Efemerides Autor de Misas herejes y La canción del barrio, creó una verdadera mitologÃ

1912 Muere en Buenos Aires el poeta y periodista entrerriano Evaristo Carriego

Carriego creó una verdadera mitología del barrio con sus personajes y temas míticos: el guapo, la costurerita, el velorio, el organito.

DON EVARISTO CARRIEGO

Poeta. Nació en Paraná (Entre Ríos), el 7 de mayo de 1833.  Era hijo del abogado y periodista del mismo nombre, que tuvo gran actuación después de Caseros.  Se educó en Buenos Aires, y desde joven vivió el clima de las tertulias literarias porteñas, en las cuales gravitaban Rubén Darío y Almafuerte.  Escribió en diversas publicaciones de la época, como "La Protesta", "Papel y tinta", "Ideas", "Caras y caretas", y otras.  Allí dio a conocer también poesías y cuentos breves que pintaban la vida del suburbio.  Su único libro de versos editado en vida, ‘Misas herejes’, que apareció en 1908.

Adquirió fama con los poemas: ‘La costurerita que dio el mal paso’; ‘El alma del suburbio’;’ La viejecita’; ‘Residuo de fábrica’; ‘Los perros del barrio’, y los que se agrupan bajo el subtítulo de ‘Intimas’, que le dieron gran popularidad.  Murió en Buenos Aires el 13 de octubre de 1912.  Dejó una obra de teatro, ‘Los que pasan’, estrenada en el teatro Nacional, poco después de su desaparición. En 1927, vieron la luz sus cuentos, en un tomo titulado ‘Flor de arraba’l.  El resto de su obra poética fue dado en el conjunto ‘Poemas póstumos’.  Jorge Luis Borges trazó un penetrante ensayo sobre su vida y obra.  UNA VIDA SIMPLE Por José Gabriel Nació Evaristo Carriego, poeta de Buenos Aires, el día 7 de mayo de 1883, en la ciudad de Paraná, capital de la provincia de Entre Ríos.  En la política y en el periodismo entrerrianos, a fines del siglo último figuró con singular relieve un Evaristo Federico Carriego, afamado, sobre todo – y también temido – como polemista.  Era el abuelo del poeta. Tuvo un hijo, llamado Evaristo Federico también.  Casó este último con doña Angela Giorello, en la misma ciudad de Paraná, y de esa unión nació nuestro poeta, que como el padre y el abuelo, se llamó Evaristo Federico.  Hasta 1887, Carriego permaneció en su ciudad natal. A los cuatro años de edad, la familia se trasladó a Buenos Aires.  Residió dos meses aquí; luego por espacio de dos años, en La Plata, y por último, en 1889, se radicó definitivamente en la capital federal.  Tenía entonces el chico seis años y fue enviado a la escuela primaria. Se mostró sumamente aplicado al estudio.  Desde el comienzo, dio prueba de una memoria excepcional.  Cuentan los suyos, que, a poco de iniciado en la escuela, vino a casa y se puso a leer de corrido las páginas de un texto escolar: las había aprendido de memoria, punto por punto, en una lectura de la maestra.  La primera escuela a que concurrió, era particular: la de las señoritas Negri, conocidas educadoras argentinas.  Cursó en ella los tres primeros grados; del tercero al sexto, estudió en la escuela pública Rodríguez Peña.  Concluidos los estudios elementales, inició los secundarios; rindió hasta el tercer año, incluso, en el colegio nacional Sarmiento, entonces denominado colegio nacional Norte.  Había mostrado afición por la carrera de las armas, y tentó el ingreso en el Colegio Militar; pero, examinado físicamente resultó corto de vista, por lo que no fue admitido en el instituto.  Entonces, dejó todo estudio regular y se dedicó a vagar y a leer a discreción sin guía ni método.  Por el momento, como puede verse, la vida de Carriego es de una simplicidad exterior absoluta.  Su infancia, tuvo hogar, paz, letras y una gran franquicia familiar para tentar la realización de sus aspiraciones.  