ROBERTO ARLT ESTRENABA 300 MILLONES, UNA OBRA MEMORABLE.

Roberto Arlt, un “puente” entre el grupo martinfierrista de Florida que encabezaba Macedonio Fernandez y el de Boedo con Elias Castelnueovo y Stanchina. Arlt era de los dos.

ROBERTO ARLT

300 Millones

(78 Aniversario del estreno de 300 millones de Roberto Arlt en

el Teatro del Pueblo, el 17 de Junio de 1932)

 

Cuadro Segundo – Escena Tercera

 

GALÁN-SIRVIENTA

 

(La sirvienta se mece en la hamaca)

 

Galán: (De pie junto a la hamaca) señorita… señorita…

 

Sirvienta:¡Ah! Es usted…

 

Galán: Si, soy yo… soy yo

 

(La sirvienta lo mira un instante y luego resuelve seguir el juego de la comedia amorosa)

 

Sirvienta: ¡Ah!…es usted…es usted…

 

Galán: ¿Me permite decirle que la amo?

 

Sirvienta: (con dulzura irónica) ¿No podría decírmelo de otra manera?

 

Galán: ¿Por qué?

 

Sirvienta: Porque de esa manera se me han declarado varios dependientes de tienda, farmacia y panadería.

 

Galán: ¡Oh, no me compare!… Usted desea que yo sea un escogido.

 

Sirvienta: Sí… un poco más expresivo

 

Galán: ¿Quiere que me arrodille?

 

Sirvienta: ¡Oh!… No es viejo y, además, se le mancharían los pantalones.

 

Galán: ¿Entonces quiere que finja el Galán melancólico?

 

Sirvienta: ¡Hombre, qué duro de entender es usted! Si yo fuera hombre me vendría por detrás de la hamaca y, besándola fuertemente a la muchacha que quiera, le diría despacito: “te quiero mucho… mucho”

 

Galán: ¡Oh! Entonces lo que usted pide es un procedimiento de novela alemana…

 

Sirvienta: (Terminante) No he leído nunca novelas alemanas. He leído “Rocambole”, que es bien largo… cuarenta tomos… y nada más.

 

(El Galán calla y retrocede; la sirvienta cierra los ojos y el Galán, acercándose de puntillas, la toma por los maxilares y la besa en la boca)

 

Galán:Te quiero mucho… mucho…

 

Sirvienta: (Con displiscencia) No está del todo mal… Yo también, dueño mío

 

(Se siente a la distancia el rugido del león arenero)

 

Sirvienta: ¡El león!…

 

Galán: Ruge de amor…

 

Sirvienta: Igual que en el jardín zoológico.

 

Galán: ¿Dónde queda eso?

 

Sirvienta: Allá… en Buenos Aires… Pero, hablando de todo un poco… ¿Así que usted me ama?

 

Galán: La amo desde que la vi en el comedor. Y me juré interiormente que si usted me daba su mano la haría mi esposa ante Dios y los hombres.

 

Sirvienta: ¿Por qué no habla de otra manera? Si yo fuera hombre me declararía en otra forma…

 

Galán: (Malhumorado) ¿Puede decirme qué papel hago yo aquí? ¿Soy yo o es usted la que se tiene que declarar?

 

Sirvienta: ¡No se enoje, hombre!… Pero usted es bastante estúpido como galán. ¿A quién se le ocurre decirle a una mujer: ¡Te amo! Eso se dice en el teatro; en la realidad se procede de otra manera. En la realidad, cuando un hombre desea a una mujer, trata de engañarla. Lo creía más inteligente. A nosotras las mujeres nos gustan los desfachatados…

 

Galán: Hay que vivir para ver… y creer…

 

Sirvienta: Sea positivo. Yo soy una mujer positiva como todas las mujeres. Y a las mujeres no les gustan los prólogos en el amor. No, señor galán, convénzase usted. (imperativa) Le voy a dar una lección. Siéntese en esa hamaca.

 

(El Galán se sienta; la Sirvienta retrocede, luego se acerca inclinándose sobre él)

 

Sirvienta: Bueno, haga de cuenta que yo soy el hombre y usted la mujer. (Dice en voz muy dulce) Niña… me gustaría estar como un gatito en tu regazo. (Se inclina bien sobre el hombre) Quisiera que me convirtieras en tu esclavo. Quisiera encallanarme por vos… Bueno, ahora haga usted lo que quiera, pero compréndame.

 

(El Galán deja su asiento; lo ocupa la sirvienta)

 

Galán: ¿No se dá cuenta que una persona decente no puede hacer eso?

