"Del libro: ""Seamos libres, lo demas no importa nada. Vida de San Martín"

BATALLAS DE SAN MARTÍN DESPUÉS DE SU MUERTE.

Por Norberto Galasso

El General había escrito en su testamento: -Prohíbo el que se me haga ningún género de funeral, y desde el lugar en que falleciere, se me conducirá directamente al Cementerio, sin ningún acompañamiento, pero sí desearía el que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires 3.

BATALLAS DE SAN MARTÍN DESPUÉS DE SU MUERTE

Por Norberto Galasso

NAC&POP

18/08/2006

 Prolongación del destierro luego de la muerte

 Producido el fallecimiento de San Martín, Mariano Balcarce le comunica la infausta noticia a Juan Manuel de Rosas: Un suceso desgraciado me obliga a dirigirme respetuosamente a V. E. para anunciarle que la Divina Providencia acaba de privar a la Confederación Argentina de uno de sus más leales servidores, a V. E. de un digno e imparcial apreciador de sus eminentes servicios y a mi esposa, a mí y a mis hijas, de un tierno y virtuoso padre, cuya pérdida nos deja inconsolables.

 Mi ilustre y venerado señor, don José de San Martín, después de una larga y penosa enfermedad, expiró tranquilamente en los brazos de sus hijos, en la ciudad de Bolonia del Mar, departamento Paso de Calais, a las tres de la tarde del día 17 del que rige, y en la mañana del 20, sus restos mortales fueron conducidos, sin pompa alguna exterior, a la catedral de dicha ciudad, en cuya bóveda quedan depositados hasta que puedan ser trasladados a esa capital, según sus deseos, para que reposen en el suelo de la patria querida.

  Como albacea y en cumplimiento de su última voluntad, me toca el penoso deber de anunciar a V. E. esta dolorosa noticia y la honra de poner en conocimiento de V. E. la siguiente cláusula de su testamento:

 -El sable que me ha acompañado en toda la guerra de la independencia de América del Sur le será entregado al general de la República Argentina don Juan Manuel Rosas, como una prueba de la satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido el honor de la república contra las injustas pretensiones de los extranjeros que trataban de humillarla.

 1.- Carta de Mariano Balcarce a Juan M. de Rosas, del 30/8/1850, en JPO, t. 8, pp. 98-100. (Archivo Embajada Argentina en París).

 Tan pronto como se presente una ocasión tendré el honor de remitir a V. E. esa preciosa memoria, legada al defensor de la Independencia americana, un viejo soldado cuyos servicios a la patria se ha dignado V. E. recordar constantemente en términos tan lisonjeros como honrosos..

 Asimismo, en cumplimiento de sus funciones como diplomático de la Confederación, el yerno de San Martín le comunica el penoso suceso al doctor Felipe Arana, ministro de Relaciones Exteriores.

 El 1º de noviembre, Arana le responde:

 El Excelentísimo Señor Gobernador se ha instruido, con el pesar más profundo, de la melancólica noticia que usted le comunica.

 La patria ha perdido, en el ilustre finado, un ciudadano, militar y político eminente y el recuerdo más vivo de las grandes acciones que trajo consigo la guerra heroica de la independencia nacional. S. E. deplora tan inmensa pérdida, que será más vivamente sentida en todo el continente de la América del Sur, teatro de sus más esclarecidos hechos. S. E., el señor gobernador, previene a Usted que luego que sea posible proceda a verificar la traslación de los restos mortales del finado general a esta ciudad, por cuenta del gobierno de la Confederación Argentina, para que a la par que reciba de este modo un testimonio elocuente del íntimo aprecio que su patriotismo le hacía merecer de su gobierno y de su país, quede también cumplida su Última voluntad 2.

 El General había escrito en su testamento:  -Prohíbo el que se me haga ningún género de funeral, y desde el lugar en que falleciere, se me conducirá directamente al Cementerio, sin ningún acompañamiento, pero sí desearía el que mi corazón fuese depositado en el de Buenos Aires 3.

 Dispuesto a cumplir este mandato, Balcarce encarga el embalsamamiento del cadáver y dispone su depósito transitorio en una capilla de la iglesia de Nuestra Señora de Bolonia.

 En medio de profundas impresiones, acepta Buenos Aires el legado de sus restos -escribe Bernardo de Irigoyen: -Dispónese a recio birlas, y en la existencia de la República Argentina y de la América independiente, mostrará a la posteridad el monumento de su héroe.