Y así fue toda su vida, plácida exteriormente, sin objeto inmediato y sin motivos de voluntad.  Hasta aquella gran capacidad mnemónica y aquella cortedad visual que había revelado de niño, fueron luego sus características más notables.  Vivía a la sazón en la casita de Palermo que fue su atalaya espiritual más destacada y que todavía ocupan los suyos.  El barrio – hoy modernizado, limpio, recogido, común, sin malevos ni conventillos -, era lo que el Maldonado actualmente: un suburbio miserable, destartalado, lleno de chicos y de roña, aunque, en realidad, no fue nunca exactamente el que nos pintó Carriego, que se parece mucho más al de la Boca.  Carriego, alternaba sus lecturas con picarescas correrías por el barrio, en las que, según sus compañeros de entonces, nunca se mostró demasiado audaz.  Espíritu esencialmente imaginativo, sentía las cosas con una intensidad que le impedía afrontarlas airosamente.  Más tarde, le veremos convertido en un exaltado Quijote interior, con apariencia y hechos de un corderillo.  Sus lecturas, eran casi exclusivamente literarias e históricas.  De historia, le cautivaba la vida de napoleón, que conocía muy bien; en literatura, tenía marcadas preferencias por la poesía y la novela románticas.  Nadie como Hugo, con su grandilocuencia verbal, para encender sus entusiasmos de adolescente; nadie como Dumas, con su habilidad en la intriga caballeresca, para satisfacer su exaltada imaginación.  Y, tanto en historia como en literatura, le atraía particularmente todo lo que llevase un sello de heroísmo deslumbrante.  Por eso amaba tanto a don Quijote, también, y por eso (aunque con un cierto dejo irónico que, por lo menos, salvaba la natural distancia entre uno y otro personaje) rememoraba con cariño a Juan Moreira.  Todavía recuerdan sus hermanos lo dado que era a luchar y a canchar con ellos, queriendo imitar al gaucho diestro y corajudo.  Por cierto que, a pesar de ser el mayor, era como el más debilucho, no siempre lograba vencerlos, y cuando no los vencía directamente, les hacía trampas.  Debió empezar a escribir versos, de los diez y ocho a los veinte años.  A los veinte, le vemos introducido ya en los círculos intelectuales de la capital.  El primero que frecuentó, fue la redacción de La Protesta. "La Protesta" – dice Más y Pí, – era entonces no un diario anarquista, terrible y pavoroso, sino un simple diario de ideas, donde se hacía más literatura que acracia y donde el encanto de una bella frase valía más que todas las aseveraciones de Kroporkine o de Jena Grave" (1).  A todos los concurrentes a su redacción (en esa época, libre de policías disfrazados de anarquistas), los unía, antes que una convención ideológica explícita, el supuesto de una comunidad de aspiraciones intelectuales y la actitud verbal rebelde (esa sí, común, sin duda alguna) ante la corrompida sociedad burguesa, que había que destruir. No era una doctrina política, claramente comprendida y acatada con toda responsabilidad, la que los movía: era un vago – y muy noble, es claro – sentimiento de justicia y de elevación, que de socialismo y anarquismo no tenía más que el nombre.  Carriego, en ese círculo era un soñador más.  A medida que fue avanzando en años, el sentimiento nacionalista – un sentimiento casi patriotero – fue ganando su corazón.  En plena juventud, hablaba con un primitivo tono patriótico, escudado en un impreciso ideal americanista o criollista, y esa fue probablemente, su actitud más sincera en la cuestión social.  Sin embargo, en sus veinte – en la época de La Protesta, – aparecía como un defensor del internacionalismo que aún hoy habría resultado izquierdista en nuestros partidos obreros.  Tres sonetos hay de esa época suya que no figuran en ninguna de las ediciones de sus versos y que de seguro recuerdan muy pocas personas.  