para la manifestación.  

 

El problema es que después no quieren irse y hay que despacharlos a la fuerza en vagones jaula para ganado, rumió.

 

Siguieron caminando en procura de mejores compañeros. 

 

51. Rogelio González, jefe de la custodia presidencial: informe al ministro de Bienestar Social, José López Rega, en la sección documental.

52. Testimonio del pastor Horacio Gualdieri y su esposa María del Carmen Bigorella, ante la JP. 

 

Ya eran las diez de una fría noche cuando fueron acogidos con simpatía por médicos y enfermeras del MBS que atendían las obras sociales de los sindicatos de la Alimentación y la UOCRA.

 

El doctor Avalos los inscribió en su registro y pasaron la noche colaborando con ellos. 

 

Más o menos a esa hora se pidió por radio la presencia de Osinde o Norma Kennedy, pero en lugar de ellos llegó alguien que los médicos conocían como el secretario de Osinde, el señor Iglesias.  

 

Era el responsable de la seguridad del palco53.

 

 Se dirigió a la lomada de la derecha del palco y conversó con los emponchados.  

 

Poco después la guardia fue reforzada con más hombres en armas. 

 

A la izquierda del puente se ubicaron los que se hacían llamar Halcones.

 

Llevaban escopetas de doble caño recortadas, su jefe se apelaba Cacho y describían su misión como preventiva para que nadie pudiera colocar explosivos en el palco. La madrugada no fue tranquila.

 

En torno del palco había una multitud de entre 40 y 100.000 personas.

 

Presionaron por acercarse a las líneas de contención y desde el puente El Trébol los efectivos de la Comisión Organizadora abrieron fuego a las 2.10.  

 

Cuando concluyó el desbande, una ambulancia se abrió paso y retiró el cuerpo de un hombre joven caído54.  

 

Tenía dos balazos en la espalda y la cabeza destrozada.

 

También se atendieron en el palco a otros heridos de bala, mientras se producía una avalancha sobre el cordón de seguridad del puesto sanitario55. 

 

A las 3 otro de los Halcones ubicados en la torre de los altoparlantes disparó su escopeta.

 

La multitud respondió a gritos y comenzó a arrojar piedras contra el puesto sanitario, al que desde entonces identificó como la Juventud Sindical, cuyo estandarte flameaba dentro de su perímetro. 

 

–Vázquez dice que no hay que palpar de armas a la gente con brazalete verde porque es la que colabora, escucharon el pastor y la enfermera.

 

Vázquez vestía guardapolvo de médico, pero daba ordenes a la gente armada:–Hay que identificar a todos los que no tengan el brazalete verde y controlar a los que se acerquen diciendo que necesitan atención médica.

 

Escaramuzas, con heridos de bala y contusos, se repitieron durante toda la noche y arreciaron al llegar los ómnibus que traían al Frente de Lisiados Peronistas.

 

Con las primeras horas del día aumentó la cantidad de jóvenes y adolescentes ebrios.

 

Muchos necesitaron la atención del puesto sanitario.

 

–Vinimos a defender al general de los enemigos. Los vamos a matar, explicaban.

 

Cacho condujo hacia el puesto sanitario a medio centenar de adolescentes de Quilmes, que relevaron de la custodia a los Halcones.

 

A la luz del miércoles 20, el pastor y la enfermera vieron que los accesos laterales al puente estaban controlados y sólo se permitía el acceso a quien bajara a la rotonda de la ruta 205.

 

La guardia armada en el sector del puente seguía las ordenes de Juan, que disponía relevos cada dos o tres horas, en tandas que sumaban centenares de hombres.

 

Todos estaban tensos y fatigados.Poco después de mediodía se escenificó otro cuadro premonitorio.

 

Un helicóptero H 16 de la VII Brigada Aérea levantó nubes de hojas y tierra al practicar el descenso a un costado del puente El Trébol. Cuando la curiosidad del público lo acercó a la máquina, centenares de custodios lo impidieron, tomándose de las manos alrededor del helicóptero, y unos cuarenta jóvenes vestidos de sport hincaron rodilla en tierra y apuntaron a la gente con pistolas automáticas, carabinas de caño recortado y metralletas56. 

 

Faltaba menos de una hora para la tragedia. 

 

53. Informe de Osinde a la Comisión Ministerial Investigadora, en la sección documental.54. Clarín, 21 de junio de 1973.55. Gualdieri-Bigorella, testimonio citado.56. Así, 22 de junio de 1973. 

 

Iñíguez se va a la guerra 

 

Con 15 grúas, tres camiones y dos coches del Automóvil Club, el general Miguel Ángel Iñíguez coordinó las comunicaciones del aparato de seguridad dirigido por el teniente coronel Osinde. 

 

La red del Automóvil Club era técnicamente de las mejores del país, pero los activistas del COR no eran expertos en su manejo y provocaron una fenomenal confusión. 

 

La sustitución de los eficientes operadores del Comando Radioeléctrico de la Policía Federal por aficionados civiles no respondió a un error de Osinde sino a una decisión política.

 

 La organización profesional de la Policía y la neutralidad de sus jefes en la pugna peronista obstaculizaban la consigna facciosa de copar el acto o disolverlo a balazos. 

 

Osinde había pedido un núcleo de suboficiales del COR para sumarlos a la custodia del palco pero Iñíguez se negó afirmando que su organización iba completa o no iba.  

 

Al fin acordaron que Osinde conduciría el operativo e Iñíguez dirigiría las comunicaciones. 

 

Al caer la noche del 19 de junio sesenta hombres del COR comenzaron a llegar al Sindicato de Sanidad de la Capital Federal, donde los recibía con una palmada en la espalda y sin palabras un oficial retirado del Ejército.  Muchos eran activistas de la zona Oeste, vinculados con Manuel de Anchorena.

 

Se habían reunido por última vez en abril en una quinta de Moreno, propiedad del coronel Mariano Cartago Smith, lugarteniente de Iñíguez. Yarza y Manuel Arcadini, de General Rodríguez; Acre, de Merlo; Aldo Casareto, de Moreno, dieron cuenta de empanadas y chorizos mientras Smith exponía sus planes para contener a la Juventud Peronista. 

 

La red del COR 

 

El dispositivo de Osinde reunía grupos distintos: la Juventud Sindical, la CGT, los ocupantes del Hogar Escuela, los custodios del palco, los ocupantes de Ferrocarriles en la estación Retiro, los que controlaban LR2 Radio Argentina, los ocho móviles de la agencia noticiosa Telam a cargo del teniente coronel Jorge Obón.  

 

Los operadores del COR tenían que organizarlos en una red única de comunicaciones.  

 

Poco después de la medianoche del 20 de junio tuvieron listo su esquema de transmisiones, que fue puesto a prueba a las 4 de la madrugada del miércoles 20. 

 

En un tren que había partido de Córdoba se suponía que llegaban grupos del ERP y se ordenó detenerlo antes que entrara a Retiro.  

 

El COR también organizó mediante su red radial el desplazamiento hacia Ezeiza de 300 hombres propios, llegados desde Rosario con el Comandante Puma II, quien días antes había ocupado el sindicato rosarino de Sanidad con el beneplácito policial.

 

Por alguna razón los uniformados consideraban a Puma II como uno de los suyos. 

 

A las 11 el COR envió su móvil 6 a Radio Argentina, ocupada por la seudo agrupación de prensa de Damiano, y a esa misma hora se produjeron los primeros disturbios frente al Hogar Escuela, suscitados por sus ocupantes de la Juventud Sindical y el Comando de Organización. 

 

–Se han detenido varios vehículos con la sigla FAP y FAR, informó a las 13.40 el móvil del COR estacionado frente al Hotel Internacional.  

 

Comenzó así un acoso sistemático que sólo terminaría con el último disparo. 

 

–Son cuatro vehículos con cinco personas en cada vehículo, precisó a las 13.55.

 

Llegaron tocando un clarín, añadió. 

 

Diez minutos después otro parte radial: Grupos de FAR se aproximan por parte trasera del palco. 

 

–¿Grado de combatividad del Grupo? le inquirieron desde la Central de Comunicaciones en el Automóvil Club. 

 

–El grupo es de 1.500 a 2.000 personas.

 

Todavía no se ha podido apreciar el grado de combatividad, contestó el móvil.

 

(Es decir que su actitud no era beligerante)

 

Desde la Central de Comunicaciones insistieron: Informe si el grupo se identifica por sus cartelones o si es un grupo combatiente o militante que se identifica por sus uniformes o sus insignias. 

 

–No, es un grupo con carteles. (No era una fuerza militarizada)

 

–El grupo ya ha sido empujado por la Juventud Sindical y ha retrocedido, describió el móvil del COR. (Fueron rechazados desde el primer momento)

 

–Hay otra columna de 3.000 personas conducidas por FAR y Montoneros, advirtió la radio del COR.

 

–¿Cómo se identifican?, quiso saber la Central.

 

–Hasta ahora sólo con carteles. (Sólo carteles. Ni portaban armas ni disimulaban su identidad) 

 

A las 14.20 el general Iñíguez se presentó por segunda vez en el día en la sala de transmisión del Automóvil Club, y a las 14.25 uno de sus móviles alertó a las fuerzas que aguardaban en el palco que había divisado a otro grupo: 

 

–Son mil montoneros, identificados por el cartel. (Igual que los anteriores, con carteles y sin armas).  

 

A las 14.29 esa columna con carteles de FAR y Montoneros, no militarizada ni en actitud beligerante, se acercaba al palco y fue recibida por sus guardianes con ráfagas de metralla.

 

Los hombres de Iñíguez dieron la señal, los de Osinde oprimieron el gatillo.

 

Los que estaban ubicados en el estrado dispararon sus carabinas, escopetas, ametralladoras y pistolas y los sindicalistas armados se lanzaron a perseguir a los atacados que se desbandaban. 

 

–Lo recibo muy entrecortado.

 

Entendí grupos a la carrera, dijo COR Cabecera a COR Madre, a las 14.40, es decir minutos después de abierto el fuego desde el palco. COR Cabecera era el general Iñíguez. COR Madre el metalúrgico Aníbal Martínez, de la Juventud Sindical, que transmitía desde el Hogar Escuela. 

 

–Grupos a la carrera se aproximan al palco, interpretó y retransmitió Iñíguez. 

 

–Vienen para el Hogar Escuela, grupos vienen corriendo para el Hogar Escuela, lo corrigió Martínez, quien desde su posición no podía saber lo que sucedía en el palco.(Son los manifestantes que se dispersaron después del primer tiroteo y buscaron refugio lejos del palco.

 

A sus espaldas, los custodios seguían persiguiéndolos y haciéndoles fuego) 

 

–Detrás del bosque hay personas tirando a granel.

 

Sigue yendo gente para el Hogar Escuela, insistió Martínez a las 14.45. (Un plano del lugar aclara lo que ocurría.

 

Detrás del bosque, en línea recta hacia el Hogar Escuela, lo único que había era el palco.

 

De allí tiraban.

 

El enfrentamiento continuó cerca de veinte minutos entre fuerzas del mismo bando, pero Iñíguez hizo creer a unos y otros que los asediaban los montoneros). 

 

–La situación se tranquiliza y se pone brava por momentos.