 

Sirvienta: Si seguimos en ese tren no terminamos más: Aquí no se trata de pedirle un certificado de buena conducta, sino de que proceda como a mi me gusta. Usted es… Yo tengo tresciento millones.

 

Galan: Es que yo nunca tropecé con uma mujer como usted

 

Sirvienta: ¡Qué hombre éste!… ¡Qué Adolfo!…

 

Galán: ¡Oh!¡ Usted sabe que me llamo Adolfo! ¡Oh! ¡Usted pronunció mi nombre! ¡Oh! ¡Puedo morir tranquilo!

 

Sirvienta: En efecto, nada se perdería si usted reventara… pero ¿Por qué quiere morir joven?

 

Galan: Mi vida se desenvuelve bajo un signo fatal. Me persigue el homicida amor de una gitana…

 

Sirvienta: ¡Joróbese, por sonso!…

 

Galán: (Iracundo) Esto es imposible… usted me echa a perder los efectos.

 

Sirvienta: Cálmese; le voy a seguir el juego (Haciendo gestos de primera actriz) ¿Cómo… tú me eres infiel?

 

Galán: No le he correspondido nunca… pero ella me sigue a través de montañas y de mares…

 

Sirvienta: (Cariñosa) Chiquito, cuánta novelería…

 

Galán:Es una mujer fatal

 

Sirvienta: Chiquito…, las mujeres fatales solo se encuentran en el cine. Nosotros nos casamos y sanseacabó la mujer fatal.

 

Galán: no tengo dinero para casarme, además, un galán que se casa es ridículo y hace reir a las mujeres a quienes engañó y con quienes no se casó.

 

Sirvienta: Me gustas y te compro.Tengo trescientos millones.

 

Galán: (rascándose la cabeza) la suma es respetable ¡trescientos millones! ¿Pero qué dirá ella, que atravesó montes y mares?…

 

Sirvienta: ¡Qué duro de entender que es usted! observe que mares y montañas son una mentira para darle un poquito de poesía a mi sueño. Aquí, la única que sueño, soy yo, nadie más que yo.

 

Galán: me arrodillo entonces…

 

Sirvienta: (Malhumorada) haga lo que quiera. (Aparte) Este hombre es un perfecto imbécil como todos los galanes…

 

Galán: (Declaratorio) Recorrió los mares y las montañas.

 

Sirvienta: Y los bosques ¿dónde los deja?…

 

Galán: (Por su cuenta) Yo miraba una mujer… miraba a otra y ninguna me gustaba. (La Sirvienta lo mira y menea la cabeza consternada ante el latoso) Y me decía: “¿por qué ninguna doncella me ama? ¿Por qué ninguna jovencita corre a mi encuentro y me estrecha contra su pecho?… ¿Por qué las ciudades no se derrumban cuando paso y los gobernadores no me coronan de flores… y el cordero no come pasto junto al león, ni el león juega con el cabrito, si mi corazón está repleto de amor?…”

 

Sirvienta:Eso es interesante.

 

Galán: (Pensativamente) ¡Qué se cree que no se pensar por mi cuenta! ¡Claro que he pensado!

 

El papel de galán es simultáneamente ridículo y dramático. Ya ve, usted y yo estamos aquí con el mar al frente y todavía no nos hemos dado un beso sincero.

 

Sirvienta: ¿Y a usted le gustaría besarme?

 

Galan: Me gustaría quererla, a pesar de su carácter endiablado.

 

Sirvienta: (Cavilosamente) ¿Querer?…

 

Galan: Sí, me gustaría quererla mucho, aunque usted no me quisiera, y humillarme ante usted como un perro.

 

Sirvienta: ¿Por qué humillarse?…

 

Galán: (Con repentina angustia en la voz) No sé… pero hay mujeres que nos producen ese efecto. Primero las tratamos irónicamente…, es como si tuviéramos la sensación que podemos azotarlas… y de pronto esa sensación se nos rompe y en el corazón nos queda el dulce deseo de ser humillados, por esa mujer, sufrir…

 

Sirvienta: Es muy lindo lo que dice usted. Siéntese a mi lado. (El Galán se sienta) Nosotras sentimos también esa sensación: que nos conquiste un hombre que de una sola mirada nos haga temblar… y que nos pegue… y que nos bese… ¿por qué no me besa ahora?… Me gustaría que me besara.

 

Galan: No tengo ganas de besarla. (Se levanta y va hasta la pasarela de la nave) El mar…, la luna…, el corazón del hombre es más cambiante que el mar…

 

Sirvienta: ¿es cierto lo de la gitana?

 

Galán: ¿Para qué me pregunta eso?

 

Sirvienta: Es que nosotros estamos enamorados; de algo tenemos que hablar.