Están publicados en la revista La Gaceta (2), ya desaparecida, y se titulan Los Desheredados, Patria… y Demoliendo. En el primero, canta a  Los que lloran su noche entristecidasin creer en la aurora del mañana;Pero que enarbolanel negro pabellón de su miseria,Donde…impresacon sangre está, la roja Marsellesade la triunfal revolución futura! En el segundo, reniega de "la patria que avasalla la libertad", anhela "la patria universal del hombre" y promete no "quemar el incienso de su canto"  En los altares de un ideal mentido!  En el tercero, por fin, repitiendo con otro motivo la idea contenida en los anteriores, toma como símbolo de la revolución al albañil, que,  Cantando gime, y en su afán profundoparece que a los grandes de este mundoprofetizara en sus vibrantes tonosque ante el golpe y la fuerza destructorade la social piqueta redentora,caerán deshechos los podridos tronos! El acento de estos versos, es vibrante y claro.  Lo es igualmente el de otra composición por el estilo, publicada en Martín Fierro pocos meses después y no reproducida tampoco en volumen.  Se titula De la vida y es, ciertamente, según uno de sus propios versos, como el "Miserere fatal de los jornales", en el que va implícita una honda rebeldía social, la rebeldía del que ve pobres de cuerpo y de alma por culpa de los malditos opresores, a los pobres.  Con todo – insisto – no sería lícito suponer en ninguno o casi ninguno de los tertulianos de La Protesta, una adhesión franca al credo socialista; y en Carriego, menos aún.  Era el suyo, más bien, un socialismo sentimental, cuyo móvil lo constituía el deseo de redimir a los pobres de su miseria, sin saber por qué medios.  El final mismo del tercero de los sonetos glosados ("caerán deshechos los podridos tronos") indica claramente que daba a su actitud un exclusivo significado político, es decir, que atribuía la causa de los males sociales a determinadas formas de gobierno público, no a la propia constitución de la sociedad, como habría correspondido.  Por lo demás, en esta su primera posición avanzada, hay que ver, ante todo, el resultado de una natural sugestión del medio que frecuentaba.  Literariamente, una anécdota que refiere Más y Pí, da idea clara de la situación de Carriego en esta época.  Cuenta Más y Pí que, hallándose una tarde en la redacción de La Protesta, le oyó a un desconocido, a su lado, pronunciar el nombre de Almafuerte.  "Arrojé la pluma – añade – e interviniendo un poco brutalmente en la conversación, interrogué:  – ¿Qué dice usted de Almafuerte? – El joven desconocido me miró un momento con pequeños ojos de miope y en vez de responder interrogó a su vez: – ¿Y usted, qué opina de él? – Yo, respondí, que es el primer poeta de nuestra lengua. – ¿Y usted? – Lo mismo digo …compañero! (4)  Con veintiún años de edad, un afán socializante muy noble, Almafuerte por poeta supremo y Juan Más y Pí como amigo y conmilitón (pues desde ese mismo momento se hicieron muy amigos), vemos, pues, a Carriego incorporado al ambiente literario porteño, donde poco antes nadie conocía su nombre.  Era la época de los cenáculos literarios en Buenos Aires.  En cafés, en redacciones de periódicos, en viviendas particulares, en todos lados se formaban pequeños círculos de escritores, donde diariamente se fundaba alguna revista y se ejercitaba el ingenio en chistes de oportunidad.  Carriego, se introdujo con gran facilidad en todos ellos. "Mientras lo demás (vuelve a hablar Más y Pí) se retraían o buscaban el natural encasillamiento de un grupo determinado, Carriego estaba en todos y vivía con todos.  El café de los Inmortales, y el sótano del Royal Séller, la Brasileña y el Bar Luzio, le vieron asiduo concurrente.  