 

Hay un equipo trabajando en medio del bosque, parece ser la gente de COR y CGT, comentó Martínez desde el Hogar Escuela a las 15. (El primer combate del Hogar Escuela ha concluído. El COR y la CGT están capturando prisioneros, que luego serán maltratados en el Hotel Internacional) 

 

Martínez salió entonces del Hogar Escuela con su móvil, recorrió hasta formarse una impresión de lo que estaba sucediendo, y a las 15,35 ya tenía elementos para comunicar a COR Cabecera del error cometido. 

 

–Palco en poder de la gente del teniente coronel Osinde. 

 

Cabecera retransmitió el mensaje a Gaeta, quien con otro transmisor aun permanecía en el tercer pabellón del Hogar Escuela: 

 

–Compañeros del Hogar Escuela, palco en poder de gente del teniente coronel Osinde. 

 

Ya fuera del Hogar Escuela, Martínez actuó como observador del terreno y sus informes fueron difundidos por COR Cabecera a los demás puestos del dispositivo.  

 

A las 16.15, Martínez transmitió a Cabecera un mensaje que de inmediato se retransmitió al palco:–¿Se aproxima columna con carteles Patria Socialista? (Este fue el aviso que desencadenó el segundo gran tiroteo, en el que se repitió la confusión de dos horas antes) 

 

A las 16.45, luego de un cuarto de hora de fuego incesante, Iñíguez formuló una tímida pregunta: 

 

–Quisiera saber si el palco sigue en poder de nuestras fuerzas o de FAR y Montoneros. 

 

–Hogar Escuela y palco están en poder de propia fuerza, le contestaron, cuando Perón ya había aterrizado en la base aérea de Morón. 

 

A las 16.50, pese a la aclaración, que tal vez no había escuchado, Iñíguez entendió alarmado que FAR y Montoneros rodeaban el Hogar Escuela, y a las 17.10 sentenció:–Indudablemente el palco ya no está en manos de fuerzas leales, está cargado de francotiradores, no se puede pasar en las proximidades.  

 

Tiran a mansalva, inclusive sobre ambulancias y coches particulares. (Esta fantástica ocupación del palco, que los hombres de Osinde nunca abandonaron y que nadie les disputó, sólo transcurrió en la mente nublada del general golpista.

 

Ni siquiera cuatro horas después de la primera escaramuza el fósil advertía que quienes seguían haciendo fuego desde el palco eran los suyos, que como él dijo, disparaban a mansalva). 

 

Su premio fue modesto: la jefatura de Policía, donde no duró mucho porque el plan que debía seguirse necesitaba gente más lista que él. 

 

El agresor agredido 

 

En 1971 obtuvo el carnet número 5 al abrirse la reafiliación al Partido Justicialista, y en junio de 1973 decidió pasar en Buenos Aires su licencia anual.

 

Quería ver de cerca a Perón. 

 

El agente Raúl Alberto Bartolomé, chapa 2798, de la sección canes Tomás Godoy Cruz de la policía mendocina, llegó a La Plata con su Colt 11.25 reglamentaria y una fumadora de 8 mm, el 19 de junio.  

 

En la Unidad Básica Número 10, de la calle 60 entre 134 y 135, convino que iría a Ezeiza en un ómnibus de la empresa Río de la Plata, junto con militantes de la Concentración Nacional Universitaria, CNU57. 

 

Al mediodía del miércoles 20 arribaron a Ezeiza. Se ubicaron a 200 metros del palco, sobre su izquierda si se mira hacia el aeropuerto.

 

Allí lo sorprendió el primer choque, que duró un cuarto de hora. Bartolomé y sus acompañantes de la CNU pedían calma a la gente que corría aterrorizada por los disparos, hasta que comenzaron a llegar ambulancias y cesó el fuego. 

 

Logró ascender al palco con su fumadora.

 

Estaba haciendo sus primeras tomas de la multitud cuando escuchó que por los altavoces se ordenaba que descendieran a tierra quienes estaban trepados a los árboles y abandonaran el palco quienes tuvieran cámaras fotográficas o cinematográficas. 

 

No tuvo tiempo de cumplir la directiva cuando volvieron a sonar disparos.  

 

Se echó cuerpo a tierra y observó que abrían fuego desde unos árboles situados a unos cien metros. 

 

–Son los provocadores comunistas, oyó decir.

 

Bartolomé guardó la fumadora y empuñó su pistola para repeler la agresión comunista.  

 

Mientras los custodios contestaban el fuego contra los árboles y se descolgaban del palco en busca de los atacantes, un hombre con un brazalete azul y blanco, que en letras negras decía Comisión Organizadora, le ordenó cubrir el sector que daba hacia el aeropuerto. 

 

–Los comunistas quieren tomar el palco por ese lado, o distraernos para coparlo por otra parte, le indicó. 

 

Cuando los que habían abandonado el palco regresaron de perseguir a los comunistas, Bartolomé descendió por la parte trasera y se alejó por un bosquecito de pocos árboles. 

 

En ese momento volvieron a recibirse disparos contra el palco y la custodia a contestarlos.

 

Bartolomé quedó entre dos fuegos y con su arma a la cintura se tendió en el suelo mientras duró la refriega. 

 

Los hombres de seguridad comenzaron a avanzar y los comunistas a retroceder y tomaron un colegio que había enfrente y comenzaron a disparar desde ese sitio, desde ventanas, contra los hombres de seguridad, creía Bartolomé.  

 

Luego de 15 minutos los hombres de seguridad retrocedieron y uno se parapetó detrás del mismo árbol que cubría a Bartolomé. 

 

–¿Qué ocurre?, preguntó el policía mendocino. 

 

–Se nos están acabando las municiones.

 

Los comunistas se dieron cuenta y están saliendo del colegio para atacarnos, le replicó su compañero de árbol, también convencido de que el Hogar Escuela había caído en poder del enemigo. Bartolomé tenía su pistola reglamentaria y dos cargadores.

 

Se ofreció para ayudar: –Yo cubro la retirada. Ustedes corran hasta el palco. Cuando regresaron reaprovisionados a sus posiciones, Bartolomé había agotado sus proyectiles.  

 

Uno de los hombres con brazalete ordenó: –Tiren todos que hay uno que regresa al palco.

 

Arrastrándose Bartolomé salió del bosque hasta quedar fuera de la línea de tiro y corrió hasta el palco en procura de municiones.

 

–¿Personal de seguridad?, le inquirieron al llegar. 

 

–Soy afiliado pero no pertenezco a ninguna organización.

 

Sólo estoy colaborando, explicó. 

 

57. Declaración ante la policía de Mendoza, el 25 de junio de 1973. 

 

–Dame tu arma y la fumadora, le ordenaron.

 

Los entregó confiado, esperando que al regreso de sus compañeros de tiroteo se aclararía la situación. 

 

Lo condujeron hasta la cabina blindada del palco.

 

 El que todos llamaban comisario tenía 48 o 49 años, medía 1,70 y vestía sobretodo claro.

 

Era calvo, y peinaba con gomina sus sienes. 

 

–Sentáte en el suelo, le ordenó.–Señor, yo…

 

–Sentáte en el suelo, te dije.

 

Así pasó media hora. 

 

–Aquel es uno, oyó que decía un recién llegado.

 

Otros dos lo levantaron en vilo y le cerraron la boca a golpes cada vez que intentó contar su historia.

 

Lo transportaron por el aire hasta una de las barandas que rodeaban el palco, lo colocaron de espaldas y de un puñetazo lo hicieron volar por encima de la cerca. 

 

Entre dos lo metieron en un auto y lo bajaron en el Hotel Internacional con el caño de una pistola en la cabeza.

 

Así lo llevaron hasta el descanso de una escalera del primer piso, lo sentaron a trompadas y culatazos en una silla, le quitaron primero las botas y después la campera, de cuyos bolsillos vio salir con callada nostalgia su reloj, los documentos, dinero y un mapa de la ciudad de Mendoza en el que estaban señaladas las jurisdicciones policiales. 

 

Le colocaron la campera como capucha en la cabeza y lo siguieron golpeando.

 

 –¿Dónde están los otros comunistas?, le preguntaban entre tunda y tunda. 

 

Cansados de sus balbuceos le quitaron la campera de la cabeza.

 

Sintió el metal frío en la frente. 

 

–Canta o te mato. 

 

Otra voz se superpuso a la primera, más segura: –

 

¿Quién es el mejor adiestrador de la compañía de canes de Mendoza? 

 

Antes de matarlo Ciro Ahumada dudó y le hizo una pregunta que sólo otro mendocino, policía y de la sección canes, pudiera contestar. 

 

Bartolomé dio al instante el nombre de un suboficial de la provincia.

 

 –Me parece que nos equivocamos, comentó la segunda vos, y el caos volvió a ser mundo. 

 

Lo condujeron a una habitación del hotel, lo acostaron, lo revisó una médica, le inyectaron calmantes, dejó de temblar y cerró los ojos, ensangrentado y dolorido. 

 

–Flaco, nos equivocamos. Ahora tenemos confianza en vos y te dejamos solo, le dijo un hombre con brazalete de la Juventud Sindical.

 

 –Me llamo Oscar Valiño, queremos pedirle disculpas, se presentó otra voz, cuando había transcurrido un lapso, que Bartolomé no supo medir.

 

Coma algo, aquí tiene, se va a poner mejor. 

 

–No gracias, no puedo probar nada, desechó Bartolomé. 

 

Más tarde se lavó la sangre seca, descansó otro rato en la Planta Baja del Hotel, hasta que Valiño lo llevó a su casa, en la calle Veracruz 826, de Lanús Oeste, donde pasó la noche.

 

El jueves 21 lo acompañó a La Plata.  

 

Llamaron en la puerta con el número 2184 de la calle 60. Néstor Cibert los condujo a la Capital Federal, donde intentaron entrevistar en vano a Osinde o Ciro Ahumada, para reclamar el arma, la fumadora, los documentos, el dinero. 

 

Después de dos días de gestiones inútiles compró su pasaje en el tren El Zonda.

 

Llegó a Mendoza a las 16.05 del domingo 24.  

 

A primera hora del lunes se presentó a su jefe y a media voz y con un ojo semicerrado le confió su triste historia. 

 

Alto el fuego 

 

Tomás Enrique Chegin tenía 25 años.

 

No era ideólogo ni general sino operario metalúrgico.

 

Por eso no incurrió en ninguna de las confusiones del senil Iñíguez, y arriesgó la vida para aclarar una de ellas. 

 

Después de las 14.30 escuchó disparos detrás del palco.

 

Puso a su mujer a cubierto debajo de un camión y se encaminó a la zona de donde provenían.  

 

Vio a los encargados de la seguridad del acto repeler la agresión. 

 

Al reiniciarse el tiroteo divisó a un grupo que disparaba hacia donde él estaba.

 

Se parapetaban –en un Hogar Escuela que da al frente de la ruta 205, saliendo de la autopista hacia la izquierda 58. Chegin no vaciló.

 

Se trepó a un muro, se quitó la camisa e hizo señas con ella hasta que consiguió un alto el fuego, “reconociéndose entonces dichos grupos antagónicos como pertenecientes a una misma fracción”59. 

 

Dentro del Hogar Escuela vio un grupo armado, con brazaletes de la Comisión Organizadora, y varias mesas con armas.

 

Su intervención para impedir que los gendarmes de Osinde y los jóvenes del C de O se masacraran entre ellos no le valió de mucho.  

 

Como otros manifestantes aislados que se desbandaron al oír los disparos, fue capturado entre los árboles y golpeado en una casilla en el palco oficial. 

 

Tampoco tuvo mejor suerte José Almada, agente de la seccional 30 del Cuerpo de Policía de Tránsito de la Policía Federal.

