Del Libro La casualidad y el ocaso Fragmento Capítulos III y IV, páginas 270 a 286

PLAYA VERDE Y EL APORTE ORIENTAL A LA ARGENTINA

Alberto "Gato" CArbone

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Carbone: -Hablaba de una mujer salvaje, huraña, de una belleza extraordinaria, que al parecer se paseaba por los arenales de esa playa cubierta tan solo por una túnica blanca, semitransparente.

PLAYA VERDE Y EL APORTE ORIENTAL A LA ARGENTINA

Por Alberto Carbone

 

La casualidad y el ocaso

Fragmento

Capítulos III y IV, páginas 270 a 286

 

– III –

[…] Cuando agonizaba el siglo, jadeante pero aún esperanzado, comenzó a circular en Montevideo y en los pequeños caseríos de la costa una suerte de leyenda mentirosa o mentira legendaria –que son dos formas de la realidad- acerca de Playa Verde.

 

Hablaba de una mujer salvaje, huraña, de una belleza extraordinaria, que al parecer se paseaba por los arenales de esa playa cubierta tan solo por una túnica blanca, semitransparente. Rubia según algunos, de pelo renegrido decían otros. Alta afirmaban aquellos, ojos fríos como de hielo azul, murmuraban estos. Todos coincidían: resplandecía de amor, promesas o deseo.

 

Las mujeres descreían, los hombres suspiraban.

 

En algunos fogones cuyas brazas alimentan siempre la soledad o la imaginería, caras curtidas por horizontes, solazos o aguaceros aseguraron entre amargos y ginebras que habían escuchado una suerte de canto o lamento desgarrado y convocante, como de niño perdido, de mujer parturienta, de patriotas moribundos.

 

Pero lo cierto es que nadie nunca pudo decir: “estuve con ella, hablé con ella, yací con ella”.

 

Y por eso la leyenda se transformó en desmesura, hija predilecta de ese curioso matrimonio entre el sabio silencio campesino y las vanas inquietudes ciudadanas.

 

Finalmente, la exageración cedió paso al olvido y ya en la década del cuarenta eran muy pocos los que recordaban –o querían recordar- la extraña y bella figura caminando en soledad por las arenas playaverdenses.

 

Pero siempre hay alguien que pregunta. Siempre está el que interroga y se interroga.

 

Así fue que Cristophe Jabbour, un antropólogo de la Sorbonne que recaló en estas tierras a raíz de un traumático desengaño amoroso, rastreó durante años el origen de esa leyenda –y otras- y se encontró con la verdad.

 

Encontrarse con ella no le devolvió la esperanza de poder amar nuevamente a una mujer, pero Jabbour –pese a los desencantos de su juventud- tenía la prudencia erudita que sólo el vino y ciertas tristezas afrancesadas pueden convocar. Si a esas virtudes se suma un trabajo investigativo de nueve años, el rastreo y ubicación de algunas pocas pero ilustrativas cartas, más de 150 horas de entrevistas grabadas y, en lo esencial, apuntes de los recuerdos y precisiones del narrador oral Ariel, se puede tener una idea de la importancia y el valor documentario del trabajo de Jabbour.

 

Lo cierto es que el curioso francesito se encontró con una verdad trágica, que durante años mucha gente se obstinó por hundirla en el olvido. Otros simplemente, optaron por negar su existencia.

 

Pero digamos así: ¿qué pueblo, región o país puede darse el lujo de prescindir de la tragedia si es que realmente quiere ser historia o, por lo menos, anécdota de la historia? Bien: esa verdad figura en el ensayo que Jabbour tituló “Mythes, légendes et realités des plages du Río de la Plata – Une étude comparative”, Ed. Gallimard 1996 (versión corregida y anotada por Carolina Gertsmayer) y que, en síntesis, trata de contar lo siguiente.

 

En 1855, un matrimonio residente en Buenos Aires integrado –¿o desintegrado?- por Bernardino Flores Mitre y Encarnación Quiroga Peñaloza a pesar de múltiples y a veces violentas rencillas explicables tal vez por origen y apellidos, conoció un poco de paz cuando nació su primogénita Magdalena.

 

Una niña hermosa de ojos penetrantes y delicada de salud, temperamental, que lloró –sin lágrimas pero hondamente- una sola vez en su corta vida y lo hizo para morirse dando vida.

 

Ambos padres, con ideas diametralmente opuestas sobre el sentido final del paso del hombre por el mundo (y el mundo para ellos era Buenos Aires, acaso Londres o París, pero nunca la Argentina bárbara, mucho menos la incivilizada América criolla) y también sobre el amor, la patria y el destino.

 

Reiniciaron sus guerrillas casi de inmediato a causa de la educación y los sentimientos que ellos suponían debía recibir y albergar la frágil Magdalena.