Frecuentó la redacción de La Nación y la de Última Hora.  No desdeñó los grupos modestos de principiantes y fue acogido en los más altos.  Puede decirse que nadie como él entró más fácilmente en todos los ambientes, nadie supo hacerse aceptar con mayor prontitud".  Más que sus versos, era su persona lo que así atraía.  No faltan quienes conservan de él todavía una impresión poco grata.  Y, en efecto, por momentos, especialmente en los corrillos de café, gustaba de hablar con cierta suficiencia de sí mismo, proclamando su talento, con lo que daba una sensación antipática de petulancia.  Tal comportamiento, sin embargo, no era más que el resultado de momentáneas ofuscaciones suyas ante la incomprensión de los demás; era, por otro lado, el achaque inevitable en todas estas tertulias de literatos y periodistas, donde se juega a la burla y a la hipocresía y donde es necesario ser superficialmente chistoso, o se es pedante, so pena de pasar por poco.  Cuando en el círculo o redacción se le recibía con franqueza, o cuando daba con el amigo dispuesto a escucharle con cariño, era modesto, humilde y de una ingenuidad infantil.  Entonces, estaba en lo suyo y cautivaba.  De 1904 a 1908, entrado ya de lleno en la vida literaria, publicó muchas composiciones poéticas en diarios y revistas, particularmente en Caras y Caretas cuyas páginas popularizaron pronto su nombre.  Por el alma de don Quijote – la poesía que luego sirvió de inicial a Misas Herejes – da cuenta detallada de su espíritu en esta época.  Aborrece hondamente el afán positivista del medio,  Porque así van las cosas: la más simple creenciarequiere el "visto bueno" y el favor de la Ciencia:si a ella no se acoge no prospera y, acaso,su propio nombre pierde para tornarse "caso".Le disgusta, asimismo, la manía irónica del ambiente:Pero me estoy temiendo que venga algún chistosocon sátiras amables de burlador donoso,o con mordacidades de socarrón hiriente,y descubra, tan grave como irónicamente– a la sandez de Sancho se le llama ironía –que mi amor al Maestro se convierte en manía. (6) Contra este positivismo ramplón y este hábito burlesco (características que todavía lo son hoy, en gran parte, de nuestro ambiente literario), Carriego invoca al idealista y trágico héroe manchego,  al Único, al Supremo, al famoso Caballeroa quien "pide" que siempre "le" tenga de su mano. Al mismo tiempo, se siente enojado por los poetas decadentistas y preciosistas, que, a pesar de haber iniciado ya su decadencia en la capital, todavía dominan sobre los demás, excepto sobre Almafuerte.  Le enojan, en particular, porque los supone acaramelados, afeminados.  En su sinceridad más íntima, era una mujercita, y no de otra manera podía haber llegado, como llegó, a sentir tan intensamente el dolor de los que sufren en silencio.  En sus versos, los hombres sufren femeninamente, como sufre él mismo en su vida.  No obstante, de palabra profesaba el culto de la maschilitá (es insuperable este vocablo italiano), el culto criollo del coraje – ¡cuidado que nadie pensara que no era capaz de pelear con la partida, facón en mano, o trompearse con el mejor, o aun de llevarse un mundo por delante!;- y vedle, tan suave en sus hechos, ensalzando, contra los poetas versallescos, la rudeza hombruna:  Si de estas cuerdas mías, de tonos más que rudos,te resultasen ásperos los rendidos saludos,y quieres blandos ritmos de credos idealistas,aguarda delicados poetas modernistasque alabarán en oro tus posibles desdenescoronando de antorchas tus olímpicas sienes,devotos de la blanca lis de tu aristocracia,con que ilustro los rojos claveles de mi audacia;o espera, seductora, decadentes orfebresque graben tus blasones en sus creadoras fiebres:yo, trabajo el acero de temples soberanos:los sonantes cristales se rompen en mis manos. (7) Constante era su preocupación por dar una sensación de hombría. Le hemos conocido socialista e internacionalista detonante en La Protesta.  