 

Galán: ¿Nos engañamos mutuamente entonces?

 

Sirvienta:¿Y si no nos engañamos ni mentimos?…

 

Galan: Tendremos que decir enormidades…

 

Sirvienta: Dígalas.

 

Galan: Bueno… Me revientan todas las mujeres, empezando por usted. Me revientan la forma como besan…, la comedia que hacen… Me revientan porque todo el placer que proporcionan no valen los copetines que se beben a costa de uno (Súbita transición) Perdóneme…, me olvidaba que estaba haciendo el papel de Galán…

 

Sirvienta: ¿Y por qué me pidió un beso antes?

 

Galan: Por pedirlo… Un galán está siempre obligado a pedir besos como un boxeador a dar trompadas. Es el ” metier”.

 

Sirvienta: Usted es un cínico… (Amablemente).

 

Galan: Es el único elogio que me encanta. Sí, soy cínico y desvergonzado y, además, me gusta serlo. En cuanto dejo de ser desvergonzado se me oprime el corazón… me ataca el asma. Voy por el mundo haciendo comedia. Conozco los mil gestos que hay que dibujar para engañar a una tonta; la sonrisa diluída, la mirada sombría y en el fondo de mí mismo la burla hacia la inconsistencia humana. A veces estudio una pareja de enamorados, y en la expresión de ella me doy cuenta qué sistema usará para avinagrarle la vida a su marido, así como en la fisonomía de él descubro los minutos que durará su fidelidad…

 

Sirvienta: ¿Y cuáles son las mujeres que le gustan a usted?

 

Galan: Las bien vestidas. No importa que sean feas. Entre una mujer fea bien vestida y una linda, honestamente trajeada, me quedo con la fea. La mujer no es nada más que un vestido… una piel y un sombrero…

 

Sirvienta: Me gusta y lo compro a…

 

Galan: Usted tiene trescientos millones y yo me vendo…

 

Sirvienta: Perfectamente. Trato hecho. Allí viene el capitán y Azucena; anúncieles nuestro compromiso.

 

Encontrado en: http://www.camarines.com.ar/millones.html

 

Roberto Godofredo Cristophersen Arlt nació en Buenos Aires el 26 de abril de 1900, hijo de Karl Arlt, prusiano de Posen (hoy Poznan, en Polonia), y de Ekatherine Iobstraibitzer, natural de Trieste y de lengua italiana.

 

El carácter de su padre, un soplador de vidrio también capaz de confeccionar tarjetas postales art nouveau, no facilitó su inserción en el hogar de la familia, que abandonó en 1916.

 

Aunque hasta esa fecha había asistido a varias escuelas, aprendió sobre todo en las calles del barrio porteño de Flores, donde transcurrió buena parte de su infancia y adolescencia.

 

La necesidad lo haría pintor de brocha gorda, ayudante en una librería, aprendiz de hojalatero, peón en una fábrica de ladrillos y estudiante fracasado de la Escuela de Mecánica de la Armada, por recordar algunas de las ocupaciones que llenaron sus días.

 

Un matasellos y una máquina de prensar ladrillos le dieron las primeras y tempranas ocasiones de comprobar la escasa atención que iba a merecer su persistente carrera de inventor, pasión que había de encontrar un eco notable en su obra literaria.

 

En 1916 inició su trabajo de periodista, tarea con la que intentaría resolver sus problemas económicos y que le permitió relacionarse con los círculos literarios porteños.

 

En esa fecha dio a conocer su primer cuento, «Jehová», con el que comenzó una carrera de escritor que se consolidaría desde que en 1926 publicó El juguete rabioso, novela sobre un adolescente que se inicia como delincuente y termina como traidor a los suyos.

 

En un tiempo de aparente prosperidad para el país, esa obra parecía hablar de la crisis de los proyectos modernizadores del siglo XIX, que habían convertido a Buenos Aires en una babélica ciudad de inmigrantes, moradores de inquilinatos y conventillos cuya única realidad era la de las calles en que se desenvolvía su lucha por la vida.

 

Eran la cara oculta de una Argentina agitada por conflictos ideológicos y de clase, amenazada por una crisis económica inminente, observada por los militares que dominarían la escena política a partir de 1930.

 

La excepcional lucidez de Arlt haría de esta primera obra, interpretable como la voz de los postergados por el sistema social vigente, el punto de partida de la novela argentina contemporánea.

 

La valoración de esas aportaciones se vio afectada durante mucho tiempo por las polémicas que agitaron la vanguardia porteña de los años veinte.