 

En eso pasaron varios años, reproche va y acusación viene: ni siquiera advirtieron que la niña se había transformado en mujer, y miraba con ojos contenidos pero amorosos a un vecino de aquella casona de la calle Artes. Fue esa distracción la que permitió a Magdalena y Aureliano Lamas Sáa consumar una noche ese acto de amor casi perfecto de los adolescentes o los desesperados.

 

Lo hicieron debajo de un parral cómplice, cuyas guías se habían abrazado con las de un jazmín del país pero que, comprensivas, le dejaron resquicios que le permitieron a ella –en esa su única noche plena- mirar la dulzura atenta del lucero. Aureliano, un muchacho hipersensible que cultivaba la amistad con el poeta Julio Herrera y Reissig, alcanzó a leerle a Magdalena dos de los poemas iniciales de lo que después se llamaría “Las pascuas del tiempo”.

 

El le juró amor eterno y ella juró darle dichas inconmensurables y cuatro hijos varones.

 

De aquella noche irrepetible Magdalena conservó el perfume del jazmín, un vientre hambriento y una belleza nueva pero melancólica, porque la melancolía, en las mujeres, es un estadio superior de la tristeza.

 

Todo habría de estallar en mil fragmentos una mañana del impiadoso enero de 1874, cuando Sinforosa, la criada negra, le susurró a doña Encarnación que su hija estaba embarazada y, de paso, le informó con una sonrisa desfachatada que ella también lo estaba.

 

No le dijo, claro, que el padre era el recto, austero y probo don Bernardino: un mediodía la encontró juntando huevos en el siempre alborotado gallinero y –con cara de odios puritanos y culposos- consumó sin bajarse los pantalones y entre el cacareo histérico de las batarazas, una urgida parodia del sexo, desprolija, casi brutal, triste.

 

Todo un escándalo, pero sólo por Magdalena. Llantos, nuevas recriminaciones entre los irreconciliables esposos, amenazas de muerte para el autor del inaudito atentado de hacerle caso al reclamo de un cuerpo y un corazón jóvenes, que sin un peso –y apenas con lo puesto- debió huir a Misiones.

 

Vinieron días de susurros y alaridos que sólo sirvieron para llenar de miedo, odio y desdén a Magdalena, porque se había convencido –mirando a sus padres- que el matrimonio era (¿no lo será todavía?) el peor de los suicidios que le pueden tocar a una mujer y a un hombre.

 

Se habló de un aborto, pero la cerrada negativa de la preñada y el excesivo adelanto del embarazo descartaron esa posibilidad.

 

Finalmente, el despótico Bernardino –un unitario que adoraba a Calvino y a Voltaire, porque creía en la civilización del progreso como tantos miserables- decidió mantener encerrada a Magdalena en una habitación hasta que pariera. Después –le anunció a la familia- sería enviada secretamente a Montevideo donde debería permanecer hasta el final de sus días con un nombre y apellido falsos y mostró un documento en el que se acreditaba que la parturienta tenía ahora el apellido Federico.

 

La madre protestó, y fue en vano. Las protestas de una mujer, en ese tiempo como ahora, valían tanto como las de una lombriz.

 

Pero la muerte –una puta ardiente, caprichosa o distraída, casi siempre injusta- cambió las cosas. Magdalena, tras dos días de dolores y alaridos dejó su corta vida de dieciocho años en el parto.

 

Dio a luz una nena a la que bautizaron Raquel –nombre para la desdicha, dice la Biblia- con la complicidad de un cura imbécil que pontificó media hora frente a la moribunda sobre los pecados carnales y los extravíos de la juventud.

 

Tuvo por nodriza a la negra Sinforosa quien, por su parte, había parido un varón “de padre desconocido” tres meses atrás pero sin que nadie se escandalizara, por supuesto: un negrito siempre era –es, aún- promesa y garantía de mano de obra barata.

 

La decisión de Flores Mitre fue inamovible: esperó dos años, entregó al hijo de Sinforosa para que lo criaran dos machonas que regenteaban con mano de hierro su estancia de Chacabuco, y envió a Montevideo a la negra y a Raquel Federico, su nieta huérfana, pese a los llantos y ruegos de la envejecida y delirante doña Encarnación, que veía en la bebita una prolongación de su antes denostada pero ahora querida hija muerta.

 

Había aprendido –con el dolor, con desolaciones sórdidas- que no se puede menospreciar la propia sangre por prejuicios, sospechas o morales ambiguas.

 

Sinforosa cuidó a Raquel como a una hija propia, le trasmitió antiguas sabidurías, ritos, hechicerías y magias caseras de su raza. Le enseñó también cuatro cosas imprescindibles en una mujer: leer, escribir, persignarse y cocinar.