 Mientras prepara dicho traslado, Balcarce se adelanta a enviarle a Rosas la copia legalizada del testamento y el sable del General, que don Juan Manuel conservará hasta su muerte en Southampton, siendo donado al gobierno argentino por sus herederos, en 1897.

 No obstante haberse acordado -y anunciado- el traslado de los restos de San Martín, la compleja situación política que vive la Confederación -Urquiza se pronuncia el 9 de mayo de 1851- provoca su postergación.

 En esa época, diversos son los reconocimientos a su memoria, en varias capitales sudamericanas y también en periódicos europeos.

 En su patria chica, los homenajes provienen, en primer término, del campo federal. No sólo el gobierno de Rosas publica un extenso artículo necrológico, en La Gaceta Mercantil y reproduce el testamento del General en el Diario de Avisos 6, al tiempo que promueve el traslado de sus restos, sino que también Urquiza decreta que se honre su memoria erigiendo una columna en su honor en la plaza principal de Paraná. (Debe notarse que, más allá de la alianza que está consumando con viejos y nuevos unitarios, como asimismo con el Brasil, el General Urquiza es expresión, hasta su claudicación en Pavón -1861-, del federalismo provinciano.)

 Además, adquieren suma importancia los Recuerdos del General San Martín publicados en El Archivo Americano por un joven federal, Bernardo de Irigoyen, en 1851.

  Colaborador de la Confederación presidida por Rosas y luego también de la Confederación urquicista de Paraná -lo cual evidencia una trayectoria opuesta a \a de los liberales de Buenos Aires-, Bernardo de Irigoyen destaca, en sus recuerdos, dos aspectos del San Martín latinoamericano: su proyecto unificador y su enfrentamiento con la política de la burguesía comercial porteña.

 Respecto al primero, sostiene que San Martín había convertido a Cuyo en cuartel general y que acogió entusiasmo la Memoria de Guido, proponiendo la campaña a Chile y Perú, no ¡ando sino en su realización y en la urgente necesidad de confundir, en brazos de la libertad, los destinos de todos los Estados americanos, borrando sus demarcaciones y en donde todos ellos una patria común 7.

 En segundo término, Irigoyen critica severamente al grupo rivadaviano por haberle negado apoyo: El gobierno, fuese por una pusilanimidad de temple que disonaba con sus tradiciones revolucionarias, fuese por el de creer concluida la guerra de la emancipación o por el espíritu de aislamiento que reinaba en aquella época, desatendió la solicitud de San Martín, cruzando sus esperanzas -dejando en eminente riesgo al ejército unido y circundada de peligros a la América.

La historia no podrá explicar bien aquel procedimiento extraño en el gobierno de una Nación que aspiraba a cimentar la emancipación continental, aceptando los más costosos sacrificios y haciendo supremos esfuerzos.

 La República recordará siempre, con pesar, la resolución que contribuyó a la desmoralización de sus ejércitos, que debilitó el entusiasmo de sus pueblos, dio aliento a los enemigos de la libertad y arrebató a los argentinos el laurel que más tarde conquistó Bolívar 8.

 Después de fustigar la conducta de Rivadavia, Agüero y Gómez, así como de Anchorena y Pazos, distinguiendo al doctor Gascón como el único que levantó la voz apoyando la solicitud de San Martín 9, tiene que los hechos acusaron elocuentemente aquella política que, aspirando a mostrarse engañada de la situación, desatendió los sagrados deberes que ésta imponía al gobierno, comprometiendo la suerte del ejército unido y el éxito de la emancipación 10.

 De lo expuesto puede concluirse que los federales son los primeros en exaltar al General como jefe latinoamericano, ajeno al proyecto civilizador de la burguesía comercial porteña, posición que se hubiese ratificado con el traslado de los restos, como lo había solicitado Rosas y lo anunciaba lrigoyen, contando con la predisposición de su representante en París, precisamente yerno del General.

 Sin embargo, ello no llegó a concretarse.

El 3 de febrero de 1852 cae Rosas, derrotado en Caseros por el Ejército Grande, coalición del federalismo litoralense expresado por Urquiza, del Imperio del Brasil y de los emigrados de origen unitario.

 Don Juan Manuel se exilia rumbo a Inglaterra, llevando consigo el sable emancipador, mientras Urquiza ingresa con poncho y cinta federal a la ciudad hostil, desde la cual pretenderá -despegándose de sus aliados, tanto brasileños como liberales porteñistas – echar las bases de un proyecto nacional integrador.

 La alianza que dujo a Caseros se rompe casi inmediatamente y veinte días después de la batalla, Sarmiento se exilia para lanzar críticas implacables contra Urquiza, desde Yungay. Después, Mitre se convierte en el adalid de los intereses porteños, oponiendo al proyecto federal-provinciano en las sesiones de junio.