 

Llegó a Ezeiza al mediodía del martes 19 y planeaba aprovechar al aire libre los feriados del 20 y el 21. 

 

Los primeros estampidos que oyó, poco después de las 14.30, se originaban detrás del escenario.

 

Observó gente agazapada debajo del palco y a medida que se aproximaba distinguió un enfrentamiento entre un sector del escenario y un grupo de cien personas ubicadas detrás del palco. 

 

Al interrumpirse ese tiroteo se produjo una avalancha sobre las vallas que bloqueaban el acceso al palco. 

 

Almada fue arrastrado por la masa humana, y cuando superaron las vallas abrieron fuego sobre ellos desde atrás del palco.  

 

El grupo que desbordó las cercas no disparaba, ni portaba armas, sólo mástiles de estandartes y cartelones, recordó Almada.

 

-“En consecuencia por su acción no hubo bajas en el grupo que los tiroteaba, entendiendo que debe haberlas habido entre quienes integraban el que avanzaba60.

 

Los que habían disparado desde atrás recuperaron sus posiciones frente al palco, y el grupo que integraba Almada volvió a progresar.  

 

Un hombre tiró con una pistola hasta quedar sin municiones.  

 

La arrojó al suelo, abrió una navaja sevillana y la colocó sobre el cuello de un chico de diez años.

 

Almada ayudó a desarmarlo y liberar al rehén.

 

También participó en la captura de otro hombre que les hacía fuego con una pistola Ballester Molina 22.  

 

Los dos fueron entregados a un comisario inspector en un puesto próximo de la policía de Buenos Aires. En cambio trasladaron al palco a otro hombre, que salió del Hogar Escuela y atacó la zona del palco con granadas.  

 

El policía de tránsito Almada, como el metalúrgico Chegin y el agente mendocino de la sección canes Bartolomé confirman que uno de los combates más encarnizados sucedió por error entre los ocupantes del Hogar Escuela y los custodios del palco.  

 

Por eso el agresor con granadas, capturado y entregado al palco, fue puesto en libertad por sus compañeros, que ni lo maltrataron en el Hotel como hicieron con Almada ni lo pusieron en manos de la policía. Ningún granadero figuró detenido el 20 de junio. 

 

58. 59. Chegin, Tomás Enrique, declaración indagatoria ante la Policía Federal, el 21 de junio de 1973.

60. Almada, José: declaración indagatoria ante la Policía Federal, el 21 de junio de 1973. 

 

El micrófono 

 

-Los drogadictos, homosexuales y guerrilleros no pudieron triunfar, no tomaron el micrófono para difundir sus mentiras, no coparon el palco de Perón y Evita, sostuvo al cumplirse un mes del tiroteo una declaración que Osinde hizo publicar con la sigla de la Juventud Peronista 61. 

 

Dos grabaciones de tres horas, entre las 15 y las 18 aproximadamente, tomadas desde el público y en el palco, nos ayudarán a analizar qué uso dieron sus poseedores a ese micrófono por el cual según afirman combatieron. 

 

En ese lapso se distinguen en el palco dos voces, la del locutor oficial Leonardo Favio y la del mayor Ciro Ahumada.  

 

En segundo plano se escuchan frases cortadas de anónimos guardias del palco. –Mátenlo, a ese que agarraron mátenlo, ordena uno de ellos.  

 

Otro informa: –Le voy a revisar la máquina al que filma esto.

Ahí lo tiraron a la cabina, viejo, describe un tercero. 

 

La cinta grabada desde el público comienza a las 15, después del primer tiroteo.

 

Como fondo suenan bombos y sirenas de ambulancias.

 

Por los parlantes se irradia la marcha peronista y Favio sostiene que ha triunfado la serenidad. 

 

–Vamos a escuchar un par de disquitos.

 

Esta fiesta es hermosa y nada la puede empañar, pretende el locutor.

 

Pero sin transición ruega que se abra paso a las ambulancias y se entonen cánticos de alegría. 

 

Estas incoherencias se repitieron durante tres horas, con menciones indirectas a la tragedia que se desarrollaba, angustiosas para los manifestantes, que no escucharon los tiros ni supieron más que por Favio que algo anormal sucedía. 

 

Osinde había almorzado con el vicepresidente Lima en el restaurante El Mangrullo luego de sobrevolar la concentración en un helicóptero, a las 12.45, y no a las 15 como sostuvo en un descargo posterior.

 

 Después volvió al palco, del que se retiró minutos antes del primer tiroteo, a las 14.30.  

 

Delegó las comunicaciones en el teniente coronel Schapapietra y con su joven chofer de rubio pelo enrulado y su guardaespaldas alto y canoso, ambos armados con ametralladoras, se dirigió al Comando de la Fuerza Aérea en la base de Ezeiza, donde le avisaron que se había producido el primer enfrentamiento. 

 

Salió hacia el Hotel Internacional, donde tenía un puesto de comunicaciones. Tres hombres armados guardaban la puerta de su habitación.  

 

Allí se reunió con Norma Kennedy y Guillermo Hermida, presidente del Congreso Metropolitano del Partido Justicialista y vinculado a la UOM, que había integrado la seguridad de Perón en el regreso de noviembre de 1972. 

 

Estaban escribiendo a máquina cuando recibieron detalles sobre la magnitud del tiroteo. 

 

Se sumaron a la reunión el Secretario de Informaciones del Estado, brigadier Horacio Apicella; el Secretario General de la Presidencia, Héctor Cámpora (h); el Secretario General peronista Abal Medina; el ministro del Interior, Esteban Righi; el dirigente de la JP Juan Carlos Dante Güllo; el encargado de la televisación del acto, Emilio Alfaro; y más tarde el vicepresidente Lima, quien había prolongado su sobremesa en El Mangrullo. Güllo propuso que Lima y Abal Medina subieran al palco y hablaran por el micrófono para serenar a la multitud, pero la profusión de balas no se juzgó saludable para quien ejercía interinamente la presidencia. 

 

–De todos modos es necesario dar una respuesta política y no represiva, insistió Güllo. 

 

–Nadie de la Juventud Peronista va a tocar ese micrófono, le replicó en un alarido Norma Kennedy. 

 

Cuando se resolvió que la máquina descendiera en la base de la Fuerza Aérea en Morón, se planteó la necesidad de establecer un puente de comunicaciones para que Perón o Cámpora hablaran desde allí al público reunido en Ezeiza.  

 

Alfaro informó que había equipos previstos en la casa de la calle Gaspar Campos, en el Aeroparque y en la Casa Rosada, pero no en Morón. 

 

61. La Opinión, 20 de julio de 1973. 

 

Del trabajo a casa 

 

Un móvil de la radio privada Rivadavia que montaba guardia en Gaspar Campos se desplazó hasta Morón para que Cámpora pudiera pronunciar un breve mensaje en el que acusó a –elementos en contra del país por haber –distorsionado el acto y recordó la consigna de Perón –de casa al trabajo y del trabajo a casa. 

 

Favio, sin más directivas que no ceder el micrófono, seguía en el palco, enfrentando un pandemonio que lo excedía.

 

Minutos antes de las 16 se dirigió a personas trepadas en los árboles.

 

 –Por favor, tienen que bajar en cinco minutos para tener un control más estricto, les pidió en tono sereno. 

 

¿Sabía Favio que se trataba de personal de la custodia?

 

La fotografía del diario Clarín que se reproduce en la sección documental de este libro lo demuestra.  

 

Se trata de una tarima de madera, con gruesos brazos de hierro, asegurados a las ramas de un árbol con remaches de acero, una obra complicada que nadie pudo instalar en el radio de seguridad del palco sin autorización de quienes desde días atrás controlaban el terreno. 

 

El público también parece tranquilo y corea:

 

El que no baja es un gorilón, y  Que se bajen, que se bajen.

 

El jolgorio se explica porque sólo se trataba de verificar la ubicación de la propia gente después de la confusión inicial. 

 

A las 16.20 Favio anunció que era inminente el arribo de Perón, y cambió de tono: –Si en el término de medio minuto no ha descendido hasta el último elemento que se encuentra en los árboles, los compañeros de seguridad comenzarán a actuar. 

 

Le deben haber obedecido, porque pidió un aplauso para –los compañeros que van descendiendo, los elementos volvían a ser compañeros.

 

Pero un poco más tarde, insistió: 

 

–Los compañeros que estén sobre los árboles, eviten un incidente que puede llegar a tener características trágicas.

 

Desciendan inmediatamente.  

 

Es el último aviso de los compañeros encargados de la seguridad del acto.  

 

Les van a informar en términos técnicos de qué modo van a ser desalojados. 

 

El técnico que tomó el micrófono fue Ciro Ahumada.

 

Con voz aguda informó que –las fuerzas de seguridad los están observando con miras ópticas y los intimó a descender de inmediato, porque de lo contrario –se impartirá la orden para bajarlos.  

 

En forma cada vez más imperativa, el militar gritó: 

 

De inmediato, bajar.

 

No puede quedar uno solo arriba de los árboles.

 

Y finalmente:

 

–¡Bajen de inmediato, o bájenlos! 

 

Era la orden de fuego. Favio completó el doble mensaje esquizofrénico:

 

–En este día maravilloso de reencuentro del pueblo con su líder los invito a que cantemos en paz, en armonía.  

 

Vamos a prepararnos para recibir a nuestro líder, dijo con una entonación deliberadamente infantil. 

 

Las consecuencias de la decisión de Ahumada hicieron estragos en este zoológico de cristal.

 

La voz de Favio se escuchó alterada cuando recuperó el micrófono: –Les ruego por favor que piensen en los niños y las mujeres. Desde los árboles nos están disparando. Mantengan el control, mantengan la serenidad. Hacia la derecha, hacia la derecha del palco se encuentra parte de nuestros enemigos

 

Ahumada había ordenado que desde el palco se iniciara el fuego, y alguien lo estaba contestando.

 

La multitud no veía ni entendía los sucesos, y por el micrófono no se le transmitieron una idea política ni una explicación comprensible de lo que estaba pasando.  

 

Sólo palabras inconexas: –El pueblo peronista es un pueblo valeroso y obediente.  Sabemos donde se encuentra cada uno. Este es un ejemplo maravilloso de serenidad e inteligencia. Piensen en los niños.  Manténganse en su lugar y no sean pasto de la confusión. Compañeros, vivemos a Perón: Viva Perón, Viva Perón, Viva Perón. 

 

Favio no informaba al público lo que ocurría pero le solicitaba que se conservara alerta y observando cada uno de los acontecimientos que nadie podía apreciar si estaba a más de 50 metros. 

 

Mientras volvían a escucharse sirenas, Favio anunció que los enemigos ya habían sido visualizados, sin referir quienes eran y qué se proponían.  

 

Continuaban los disparos, y Favio pronunció las palabras mágicas:–Viva Perón,

 

Viva el general Perón.

 

Viva Isabel Perón.

 

Larga vida al general Perón. 

 

Luego sugirió cantar el Himno Nacional, que en la cinta grabada desde el palco se mezcla con órdenes y reclamos: -Oíd mortales el grito sagrado, libertad, libertad, libertad… pero viene del lado de atrás… ya su trono dignísimo abrieron… Perón, Perón… y los libres del mundo responden… Machuca para ese lado, Machuca para ese lado, que tenemos armas allí… Oh juremos con gloria morir… no tiren compañeros… no tiren… oh juremos con gloria morir… lateral compañeros… Oh juremos con gloria morir. 