 

Le dijo una tarde: “no puedo enseñarte cómo se hace el amor, porque sería como tratar de enseñarte a volar. Si lo hiciera ya no sería una negra. Estaría tratando de ser Dios, y Dios nunca le enseñaría cómo se vuela a los hombres: se pondrían tan soberbios que arrasarían la tierra”.

 

Jamás el energúmeno Bernardino cruzó el río para ver a su nieta, y de él sólo tenían noticias cuando llegaba los 25 de cada mes un sobre con una remesa de dinero con el cual sobrevivían.

 

Suma miserable si se quiere para tanto dolor y ausencia, pero suficiente como para permitirle a Sinforosa ahorrar algunos pesos que le asegurarían a Raquel su subsistencia después que ella ya no estuviera.

 

La niña creció feliz, atosigada a veces por el cariño un poco obsesivo de la negra, rodeada de libros y libros que Sinforosa compraba sin ton ni son y regateando siempre en la calle Sarandí, de recetas encerradas en una extraña caligrafía, de preguntas y preguntas casi todas sin respuesta.

La dulce y abnegada negra cayó abatida por una fiebre extraña en el verano de 1895.

 

En su agonía, le habló a Raquel de sus ahorros y dónde estaban escondidos.

 

Le dijo por último: “No te preocupes demasiado. El mundo es de los blancos, y no te dejarán de lado. No vuelvas a Buenos Aires, porque todo tu pasado está aquí, en esta tierra. Allá solo hay fantasmas o desprecio”.

 

Cuando le cerró los ojos, Raquel advirtió recién entonces que estaba sola, irremediablemente sola en el mundo: ni siquiera conocía la dirección de sus abuelos aunque no le importaba demasiado, porque un asco infinito se le anidó en el alma cuando por fin Sinforosa, entre lágrimas calientes, le hizo conocer la historia cruel de su madre y las miserables razones de su destierro.

 

Pagó el sepelio, vendió los pocos muebles o pertenencias y con el resto de los ahorros de Sinforosa partió –sin razones precisas, con determinación- hacia el este.

 

Una amargura resentida pero justificada le arañaba el corazón: en él encontraban refugio algunas ideas apesadumbradas que se parecían a los naufragios. Raquel las fue anotando en varias cartas enviadas a una hermana de Sinforosa que vivía en Colón, Entre Ríos.

 

Sobre el amor: “una mentira insolente, una molestia sin fin matizada por 30 segundos de gozo y horas de reproches”, la convivencia –“un infierno doméstico de guerras diminutas donde todos son perdedores”-, los hijos –“un hastío lleno de mierda, mocos, llantos y desvelos gratuitos”-, y el futuro –“caprichos del azar que sólo fabrican desventuras”-, decía en aquella correspondencia que Jabbour finalmente rastreó en la casa de Amabilia Maseillot, una mujer dulce y distraída que las guardaba como reliquias en su casita de Carlos María Ramírez, allá en el Cerro de Montevideo.

 

Las pacientes investigaciones del francés le permitieron comprobar que el primer lugar de residencia de Raquel Federico fueron los parajes conocidos hoy como Cuchilla Alta.

 

De allí se fue para no soportar las embestidas sin cuartel de cuatro hermanos que decían ser hijos naturales de Gregorio –“Goyo Jeta” – Suárez, asesino irredimible y vengativo elevado a la categoría de patriota por los colorados.

 

Cuatro hombres huraños y embrutecidos por el resentimiento, el alcohol, la forzada abstinencia y el analfabetismo: cuatro razones suficientes para cualquier violador.

 

Pero a fines de 1897 ya había construido un ranchito humilde en lo que ahora se conoce como Playa Verde, presumiblemente en el solar donde ahora se levanta la casa de piedra de la familia Estévez.

 

Algo de verdad en la leyenda: en los crepúsculos solía caminar sola, con el pelo suelto y cubierto por una túnica blanca que Sinforosa utilizaba en sus ritos, y en las tardes nubladas entonaba extrañas canciones.

 

Nunca supo que las letras eran traducciones arbitrarias a su difuso dialecto nigeriano que Sinforosa había hecho de los “Cielitos” de Bartolomé Hidalgo. Esos solitarios paseos por la playa silenciosa alimentaron imaginaciones, desparramaron mitos, alentaron esperanzas y también recelos, porque a veces la libertad de los otros es insoportable.

 

Fue allí donde una noche de abril la asustada Raquel abrió la puerta ante los llamados perentorios de Nicasio Martín Amestoy, blanco de Aparicio Saravia y fugitivo de los hombres del presidente Juan Lindolfo Cuestas, aquél hemipléjico oscuro, feo, mediocre y resentido que sin embargo se mantuvo seis años en el poder y logró pacificar un poco el pequeño pero agitado país.