Ahora, Carriego se ha hecho nacionalista. Otro resultado de su fastidio para con los poetas decadentes.  No hablaban esos poetas sino de personas y cosas extranjeras y extraterrestres.  Carriego, por oponerles la vida local y real del suburbio, que sentía, cae en una confusión ideológica y adopta un patriotismo elemental, un patriotismo con frecuencia agresivo – observa Más y Pí, – ese patriotismo que tiene por característica notable la xenofobia, y es, más bien que amor a lo de casa, odio sistemático a todo lo de fuera.  Por fortuna, de ello no queda más que el recuerdo de los que le escucharon. Su vida, la empleaba en estos momentos en charlar, en escribir, en dormir… No tenía necesidad de trabajar para ganarse el sustento.  Solía permanecer en cama hasta cerca del mediodía.  Cuando, por casualidad, se levantaba más temprano, iba a pasear por los jardines de Palermo, donde más de una vez lo encontraba todo taciturno algún amigo.  Cuando no, después de almorzar leía o escribía un rato; luego salía en dirección a la casa de algún compañero; por lo regular, a la de Más y Pí, "allá en la calle Suipacha y Cangallo – dice este último, – un tercer piso cuya terraza delantera nos permitía perder horas y horas en estática contemplación, discutiendo, algunas veces sobre todo lo existente, las más de ellas atendiendo yo los interminables monólogos de Carriego" .  De regreso en su casa, en seguida de cenar tomaba la calle otra vez y volvía a visitar a un amigo o se metía en el café, donde se reunía con otros colegas.  El café a que concurría con mayor asiduidad, era el de los Inmortales, nombre que le dio él mismo, según la crónica contemporánea de una revista ya muerta, Papel y Tinta.  Allí, en un bulliciosos corro de bohemios, ante una mesa con vacías tazas de café, permanecía horas y horas en charla continua y en un abandono absoluto del mundo exterior.  Le gustaba recitar sus versos, lo que, dado el privilegio de su memoria, hacía sin tropiezo.  A las tantas de la noche, dejaba el café y, casi siempre acompañado por alguno de los contertulios, a quien seguía recitando versos y más versos, tomaba camino de Palermo.  Con algunas visitas dominicales al autor del Misionero, en La Plata, fue lo que hizo hasta su muerte. En 1908, apareció su primer y único libro, Misas Herejes, cuyo contenido se conocía ya casi totalmente por las publicaciones en los periódicos.  La crítica, le dispensó, en general, una acogida favorable; sobre todo, a causa de su aparente sentido realista y en oposición a las corrientes simbolistas que la poesía argentina había llevado hasta una exageración insoportable.  Los amigos y admiradores, en crecido número, le ofrecieron un banquete de homenaje. Fue su consagración definitiva – e inmerecida, ciertamente, con ese mal libro – en nuestro medio intelectual y artístico. Después de aparecido el libro, continuó publicando versos en las revistas.  También hizo periodismo anónimo, alguna que otra vez.  En La Razón, apareció algún reportaje suyo, uno de ellos a Martiniano Leguizamón, cuya obra nacionalista – ni que decirlo – admiraba especialmente.  En el borrador de ese reportaje, que tengo a la vista, escribe Carriego: "quien haya leído Montaraz, Alma nativa, etcétera, sabrá que son el documento más admirable de nuestra literatura criollista, al par que la más fiel, la más veraz interpretación del ambiente en el cual se desarrollan los episodios trágicos, épicos o picarescos que rigen los diversos motivos del libro".  