 

Tirado en el piso de la cabina a prueba de balas Favio se ofreció como modelo de serenidad.

 

El elemental resguardo de seguridad me hace permanecer en esta posición, pero estoy totalmente tranquilo, porque estoy contagiado del valor de ustedes, el pueblo peronista del general Perón. Paz, armonía, tranquilidad y ejemplo. El mundo nos contempla

 

El mundo tal vez no, pero sí algunos de sus acompañantes en el palco.

 

La voz de uno de ellos surge nítida:

 

–Callate, che salame. Para un poco, che, ahí arriba.  

 

Con estas atinadas palabras concluye la grabación desde el palco.

 

La registrada entre el público prosigue con fondo de cantos y bombos.

 

Un improvisado orador se hace oír con dificultad. –El general Perón –dice–ha regresado a la Patria después de 18 años… a cada uno de nosotros lo que nos tenga que costar… que no nos aísle nadie nuevamente al general Perón de todos nosotros… de la revolución peronista. 

 

La presunta batalla por el micrófono se reduce a esta comprobación.

 

 Ya sabemos qué dijeron, y qué temían oír. 

 

¿Peronistas o hijos de puta? 

 

FAR y Montoneros creían que la concentración de Ezeiza desequilibraría ante los ojos de Perón la pugna que los enfrentaba con la rama política tradicional y los sindicatos.  

 

Cuando el ex-presidente observara la capacidad de movilización de la Juventud Peronista y las formaciones especiales, que habían forzado al régimen castrense a conceder elecciones, se pronunciaría en su favor y le haría un lugar a su lado en la conducción.

 

Sólo debían repetir el 20 de junio el acto del 25 de mayo. 

 

El obstáculo principal que consideraban era la dirigencia sindical y su grupo de choque, el Comando de Organización, que tratarían de evitar la llegada de las masas organizadas por la izquierda peronista a las proximidades del palco.

 

Confiaban en sortear la dificultad con su capacidad organizativa y mediante un dispositivo modesto y simple para romper eventuales cordones.  

 

Ambos bandos tenían experiencia en ello porque los encontronazos eran frecuentes.  

 

Brito Lima, por ejemplo, basaba su poder en la pericia de un grupo de cadeneros de Mataderos que lo reconocían como su jefe. 

 

La columna que venía del sur agrupaba gente de Bahía Blanca, Mar del Plata, La Plata, Berisso, Ensenada, Lanús, Avellaneda, Quilmes, Monte Grande, Lomas de Zamora, Almirante Brown, Esteban Echeverría, Valentín Alsina.  

 

Su conducción se desplazaba en un jeep, cuyos ocupantes tenían armas cortas y una ametralladora, la única arma larga que ese bando llevó a Ezeiza. 

 

La mayoría de las cortas eran 22 y 32, y algunos responsables tenían 38.

 

Siempre revólveres, casi no había pistolas automáticas.  

 

Preveían algunos forcejeos, pero no un tiroteo serio. 

 

En la columna marchaban muchas mujeres y niños, hombres mayores, chicos y chicas de 18 a 22 años, a pie y en ómnibus de las intendencias de Lomas, Lanús, Quilmes y Avellaneda. 

 

Los del sur del Gran Buenos Aires se reunieron en Monte Grande con los de La Plata y el sur de la provincia.  

 

Las directivas eran las aprendidas de la vasta experiencia en movilizaciones de 1971 y 1972: encolumnarse por zonas, no dispersarse, ir tomados de las manos, impedir el ingreso de desconocidos, evitar provocaciones.

 

En el jeep con altoparlantes se desplazaban dos montoneros.

 

Horacio Simona sólo tenía 20 años y escasa práctica política.  José Luis Nell Tacci, de 35, era una pieza viva de la historia del peronismo posterior a 1955.

 

Militante del grupo nacionalista Tacuara, participó en 1964 en el asalto al Policlínico Bancario, que dio comienzo a la guerrilla urbana peronista.

 

Preso y condenado, huyó de los Tribunales, y en Uruguay se puso en contacto con los Tupamaros.  

 

Con ellos adquirió una formación teórica que antes no le había interesado.  

 

Participó en operativos audaces, expropiaciones, secuestros, hostigamientos.  

 

Cayó preso, fue torturado, organizó la espectacular fuga del penal de Punta Carretas y volvió a la Argentina, donde intervino en la organización de la Juventud Peronista. 

 

Los distintos grupos conformaron la columna definitiva en la ruta 205 y avenida Jorge Newbery, de acceso al aeropuerto.  

 

De allí siguieron, preocupados por la prohibición de acceder por detrás del palco. 

 

Habían decidido desoírla, porque la consideraban parte de una maniobra para suprimir de la concentración a la gente del sur u obligarla a llegar la noche anterior o a primera hora de la mañana. 

 

Los organizadores de la JP no dormían desde el día anterior, para recorrer los barrios de cada partido, conversar casa por casa con la gente, conseguir medios de transporte y coordinar los lugares y horas de cita con los grupos de las otras zonas.  

 

Los manifestantes de los barrios populares de Villa Albertina, Ingeniero Budge, San Francisco Solano, Berisso, Ensenada, habían dejado el lecho en mitad de la penúltima y fría noche del otoño.  

 

Así y todo llegaron a la zona del acto pasado el mediodía.  

 

Para ingresar por la avenida Ricchieri, de frente al palco como pretendían los organizadores, todo hubiera debido adelantarse seis o doce horas.  

 

Los vecinos de los barrios no hubieran descansado ni unas horas en la noche del 19 al 20. 

 

Daban por supuesto que el propósito de la comisión que fijaba esos criterios arbitrarios era entorpecer el arribo de columnas organizadas, desalentar con la suma de obstáculos a los manifestantes menos decididos o resistentes, instigar a la asistencia de individuos aislados o, a lo sumo, de pequeños grupos, por barrio y no por zona. 

 

Al saber que cordones del C de O se disponían a cortar el paso de la columna, su conducción se detuvo a un kilómetro del palco para deliberar cómo aproximarse.  

 

Decidieron avanzar por el Este, rodeando la parte trasera del palco, para pasar al otro lado y ubicar al grueso de la columna frente al estrado central.

 

Un centenar de militantes de Berisso abriría el vallado del Comando de Organización, a cadenazos, como era habitual por uno y otro bando en esos años turbulentos. 

 

Detrás de los cadeneros, pero antes de la columna, marchaban los portadores de las únicas armas cortas, con la consigna de intervenir sólo si eran atacados a tiros.

 

Se siente, se siente, Berisso está presente cantaban los manifestantes, aplaudidos por la multitud.  

 

Hubo gritos, insultos, unos pocos forcejeos, y el cordón del C de O cedió paso a la cabeza de la columna.  Simona fue el primero en pasar. 

 

Eran las 14.30 y en el palco todas las armas estaban listas para disparar. 

 

Roto el cordón, sólo los primeros 300 manifestantes llegaron hasta el palco de invitados especiales, detrás de los responsables.

 

El resto fue detenido por la densidad de la manifestación. 

 

Desde el palco un hombre con el brazalete verde de la Juventud Sindical enrojeció gritando:

La Patria Socialista se la meten en el culo. 

 

Simona retrocedió, buscando dónde ubicar a tantos miles de personas.

 

Al frente de la columna habían quedado la Juventud Peronista de Quilmes y de Avellaneda.  

 

Como no pudieron pasar volvieron hacia la parte posterior del palco, seguidos por las columnas de La Plata y de la Unión de Estudiantes Secundarios. 

 

Leonardo Favio les pidió que no siguieran. –Sabía que les podían tirar.

Venían cantando y traían carteles. Yo no vi armas, aunque no puedo decir que no las tuvieran, recordó después 62. 

 

En ese momento se inició el tiroteo y la columna se desbandó en varias direcciones.  

 

Los pocos hombres armados con cortas se arrojaron al suelo y contestaron al fuego.  

 

Del palco seguían tirando con armas largas y automáticas. 

 

Las columnas se reagruparon, atendieron a sus heridos, evacuaron a quienes no podían seguir.

 

Nell recorrió el terreno observando el dispositivo de Osinde.  

 

Vio un Peugeot quemado y otros dos autos semivolcados.

 

Del Peugeot salió un hombre con un portafolios.

 

Con su jeep embanderado Nell trepó por la loma lateral y estacionó a 100 metros del palco. Habían pasado dos horas del primer tiroteo. Simona con un par de acompañantes trepó la loma y se echó a dormir dentro del jeep.

 

Eran las 16.20.  

 

La columna de la Unión de Estudiantes Secundarios acampó detrás del palco.  

 

Algunos muchachos colocaron sus estandartes en la estructura tubular de uno de los palcos laterales y la mayoría se acostó a descansar en el pasto. 

 

Por el micrófono se intimó a quienes estaban subidos a los árboles y Ciro Ahumada dispuso su desalojo.  

 

Siete hombres con fusiles, carabinas recortadas y ametralladoras, saltaron la valla de la pista de helicópteros y se dirigieron hacia la zona boscosa, encabezados por el capitán Chavarri. 

 

En el camino se cruzaron con el jeep, donde Nell y Simona reposaban, desprevenidos y alejados de su columna, en compañía sólo de cuatro compañeros.  

 

Chavarri, que ya los había dejado atrás, regresó a la zona boscosa con un grupo de acompañantes, se detuvo frente al jeep e increpó a Nell: 

 

–¿Qué quieren ustedes, quienes son?

 

–Peronistas somos. ¿Y ustedes?

 

–Peronistas no. Ustedes son unos hijos de puta. 

 

62. Leonardo Favio, conferencia de prensa en su casa, 25 de junio, 1973. 

 

Nell estaba de pie al lado del vehículo.

 

La ametralladora seguía dentro de un bolso cerrado, en el jeep.

 

Chavarri le apuntó su pistola 11,25 a la cabeza.  

 

Los dos hombres se miraron a los ojos. Chavarri ni Nell habían reparado en Simona, que vio a su compañero indefenso y tiró primero.  

 

El militar cayó muerto y sus acompañantes corrieron hasta el palco desde donde se abrió fuego con armas largas contra el jeep. 

 

Simona y Nell escaparon hacia los árboles.

 

En el camino se encontraron con el grupo que Chavarri había enviado hacia allí, que al recibir fuego del lado del palco lo respondió. 

 

Los acribillaron desde menos de diez metros.

 

Nell cayó de frente, con la cabeza dentro del bolso, del que aun no había salido la ametralladora.

 

Simona yacía de cara al cielo.  

 

Se tocó el cuerpo y trató de desvestirse, buscando la herida.  

 

Un compañero intentó arrastrarlo de una mano hasta un árbol, pero desde los otros árboles seguían tirando.

 

Simona y Nell quedaron abandonados. 

 

Volvieron por ellos cuando el tiroteo decreció.

 

Simona estaba muerto, rematado a cadenazos y con un disparo en la cara.

 

Nell inmóvil, en la misma posición en que cayó herido, pero sin el bolso con la metra, que quienes remataron a Simona se llevaron, creyéndolo muerto. 

 

Desde el Hogar Escuela, a espaldas de la loma donde se produjeron estos enfrentamientos, disparaban con FAL y carabinas, produciendo la confusión ya descrita en capítulos anteriores.  

 

De allí provino tal vez el disparo que abatió al adolescente Hugo Oscar Lanvers, de la UES, uno de los que huyeron hacia el bosquecito, tomados entre dos fuegos, cuando los custodios del palco, avanzando por debajo de las gradas, comenzaron a balearlos.  