 

Raquel se encontró entonces frente a un hombre de rostro ancho, con

mandíbulas decididas, una frente despejada, ojos como ajenos o tristes de ver tanto, tanto y tanto, una boca de labios que conjugaban –con dosis justas- sensualidad y cierto escepticismo, manos seguras pero algo infantiles, pelo castaño con reflejos rojizos.

 

Prendió fuego, le cebó un mate, le dio galletas y queso, le preguntó su nombre, admiró secretamente su estampa. Después le dijo: –estoy sola-. El le dijo: –ando solo-.

 

Estar y andar (casi como ser, para algunos castellanos) se fundieron en un abrazo tímido, después voluntarioso, finalmente agradecido y pleno.

 

Entonces, recién entonces fueron dos, que no siempre es tan solo uno más uno, porque pueden ser millones si las almas se acomodan.

 

En esa noche el amor mandó patrullas para explorar y no quedó en aquellos cuerpos centímetro sin reconocimiento, ni en los dos corazones quedaron llagas sin su bálsamo. Los labios de Raquel, cansados de besos, olían a vida joven y a magnolias. Los de él, a tierra húmeda y raíces.

 

Llegó la madrugada con una vela cómplice. Raquel se enteró que Cuestas quería la muerte de ese varón, al que podría amar con audacias desconocidas, no por problemas de divisas entre blancos y colorados, entre federales y unitarios, sino por un brumoso asunto de faldas en el cual Lindolfo había sospechado (con fundamento, según las investigaciones de Jabbour) que se le estaba calcificando la frente.

 

Nicasio le explicó a Raquel, con las ingenuidades ladinas de un seductor: “andaba buscando a quien querer y me fue bastante mal. Ahora, recién ahora estoy bien. Y me parece que ya te estoy queriendo”. Ella le dijo prudente: “puede ser”.

 

Cuando el sol comenzó a iluminar los cerros, con esa luz esforzada y tierna que usa en los abriles, hicieron otra vez el amor: ahí fue que Raquel sintió que de su piel partían buitres, regresaban horneros. Entonces bostezó y puso su pierna derecha sobre el muslo del hombre y se abrazaron y durmieron y parecían hermanitos.

 

Más tarde hablaron. Entonces ella fue sabiendo.

 

Aquella aventura le había costado cara a Nicasio: apenas concluidas las batallas de la revolución blanca y federal del 97, regresó a Montevideo donde lo esperaban, con órdenes terminantes de fusilarlo o degollarlo, cuatro expertos matones que algunos rumores sindicaban como los instigadores de Avelino Arredondo, un tarambana que había asesinado a balazos al anterior presidente Juan Idiarte Borda. Oportuno –¿demasiado oportuno?- crimen que posibilitó el acceso a la presidencia del feo Lindolfo.

 

Por diferencia de pocas horas Nicasio pudo escapar de los asesinos, se refugió dos días en una tapera en la Unión, y siguió después hacia el este buscando poner prudente distancia y con intenciones de llegar a la frontera con Brasil.

 

Sabía que encontraría amparo seguro entre los federales riograndenses de otro general de hombres libres, Joao Nunez Da Silva Tavares, el legendario “Tigre Joca” que peleó junto a Gumersindo Saravia –hermano de Aparicio- en la Revolución del 93:

 

Gumersindo murió en la patriada y Aparicio, un lanzazo y la bala aquella en el cuerpo para siempre, volvió siendo general gaúcho.

 

En Playa Verde lo sorprendió un violentísimo temporal de viento, granizo y rayos implacables y fue entonces que Nicasio atinó a pedir refugio en el ranchito de Raquel. No sabían –ella y él- que esos cinco golpes urgidos, arbitrarios, aniquilarían aquellas ideas amargas sobre la vida de la solitaria y hermosa mujer.

 

Porque la pasión –después el amor, finalmente la ternura compañera- irrumpieron en ese rancho (y en aquel corazón tempranamente agrietado) con la fuerza ciega de los perros abandonados cuando encuentran un refugio con olores amigos.

 

Se amaron como sólo pueden amarse los hijos de la soledad y las batallas, se cuidaron como aquellos que saben o intuyen que les queda poco tiempo, se aprendieron mutuamente con la paciencia de los ciegos y sus ojos en los dedos, jugaron como juega la libertad si tiene caminos o misterios por inventar.

 

Raquel se fue transformando en una mujer esplendorosa, Nicasio en un hombre sosegado, con los olvidos necesarios.