 El 18 de setiembre de 152, aquel Valentín Alsina que, a tres meses de la muerte de San Martín, lo critica por -sus prevenciones, casi agrestes y cerriles, contra el extranjero, se abraza el hall de un teatro céntrico con Lorenzo Torres, el principal legislador rosista de los tiempos del Restaurador.

 Es -el abrazo del Coliseo, símbolo de la confluencia entre la burguesía comercial porteña y los hacendados bonaerenses, con el cual se festeja el golpe anti-urquicista del 11 de septiembre de 1852.

 El poder en la provincia-metrópoli pasa a manos de los Alsina, los Mitre, los Pastor Obligado, los Sarmiento. Buenos Aires se segrega del resto del país, mientras Alberdi intenta robustecer la política federal-provinciana, aconsejando a Urquiza la nacionalización de la Aduana porteña.

 El triunfo de quienes habían cooperado con los franceses e ingleses agresores cuya conducta había sido calificada de -felonía por San Martín- posterga en más de un cuarto de siglo el retorno de sus restos.

 Al igual que Valentín Alsina, Sarmiento le guarda rencor, según su carta del 19 de julio de 1852 dirigida a Alberdi, a quien, precisamente, le encomienda una biografía de San Martín que, sin que fuese una detracción, concluyera con la alabanza eterna de nuestros personajes históricos, fabulosos todos. Alberdi, a su vez, si bien no cumple el encargo, dispara su artillería contra San Martín en El crimen de la guerra.

 Los admiradores de Rivadavia y, asimismo, frontales opositores a Rosas (aunque luego Alberdi replantea profundamente sus posiciones), no le perdonan al General su -desobediencia, ni su enfrentamiento con los unitarios, ni el legado de su espada a don Juan Manuel.

 Por estas razones, los nuevos dueños del poder no reclaman a Balcarce el traslado de los restos, ni éste da un paso en ese sentido. Balcarce conoce seguramente las disidencias que tuvo su suegro con el grupo liberal porteño.

 Probablemente también se ha informado de que el gran confidente de San Martín -el general Tomás Guido- ha sido desterrado por -los setembrinos y que, según se comenta, próximamente pasaría a desempeñarse junto a Urquiza en la Confederación con base en Paraná l2.

 Quizás también se ha enterado de que Manuel de Olazábal, otro fiel amigo de San Martín, revista ya en las filas urquicistas. (Años más tarde, el gobierno de Mitre le reducirá el sueldo a Olazábal a la cuarta parte.) l3

 Por estas razones, Balcarce prefiere archivar el proyecto de la repatriación.

Por otra parte, la posición de Balcarce es clara respecto a los hombres de la Buenos Aires segregada: -Es una desgracia que mis compatriotas nada hayan olvidado ni aprendido en veinte años de destierro, han vuelto a mi país con las mismas ideas impracticables que cuando lo dejaron y en lugar de apoyar al general Urquiza, que era el único que en esa circunstancia podía salvamos de la guerra civil, se han complacido en minar su poder e insultarlo ¡Después que acaban de proclamarlo Héroe y Libertador!

 Sin embargo, creo infalible el triunfo del partido de la campaña.

El de la ciudad no hace sino aumentar las desgracias y la ruina del país, prolongando una resistencia insensata.

 Desde la caída, a mi modo de ver, lamentable, del General Rosas, preví lo que ha sucedido y resolví prolongar mi residencia en Europa, pues habría sido el colmo de la locura regresar con mi familia a Buenos Aires para ser -víctima inocente de cuatro ambiciosos sin patriotismo, ni virtudes 14.

 Poco tiempo más tarde, Balcarce adquiere una casa de campo en Brunoy, junto al rio Iprés, a una veintena de kilómetros de París.

 Allí fija la residencia de su familia, destinando una habitación a la reconstrucción del dormitorio del General, con los mismos muebles e iconografía usados en Boulogne -sur – Mer.

 Allí llegarán, años más tarde, Vicente Quesada y su hijo Ernesto, para observar ese cuarto donde se hallan expuestos, en una pared, frente a la cama reducida, los retratos de los Libertadores.

 Durante la estadía en Brunoy, tanto Mariano Balcarce como su esposa Mercedes se convencen de que el triunfo de la facción porteñista en el Río de la Plata no ofrece condiciones para el traslado de los restos de San Martín, a tal punto que, en 1861, mandan construir un sepulcro en el cementerio local, donde en noviembre de ese año proceden a depositados. El destierro se prolonga, pues, más allá de la muerte.