 

Tiraban desde arriba y desde abajo del palco, sobre los muchachos de la UES y hacia el bosquecito. 

 

Dentro del jeep quedaron los documentos y las camperas de varios de sus ocupantes, que luego de concluido ese combate se dispusieron a recuperarlo.  

 

Se despojaron de sus brazaletes identificatorios y treparon la loma.

 

Eran tres hombres, y sólo dos armados.  

 

Uno con dos municiones, el otro con tres. Encontraron al jeep rodeado de gente desconocida. 

 

–Osinde mandó buscar el jeep. ¿Qué hacen aquí?, mintieron. 

 

Nadie contestó pero se alejaron y les permitieron llevarse el jeep.

 

Cuando lo pusieron en marcha, sin la llave de contacto que había desaparecido, y tomaron hacia la ruta, alcanzaron a oír una voz:

 

–Ma que Osinde. Ustedes se lo van a afanar al jeep.

 

Pero ya era tarde, y nadie los detuvo. 

 

La pista segura 

 

Cuando se reincorporó, Favio miró alrededor.

 

Calculó que estaba frente a tres millones de personas tan desorientadas como él y por primera vez en ese día no supo qué decirles.  

 

Las imágenes de los linchamientos que había visto en el palco lo deprimían.  

 

Buscó a alguien que le indicara qué debía hacer porque se sentía anonadado.

 

No encontró a ninguno de los responsables de la organización. 

 

Dejó el palco y se dirigió hacia el Hotel Internacional.

 

Tampoco allí estaban los organizadores.

 

Agotado, entró en su habitación y se acostó.

 

Golpearon a su puerta cuando aún no se había serenado. 

 

–Están torturando a los detenidos, le dijo alguien.

 

–¿Qué detenidos?

 

–Los muchachos que llevaron al palco. Los están golpeando. Los van a matar 63. 

 

Corrió 15 metros por el pasillo, hacia la izquierda de los ascensores.

 

Frente a una habitación había varias personas que trataron de cerrarle el paso. 

 

–Mira loco, yo soy Leonardo Favio. Abajo está todo el periodismo del mundo. A mí ustedes no me paran. Lo dejaron pasar.

 

Golpeó la puerta.

 

–Abran, gritaba.

 

–Favio, quédate tranquilo, entra solo, le contestaron desde adentro. 

 

Cuando la puerta se entornó Favio la empujó con el hombro y quedó dentro de la habitación.

 

En las paredes había sangre.

 

Seis hombres jóvenes estaban parados contra la pared, con las manos en la nuca, y otros dos tendidos en la cama, boca abajo.

 

Mientras un custodio les apuntaba con un arma, otros les pegaban con manoplas, culatas de pistolas, trozos de mangueras y caños de hierro.  

 

Favio creyó que uno estaba agonizando.

 

Imperativo, exigió que parara el castigo.

 

 –Ustedes la cortan aquí y yo me olvido de todo.

 

–¿Cómo haces?

 

–Digo que los golpeó la multitud enardecida. Pero no los maten. 

 

Consiguió convencerlos.

 

Estaba mareado y tenía náuseas, pero atinó a pedir los nombres de los ocho.

 

Así les salvó la vida. 

 

–¿ Vos cómo te llamas?

 

–Víctor Daniel Mendoza. 

 

Quiso anotar Víctor Daniel Mendoza en un papelito, pero no podía escribir.

 

Alguien lo hizo por él.  Cada uno dio su nombre: Luis Ernesto Pellizzón, José Britos, Juan Carlos Duarte, Alberto Formigo, Dardo José González, Juan José Pedrazza, José Almada64.

 

–A estos hijos de puta hay que reventarlos, amenazó uno de los torturadores.

 

No se la van a llevar de arriba. Estaba descontrolado.

 

Las rodillas de Favio se quebraban.

 

Volvía la angustia. 

 

–O los atienden ya mismo o yo me mato, alcanzó a decir, ahora lloroso.

 

–¿ Vos te matas? preguntó azorado un hombre con una cadena en la mano.

 

–Esto no me lo olvido más.

 

Quiero mirar de frente a mis hijos y si esto no se acaba ya mismo no voy a poder. 

 

Tal vez por el desconcierto, los apaciguó.

 

Dejó plata para que les sirvieran café y cognac a los presos y salió de la habitación para buscar un médico.  

 

No había ninguno pero pudo tomar un cognac y escribir varias copias de la lista de nombres.  

 

Las fue repartiendo en la Planta Baja del hotel, una a cada rostro que le inspiró confianza. 

 

63. Leonardo Favio, declaración indagatoria ante la Policía Federal.

64. Declaraciones de los ocho detenidos ante la Policía Federal, el 21 de junio de 1973. 

 

Los cadenazos recomenzaron en cuanto Favio cerró la puerta.

 

Mientras lo golpeaban en la cabeza y la espalda sus captores exigían que Formigo firmara que era comunista y que había sido sorprendido portando una ametralladora, datos visiblemente contradictorios.  

 

De González pretendían que se declarara miembro del ERP.

 

A Pedrazza le decían: –Tosco te mandó a vos.

 

Con Mendoza fueron menos sutiles. Lo acusaron a golpes de manopla de militar en el ERP y en el Partido Comunista. 

 

–Ahora los llevamos al bosque y los regamos de plomo, le anunciaron a Almada.

 

 La plata del cognac y el café corrió la misma suerte que la pistola Tala 22, los 100 pesos y el pañuelo que le quitaron a Pedrazza; el reloj y los anteojos de Pellizzón; los 4.800 pesos y el encendedor de Almada; los 175.000 pesos que llevaba encima Britos y los documentos de todos. 

 

–Si les preguntan, ustedes dicen que el café estaba calentito y que gracias por el cognac, los instruyeron. 

 

Favio buscó el auxilio de algún policía en el hotel, pero en el territorio de Osinde no encontró un solo uniformado.

 

Al volver a la habitación sospechó que el reparto de golpes había continuado.

 

Exigió que los presos pudieran sentarse y bajar los brazos, aguardó la llegada de una médica y recién entonces se fue a la Casa de Gobierno, donde lo esperaban Cámpora (h) y el ministro Righi, con quienes había hablado por teléfono. 

 

Llegó a Buenos Aires cerca de las once de la noche y les narró lo que había visto. 

 

A la una y media de la madrugada del 21 de junio, el invierno comenzó en la delegación Ezeiza de la Policía Federal con una llamada telefónica fuera de lo común, al 620-0119.

 

–Aquí el coronel Farías, del ministerio del Interior.

 

Comuníqueme con el oficial a cargo 65.

 

El comisario Domingo Tesone acudió al teléfono:

 

–Le hablo por indicación del ministro del Interior. Escúcheme bien…

 

–Perdón coronel, pero antes debo verificar la autenticidad del llamado. ¿Dónde está usted?

 

–Le habla el coronel Farías, número 38- 9027. Tengo órdenes urgentes del señor ministro.Colgaron.

 

Tesone disco.

 

–Ahora sí señor, lo escucho.

 

–Debe constituirse de inmediato en el Hotel Internacional de Ezeiza.

 

Con todas las garantías del caso trasladar a los detenidos a la Jefatura de la Policía Federal. ¿Comprendido?

 

–Afirmativo señor. 

 

Tesone indagó primero al encargado del hotel, Jesús Parrado. 

 

–Las habitaciones del primer piso fueron reservadas por el Movimiento Nacional Justicialista, a nombre del teniente coronel Osinde, informó Parrado. 

 

En la habitación 115 había ocho personas, cuatro sobre una cama de dos plazas, dos sentadas en el suelo contra un placard y dos al pie de una ventana, inmóviles y doloridas.

 

Le dijeron que no habían sido golpeados allí sino en las habitaciones contiguas. Tesone las revisó.

 

La 116 y la 117 estaban revueltas pero limpias.

 

Las paredes y las camas de la 118 seguían salpicadas de sangre.

 

Los médicos Jorge Mafoni, Alicia Cacopardo y Alicia Bali, de las ambulancias 3, 63 y 70 del Centro de Información para Emergencias y Catástrofes de la Municipalidad de Buenos Aires, les hicieron una primera curación.  

 

Los que estaban en mejores condiciones fueron trasladados a la sub jefatura de la Policía Federal, los demás a los hospitales Fernández y Ramos Mejía, donde contestaron las preguntas de los instructores policiales. 

 

Cuando López Rega tuvo en sus manos el preciso informe policial exigió una respuesta de Osinde. 

 

–Hay que contestar esto, trinó su voz aguda. Osinde redactó un primer descargo.

 

No fue personal a mis órdenes el que llevó a los provocadores al hotel, y cuando me enteré solicité que los identificaran y los evacuaran a un hospital, mintió. 

 

65. Informe del comisario Domingo Tesone. 

 

Ciro Ahumada adornó la fábula de su jefe.

 

Se quejó por la inconsciencia estúpida de quienes trasladaron a los presos al hotel.

 

-Podrían haberlo hecho en cualquier otro lugar, pero eligieron justamente ese, y con la mala fe de aprovechar las circunstancias de que no se encontrase ninguna persona que pudiese evitarlo puesto que cada uno estaba en sus puestos de responsabilidad.

 

Ni se molestó en explicar como tuvieron acceso al sector reservado del hotel si no formaban parte de la comisión organizadora66. 

 

-¿Quienes fueron?, concluyó. –No será difícil localizarlos. Se tiene la pista segura.

 

Ni el coronel Osinde ni el capitán Ahumada la siguieron, porque sabían adonde llevaba. 

 

66. Ciro Ahumada, memorándum a Osinde, en la sección documental. 

 

Muertos y heridos 

 

De los 13 muertos identificados en Ezeiza, tres pertenecían a Montoneros o a sus agrupaciones juveniles: Horacio Simona, Antonio Quispe y Hugo Oscar Lanvers.  

 

Uno, el capitán del Ejército Roberto Máximo Chavarri, integraba la custodia del palco organizada por Osinde.

 

Ignoramos quienes eran los nueve restantes, aunque sabemos sus nombres: Antonio Aquino, Claudio Elido Arévalo, Manuel Segundo Cabrera, Rogelio Cuesta, Carlos Domínguez, Raúl Horacio Obregozo, Pedro Lorenzo López González, Natalio Ruiz y Hugo Sergio Larramendia. 

 

No hubo informes oficiales sobre las víctimas de la masacre y ninguna de las partes subsanó esa falta.

 

Osinde, porque intentó ocultar las evidencias que expondremos en este capítulo.  

 

Righi porque estaba atareado defendiéndose de las acusaciones de los asesinos y no tenía tiempo ni personal para estudiar las listas que poseía y de las que hubiera podido extraer elementos de juicio en favor de la causa que defendía.  

 

El COR y los sindicatos porque la publicación de esas listas no hubiera contribuido a sostener la versión de un ataque contra el palco.

 

El juez Peralta Calvo, porque todavía no era evidente quien ganaría la partida. 

 

Las nóminas de heridos son incompletas, anárquicas.  

 

Las confeccionaron distintas reparticiones federales, provinciales y municipales con datos recogidos en hospitales y comisarías, donde anotaron los nombres de los internados pero no controlaron sus documentos de identidad y sólo en algunos casos consignaron sus domicilios.  

 

Cuando estas listas manuscritas fueron mecanografiadas a los errores de la recolección de datos se sumaron los de su transcripción. 