 

De sus juegos nocturnos nació un niño, Gervasio, y de sus afanes diurnos nacieron un gallinero con varias ponedoras y tres gallos celosos y compadritos, un chiquero con algunos chanchos, una quintita para las verduras, un horno de barro, un palenque para el tobiano, un corralito para las ovejas, un alero para la leña seca y los mates tempraneros. Raquel, cuando escuchó el llanto del niño, pensó entre sueños que había llegado a una región de las esperanzas donde por fin podía quedarse y empezar.

 

La comadrona que la asistió en el parto estalló en carcajadas cuando vio el pelo rojo del recién nacido: “Nicasio, lo único que te faltaba, te nació un coloradito”, y el guerrero blanco y fugitivo reflexionó: “Mejor, tal vez sea augurio de paz entre los orientales. Alguna vez deberíamos convivir tranquilos”.

 

No fue así. Cinco años después –años de dicha y ciertos pesares, meses alegres y angustias económicas, días felices y breves tormentas de celos- algunos rumores que hablaban de guerra comenzaron a recorrer llanuras, cuchillas, cerros y playas.

 

Estaban equivocados: en lugar de guerra debían hablar de Revolución.

 

Hablaban, otra vez, de hermanos blancos contra hermanos colorados como si fuera un juego, y estaban equivocados: lo justo era hablar de la integridad de la nación blanca contra la abyección de un gobierno colorado que hasta llegó a pedirle a Theodoro Roosevelt el desembarco de “marines” norteamericanos para intervenir contra Saravia.

Gobernaba Batlle y Ordónez en Montevideo, gobernaba Aparicio en Cerro Largo y Nicasio entendió que Batlle tal vez fuera la legalidad, pero Saravia era lo legítimo.

 

Magdalena lloró una mañana, cuando advirtió que su hombre engrasaba pensativo el revólver, afilaba con esmero su facón.

 

Lo miró fijo y en sus ojos vio galopes, gritos, lanzas.

 

No hubo reproches. Sólo seis palabras de Nicasio: “es más fuerte que yo. Perdoname”. Sólo tres palabras de Raquel: “te estaremos esperando”.

 

Apenas una mirada triste del niño Gervasio, cuando el tobiano –aquella mañana clara de diciembre, se moría 1903- inició un trote lento rumbo al norte. Una sola vez Nicasio miró hacia atrás: las figuras empequeñecidas de su mujer y su hijo lo conmovieron y apuró al caballo.

 

Raquel nunca supo que cabalgaba llorando, como habrán llorado muchos de los veinte mil hombres mal armados que respondieron al llamado de Aparicio, un llamado que les repetía una y otra vez, sí señor, una y otra vez que la patria tiene que ser la dignidad arriba y el regocijo abajo.

 

Un año, una carta: “…estoy cansado, vida mía, pero hago lo que debía hacer. Te escribo desde Durazno, pero mañana ya marchamos hacia Florida.

 

No estamos quietos nunca, porque es la manera de mantener inquietos a los del gobierno. Si sumara leguas, serían miles las que hemos recorrido con el tobiano. Pero Saravia sabe lo que hace, y nosotros hacemos lo que sabemos: pelear por una causa justa.

 

Ruego a Dios por nuestro triunfo, y por volver pronto a casa. Extraño a ‘Fosforito’, te extraño a ti, te extraño y te deseo. En Mansavillagra tuvimos un encuentro con los gubernistas y recibí un balazo en la pierna derecha. Nada grave, pero doloroso. Combatí en Paso del Parque, un desastre sangriento para nosotros y ellos, en Santa Rita, Fray Marco y en Ilescas: ahí comprobé la eficacia de las ametralladoras Maxim, que algunos ganaderos ingleses donaron al gobierno.

 

Te pienso mucho y te quiero más. No le guardes rencor a la patria, por tenerme aquí guerreando. Cuando regrese ya verás cuanta paz tendré para darles…”.

 

Después soledad y silencio.

 

Día a día, noche a noche, tristeza a tristeza: Raquel, por las mañanas, siempre observando los cerros, esperando ver al tobiano con su trote lento, tristón, porque siempre los caballos vuelven tristes de mirar como se matan los hombres. Más tarde sus pasos leves en la arena, observando con los ojos del desconsuelo al río como mar, que a veces parecía llamarla, parecía que la convocaba para alguna ceremonia. Tal vez, vaya uno a saber, se sentía copartícipe de su infortunio. En las noches, un poco de descanso al mirar los ojos de Gervasio, acariciarlo levemente, recordar momentos, rezar por el alma de su padre pensando siempre en su cuerpo amado.

 

Hasta la mañana aquella, terrible, que traería dolor, delirio y al final locura. A dos metros del palenque un paquete. En él un facón con sangre reseca. Un papel que decía: “…usted no me conoce y no he querido molestarla. Mi nombre no importa.