 ¡Quién es el Padre de la Patria?

 En esos últimos años de la década del cincuenta, la burguesía comercial se consolida en el gobierno de la provincia de Buenos Aires, con el apoyo de buena parte de la clase estanciera.

 Su creciente poderío se expresa en el artículo aparecido en el diario El Nacional del 9 de diciembre de 1856, donde se propone que la provincia …acepte los antecedentes históricos legados por Rivadavia y diga al mundo en alta voz: –Yo soy la República del Río de la Plata y proclamo, al constituirme en nación soberana, el principio de la libre anexión de unas provincias a otras, porque yo soy con mejor derecho quien representa a la Nación argentina […] Constitúyase Buenos Aires en Nación 15.

 La propuesta no llega a concretarse pues encuentra oposición en algunos sectores, por lo cual se robustece la alternativa: dar pelea a la Confederación urquicista para imponerse a todo el país.

 Crece así el antagonismo entre la minoría porteña y el federalismo provinciano, donde confluyen desde el Chacho Peñaloza, como expresión popular del noroeste, hasta Urquiza, como ala conciliadora del litoral.

 En esa época, los sectores dominantes en Buenos Aires no sólo incrementan su poderío militar, sino que, como toda clase social en consolidación, buscan darse un sistema de ideas, mitos y tradiciones que los cohesione, para imponerlo, luego, al resto de la sociedad.

 Un investigador norteamericano, Nicolás Shumway, se ha detenido a estudiar precisamente esta cuestión: ¿Cuál visión del pasado se volvería la oficial?

¿Quiénes serían iconizados como héroes nacionales?

¿Qué relatos de valor y sacrificio serían conservados y embellecidos para definir e! alma argentina?

¿En qué términos se mencionaría a los gauchos y a las masas argentinas?

¿Qué papel en la historia de! país se asignaría a las provincias y a Buenos Aires?

¿Qué se diría de los caudillos?

En una palabra, ¡quién construiría el panteón nacional? 16.

 El mismo Shumway responde: El creador de la historia oficial fue el archirrival de Alberdi y Urquiza: Bartolomé Mitre. General, intelectual y político [. . .] Mitre encaró la escritura de la historia como un campo de batalla más donde Buenos Aires podía triunfar 17.

Efectivamente, esta clase social que tiene a Mitre como líder político, precisamente en los momentos previos a sus batallas decisivas para controlar el poder al la República, avanza en la fabricación de una Historia que sirva de fundamental su política, es decir, reconstruye el pasado según valores y óptica propios, par, justificar su accionar de entonces, así como su proyecto hacia el futuro.

 Por tanto, no resulta mera casualidad que el grupo gobernante prefiera hacer retornar los restos de Bernardino Rivadavia y no los del general San Martín. Don Bernardino, muerto el 2 de setiembre de 1845, en Cádiz, presa del rencor, había expuesto, en su testamento, el deseo de que su cuerpo no volviese jamás a Buenos Aires.

 Contrariamente, San Martín había expresado la voluntad de que su corazón descansase en Buenos Aires, pero como las razones políticas pueden más que los testamentos y la voluntad de los difuntos, el gobierno de Buenos Aires decide repatriar los restos de Rivadavia y no los de San Martín.

 El motivo de esta actitud sorprendente reside en que el proyecto del liberalismo 11 conservador porteño, en 1857, calca y prolonga el de Rivadavia de los años veinte.

 Convertido, pues, en prócer, implica preparar el procerato de los mismos que lo ungen.

 Sacralizar su política económica aperturista, basada en la inversión extranjera y el ingreso al mercado mundial, significa, asimismo, sacralizar la política idéntica que se pretende implantar.

De ahí los fastos realizados en agosto para recibir sus restos, con más de sesenta mil concurrentes y discursos de Sarmiento, Alsina y Mitre.

La Apoteosis de Rivadavia se convierte en la apoteosis de la burguesía comercial porteña, para la cual no sirve el general cuyos restos reposan en Francia.

 En esa oportunidad, Mitre pronuncia una arenga donde, entre otras cosas, señala: … Él vive entre nosotros [. . .]

Fue carne de nuestra carne, huesos de nuestros huesos, es hoy alma de nuestra alma.

Por eso gobierna hoy más que cuando era gobernante, por eso, obedecemos hoy sus leyes, más que cuando era legislador…

Sus mandatos están en nuestra conciencia: es que sus ideas forman el fondo común del buen sentido del pueblo 18.