 

Hay nombres registrados de dos, tres, cuatro y hasta cinco maneras según las distintas nóminas, como el del peruano de La Plata Antonio Quispe, quien también figura como Cristi, Crispi, Crispo y Gisper. Muchos internados fueron dados de alta sin que quedaran constancias de su paso por los hospitales.  

 

Otros se repitieron en la misma lista con diferentes grafías, como el herido Abate, Abati o Lavati, o no se incorporaron a lista alguna, como José Luis Nell. 

 

Los heridos fueron curados en el Policlínico de Ezeiza, el hospital San José de Monte Grande, el Aráoz Alfaro de Lanús, el Gandulfo de Lomas de Zamora, el Fiorito de Avellaneda, el de cirugía de Haedo, los de la Capital Federal Salaberry, Penna, Alvarez, Pinero, Argerich y Ferroviario, en el Centro Gallego y en clínicas privadas. 

 

Reconstruir la cifra exacta es imposible, pero sobran elementos para formular una estimación mínima confiable.  

 

El Servicio de Inteligencia de la policía de la provincia de Buenos Aires, SIPBA, recopiló una serie de 102 heridos identificados, el 22 de junio.  

 

El 21, el Comando de Operaciones de la Dirección General de Seguridad, con la firma del comisario inspector Julio Méndez, había presentado un informe con la misma cantidad, aunque añadía que en el Policlínico de Ezeiza habían otros 205 sin identificar.  

 

Con ese último dato coincide un informe de la Dirección de Asuntos Policiales e Información del ministerio del Interior. 

 

Esos 205 heridos no reaparecen en ningún parte posterior, lo cual hace presumir que eran los de menor gravedad, que ninguno de ellos murió y que pronto se retiraron a sus casas. 

 

Además, la subsecretaría de Salud Pública del ministerio de Bienestar Social de la provincia de Buenos Aires computó otros 17 heridos en el hospital de cirugía de Haedo. 

 

Finalmente otra nómina, en papel sin membrete y sin firma, enumera los nombres y apellidos de 133 heridos, de los cuales dice que 43 fueron informados por la policía de Buenos Aires. 

 

Si cotejamos las distintas fuentes llegamos a esta síntesis:Heridos de bala identificados 133Heridos de bala sin identificar 222Total 365 

 

¿Cuantos más fueron atendidos en otros hospitales, clínicas privadas, consultorios o domicilios sin dejar rastros, como en el caso de Nell?  

 

¿Cuántos de los 365 murieron en los días siguientes?  

 

Es imposible saberlo, aunque la cifra de 13 muertos y 365 heridos ya expone la gravedad de lo sucedido.  

 

Las versiones que desde entonces han circulado sobre centenares de muertos son indemostrables y a la luz de estas cifras, inverosímiles. 

 

De los 133 heridos identificados cerca de la mitad se retiraron de los hospitales sin declarar su domicilio, pero el análisis de los restantes es concluyente.  

 

La lista del ministerio del Interior recoge los domicilios de 73 heridos identificados, es decir 54 % de todos los heridos identificados y 20 % del conjunto de heridos de los que quedó algún registro.  

 

Como además está formada por internados en todos los hospitales a donde se derivaron heridos, esta muestra es estadísticamente representativa, de modo que sus conclusiones pueden proyectarse al total con un pequeño margen de error. 

 

De esos 73 heridos identificados, 34, es decir el 46 % llegaron desde los barrios y partidos que engrosaron la columna sur agredida: 5 vivían en La Plata, 4 en Monte Grande, 3 en Lanús, 2 en Wilde, Florencio Várela, Sarandí, Valentín Alsina, Ingeniero Budge y Berazategui, y uno en Ensenada, Ringuelet, San Francisco Solano, Villa Fiorito, Berisso, Quilmes, Lomas de Zamora, Ezeiza, Villa Albertina y Almirante Brown. 

 

Este porcentaje crece en las otras nóminas disponibles: es del 51 % en el informe del Servicio de Inteligencia de la provincia de Buenos Aires (40 sobre 77); del 53 % en el de la Dirección General de Seguridad (38 sobre 71); del 61 % en una nómina de autor desconocido, que recopila datos de distintas fuentes (32 sobre 52). 

 

Es decir que entre el 46 y el 61 % de los heridos eran miembros de la columna sur atacada por los fuegos cruzados del palco y el Hogar Escuela. 

 

Tan importante como esto es la imposibilidad de agrupar en forma significativa al resto de los heridos.

 

Se trata de porcentajes mínimos de una infinidad de lugares: distintos barrios de la Capital Federal, todos los partidos del Gran Buenos Aires, muchas provincias.

 

Fueron sin lugar a dudas grupos aislados o persona solas, que no formaban parte de ningún bando interno peronista. 

 

Osinde vs. Righi 

 

Osinde quiso hablar con López Rega la noche del miércoles 20, pero el secretario de Perón tenía otra idea.

 

Le ordenó que preparara un informe escrito y se lo entregara al mediodía del jueves 21 en la residencia de Gaspar Campos 1065.

 

Sabía que una investigación a fondo pondría en peligro sus planes y quería llegar bien preparado a la primera reunión de gabinete. 

 

Durante más de tres horas, Cámpora analizó toda la información en la Presidencia, junto con el vicepresidente Lima, los ministros del Interior Righi, de Justicia Benítez, de Educación Taiana, de Bienestar Social López Rega, el presidente provisional del Senado Díaz Bialet, el presidente del bloque de diputados justicialistas Ferdinando Pedrini, los secretarios generales de la CGT José Rucci y de las 62 Lorenzo Miguel, el secretario general del Movimiento Abal Medina, los jefes de las policías Federal general Ferrazzano y de Buenos Aires coronel Ademar Bidegain, el director de la agencia noticiosa estatal Telam Jorge Napp, el brigadier Arturo Pons Bedoya, Norma Kennedy, Jorge Llampart, Osinde, Leonardo Favio, el músico Rodolfo Sciammarella y el Secretario General de la Presidencia Héctor Cámpora (h). 

 

Dos bandos, dos descripciones de los hechos, dos interpretaciones acerca de sus causas quedaron definidas desde entonces y se volvieron a confrontar en nuevas reuniones los días siguientes. 

 

Cabeza de un bando era Osinde, del otro Righi.

 

El militar torturador y el abogado que reclamaba de la policía métodos humanos.

 

El técnico encargado de organizar escuadrones secretos para contener la movilización incontrolable por el aparato sindical, y el inspirador de la derogación de las leyes represivas.

 

El veterano jefe de los servicios de informaciones, arquetipo de la derecha peronista, y el joven ministro que ordenó quemar sus archivos, ala izquierda del gabinete de Cámpora, síntesis de las virtudes y de las limitaciones que marcaron sus 49 días de gobierno. 

 

Osinde presentó seis documentos de dispar interés: la cartilla que reseñamos en el capítulo El ministerio del pueblo, un Informe sintético, una Síntesis cronológica, una Síntesis de las impresiones recogidas en la reunión del día 21, un papel de Síntesis y un Memorándum del señor Ciro Ahumada 67. 

 

La Conspiración Marxista 

 

En el Informe sintético Osinde consigna su primer discrepancia con Righi mientras se organizaba el acto.

 

Recuerda haber pedido que las fuerzas de seguridad reprimieran con severidad todo intento de perturbación y la respuesta del ministro, quien –objetó el término reprimir por intervenir.

 

Según Osinde, Righi adujo que era posible actuar frente a grupos de 20 o 30 personas, pero no ante –columnas mayores que eran expresión del pueblo. 

 

Este es el informe en el que Osinde finge ignorancia sobre las ocupaciones en el barrio Esteban Echeverría, como ya vimos desmentido por la policía de Buenos Aires y el periodismo local, afirma sin apego a los hechos que no era personal a sus ordenes el que torturó a los detenidos en el hotel, y se atribuye haber solicitado su identificación y evacuación a un hospital.  

 

Para diluir su responsabilidad, Osinde destaca que además de los activistas sindicales y el personal de seguridad reclutado por él, también participaron del operativo la Policía Federal, la de Buenos Aires, la Gendarmería y la Prefectura, pero omite que había exigido y logrado que esas fuerzas sólo respondieran a su mando. 

 

Dice que al observar que la columna que identifica como de FAL, 22 de Agosto, FAR, ERP y Montoneros, y que cantaba Perón, Evita, la Patria Socialista, se dividía y rodeaba el palco por detrás, dispuso que acudiera el destacamento de la Policía Federal que estaba al Oeste del palco, pero que esas fuerzas se habían replegado por orden de Righi. 

 

Según Osinde, –la tragedia de las vidas perdidas y la frustración de los millones que no pudieron rendir homenaje a Perón, pudo evitarse con la acción preventiva de las fuerzas de seguridad ausentes por culpa del ministro del Interior. 

 

En la Síntesis cronológica perfeccionó la versión.

 

La columna que llegó por la ruta 205 con el propósito de rodear el palco era precedida por un hombre delgado y alto que empuñaba un sable y dirigía al conjunto con un megáfono desde un jeep. 

 

De acuerdo con el relato de Osinde, la barrera del C de O los contuvo pacíficamente hasta que el hombre que dirigía la columna levantó su megáfono.  

 

A esa señal, tiradores ubicados en los árboles y grupos móviles que salieron de los montes y se desplazaron a los costados del trébol, abrieron fuego contra el palco.

 

Entonces los custodios reprimieron a los francotiradores apostados en los árboles. 

 

Repasemos la versión de Osinde

 

Quien divisó la columna que se acercaba e informó al palco fue el general Iñíguez a través de la red del COR, y como ya vimos, en ningún momento de la transmisión mencionó consignas o leyendas del ERP, FAL, o 22 de Agosto.  

 

Sólo de FAR y Montoneros.

 

El añadido de Osinde obedece al propósito premeditado de presentar los hechos como una conspiración marxista. 

 

También vimos que fueron los custodios del palco quienes abrieron el fuego sobre una columna que no portaba armas automáticas.  

 

Al equipo de Osinde pertenecían además los francotiradores apostados en los árboles.

 

Y los disparos desde las zonas boscosas provenían del Hogar Escuela ocupado por la Juventud Sindical, el COR y el Comando de Organización. 

 

Por otra parte, el fuego desde el palco sobre los francotiradores no ocurrió simultáneamente con el ataque contra la columna sur sino más tarde. 

 

En abierta contradicción con el Informe sintético, la Síntesis cronológica admite que el Hogar Escuela estaba en manos de gente de Osinde.  

 

En compensación describe un imaginario intento de coparlo por grupos no identificados. 

 

Osinde sostuvo que al oír detonaciones detrás del palco hacia el Este, el jefe de seguridad E. Iglesias comprobó que veinte hombres armados que ocupaban el bosque aledaño intentaban rodear al Hogar Escuela, apoyados por mil hombres que con sus gritos hostigaban –a los compañeros que estaban dentro del Hogar Escuela

 

Sus afirmaciones no las refutó Righi, sino el memorándum de Ciro Ahumada, que el propio Osinde presentó al gabinete.

 

Ahumada manifestó que los primeros disparos vinieron del sudoeste del palco, donde altos pinos bordean la ruta 205.  

 

Dijo que –pareció un tiro de prueba y reglaje que fue repelido espontáneamente por grupos armados que se encontraban en proximidad al lugar. 

 

Desaparece así el fantástico hombre del sable y el megáfono, su señal de fuego, el intento de copar el palco.

 

En la versión de Ahumada sólo hay tiros de puntería efectuados desde lejos. 