 

Este cuchillo atravesó el vientre de Nicasio, que murió pronunciando su nombre en Masoller. Me dijo que le dijera que rehaga su vida.

 

Yo soy colorado, fuimos enemigos pero ahora es tiempo de olvidar rencores. No fui yo quien lo mató, pero es como si lo fuera.

 

Como ya no quiero guerra ni más muertes, mi única ofrenda de paz, aunque parezca extraña, es dejarle este facón manchado con la sangre de su hombre.

 

Que Dios nos perdone a todos, y a usted y a su hijo no los abandone”.

 

Durante tres días, arrodillada frente a la cama, Raquel miró el cuchillo sobre la almohada donde ella había visto dormir a Nicasio. No lloró, no rezó, no gritó. Ni los ruegos primero, los reclamos más tarde ni el hambre de Gervasio después lograron arrancarla de su mutismo atroz, endurecido, reseco, porque ya no había lágrimas en ella, sólo clamores brumosos de cólera y venganza.

 

Aquella región donde quedarse y empezar, era ahora región de un final nunca esperado pero tal vez presentido, región de sueños quebrados para siempre, de ese dolor que nacía en la nuca y estallaba en sus sienes, de esa luz roja y feroz que todo lo inundaba, que le iba demoliendo una a una las defensas del alma mientras enfilaba resuelta, inexorable, hacia los peligrosos acantilados de la mente.

 

Por eso, aquella insensatez homicida: a las seis de la mañana del 25 de noviembre de 1904, el cuchillo que mató a Nicasio se enterraba ahora en el corazón de Gervasio que dormía, que no sintió dolor ni espanto. Sus oídos ni siquiera alcanzaron a escuchar la frase enloquecida de aquella mujer rota: “coloradito hijo de puta”.

 

Sólo había sido un sueño tenso de un niño que no entendía lo que pasó.

 

Un sueño breve que se transformó en el largo descanso de un cuerpito inerte que ya no podía escuchar los gritos de la mujer, ni tampoco sentir ése su último abrazo exasperado, inútil, imperdonable.

 

Raquel, ahora toda pesadumbre, ya toda ternuras, le fue ordenando con su saliva y dedos como plumas aquel flequillo siempre rebelde como si ese niño estuviera por ir de visita, como si ya saliera para la escuela, como si Gervasio todo muerte se estuviese preparando para vivir, como si lo deshecho nunca hubiera sido hecho, como si, pobrecita, se hubiera vengado de un millón de antiguas afrentas.

 

Había inaugurado, sin saberlo, una larga tragedia que duraría mucho más que un siglo de pesares y desencuentros, duraría todo ese tiempo necesario y desgraciado que se incuba en los huevos de la mentira, las frustraciones y la vida mezquina, el sin destino de un páramo que perdió su centro porque ya no había entorno, territorio de almas desamparadas o porque la única derrota que no se perdona es la muerte de las esperanzas o las utopías.

 

Después, con la túnica blanca de aquellos rituales de su infancia manchada con la sangre de su hijo, Raquel caminó bordeando las rocas de la playa desolada.

 

Desolada porque las gaviotas siempre olfatean la muerte o la desesperación y esa mañana volaron un vuelo de fugitivos. Raquel miraba fijo hacia el horizonte color acero, y en su locura ahora casi lúcida no tuvo el coraje para persignarse mientras sus pies comenzaban a mojarse.

 

Su cabeza estaba erguida como la de un condenado orgulloso que camina hacia el cadalso creyéndolo su redención, mientras el agua salobre, despiadada, subía y subía hasta las rodillas, subía hasta el vientre, hasta los senos, hasta la boca, subía hasta los ojos ahora ciegos de culpa y amor derrotado para alcanzar por fin la nada oscura, silenciosa, final, liberadora.

Su cuerpo apareció dos días después, medio kilómetro al este. Lo encontraron tres pescadores que ya nunca olvidarían.

 

La túnica estaba inmaculada, y en los labios de la mujer había una sonrisa apaciguada.

 

Como de niño dormido, dijeron ellos sin saber.

 

¿Qué es lo que dice Goethe sobre el caballo? –preguntó-. “Cansado de la libertad toleró que lo ensillaran y le pusieran riendas, y por sus penas tuvo que soportar, hasta la muerte, que le montasen” (Malcom Lowry, Bajo el volcán)

– IV –

A comienzos de este siglo XX, cambalache, problemático y febril, Playa Verde –silenciados los fusiles, ocultas y en silencio las ilusiones federales- vivía la tranquilidad aburrida de la arcadia batllista (algunas democracias, a veces, se parecen a los bostezos) tal como la vivieron casi todos, menos los desocupados, los tuberculosos, los inmigrantes hambrientos, los pobladores de los llamados “pueblos de ratas”, los explotados peones rurales, las decenas de miles de laburantes hacinados en los 600 y pico de conventillos montevideanos y otros marginales sin mayor importancia.