En un periódico, La Unión, de Rauch (prov. de Buenos Aires), publicó versos sátiros sobre la política local, y en la revista policial L.C., de aquí, unas décimas en lenguaje lunfardo, bajo el seudónimo de El Barretero.  A la vista tengo también los borradores de un artículo festivo sobre los desmanes de la tiranía de Rosas, escrito para esa revista y que no se si llegó a publicar.  El papel, ostenta el membrete rojo del café Don Quijote…Ninguno de estos trabajos tiene otra significación que la que puede dárseles biográficamente.  En su vida, la única variante que introdujo después de publicado su libro, apenas merece recordarse: un enredo amoroso, no muy pasional, por cierto, con una temporera. Es el único amorío que se le conoce.  La jovialidad con que en un principio le conocimos, en los últimos años de su vida fue cediendo notablemente a la melancolía y al retraimiento espiritual a que tampoco en los comienzos se había mostrado ajeno.  Son los años en que canta dulcemente y resignadamente a todos los que sufren en silencio.  Ha hecho a n lado el ademán descompuesto de su héroe favorito; ha podado su pluma de las estridencias románticas.  Ahora, ni grita ni gesticula; ahora ni conoce a los hacedores del mal, ni le importan, sean ellos el prometido que, un buen día, sin saberse por qué, abandonó a la novia "con toda la ropa hecha", o el "sin vergüenza que no la hizo caso después…", o el padre que "grita, brutal, borracho – como siempre que vuelve de la cantina", o, en fin, todos los que maltratan a Mamboretá por el barrio.  Sólo ve, sólo busca al paciente, a "la muchacha que siempre anda triste", a "la enferma que trajeron anoche", al "hombre que tiene su secreto", al "silencioso que va a la trastienda", a los que, en torno a la mesa rezan  la oración, noche a noche tartamudeada,por aquella perdida, desamorada,que hace ya cinco meses dejó el hogar. (8) ¿Quién fue el malvado?.  No lo sabe, no quiere saberlo.  Don Quijote, impaciente ante el mal, ha cedido el puesto a un franciscano.  Ya no intenta castigar a los pecadores: prefiere sufrir con los tristes, haciéndose hermano de ellos en dolor.  Ahora es cuando Carriego está en plena posesión de su espíritu.  En sus versos, de continente sereno, hay un hálito de tragedia inquietante.  Sólo el sentimiento de lo fatal los inspira.  Siempre se había mostrado extremadamente aprensivo.  En su casa, apenas se atrevían a darle noticias de muerte: lo desazonaban por completo.  En sus últimos años, esta aprensión suya fue mucho más intensa, agravada aún con el fallecimiento de su padre, ocurrido poco antes del suyo.  Parecía que sólo hallaba alivio en las confidencias amistosas, que se procuraba cada vez con mayor afán. Uno de sus confidentes íntimos de estas horas, fue Marcelino del Mazo, a cuya solicitud se debe en buena parte el enaltecimiento de la memoria de Carriego.  Físicamente, aunque de constitución bastante débil (era flaco, de regular estatura, apariencia un poco vasta en conjunto, de ojos hondos, en contraste notable con su tez pálida), nunca había dado muestra de serio malestar.  A fines de 1911, tuvo un ligero ataque de apendicitis, que por entonces se atribuyó a una indisposición.  El ataque, se renovó a mediados de 1912, también levemente.  El primero de octubre del mismo año, se sintió atacado por tercera vez; pero ahora, de tal suerte que se vio obligado a guardar cama en seguida.  Doce días permaneció en el lecho.  