1898. Nace en La Plata, el periodista y poeta lunfardo Carlos Raúl Muñoz y Pérez

CARLOS DE LA PÚA, PERIODISTA Y ESCRITOR, POETA DEL LUNFARDO

Nicolás Olivari

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Fue guionista de Tango (1933), de las primeras películas sonoras del cine argentino. Publicó un único libro: La crencha engrasada (1928), considerado la obra máxima del lunfardo.  

CARLOS DE LA PÚA, PERIODISTA Y ESCRITOR, POETA DEL LUNFARDO

 

Por Nicolás Olivari

  El Ortiba

Carlos Muñoz del Solar, más conocido como Carlos de la Púa o simplemente como el Malevo Muñoz, nació en La Plata en 1898 y falleció en Buenos Aires el 5 de mayo de 1950. 

 

Comenzó sus trabajos como escritor colaborando en la revista El Hogar, luego en 1925 se incorporaba a diario Vespertino Crítica de Natalio Botana.

 

Publicó un único libro: La crencha engrasada (1928), considerado la obra máxima de la lunfardía.

 

Fue guionista de Tango (1933), una de las primeras películas sonoras del cine argentino, y dirigió otras dos: Galería de esperanzas (1934) e Internado (1935).

 

A medida que pasan los años se acrecienta el renombre de Carlos de la Púa, auténtico, puro, poeta popular porteño.

 

En sus versos deberán ir a abrevar los historiadores, los filólogos, los rastreadores de la semántica, cuando se haga el gran libro que compendie la fisonomía sentimental y sicológica de Buenos Aires, ciudad que pareciéndose a todas las grandes ciudades del mundo no es parecida sino a ella misma, en su pasado y en su presente.

 

Ciudad única que tiene sus cantores únicos en los letristas de tango que impusieron un modo distinto de hablar, dentro del español, y al que Jorge Luis Borges, con real coraje porteño, osó llaman el idioma de los argentinos.

 

El principal poeta popular -es decir: con lenguaje popular en su entero vuelco emocional hacia la gran ciudad, en sus expresiones de un pasado que nunca será remoto- fue indudablemente Carlos de la Púa.

 

Y lo fue con su único libro: La crencha engrasada.

 

Su lenguaje es a veces crudo pero nunca ofensivo.

 

Es el lenguaje de la calle, del malecón, de la cancha de fútbol.

 

Creo que, en realidad, es el lenguaje de la vida tumultuosa, verídica, exacta, cabal, que se vive, se siente y se sufre.

 

A través de mis recuerdos, de la amistad que nos unió y de la admiración que sobrevive, éste es Carlos de la Púa.

 

Me parece verlo todavía, cruzando con enfundado paso de cachalote los corredores del viejo diario Crítica, en la casa de la calle Sarmiento, donde iniciaba en el periodismo una generación especial en su brillo y trascendencia y que recalaba de la literatura de vanguardia aglutinada en las revistas de esa época: Proa y Martín Fierro.

 

El Malevo Muñoz, como también se lo llamaba, ya estaba en la casa cuando nos hacíamos periodistas, siendo poetas y escritores, entre otros, Enrique y Raúl González Tuñón, Horacio Rega Molina, Pablo Rojas Paz, Alberto Pineta, Roberto Arlt, Ulyses Petit de Murat, Sixto Pondal Ríos, Santiago Ganduglia y el que esto escribe.

 

Su verdadero nombre, eclipsado por ese rotundo Malevo Muñoz que seguramente venía de su manera de Ser, entre desdeñosa y displicente, en su modo de hablar lacónicamente porteño, era Carlos Muñoz del Solar, y la resonancia de este apellido habla de una cuna que él podría denominar bacana y lo era.

 

Una bohemia sanguínea lo llevó a la calle en edad temprana y allí debe haber recibido el agua lustral de su nuevo bautizo, agua detenida junto a la vereda en aquellos años de después del Centenario.

 

También se lo llamaba indistintamente Carlos de la púa, seudónimo con el que firmó su libro.

 

Este nombre alarga, a la vez que condensa, otro aspecto porteño de Muñoz, porque púa es la aguda punta del acero, el pincho, el suncho que aguza o el ingenio o el coraje en el habla popular.