Rivadavia nos ha dejado un pedazo de su corazón en cada una de sus instituciones a fin de inmortalizar en ellas su amor a Buenos Aires […]

Rivadavia nos ha salvado y nos gobierna por la fuerza de sus ideas […]

No busquéis entre los muertos a Don Bernardino Rivadavia, él vive en sus obras, vive en nosotros y vivirá inmortal en nuestros hijos mientras latan corazones argentinos, mientras en esta tierra se rinda culto a la inteligencia, al patriotismo y a la virtud 19.

 Años después, en un nuevo discurso apologético, Mitre completa la deificación de Rivadavia, proclamándolo el más grande hombre civil de los argentinos 20.

 Pero, en 1857, es necesario reforzar esa repatriación de restos y esa arenga, a través de las cuales Rivadavia inaugura el panteón de la clase dominante.

 Shumway juzga que esa tarea la cumple el libro Galería de celebridades argentinas, en el cual no sorprende que la selección de hombres a quienes se les acuerda rango oficial hayan servido todos a la causa porteña y ninguno haya sido un caudillo.

 Algunos también colaboraron con Rosas, pero los detalles de esa colaboración son cuidadosamente omitidos 21.

 Se trata de Rivadavia, José M. García, Florencio Varela, Juan Lavalle, Guillermo Brown, Gregorio Funes, Mariano Moreno, Manuel Belgrano y José de San Martín.

 En el prólogo, Mitre demoniza a los caudillos populares: representantes de las tendencias dominadoras de la barbarie [. . .] retratos terribles y ceñudos que inspiran horror, sirven para realzar las hermosas figuras de los que se han hecho célebres por sus servicios 22 .

 Shumway señala: -De lo que puede deducirse que Mitre ve la historia como un cuento ejemplar, un medio para dar forma al futuro. Usa deliberadamente el pasado para crear una mitología nacional, una ficción orientadora cuya función primordial es justificar la Argentina que avizora… Su trabajo como historiador refleja los mismos intereses que lo llevaron a la actividad política y militar: eran medios por los que trataba de legitimar sus aspiraciones como líder nacional y el dominio de Buenos Aires sobre el interior 23.

 En esa Galería…, Mitre aborda la figura de Belgrano, en un ensayo que le sirve de base para elaborar, al año siguiente, la Historia de Belgrano y de la independencia argentina, que ampliará y completará luego en sucesivas ediciones.

 Esta obra, que se fundamenta en más de tres mil documentos originales, constituye el punto de partida de la Historia Oficial.

 Puede presumirse que persigue el propósito de edificar otra columna -ahora de tipo militar- para complementar la de naturaleza civil expresada por Rivadavia y sostener sobre ambas el imaginario que pretende imponerse.

Sin embargo, en el caso de que ése fuera el propósito, resulta fallido, probablemente porque, más allá de su honestidad y patriotismo, Belgrano queda asociado más a la derrota (en el Paraguay y en el Norte: Vilcapugio y Ayohuma) que a los triunfos (Tucumán y Salta).

 En el prólogo, Sarmiento señala: –El general Belgrano es una figura histórica que no seduce por sus apariencias; ni brilló por el genio de la guerra, como San Martín, ni dejó rastros imperecederas en instituciones fundamentales, como Rivadavia [. . .]

Belgrano no es el gran hombre, sino el espejo de una época grande.

Poco ha hecho que cada uno no se crea capaz de hacer, y sin embargo, el conjunto de la vida de Belgrano constituye, por decirlo así, la Revolución de la independencia de que San Martín fue el brazo y Rivadavia el legislador 24.

 Este juicio implica que Sarmiento no lo considera a Belgrano suficientemente meritorio para alcanzar esa jerarquía de Padre de la Patria que le otorga Mitre en los últimos párrafos de su obra 25.

 Evidentemente, el fantasma de San Martín perturba los esfuerzos de la clase ilustrada por edificar su panteón, especialmente si se toman en consideración los diversos homenajes producidos por entonces, que registra minuciosamente José Pacífico Otero: en 1853, Valentín Ledesma publica, en Lima, un ensayo sobre la campaña libertadora del Perú; en 1854, se re imprime en Buenos Aires el opúsculo biográfico de Juan García del Río, bajo el seudónimo de Ricardo Gual y Jaén, que había sido publicado en Londres en 1823; en Chile, en 1856, después de dos trabajos fragmentarios de García Reyes y Salvador Sanfuentes, aparece un artículo de Benjamín Vicuña Mackenna, que propugna su reconocimiento.