El trece, a la madrugada, falleció. (9) NOTAS Juan Más y Pí. "El poeta Evaristo Carriego" rev. "Renacimiento", Bs As, mzo y junio de 1913. "La Gaceta", de Joaquín Fontenla; rev. Quincenal, N° 10, julio 31 de 1904, Bs As. "Martín Fierro", de Alberto Ghiraldo; rev. Semanal. N° 36, noviembre 14 de 1904, Buenos Aires. Esta composición, las tres anteriores y otra de "El almanaque de La Protesta" del mismo año son, seguramente, las primeras que publicó. La firma (Evaristo F. Carriego) comprendía entonces la inicial de su segundo nombre, que después dejó de usar. Artículo citado. "Por alma de don Quijote", de "Misas Herejes". "En su Álbum" (a la señora Sylla Silva de Más y Pí), de "Misas Herejes". "Por la ausente", de "La canción del barrio" (poemas póstumos).  La creencia común, es que murió tuberculoso.  El propio Más y Pí, que lo trató tan íntimamente, en el estudio mencionado dice: "La enfermedad que comenzaba a minar su organismo…"  Con palabras parecidas se expresan casi todos los que fueron sus amigos.  Por mi parte, sin rechazar definitivamente tales versiones, me ha parecido prudente aceptar por ahora la información de sus deudos.  Por prudencia también, no he querido acoger las mil anécdotas de diversa índole que cuentan todos los que dicen haber conocido a Carriego personalmente, aunque con ello, la biografía que dejo trazada aparezca, quizá, demasiado esquemática.   LA SILLA QUE AHORA NADIE OCUPA Con la vista clavada sobre la copase halla abstraído el padre desde hace rato:pocos momentos hace rechazó el platodel cual apenas quiso probar la sopa. De tiempo en tiempo, casi furtivamente,llega en silencio alguna que otra miradahasta la vieja silla desocupadaque alguien, de olvidadizo, colocó en frente. Y, mientras se ensombrecen todas las caras,cesa de pronto el ruido de las cucharasporque insistentemente, como empujado por esa idea fija que no se va,el menor de los chicos ha preguntadocuándo será el regreso de la mamá. Evaristo Carriego  Tu secreto  ¡De todo te olvidas! Anoche dejasteaquí, sobre el piano, que ya jamás tocas,un poco de tu alma de muchacha enferma:un libro, vedado, de tiernas memorias. Íntimas memorias. Yo lo abrí, al descuido,y supe, sonriendo, tu pena más honda,el dulce secreto que no diré a nadie:a nadie interesa saber que me nombras. …Ven, llévate el libro, distraída llenade luz y de ensueño. Romántica loca…¡Dejar tus amores ahí, sobre el piano!…De todo te olvidas ¡cabeza de novia!. Evaristo Carriego La viejecita  Sobre la acera, que el sol escalda,doblado el cuerpo la cruz obligalomo imposible, que es una espaldadesprecio y sobra de la fatiga,pasa la vieja, la inconsolable,la que es apenas un desperdiciodel infortunio, la lamentable,carne cansada de sacrificio. La viejecita, la que se sienteun sedimento de la materia,desecho inútil, salmo dolientedel Evangelio de la Miseria. Luz de pesares, propios o ajenos,sobre la pena de su faz mustiadejan estigmas, de dolor llenos,entristeciendo su misma angustia,su misma angustia que ha compartido,como el mendrugo que no la sacia,con esa niña que ha recogido,retoño de otros, en su desgracia. Esa pequeña que va a su lado,la que mañana será su apoyo,flor del suburbio desconsolado,lirio de anemia que dio el arroyo. Vida sin lucha, ya prisionera,pichón de un nido que no fue eterno.¡Sonriente rayo de primaverasobre la nieve de aquel invierno!Radiación rubia de luz que ardecomo un sol nuevo frente a un ocaso,triste promesa, mujer más tardelinda y deseada que será, acaso,la Inés vencida, la dulce monjade los tenorios de la taberna,cuando el encanto de la lisonjale dé su frase nefanda y tierna. Ritual vedado de sensacionestrágicos sueños, fiebres aciagas,hostias de vicios y tentacionesde las alegres jóvenes magas ¡Qué de heroínas, pobres y oscurasen estos dramas! ¡Cuántas Ofelias!Los arrabales tienen sus purastísicas Damas de las Camelias. Por eso sufre, la mendicante,como una idea terrible y fijaque no ha empañado su amor radiantepor esa hija que no es su hija. Mas sus bellezas de renunciadajamás del crudo dolor la eximen¡Sin haber