 

Los distraídos playaverdenses solían celebrar con júbilo –como todos los distraídos uruguayos- que existieran espantosas guerras en el mundo y que murieran millones y millones de personas, porque con ellas subían los precios de las vaquitas, las ovejas, la lana y el cuero. Tan es así, que el 28 de junio de 1919, día en que se firmó el famoso Tratado de Versalles, fue declarado en Uruguay “Día de las Buenas Perspectivas” y no porque el siniestro tratado fuera a garantizar la paz mundial, sino porque las humillantes condiciones que las potencias aliadas impusieron a Alemania convencieron de inmediato a los parásitos oligarcas, acopiadores sin alma y barraqueros inescrupulosos que, en pocos años, los germanos pasarían la factura y se desataría otra conflagración similar a la que había finalizado un año atrás. Gobernantes y gobernados, leyendo el tratado, supieron que podían dormir tranquilos porque se venía otra guerra y habría plata para pagar a la exuberante burocracia uruguaya.

 

Es más: el 6 de agosto de 1945, fecha en que fue arrojada la bomba atómica sobre Hiroshima, fue declarado informalmente (para evitar roces diplomáticos con los japoneses) como Día de Luto Nacional, y no por compasión hacia los incinerados amarillos –como creyeron algunos, entre otros el nabo de Bertrand Rusell- sino porque ese terrible estallido puso fin lamentablemente a una contienda que le estaba permitiendo a Uruguay manotear tocos de guita casi sin trabajar.

 

Una de las últimas oportunidades de los juntacadáveres uruguayos de hacer unas monedas, rápido y sin esfuerzos, fue la guerra de Corea y cuando ésta terminó –con nuevas rayitas en los mapas que mostraban límites de Estados ficticios- también terminó la idílica modorra del “paisito” que habían engendrado contra-natura el batllismo y sus cómplices. Fue por ello que, en un gesto casi teatral y seguramente inspirado en algún rincón del alma no carcomido por los ratoncitos liberales, los uruguayos decidieron en 1958 (después de casi cien años) que debería gobernar la muchachada del Partido Blanco, tal vez para darle una última satisfacción a don Luis Alberto de Herrera antes de morirse.

 

Sin embargo, los efluvios de la amable arcadia liberal ya habían logrado impregnar hasta los caracuses a los herederos de aquel partido de insurrectos, federal y americanista, que encima llegaban al gobierno con el pesado fardo de un energúmeno llamado Benito Nardone.

 

Este personaje, prototípico del político que pasa años diciendo ciertas cosas que los humildes esperan escuchar y cuando llega al gobierno pasa años haciendo todo lo que los oligarcas deseaban que hiciera, había logrado con una inteligente y eficaz campaña radial recaudar los votos del siempre postergado mundo rural que fueron decisivos para el triunfo de los blancos.

Pero el hecho es que en un proceso de mimetización bastante miserable se había ido engendrando una raza de pigmeos que se llamaron a sí mismos “blancos independientes”, pelotudos insignes que adoraban la llovizna del liberalismo pro-británico primero y pro-yanki después porque creían –y lo peor es que tenían razón- que ella era lo suficientemente tenaz como para sofocar los últimos Fuegos de San Telmo, resplandores que aún recorrían las venas de los descendientes de aquellos patriotas de la dignidad y el coraje.

 

Amparados en ese miniaturismo liliputiense que se correspondía con la geografía inventada por los británicos, los “blancos independientes” imaginaron que con un parricidio histórico podían independizarse de su propio pasado y por eso celebraron con champagne la muerte de Herrera, testimonio de un pasado de abuelos y padres de esperanzas blancas, federales y americanas compartidas.

 

Historia que –en su grandeza- era exactamente lo contrario de su alcahuetería hacia el nuevo imperio de las estrellitas y las barras, de su anticomunismo estúpido y cerril aunque bien financiado por cierta embajada, de su desprecio por el continente mestizo y retobado.

 

De aquella frase del líder –“es lindo ser blanco”-, pasaron a otra: “es patético ser blanco”, y ahí están los Lacalles de este tiempo –y tantos otros- para ejemplificarlo.

 

Pese a todo, la posibilidad de un hermosa y duradera guerra que trajera prosperidad seguía alentando en las almitas afligidas de los exportadores y barraqueros, y el narrador recuerda haber caminado por la calle Rondeau, en Montevideo, una fría tarde de julio de 1967, observando las sonrisas de oreja a oreja de los propietarios de las barracas que se concentran en esa calle.