 

A diferencia de Osinde, Ciro distingue el primer enfrentamiento del segundo.

 

Sostiene que el fuego se reabrió al darse la orden de descender de los árboles y que se enviaron –efectivos propios a efectuar tareas de limpieza, rastrillaje, observación del cumplimiento de la orden, observación para la localización de los grupos provocadores, neutralización de los mismos, toma de prisioneros, etc

 

Sólo faltaría agregar a esta confesión que fue Ciro quien ordenó a los presuntos compañeros que bajaran de los árboles, y al personal que les apuntaba con miras ópticas abrir el fuego. 

 

Ciro concluye denunciando un plan malvado, que no enuncia, y el apoyo del ministro del Interior, –un imberbe al que tal vez le falta el conocimiento de 18 años de lucha dura y en todos los campos y no la lectura superficial de textos académicos muy bien encuadernados

 

Esta fue la versión a la que Osinde se atuvo en todas las discusiones posteriores y que el capitán de la Fuerza Aérea Corvalán hizo filtrar a los medios adictos de difusión. La Razón atribuyó su artículo a los servicios y organismos oficiales de seguridad y siguió textualmente el Informe sintético y la Síntesis cronológica de Osinde, con el hombre del sable y el megáfono, el movimiento de pinzas para copar el palco, los carteles del ERP y los francotiradores en los árboles 68.

 

 –¡Los troscos nos han rodeado, no tenemos salvación! claman los custodios del palco en el dramático relato de La Razón, que también acusa al ministro del Interior de haber ordenado que las fuerzas policiales no intervinieran. 

 

La versión incluye un aderezo sabroso: los detenidos portaban chalecos, coraza y rifles con mira telescópica para atentar contra Perón, en sus bolsillos tenían –ravioles de cocaína y otras drogas estimulantes” y la mayoría admitió –pertenecer al ERP de Santucho y al FAR 69. 

 

El Economista difundió la misma historia y la atribuyó a un miembro de la seguridad de Osinde, que dotado de prismáticos estuvo en el palco hasta las 19.30 y en el Hotel Internacional hasta la mañana siguiente.

 

Según el semanario patronal –la historia reconocerá algún día los méritos del personal dirigido por Osinde que impidió un atentado contra Perón y su esposa70. 

 

Con ligeras variaciones repitieron esta narración Clarín y Prensa Confidencial.

 

De este modo Osinde consiguió colocar a Righi a la defensiva. 

 

El presidente vicario 

 

¿Qué contestó el ministro del Interior?

 

Después de la masacre comprendió en un minuto lo que no había percibido en un mes: la política sectaria de la comisión organizadora, el sentido de las ocupaciones, la red de complicidades que condujo al 20 de junio.  

 

Advirtió que su sillón era la primera presa codiciada, desmintió el trascendido periodístico sobre su relevo por el general Iñíguez y mientras preparaba su defensa política encargó a la Policía Federal y a la de Buenos Aires que avanzaran las investigaciones sobre lo sucedido en Ezeiza. 

 

Ante la comisión investigadora expuso que debían buscarse las causas en la situación del gobierno y del peronismo.  

 

Alegó que Cámpora era un presidente vicario debido a la proscripción contra Perón y destacó las dificultades de comunicación entre Buenos Aires y Madrid. 

 

Righi era consciente de la debilidad del gobierno que integraba, pero sólo insinuó el aval de Perón con que había contado la Comisión Organizadora. 

 

También se refirió a la falta de una autoridad fuerte en la conducción peronista y a la pugna de sectores que aún antes del 20 de junio había conducido a enfrentamientos armados. 

 

En ese clima, siguió, la Comisión prepara la recepción al teniente general Perón.

 

Lo hace con neto sentido sectorial, marginando a los grupos adversos y armando a los propios.

 

Los adversos toman cuenta del tono de los preparativos y se organizan también bélicamente.

 

Es decir, la Comisión, en vez de sintetizar las diferencias que no podían ignorar, acentúa la sectorización exacerbando las rivalidades de tal manera que sucedió lo que sucedió, como muchos previeron.

 

Las pugnas entre los sectores juveniles desplazados y los sectores adictos a la Comisión por ocupar posiciones cerca del palco, concluyó en los hechos conocidos.

 

La equiparación del arsenal de guerra montado en el palco con las pocas armas de uso civil de la columna sur es una equilibrada versión centrista que no. refleja con fidelidad lo sucedido. 

 

Righi añadió que la presencia de Perón en el país impediría la reiteración de episodios similares y sugirió que el ex presidente convocara a los sectores a pactar en su presencia reglas claras del juego. 68. 69. La Razón, 22 de junio de 1973.70. El Economista, 22 de junio de 1973. 

 

Junto con las primeras investigaciones policiales el subsecretario del Interior Leopoldo Schiffrin elevó a Righi algunas observaciones.

 

Me indigna –dijo– que se discutan cuestiones sin ninguna importancia, cuando el problema reside en que Osinde asumió el control y la seguridad del palco excluyendo totalmente a la policía, a la que tenía a su exclusiva disposición, y quiera achacar a la falta de actuación policial el suceso ocasionado por haber otorgado el control del palco a uno de los sectores en conflicto.  

 

Me parece que aquí hace falta golpear y duro. Osinde es el que tiene que justificarse ante los ministros. No éstos ante él. No cometas el error de hacerte perdonar la vida 71

 

Schiffrin también suministró a Righi los elementos para desmentir la acusación más grave de Osinde.

 

Le informó que los efectivos policiales habían permanecido en sus lugares esperando la orden de actuar que nunca llegó, porque Osinde abandonó el palco antes de los enfrentamientos, y mencionó a los responsables de esta afirmación, los comisarios González y Pinto, quien dos años después fue designado por Isabel Jefe de la Policía Federal.  

 

También explicó que las fuerzas policiales que según Osinde se habían replegado no eran más que el pequeño destacamento que controla el tránsito cerca de El Mangrullo.  

 

Me reitera el comisario González que en las reuniones con Osinde se había convenido en que sólo éste debía dar la orden de fuego, agregó Schiffrin. 

 

El jefe de la Policía Federal argumentó en el mismo sentido.  

 

El general Heraclio Ferrazzano ratificó que Osinde había rechazado la planificación policial y sólo había requerido fuerzas de uniforme –en lugar alejado de la vista del público y con posibilidades de desplazamiento por interiores del terreno 72, servicio de bomberos, brigada de explosivos, técnicos en comunicaciones, dos salas para detenidos alejadas del palco y apresto de fuerzas en la Capital Federal –para el supuesto de actuación en Plaza de Mayo. 

 

Ferrazzano certificó que Osinde había asumido en forma exclusiva la seguridad del palco –que efectuaría con integrantes de la Juventud y suboficiales retirados del Ejército Argentino, en el primer cerco de protección, complementado por otros cercos a cargo de entidades gremiales, y reiteró que las fuerzas policiales acantonadas a 1.500 metros del lugar no tenían posibilidad de actuación inmediata, ni debían intervenir sin orden de Osinde. 

 

También participó en la discusión el Secretario General de la Presidencia, Héctor Cámpora (h).

 

Narró que a las 14 del 20 de junio el suboficial Ángel Bordón le había advertido que el personal a órdenes de Osinde impedía el acceso de la custodia presidencial al palco, donde había demasiada gente armada.

 

Según Cámpora, Bordón le refirió que los guardias del palco habían obligado varias veces a los manifestantes a echarse al suelo, apuntándoles con sus armas rodilla en tierra, y le dijo que –si seguía así iba a terminar mal.  

 

El Secretario General de la Presidencia verificó la denuncia de Bordón. Juntos intentaron subir al palco y fueron rechazados. 

 

El Secretario General del Movimiento Peronista, Abal Medina, argumentó que la Comisión Organizadora había procedido con sectarismo, marginado a la Juventud Peronista y puesto el palco a disposición –de un grupo de criminales con armas de guerra. 

 

Righi atacó desde tres puntos las posiciones de Osinde:

 

–El teniente coronel Osinde sostiene que yo ordené el repliegue policial.

 

–Efectivamente.

 

–Eso es falso, de modo que le exijo que pruebe su afirmación. Osinde sólo repitió que alguien que no podía identificar le había dado esa información.

 

–Yo quiero recordar que como responsable absoluto de la seguridad, bajo un comando unificado, al teniente coronel Osinde le correspondía impartir tanto la orden de actuar como la orden de replegarse, siguió Righi. 

 

71. Schiffrin, Leopoldo, carta a Righi, en la sección documental,

72. Informe del jefe de la Policía Federal, en sección documental. 

 

–¿Entonces por qué usted intervino para ordenar el repliegue? insistió Osinde. 

 

–Usted está repitiendo ese disparate que no puede probar. Jamás di tal orden.

 

Usted asumió todas las responsabilidades, no puede ahora deslindar ninguna. 

 

Según Righi lo ocurrido culminó –una serie de imprevisiones y una política facciosa por parte de los responsables, que arruinan el encuentro del general Perón y su pueblo.

 

Ante la imposibilidad de control para grupos adictos desencadena la represión.

 

El plan fracasó porque se rebasa el esquema de organización y porque la custodia reprime.

 

 Sus tiroteos desencadenan tiroteos generalizados y el general Perón no puede llegar al palco por falta de seguridad

 

Fallido el plan de la comisión, siguió Righi, la intervención policial hubiera agravado el derramamiento de sangre. –¿Intervención contra quien?, se preguntó.

 

Quienes disparaban eran gente controlada por Osinde, contra columnas juveniles de la zona sur que intentaban acercarse.

 

¿Reprimir contra los represores, es decir contra la gente de Osinde, o contra la gente que intentaba acercarse? 

 

Righi negó que hubieran actuado provocadores comunistas, citó los relatos periodísticos que describían el conflicto como lucha entre bandos internos peronistas, y acusó a Osinde por las torturas en el Hotel. 

 

¿Gases contra fusiles? 

 

Osinde enjuició a Righi por su pasividad ante las ocupaciones y por la quema de los archivos policiales.

 

-Ahora hasta es difícil identificar a los elementos antinacionales, dijo, y consideró “sugestiva la identidad de definiciones entre Righi, Abal Medina y Cámpora (h)”.  

 

A Abal Medina le recordó que él había integrado la Comisión que ahora calificaba de sectaria, y rechazó la calificación de criminales para sus hombres. 

 

Ya había agotado sus argumentos, y en las dos últimas reuniones se limitó a repetirlos.  

 

Además intentó ganarse a Ferrazzano, con un elogio a la actuación policial.

 

-Si el destacamento al oeste del palco se retiró, fue por orden del señor ministro, volvió a acusar.

 

Según Osinde la policía hubiera podido evitar males mayores si hubiera reprimido y desalojado con gases lacrimógenos a los francotiradores que actuaron desde los árboles y vehículos.

 

¿Gases contra francotiradores que usan fusiles?

 

Como militar, Osinde es un buen político. Su argumento sólo se explica porque sabía que en los árboles no había francotiradores enemigos. 

 

Ferrazzano no se dejó confundir.

 

A esa altura tenía claro que el debate era sobre quien cargaría con la cuenta de los muertos, y suministró a Righi información precisa para rebatir los cargos. 

 

-El destacamento 20 de Ezeiza –pudo explicar el ministro– es una dependencia de la Policía Federal del Aeropuerto y estaba al mando del comisario Raffaele, a cargo de esa misión.  

 

-A fin de controlar el tránsito por la autopista desde el palco al aeropuerto y viceversa, se habían apostado allí tres oficiales con 30 hombres al mando del capitán Castelli.  