 Asimismo, en la Argentina, al homenaje de Urquiza se suma, al poco tiempo, un proyecto de Tomás Guido para levantarle una estatua en la provincia de Santa Fe, y a los Recuerdos… de Bernardo de Irigoyen se suma la Biografía del General San Martín (1854), publicada por Sarmiento en Santiago de Chile.

  ¿Quién, entre ambos generales, está llamado a compartir la mayor gloria con don Bernardino? ¿Belgrano? ¿San Martín?

 La clase dominante vacila y su hombre más lúcido, Mitre, no logra convencerla plenamente postulando al creador de la bandera. Sin embargo, ella recibe con satisfacción su Historia de Belgrano.

 Allí aparece la Revolución de Mayo relatada desde su perspectiva, valioso precedente para legitimar su política, estrechamente ligado al esquema de -civilización y barbarie sostenido por Sarmiento en su Facundo, de 1845.

 Esa historia de la -emancipación argentina hace nacer a la Patria para cumplir el destino de mirar hacia el Atlántico, odiando a España y volcando su afecto hacia los ingleses, propulsores del comercio libre.

 La Revolución no constituye un movimiento democrático popular, producido contemporáneamente a otras explosiones reivindicativas, tanto en Latinoamérica como en la propia España, y menos aún, una experiencia jacobina con rasgos terroristas, timoneada por Mariano Moreno, sino el gran antecedente de la política rivadaviana ejecutada -acota Shumway- por una minoría ilustrada que justifica a otra minoría ilustrada cual es la de Mitre y sus partidarios porteños 26.

Así, en las líneas -y en las entrelíneas- de la Historia de Be/grano, quedan diseñados los rasgos fundamentales de Mayo de 1810:

 1) origen: las ideas de libertad que difundieron los oficiales ingleses cuando, después de la invasión frustrada, alternaron en los salones de las principales familias porteñas; 2) programa: la Representación de los Hacendados, es decir, la incorporación, sin trabas, a la economía mundial;

 3) protagonistas: -la gente decente que en la plaza, -con paraguas, y en el Cabildo, expresó su deseo de -civilización y progreso;

4) sentimientos: un profundo odio a España, así como simpatía y admiración por la progresista Gran Bretaña.

 5) apoyo: Lord Strangford, desde Río de Janeiro;

 6) padrino: George Canning, quien se constituirá, en 1825, en el partero del nuevo país, al reconocer su independencia.

 Del mismo modo, la obra constituye una violenta descalificación de los caudillos, cargando los peores epítetos contra Artigas (-enemigo de todo orden y gobierno regular, -dominador absoluto y despótico, -nuevo Atila, -jefe de la anarquía, de -ambición bastarda, -sistema de federación semibárbara, -mandón dueño de vida y haciendas, etc.).

 Años después, Vicente Fidel López publica una carta particular donde Mitre le ha escrito: Los dos, usted y yo, hemos tenido la misma predilección por las grandes figuras y las mismas repulsiones contra los bárbaros desorganizadores, como Artigas, a quienes hemos enterrado históricamente 27.

 Queda establecida, de esta manera, una continuidad razonable y coherente, en la línea histórica Mayo- Rivadavia, que se completará con Caseros (no el Caseros federal de Urquiza, sino el de Valentín Alsina) y empalma naturalmente con la política Luis Roberto Altamira y el proyecto de la minoría porteña en el poder, en 1858.

 Tal es el trasfondo político de la obra que Juan Bautista Alberdi -por entonces, asesor de Urquiza y, por tanto, adversario político del grupo porteño- dedica 180 páginas a refutar, en su libro Grandes y pequeños hombres del Plata.

Sin embargo, aunque esta Historia cumple el objetivo de legitimar una política, no alcanza como para catapultar a Manuel Belgrano al nivel de padre de la Patria.

 Más allá de los comentarios laudatorios que recibe la obra, probablemente la burguesía comercial porteña manifestó, de alguna manera, su insatisfacción respecto a la sacralización de Belgrano, cuyos merecimientos, si bien indiscutidos, no parecieron suficientes para una apoteosis como la que había recibido Rivadavia.

 No debe sorprender, entonces, que poco después, el 28 de marzo de 1859, Mitre le escriba a Mariano Balcarce, informándole de su propósito de historiar a su suegro y solicitándole copia de algunos documentos 28.

 Balcarce le responde, el 6 de junio, adjuntándole copia de una carta de Bolívar a San Martín, así como de las instrucciones de éste a Arenales en el Alto Perú 29.

 Este intercambio postal constituye el primer paso dirigido a levantar el mausoleo histórico del General.