 

Alguien -Carlos de la Púa fue siempre pudoroso de su pasado y no lo notició- dijo que él, con una gorda culebra variopintada a modo de bufanda sobre el cuello, pregonaba las excelencias de su grasa para evitar la caída del cabello.

 

Menester ciudadano de la picardía que lo estregaba ya al riesgo de la calle, en su muy amada ciudad de Buenos Aires.

 

La que debió estratificarse en sus versos estupendos, en ese libro que tiene un título de pórtico definitorio:

 

La crencha engrasada.

 

El volumen que se imprimió en su primera edición en 1928 lo fue merced a la generosidad de don Eduardo Dughera, llamado El Diente, en otro certero bautizo de la calle.

 

Era el nunca olvidado revendedor de Crítica, animador de sus páginas, amigo nuestro.

 

Su mano se abría con un crujiente billete para tapiar las hendijas vitales de nuestra siempre urgente bohemia.

 

Por eso el Malevo dedica el libro a Dughera.

 

Pero en la mitad -me parece estar viéndolo- su generoso corazón se lo detuvo en la mano y estampó una segunda dedicatoria que me concierne de muy de cerca y que todavía, a pesar de las hojas del almanaque caídas, agarrota mi garganta en un frunce de emoción antañona.

 

Dice así la dedicatoria: A mis rivales en el cariño de Buenos Aires: Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y Jorge Luis Borges.

 

El libro no tuvo mucho éxito inmediato, salvo entre nosotros. César Tiempo, justo es reconocerlo, lo incluyó junto a todos los poetas de vanguardia de entonces en su memorable Antología de la poesía argentina, ordenada en colaboración con Pedro Juan Vignale.

 

Pero los literatos jailafes, los académicos, los demás, no sintieron la fuerza tremenda de sus estrofas, duras y tiernas a la vez, en ese panegírico exaltado de sus héroes, esa cadencia villoniana de sus expresiones, ese trazado de mapa sobre el perímetro sentimental ciudadano, arrimando a los ojos los personajes fallidos, a los perdidos, a los funámbulos, dentro de la gran corte celestial de los milagros porteños.

 

El fue quien coronó definitivamente a la musa rea con la gran tiara formal y esdrújula, concluyendo un cielo que comenzaron honestamente los otros poetas menores.

 

El Malevo Muñoz fue el bardo sintetizador y perfecto, porque su libro -su único libro- es definitivo y concluyente y no se le puede encontrar desperdicio ocasional, ripio maloliente, traición a los suyos, infidelidad alguna.

 

Muy pálida puede parecer esta afirmación si no la confrontamos con sus versos impares en nuestra literatura de bajo fondo.

 

Bueno, esto de bajo fondo lo uso como definición y ubicación y nunca con acento peyorativo, porque vale tanto como decir alto nivel u otra macana por el estilo.

 

Lo que vale por sus cabales es el contenido y su despliegue hacia el reconocimiento sentimentalmente topográfico de una ciudad como la nuestra, cuyo cosmopolitismo de puerto franco tenía que ser cuajado en lo desgarrado de la imagen, en la tenaza de la metáfora como solamente el Malevo Muñoz pudo hacerlo.

 

La vida azarosa, pintoresca, de nuestro querido Malevo necesitará algún día tener su cronista informado y minucioso.

 

De su vida podría extraerse una gran novela picaresca del Buenos Aires ido.

 

Allí estaría como un gran bonzo del porteñismo rodeado por los increíbles tipos que conocía, amaba, auxiliaba y que le formaban una especie de corte de los milagros casi increíbles si no hubiera existido.

 

De sus anécdotas, lo mismo.

 

Las recuerdan devotamente sus amigos, que son innumerables y fuera de serie: boxeadores de nariz aplastada, corredores de comercio vitivinícola, algún carrero jubilado, jockeys viejos, ladrones en reposo, quinieleros en faena, músicos tangueros, poetas de veras, periodistas con mosto, canillitas canosos y también ¿por qué no? cualquiera que haya estado en la Tierra, como se decía antes, y no de turista.

 

Un aire insolente, de prepotencia, sobrador, flota como niebla matutina en cada línea del Malevo.

