Felipe Varela contempla la ciudad de Salta. Sus perseguidores lo buscan por otros lados.

EL QUIJOTE DE LOS ANDES

Por Eduardo Rosa

La Guerra con el Paraguay era muy impopular. Varela no puede quedar indiferente a esto, y con cien gauchos y una bandita de música cruza los Andes.

EL QUIJOTE DE LOS ANDES

Por Eduardo Rosa

NAC&POP

06/12/2006

Salta, 1867. Mañana del 10 de octubre….


Alto, ascético, con grandes bigotes blancos y mirada profunda, venido por vaya a saber que oculto camino de la cordillera, Felipe Varela contempla la ciudad de Salta.

Sus perseguidores lo buscan por otros lados: Paunero lo supone en San Juan y Navarro lo espera en Catamarca.

¿Quién es este quijotesco personaje? ¿Qué lo mueve a llevar su bandera con la inscripción “UNIÓN AMERICANA”?

Felipe Varela, nacido en Catamarca y estanciero en Guandacol, en los contrafuertes andinos era coronel de la nación con despachos firmados por Urquiza.

Por unirse a la patriada del Chacho Peñaloza estaba en 1866 exiliado en Chile. Seguía con atención los sucesos de su patria envuelta en la impopular guerra de la “Triste Alianza” aliada con Brasil contra Paraguay.

Recibe noticias de las levas forzosas de “voluntarios” que eran conducidos engrillados al frente y se sabía que los “libertadores” brasileros capturaban paraguayos para venderlos como esclavos en sus fazendas.

Se indigna cuando ve personalmente el bombardeo de Valparaíso (luego seguido en otros puertos chilenos y peruanos) por el almirante español Méndez Núñez sin que el gobierno de Mitre siquiera proteste.

Y comprende que la visión de Buenos Aires no era americanista Y no podría serlo, ya que la escuadra española era abastecida por sus aliados brasileros.

Y para colmar la vergüenza, acababa de conocerse el pacto secreto entre Mitre y el Brasil repartiéndose los despojos del Paraguay.

Pero Paraguay aún no había muerto y en Curupaytí acababa de darle una formidable paliza a Mitre, donde su mesianismo dejó 10 mil muertos en los pantanos guaraníes y la bandera azul y blanca humillada por el heroísmo de ese pequeño país.

La guerra era terriblemente impopular y los contingentes de voluntarios se sublevaban y, como en los viejos tiempos, tomaban las lanzas para libertar los paisanos que capturados como “voluntarios”.

En Mendoza, los soldados mandados a recapturar los levantiscos, que al grito de “viva la santa federación” se habían liberado, se unen a la montonera.

Varela no puede quedar indiferente a esto, y hace vender su estancia para comprar algunas armas, entre ellas dos cañoncitos a los que llamará “los bocones” y con cien gauchos y una bandita de música cruza los Andes.

En poco tiempo tiene un ejército de 4 mil, porque paisanos de todos lados se le unen en su campamento de Jáchal, montados en su mejor caballo y llevando la vieja lanza con la que siguieron al Chacho y los más viejos a Facundo.

Al campamento de Jáchal una noche llega un viejo de setenta años, con un parche de gutapercha en la cabeza y al que le falta un brazo.

El anciano lleno de cicatrices toma una guitarra y con su única mano puntea:

Dicen que Clavero ha muerto Y en San Juan fue sepultado No lo lloren a Clavero Clavero ha resucitado Una ola de emocionado asombro corre por el gaucho campamento.

El coronel Francisco Clavero, granadero de San Marín, era una leyenda.

Se lo había dado por muerto e inclusive su fusilamiento se había publicado. Varela parte de Jáchal y peleará con más coraje que armas hasta que en Pozo de Vargas encuentra la derrota y pierde los bocones y la zamba.

Desde entonces se convierte en una sombra que, por misteriosos caminos que solo él conoce, acosa a los coroneles de Mitre.

Mañana del 10 de octubre… Varela ya casi no tiene ejército, pero aún tiene vida y fuego en sus ojos.

Mucho tiempo tuvo la esperanza que Urquiza, el jefe de los federales se pronunciara.

Es tal vez el sino de nuestra ingenua forma de pensar. Elegimos jefes que prefieren los negocios.

Salta lo espera y tiene…. Un corazón y un fusil.

No un corazón cualquiera: un corazón honrado y abrigado, pues el gobernador Ovejero ha dado armas sólo a la clase principal, pues a su juicio únicamente ellos abrigan un corazón honrado.

Los gauchos salteños no.

Son capaces de unirse a la montonera.

Pero un corazón honrado y abrigado no basta.

Hace falta pelear y los principales salteños solo resisten cuarenta minutos.

Luego se meten en la iglesia de San Francisco y exigen que se respete su asilo.

Varela sabe que el asilo eclesiástico no ampara a prisioneros de guerra ni a sus armas, pero respeta a los aterrorizados refugiados.

Se limita a recoger los fusiles y en una hora se va de Salta.

Tenía lo que había venido a buscar.

Aún pensaba que “con un pequeño esfuerzo de los hijos de la patria todavía salvaremos a América” como le escribiera a Latorre, caudillo federal salteño.

Su lejano espejo, el Quijote de la Mancha razonó de la misma manera frente a los molinos de viento.

Una hora estuvo la montonera en Salta.

Cuando los principales se aseguraron que no había peligro, salieron de la iglesia y quisieron ver rastros de saqueos y violaciones.

No los vieron pero los proclamaron.

Lo cierto es que del sumario posterior, surge que los montoneros, aparte de las armas se habían llevado “un caballo” y un par de botas que a su pedido les entregó una vecina. ¡Feroces bárbaros!

Lo único real es que Salta, la que dice la canción echó a Felipe Varela,

ni lo echó ni le pasó nada. Los principales siempre tuvieron la coquetería de creer que ellos son “todo el mundo” tout salta.

Los gauchos que pelearon con Güemes no cuentan.

Tal vez por no abrigar un corazón honrado.

Pero lo real es que tal fue el susto, que cien años después siguen repitiendo en una bella pero mentirosa canción las glorias de algo que no sucedió.

Como tampoco es cierto eso de “lo echarán a la frontera, de allá no podrá volver”.

Volvió pero ya poco pudo hacer.

Habían llegado las décadas de la noche de la patria.

Ésa fue la última montonera.

ER/

“Sí, una sola debe ser la patria de los sudamericanos” – Simón Bolívar al gobierno secesionista y disgregador de Buenos Aires, 1822