 Más tarde, al triunfar en Pavón (setiembre de 1861), la burguesía comercial porteña -con el apoyo de los hacendados bonaerenses- asume el poder central de la República.

 Se inicia, entonces, la implantación de las bases del modelo agroexportador que sellará el destino de la Argentina durante casi un siglo: concesión del Ferrocarril del Sud (Junio 1862); concesión del Ferrocarril Central Argentino (mayo 1863): instalación del Banco de Londres y el Río de la Plata (1862); instalación del Banco Británico de la América del Sud (1863).

¿Cuál es la fuerza que impulsa este progreso?

¡ Señores, es el capital inglés! 29.

 Al mismo tiempo, los ejércitos porteños avanzan sobre las provincias del interior para sofocar el disenso popular.

 Por entonces, la Municipalidad de la ciudad de Buenos Aires erige una estatua de San Martín en la llamada plaza de Marte (desde ese momento, Plaza San Martín).

 Otero refiere que los diversos homenajes realizados dentro y fuera de la Argentina motivan esta actitud de la Municipalidad.

En el acto de inauguración-1417 /1862-1a disertación de Mitre evidencia que aún no se halla plenamente convencido de que San Martín sea el héroe militar capaz de acompañar a Rivadavia en el procerato mayor de la Patria.

 Si bien su juicio es elogioso, cerca del final, señala: Mientras tanto y mientras llegue el momento en que organizada definitivamente la República Argentina podamos colocar a su frente la estatua del General Belgrano, que divide con San Martín las páginas de nuestra historia y el corazón de los argentinos, porque ellos son los dos grandes hombres de acción y pensamiento de nuestra revolución, saludemos en ese bronce que va a descubrirse la noble e inmortal efigie del fundador de tres Repúblicas, vencedor de San Lorenzo, de Chacabuco y Maipú, del primer Capitán del Nuevo Mundo, del ilustre guerrero argentino, el general José de San Martín 30.

 En ese momento histórico, San Martín y Belgrano se hallan a la par, según la apreciación de Mitre.

 No existe aún el Padre de la Patria.

 Sin embargo, poco después -1863- mientras la figura de Manuel Belgrano tiende a debilitar su perfil, Juan María Gutiérrez publica

La estatua de San Martín, donde no sólo recopila diversos documentos y poesías, sino que agrega un bosquejo biográfico del General.

 San Martín en el panteón oficial

 El proyecto político, económico y cultural de la clase dominante se consolida en esa década del sesenta.

Una a una, las provincias del interior son sojuzgadas.

El viejo país se hunde para dar paso a la semicolonia agroexportadora.

La Guerra del Paraguay -destruyendo el modelo más progresista de América Latina- completa la dominación política, mientras los caminos de acero, los Bancos y las casas de comercio extranjeros van moldeando la nueva estructura que luego se completará con inmigración y frigoríficas.

 Es la hora de la construcción definitiva del panteón oficial.

 Los restos del General permanecen en Brunoy, pero no bien finaliza su período presidencial, Mitre -como la expresión más lúcida de los dueños del poder-se decide por San Martín para elevado al rango de Padre de la Patria.

El 14 de enero de 1869 le escribe a Mariano Balcarce, informándole: -Voy a escribir dos libros distintos, pero que tendrán, entre sí, correlación.

Uno de ellos será la vida pública del General San Martín desde 1812 a 1822, incluyendo, por vía de noticias, sus primeros años y su carrera en España, y éste se titulará -Historia de San Martín-, que hará juego con la de Belgrano, completando nuestra historia([.)

 El otro se intitulará -El ostracismo y la apoteosis- del General San Martín, que pienso publicar antes de la historia y creo que tal vez antes de dos meses pueda estar concluido.

Agrega, en la misma carta: …Me interesan no sólo /os documentos públicos y la correspondencia privada de San Martín hasta 1822, sino los subsiguientes durante su ostracismo, pues mi plan es tomar al personaje desde su abdicación en Lima hasta su muerte, terminando con la apoteosis que le ha hecho la América entera a[ levantarle estatuas después de tantos años de ingratitud y olvido…32

 Balcarce le envía entonces documentación, solicitándole que después de tomar notas la pase al Archivo o Biblioteca Nacional. Mitre acumula, ordena, clasifica y avanza en su labor. Cinco años después (1874) -hallándose preso por haberse insurreccionado contra el gobierno de Sarmiento para impedir la asunción de Nicolás Avellaneda- redacta las primeras páginas de su obra 33.

 Luego, en el diario La Nación, anticipa periódicamente fragmentos de la misma.