 

Es el empaque taura del porteño de antes, elegante y displicente, que se sabía dueño de su empedrado y de su baldosa, de su cortada y de su farol.

 

Miraba la vida desde el estaño de los mostradores esquineros y juzgaba la cosa y las cosas con su filosofía especial, entre nihilista y desaprensiva, hombros encogidos en una especie de manfichismo suicida, porque es él quien había dicho catalogando hechos y personas, hombres y mujeres, con el certero trazo de una carbonilla imborrable: tras cartón está la muerte.

 

Para el final, una anécdota. Estaba ya muy enfermo.

 

Su amigo, el escritor Helvio Botana, hijo de don Natalio, lo visitaba casi todos los días.

 

Helvio acababa de convertirse al catolicismo después de largos años de tonto ateísmo. En una de esas periódicas visitas le dijo:

 

-Malevo, no es que quiera asustarte pero en todo caso conviene quedar bien con Dios. ¿Me dejás que te traiga un sacerdote?

 

El Malevo en su semisopor, entendió y trabajosamente dijo:

 

-Si, total… siempre conviene tirarse un lance.

 

Fuente: www.poesiaeljabali.com.ar 

 

NOTA DE LA NAC&POP: Cuando hice un trabajo audiovisual sobre Boedo y Florida tuve ocasión de entrevbistar a personajes impresionantes. Uno ded ellos fue Borges, y otro muy especial Elias Castelnuovo que vivía en las casitas municipales de Liniers Sur. Alto, flaco, fotografiado por Annemarie Heinrich la fotógrafa de tapa de Radiolandia había sido el líder del grupo de Boedo con Stanchina y otros personajes como Roberto Arlt que iba y venía del grupo Martin Fierro de Macedonio Fernández al de Boedo de la revista Claridad que conducía Castelnuevo. Allí tomando mate y grabando sus declaraciones me contó una anécdota de Carlos de la Púa. Como se ve de la Pua o el Malevo Muñoz, como también le decían, era un cacho de tipo. Boxeador, es decir que era un cacho de tipo entrenado y potente. Pero el se veía poeta como lo vió la posteridad y lo era, de una manera distintiva, lo que lo hacía más original y única en su tipo. Era, en el fondo de ese pedazo de tipo, un alma sensible. Pero de dudosa fama, ya que algunos creían que el era fiolo y medio “pesado”. De la Púa va a verlo a Castelnuovo y a pedirle su opinión sobre su poesía. Le lleva poemas escritos por él y espera con ansiedad su veredicto. Castelnuovo más cerca de la épica de la desgracia de los grandes escritores rusos no estaba predispuesto para advertir el costado mas interesante de la poesía lunfarda, es más no le provocaba nada, no le gustaba. Entonces, ahí en la pieza donde vivía y había sido visitado por el grandote,  Castelnuovo le pregunta:-¿Ud quiere que le diga que pienso de su poesía? –Si le contesta De la Pua. –Y…díganme Ud boxea? –Si le repite el Malevo. –Bueno, dice Castelnuovo, si Ud boxea, yo no le puedo decir que opino de su poesía. ¡Tal cual!, contado en vivo por don Elías. Todavía uno puede ir al café Tortoni de Avenida de Mayo 825 y mientras se toma un chopp de sidra se puede sentir la presencia del ángel de De la Púa andando por esos pasillos que el transitaba asiduamente. No muerde. Su amor por la ciudad de Buenos Aires, por los reos, está más cerca de lo terrestre que de lo sublime, más cerca de la vida y de la vida real. Y esa fué su sensibilidad. Decía: No tengo el berretín de ser un bardo / chamuyador letrao ni de spamento; / yo escribo humildemente lo que siento / y pa escribir mejor lo hago en lunfardo. / Yo no le canto al perfumado nardo / ni al constelao azul del firmamento, / yo no busco en el suburbio sentimiento / ¡Pa cantarle a una flor, le canto al cardo! / Y porque embroco la emoción que emana / del suburbio tristón, de la bacana, / del tango candombero y cadencioso. / Surge a torrentes mi mistonga musa: / ¡Es que yo tengo un alma rantifusa / bajo esta pinta de bacán lustroso! / MARTIN GARCIA / NAC&POP <garciacmartingmail.com>

 

 

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