 

Su capítulo más recordado es el de las diferencias reales o aparentes que enfrentaron a los grupos de Florida y Boedo. Aunque mantuvo relaciones con los escritores adscritos al primero (por algún tiempo fue secretario de Ricardo Güiraldes, a quien dedicó El juguete rabioso, y colaboró en la revista Proa), Arlt no dejó de sufrir el desdén de los martinfierristas, representantes de un arte minoritario y europeizado, jóvenes cultos que parecían detentar los derechos a la tradición literaria y a la renovación.

 

Ese rechazo lo llevaría a ocultar sus lecturas y alardear de sus deficiencias de estilo, despreciando a quienes escribían bien y eran exclusivamente leídos por correctos miembros de su propia familia.

 

En esa tesitura, inevitablemente había de ser relacionado con el otro bando: con quienes desde el barrio popular de Boedo defendían un arte comprometido con los problemas del hombre, preferían el cuento y la novela a la poesía, y veían en la literatura una posibilidad de contribuir a la transformación de la sociedad.

 

Pero tampoco era ése su lugar.

 

Las empresas colectivas no parecían interesarle, ni siquiera cuando iban encaminadas a mejorar las condiciones de vida de los desheredados.

 

Las razones de su acusado individualismo pueden encontrarse en sus experiencias personales, que determinaron en alguna medida la visión negativa de la institución familiar y de la mujer que ofrecen sus personajes, su temor de la miseria, la fascinación ante quienes mostraran poseer la fortaleza necesaria para sobrevivir solos en un medio social hostil.

 

El juguete rabioso se alimentaba en buena medida de ese material autobiográfico, y descubría vidas difíciles en un Buenos Aires hasta entonces prácticamente ignorado.

 

Las novelas Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931) ampliaron después esa indagación con un tratamiento alegórico que la convertía en una reflexión sobre la sociedad argentina e incluso sobre la condición humana.

 

Los apodos simbólicos de algunos miembros de una sociedad secreta, financiada mediante la explotación de los prostíbulos y destinada a provocar una conflagración universal, son el indicio más evidente de la condición expresionista de esos relatos, que convierten la realidad en una fantasmagoría donde se dibujan con nitidez los perfiles de un mundo que se desmorona.

 

La voz burlona o cínica del narrador se encarga de parodiar ese drama hasta convertirlo en una mascarada, desde la perspectiva de quien conoce la falsedad de los valores, la inutilidad de los esfuerzos, lo insensato de las ilusiones, el fracaso inevitable de los proyectos y lo terrible del fin.

 

De paso, es posible percibir las consecuencias de una modernidad tecnológica tan fascinante como amenazadora, de unas prácticas revolucionarias tan esperanzadoras como grotescas, de la alineación social y psicológica que padece el hombre contemporáneo.

 

La única salida (falsa también) se concreta en la trasgresión, en la degradación que permite una absurda apariencia de ser, en la perversidad que al menos permite la certeza de existir en el mal.

 

En El amor brujo (1932), sin duda su novela menos comentada, Arlt insistiría aún en la presentación de personajes obsesionados por la felicidad y a los que la fantasía permite evadirse de una existencia gris.

 

La factura realista fue la dominante en los nueve relatos reunidos en el volumen El jorobadito (1933), próximos a las inquietudes características de las novelas citadas. Eso no impidió que algunos mostraran una proclividad hacia lo fantástico que había de acentuarse progresivamente.

 

Aparentemente ajena a la literatura argentina, la obra de Arlt encontraría en esa dimensión la posibilidad de afirmarse en una tradición que en el Río de la Plata contaba ya con notables manifestaciones de ese signo.

 

Arlt insistió en ella tras visitar España y Marruecos en los últimos meses de 1935 y los primeros de 1936.

 

Fruto de ese viaje fueron los cuentos que en 1941 reunió en El criador de gorilas: aunque también estaban presentes el África negra y algunos escenarios asiáticos de cultura islámica, las referencias geográficas remitían sobre todo a Marruecos, con preferencia por Tánger, cuyo estatuto internacional favorecía la actividad de los Servicios Secretos de distintas potencias, y por los territorios entonces sometidos al control de España.

 

Allí fue donde Arlt se sintió fascinado por un mundo seductor y repulsivo, conjunción violenta de medioevo y modernidad, fiesta de colorido determinada por la diversidad de los tipos humanos, primitivos y refinados, generosos y crueles.

 

Crímenes, venganzas, pasiones y otros ingredientes daban a las historias una atmósfera oriental, cuyo encanto resultaba corregido por el cinismo que una vez más solía caracterizar a los narradores, y que daba una dimensión paródica a la pretensión moralizadora o ejemplar que adoptaban en ocasiones.

 

También afectaba a la crítica social (del fanatismo, del abuso de poder, de la avaricia) que permitían deducir.