 

-El personal del puesto oyó los primeros disparos a las 14.30 y después de veinte minutos se replegó hacia El Mangrullo, en cuyas proximidades se encontraba la fuerza policial destinada a la custodia del CIPRA de la Fuerza Aérea. 

 

-El destacamento queda a gran distancia del palco y el personal no tenía medios represivos, de modo que su presencia en el destacamento o frente a CIPRA de nada podía influir en la situación, agregó. 

 

En un debate de pruebas y razones, Righi llevaba las de ganar.

 

Pero no se trataba de eso. Righi sospechaba fundadamente que López Rega, Isabel, y a través de ellos también Perón, se inclinarían en favor de Osinde.  

Para impedirlo, debería haber producido una sucesión de hechos consumados mediante procedimientos de la Policía Federal, detenido a los conspiradores en sus lugares de reunión, secuestrado las armas, probado su vinculación con Osinde, encarcelado y procesado al Secretario de Deportes y Turismo, a Norma Kennedy y Brito Lima.

 

Cuando un grupo de asesores se lo propuso, sonrió con escepticismo.

 

Perón se había pronunciado el 21 de junio en favor de los agresores lo cual selló con su decisivo peso político la suerte del gobierno de Cámpora. 

 

Se había perdido un tiempo precioso y ya no quedaba mucho por hacer.

 

Las pocas comisiones policiales, a las que tarde y sin convicción se les ordenó practicar unos pocos allanamientos, no encontraron nada.

 

Las armas desaparecieron poco antes de que llegara la policía a sindicatos y reparticiones públicas.

 

Osinde había ganado la partida. 

 

Bunge & Born lo sabía 

 

La enfermedad de Perón, los reacomodamientos internos, las negociaciones con otras fuerzas políticas, insumieron tres semanas después de la masacre.  

 

El 12 de julio, finalmente, una docena de colectivos semivacíos desfiló como el ejército de Aída frente a la casa de Perón, abucheando a Cámpora.

 

Desde una puerta lateral, Milosz de Bogetic de traje marrón y anteojos ahumados sonreía y saludaba.  

 

El 13, Cámpora y Lima renunciaron a la presidencia y a la vicepresidencia, y el presidente provisional del Senado, Alejandro Díaz Bialet, se encontró en las manos con un pasaje Buenos Aires-Argel y un convincente deseo de buen viaje. 

 

De este modo el gobierno cayó en manos del diputado Raúl Lastiri, a quien su suegro José López Rega había conseguido instalar en la presidencia de la Cámara, el tercer cargo en la línea de sucesión presidencial. 

 

En agosto, pese a las objeciones explícitas de los médicos, el Congreso del Partido Justicialista eligió la fórmula Perón-Perón, que se impuso con el 62 % de los votos en las elecciones del 23 de setiembre y gobernó a partir del 12 de octubre.  

 

El 1º  de julio de 1974 se produjo la prevista muerte de Juan D. Perón y ascendió a la presidencia su viuda, Isabel Martínez. 

 

El médico personal de Perón dio una interpretación clínica para tan acelerada sucesión de cambios espectaculares.  A juicio de Jorge Alberto Taiana, López & Martínez utilizaban a Perón, cuya voluntad estaba quebrada.

 

Sabían que su salud era frágil y que las tensiones de la acción política y el cambio de clima acortarían su vida, y aplicaron un plan elaborado después de las elecciones del 11 de marzo de 1973. 

 

Contaron con el asentimiento de Perón, por las razones que detallo el ex ministro Taiana y por el recelo que llegó a inspirarle Cámpora, a quien consideraba dominado por Montoneros y la Juventud Peronista.  

 

Su apartamiento del gobierno comenzó a gestarse en la reunión del 29 de abril en Puerta de Hierro, en la que Perón careó al presidente electo Cámpora con Norma Kennedy y Manuel Damiano como si fueran pares.  

 

El 18 de junio, cuando el flamante jefe de Estado terminaba en Madrid los preparativos para el regreso de Perón, el golpe ya estaba decidido. 

 

Ese día el diario más conservador del país señaló que se estaba estudiando una reforma a la ley de acefalía 73, y un portavoz de la Armada explicó que lo único que aún se discutía era –el procedimiento que se adoptaría para llevar a Perón a la presidencia. 74  

 

Veinticuatro horas después un vocero del Ejército anunció que era inminente el golpe de Perón75  y dijo que Osinde había transmitido a Balbín la preocupación de Perón por el gabinete de Cámpora. 

 

El portavoz de la Armada sostuvo que se había considerado la posibilidad de un golpe de mano, con apoyo y calor popular, pero dijo que Perón no lo aceptaría, para no deber su designación a un grupo. 

 

Descartada esta hipótesis, añadió que debían analizarse dos tácticas posibles: la convocatoria a una Convención Constituyente que se declarara soberana y lo nominara presidente, o la renuncia del presidente y el vice –para que el presidente de la Cámara de Diputados convocara “en 30 días a elecciones genérales con la candidatura de Juan D. Perón76 “.  

 

La Armada no sólo conocía el plan en sus pormenores; también se enteró del alejamiento del presidente provisional del Senado casi un mes antes que el propio doctor Díaz Bialet. 

 

73. La Prensa, 18 de junio de 1973.74. Prensa Confidencial, 18 de junio de 1973.75. 76 Confirmado, 19 de junio de 1973. 

 

El portavoz naval adelantó además que con el regreso de Perón comenzaría –una depuración sin prisa pero sin pausa de todas las infiltraciones enquistadas en su Movimiento, ya sean imperialistas o extremistas de cualquier signo. 77. 

 

La depuración y el golpe pregonados por la fuente naval comenzaron el 20 de junio, cuando se intentó la primera de las tres posibilidades enumeradas, el golpe de mano con apoyo popular, pese a la presunta desautorización de Perón. 

 

Después de los tiroteos de Ezeiza, los móviles del COR que intervinieron identificando a las columnas de la Juventud Peronista que se acercaban al palco recibieron orden de reunirse donde se habían concentrado la noche anterior, en el Sindicato de Sanidad, Saavedra 159.  

 

Pero el general Iñíguez insistió varias veces que esa directiva no incluía al móvil 5, cuya misión era permanecer en Plaza de Mayo. 

 

Iñiguez se dirigió a Olivos para saludar a Perón, mientras una docena de activistas del COR, de la Escuela de Conducción Política y de los grupos paladinistas de Lala García Marín aguardaban frente a la Casa de Gobierno. 

 

A las 20 se habían juntado en torno de ellos unas 2.000 personas.

 

De boca en boca se afirmaba que Perón estaba prisionero, se instigaba al público a tomar la Casa Rosada y se repetían historias inquietantes sobre la conspiración trostkysta, aun cuando los tripulantes del móvil 5 del Automóvil Club-COR, sabían que Perón ya estaba con el presidente Cámpora en la residencia de los jefes de Estado, y que hacia ella se encaminaba el general Iñíguez. 

 

Sobre los propósitos de la masacre y de esa extraña reunión en la Plaza de Mayo, nadie sabía más que el monopolio-agroindustrial Bunge & Born.  

 

Un representante de la transnacional cerealera dijo que Osinde había construido un palco blindado y apostado una guardia armada de militares, sindicalistas y aliancistas alegando que se preparaba un atentado contra Juan D. Perón durante el acto en la Avenida Ricchieri78. 

 

¿Otro 17? 

 

Según el agente de Bunge & Born el supuesto atentado sólo había servido como pretexto para un plan ideado por López Rega y ejecutado por Osinde. Roto el acto, prosigue, la multitud debía ser conducida a Plaza de Mayo para reeditar el 17 de octubre y rescatar a Perón, a quien se mencionaba como prisionero de Cámpora. Concluyó que el objetivo de López Rega y Osinde era forzar el acceso de la Casa Rosada, cumpliendo el slogan electoral Cámpora al gobierno, Perón al poder. 

 

Los conspiradores que aquel anochecer debían dirigir la toma de la Casa de Gobierno eran el coronel Prieto, cuñado del general Juan José Valle; Víctor Alday, ex colaborador de Ciro Ahumada, preso en 1960; Margarita Ahrensen, la ex mujer de Ahumada; Héctor Spina, un líder histórico de la JP, que intervino en uno de los robos del sable de San Martín en la década del sesenta; Juan Carlos Bravo y Lasarte; Juan Carlos Giménez, El pelado, quien en 1960 estuvo exiliado en Bolivia; Alfonso Cuomo; José Rodríguez, como los anteriores vinculado con el sindicalista de los albañiles Segundo Palma y con el de los Municipales Gerónimo Izzetta; el Negro Oscar Viera, ex guardaespaldas de Palma; Ismael López Jordán; los hermanos Gustavo y Raúl Caraballo, el mayor Flores un peronista de la rama SIE; Lala García Marín, jefa del sector paladinista de la Capital, expulsada meses antes del peronismo. 

 

77. Revista El burgués, 3 de julio de 1973.78. Confirmado, 19 de junio de 1973. 

 

Un centenar de ellos se precipitaron sobre un móvil de la radio Rivadavia y exigieron que el periodista Osvaldo Hansen difundiera una proclama en la que reclamaban la presencia de Perón en los balcones de la Casa Rosada79.

La proclama fue grabada y emitida.

Cuando los activistas del COR exigieron que se repitiera su texto, desde la radio les pidieron que enviaran una delegación a los estudios.  

 

Los tripulantes del móvil quedaron como rehenes en la Plaza y recién fueron puestos en libertad cuando los emisarios reiteraron el pedido a Perón. Una muchacha tomó el micrófono para hacer una patética invocación al ex presidente, a quien tuteó. 

 

Dos de los conspiradores, Alfonso Cuomo y José Rodríguez, llegaron a ingresar a la Casa de Gobierno80.

 

Comprobaron que las vallas habían sido reforzadas, se habían emplazado nidos de ametralladoras y soldados dispuestos para protegerla.  

 

Al ver que sólo habían atraído a las dos mil personas iniciales emprendieron la retirada. 

 

El golpe se había frustrado y lo único que restaba era desconcentrar a la gente antes que se produjeran detenciones e identificaciones.

 

“Todos a Casa. Perón ya está en Olivos y a las 9 habla por TV” anunciaron. 

 

El Secretario de Informaciones del Estado, brigadier Horacio Apicella, quien sólo veía lo que Osinde e Iñíguez querían mostrarle, contribuyó a la confusión informando que el ERP avanzaba sobre la sede del gobierno.  

 

Días después el portavoz naval que tan profundamente había conseguido penetrar la intimidad de López Rega y Osinde repitió esa burlería.

 

Sostuvo que ERP y Montoneros habían intentado matar a Perón, primero en Ezeiza y luego en Plaza de Mayo, donde se propusieron copar la Casa Rosada81. 

 

Otro servidor público menos encumbrado que Apicella, contradijo esas fábulas.

 

Se trata del radiooperador del único patrullero que esa noche vigiló a los reunidos en la Plaza de Mayo, con el rigor y la eficiencia profesionales que la Policía Federal mostró en todos los episodios vinculados con el 20 de junio. –¿Tendencia ideológica?, le preguntó el Comando Radioeléctrico.–Todos de derecha, fue su concisa respuesta. Bunge & Born lo sabía. 

 

79. Redacción, julio de 1973.80. La Opinión, 21 de junio de 1973.

81. Prensa Confidencial, 25 de junio de 1973.