 

Es que se había desatado la guerra en Medio Oriente y a lo mejor, si los árabes se aguantaban e intervenían otros países, tal vez fuera posible reeditar viejos éxitos económicos basados en los cadáveres ajenos: la macana fue que la historia recuerda este hecho como la “Guerra de los seis días”.

 

En menos de una semana las sonrisas se transformaron en congoja, y los únicos que sonrieron contentos fueron los descendientes de los antiguos adoradores del becerro de oro, que se afanaron el Golán, Cisjordania y el Sinaí y hasta se cagaron olímpicamente en las resoluciones de la ONU que les ordenaban la devolución de los territorios choreados, dedicándose entonces de lleno y prolijamente a masacrar palestinos o encerrarlos en campos de concentración. “¡¡¡Cómo se aprende con los holocaustos, vistes?”, diría un asqueroso nazi.

 

Según una de las tantas tesis de “El Cotorra”, esa breve guerra no fue ganada por la habilidad belicista de los israelíes, sino por la boludez inconmensurable de los árabes. Cuenta el cantor de Playa Verde –por sus venas corre una veta sefardí- que una de las bombas disparadas por los árabes dio en el blanco por mera casualidad en una pequeña aldea cerca de Tel Aviv, y no dejó piedra sobre piedra. Enseguida salieron los puntos de la Cruz Roja para ver si había algún sobreviviente. Escarbaron y escarbaron entre los escombros, hasta que desde allá abajo se escucharon unos estremecedores gemidos de dolor. De inmediato gritaron: “¡somos de la Cruz Roja, somos de la Cruz Roja!”. Los gemidos cesaron un momento y se escuchó una desfalleciente voz que decía: “nosotros ya pusimos…”.

 

Es curioso, sin embargo, cómo del bostezo batllista, de la traición de los blanquitos avergonzados de su propio pasado, de la tilinguería de la izquierda colonial que deliraba con la sabiduría que supuestamente impartía La Sorbonne o con la bohemia dorada de Montmarte, del cipayismo generalizado de la dirigencia político-empresaria y la infinita postergación del interior de un país deformado por la macrocefalia montevideana, pudieron nacer tantos y tantos talentos, tanta inteligencia, tanta creatividad.

 

Cuando algún porteño pelotudo y chauvinista (esos que van a Punta o a Pinamar, no los vagos de Barracas, Parque Patricios, Avellaneda, Boedo, Almagro, que son orres solidarios, laburantes y buenos gomías) me infla las pelotas por mi condición de provinciano uruguayo, para hacerlos calentar suelo decirles: “Pero macho, ¿vos todavía no te enteraste que los mejores argentinos son casi todos uruguayos?”. Cuando el punto entra por el aro, le pregunto con un tonito de canchero repugnante: “Decime una cosa, otario, cuál es el tango por el que todo el mundo identifica al tango?”. “La cumparsita”, contesta el chabón. “Lo hizo un uruguayo, Mattos Rodríguez”, le digo. “¿Y el vals? Desde el alma: Rosita Mello, uruguaya. ¿Y la milonga? La puñalada: Pintín Castellano, uruguayo”. “¿Y quién inventó el periodismo moderno en la Argentina?: Natalio Botana con Crítica, uruguayo. ¿Y quién inventó el teatro rioplatense?: Florencio Sánchez, uruguayo. ¿Y el cuento, eh?: Horacio Quiroga, uruguayo. ¿Y la novela contemporánea, papito? Juan Carlos Onetti, uruguayo”. “¿Y el jockey más famoso del mundo? Ireneo Leguisamo, uruguayo. ¿Y la poesía gauchesca? Bartolomé Hidalgo, uruguayo. ¿Y el último mito varonil del tango? Julio Sosa, uruguayo. ¿Y quién lo bancó a Gardel en todas sus cagadas, y cantó con él y compuso su mejor tango, Mano a mano? José Razzano, uruguayo”. “¿Y quiénes cambiaron el humor en la TV? Telecataplum, uruguayos. ¿Y en pintura? Figari y Torres García, uruguayos. ¿Y en dibujo? Menchi Sábat, uruguayo. ¿Y cuál fue el más grande caudillo argentino? José Gervasio Artigas, uruguayo”. Y así les sigo pegando tupido. Cuando lo tengo bien adobado al cusifai, para darle el remate final le cago en la bandera: “¿Y vos conocés Tacuarembó, nene? ¿No? Bueno, ahí nació Carlitos Gardel, otro uruguayo, pedazo de un pelotudo”.

 

A veces –debo admitir- no soy muy simpático, pero admito también que algún porteño ha logrado descolocarme diciendo: “Sí, algo de razón tenés, pero ustedes, hijos de puta, también nos mandaron a China Zorrilla…”.

 

AGC/

 

 

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