sido, siquiera, amadase siente madre de los que gimen! Madre haraposa, madre desnuda,manto de amores de barrio bajo:¡Es una amarga protesta mudaesa devota de San Andrajo,que conociese sólo los besosde rudos fríos en los portales,como descanso para sus huesossólo le dieron los hospitales! Jirón humano que siempre flotasobre sus ansias indefinibles,bondad enferma que no se agotani en las miserias irredimibles,que la torturan, sin un olvidopara sus lacras, para su suerte,con la certeza de haber vivido¡Como un despojo para la muerte! Por eso, a veces, tiene amarguras,tiene amarguras de derrotada,que se traducen en frases durasy dan en llanto de resignada,pues nunca supo la miserable,de amor alguno, grande o pequeño,que la alentara, no le fue dablesobre la vida soñar un sueño. La dominaron los sinsaboresque la flagelan como a inocente:¡En la vendimia de los amoresfue desgranado racimo ausente! Fue la azucena sobre el pantano,flor de desdichas, a libertarlano vino nadie, no hubo una manoque se tendiese para arrancarla. Sin transiciones, siempre vencida,ni en el principio de su mal mismotuvo las glorias de la caída:Su primer cuna ya era el abismo. Bajo un hastío que no deseara,pasó su noche sin una aurorasin que en la vida la conturbarani una impaciencia de pecadora. Y así, ha guardado con sus pesarescomo un reproche, que se reflejaen las arrugas, sus azaharesde nunca novia, de virgen vieja. Los años muertos sólo dejaronesa agonía que no la mata.¡Jamás a ella la aprisionaron,como entre flores, rejas de plata! Forjó ilusiones, y las más levesla sepultaron como en escombros,sobre su testa cayeron nievesy honras de harapos sobre sus hombros. Porque fue buena, dio en la locurade cubrir todas sus cicatrices:puso los besos de su ternuraen sus hermanos, los infelices. Por eso, a veces, tiene su dueloen los cansados ojos sin brillo,llantos que caen como un consuelosobre las llagas del conventillo. Carne que azotan todos los males,burla sangrienta de los muchachos,dádiva y sobra de los portales,mancha de vino de las borrachos: Ahí va la vieja, como una hirientefórmula ruda de una ironía:llena de sombras en la esplendente,en la serena gloria del día. Tal vez alguna visión extrañaha conmovido su indiferencia,pues ha cruzado triste y hurañacomo una imagen de la demencia. ¡Y allá sombría, y adusto el ceñoobsesionada por las crueldadesva taciturna, como un ensueñoque derrotaron las realidades! EVARISTO CARRIEGO“Mamboretá" IAsí la llaman todos los chicos de Palermo.Es la risa del barrio con su rostro feúchoy su andar azorado de animalito enfermo.Tiene apenas diez años, pero ha sufrido mucho Los domingos temprano, de regreso de misala encuentran los muchachos vendedores de diarios,y enseguida comienza la jarana, la risa,y las zafadurías de los más perdularios. Como cuando la gritan su apodo no responde,la corren, la rodean y: "Mamboretá, ¿En dóndeestá Dios?", La preguntan los muchachos traviesos. Mamboretá suspira, y si es que alguno insiste:¿Dónde está Dios?, Le mira mansamente con esossus ojos pensativos de animalito triste. IIUna viuda sin hijos la sacó de la cuna,y alguien dice, con mucha razón, que lo hizo adrede,de bruja, de perversa no más, pues le da unavida tan arrastrada, que ni contar se puede. Mamboretá trabaja desde por la mañana,sin embargo, no faltan quienes la llaman floja,la viuda, sobre todo, la trata de haragana,y si está con la luna de cuanto se le antoja: "La inútil, la abriboca, la horrible, la tolola"Mamboretá no ha oído todavía una solapalabra de cariño. ¡Pobre Mamboretá! Todo el mundo la grita, todos la manosean,y las mujeres mismas a veces la golpean¡Ah, cómo se conoce que no tiene mamá! Evaristo Carriego 

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