 De este modo, concreta su primer proyecto: tras una breve referencia al período 1778- 1812, reconstruye el período 1812- 1822, que culmina con el apartamiento después de Guayaquil.

Así se verifica la apoteosis de San Martín y su ingreso a la Historia Oficial, como Padre de la Patria.

Pero, ¿de qué manera la victoriosa burguesía comercial porteña incorpora a San Martín como uno de los grandes a ese altar edificado para fundamentar y legitimar, desde el pasado, su política presente y su proyecto futuro?

 En primer término, inventando una -revolución argentina -o más bien, porteña- que se -americaniza generosamente, -dando libertad a países hermanos.

 Esta revolución argentina tiene por propósito -crear países independientes, mientras que la revolución colombiana se propone -unificar artificialmente a las colonias emancipadas, según un plan absorbente y monocrático, proveniente del -sueño delirante de la ambición de Bolívar.

 Este planteo aparece en las primeras páginas de la obra: oposición a la unidad latinoamericana, disenso con la campaña de Bolívar por -delirante, dilatada y ambiciosa, marginación de la Argentina respecto al resto de América Latina (en todo caso, hermana mayor que se digna otorgarles libertad a Chile y Perú).

 En las páginas siguientes, el cuadro se completa idealizándose como progresista a la colonización inglesa en el norte de América, al tiempo que se descalifica a la española, por reaccionaria, de México al Sur.

 Asimismo, se establece que la lucha en el Río de la Plata estuvo motivada por -el odio a España y que Canning fue el protector y artífice que -llamó a la vida a este nuevo mundo.

 Pero, cómo se resuelve este -odio a España de los revolucionarios americanos, en el caso particular de San Martín, cuya personalidad se modeló en esa península desde los seis hasta los treinta y cuatro años, impregnándose de cultura, tradiciones y vivencias españolas?

 Esos veintiocho años se resumen superficialmente en seis páginas, en una obra que en las ediciones comunes alcanza a casi seiscientas.

 De esta manera, el teniente coronel San Martín brota de la nada, insólitamente en el Río de la Plata, en 1812, como un argentino nacido en Yapeyú.

 Inmediatamente, el ensayo enfrenta otro problema: ¿por qué razón este oficial abandona el ejército español para trasladarse a América, a pelear precisamente contra el ejército español, bajo cuya bandera combatió en treinta batallas?

 La respuesta resulta muy débil: decidió regresar a la lejana patria, a la que siempre amó como a la verdadera madre 34.

 Es decir, se trata de un argentino y su decisión obedecería a que su patria alienta un fuerte sentimiento antihispánico.

(Por supuesto, esta argumentación supone que en 1812 existe una identidad argentina y que pesan sobre San Martín sus primeros seis años de vida en América más que los veintiocho siguientes en España.)

Con posterioridad, otros historiadores incorporan algunas variantes, igualmente pueriles, como, por ejemplo, -el llamado de la selva misionera, -los recuerdos infantiles, -las fuerzas telúricas.

 De este modo, la Historia Oficial instala a San Martín como Padre de la Patria, jefe de -la revolución argentina americanizada, que otorga la libertad a Chile y Perú, hasta que choca con el -ambicioso Bolívar y se aparta de la vida pública en 1822.

 Casi seguramente -de acuerdo con el proyecto anunciado- Mitre acomete la tarea de El ostracismo y la apoteosis del General San Martín, pero desiste: el enfrentamiento con Rivadavia hasta casi llegar al duelo, la disidencia con Lavalle en 1829, la relación epistolar con Rosas y las denuncias de las agresiones extranjeras en 1838 y

 1845, incluyendo su acusación a los unitarios por la -felonía cometida, impedirían consagrarlo héroe del panteón oficial.

 Por esta razón, la Historia de San Martín y la emancipación americana queda reducida al plan inicial y no va más allá de 1822.

 Pero ocurre que ese fragmento de la vida del General (1812-1822) no resulta comprensible si se otorga escasísima importancia a sus primeros treinta y cuatro años (1777-1811) y si, además, se omiten los últimos veintiocho (1822-1850).

 Así, con su vida mutilada, eliminado casi su origen provinciano, despojado de su acento gallego, estrechadas sus miras a una óptica argentina, desentendido de la Patria Grande y rencoroso hacia Bolívar, el general San Martín ingresa a la historia santificada de los colegios en sus diversos niveles, de las academias, cuarteles e institutos, de las conferencias sabatinas y los suplementos culturales dominicales, a las calles y plazas, a los cuadros y estatuas, a las revistas infantiles y los cuadernos escolares, broncíneo y ajeno, incomprensible y distante.

 El 29 de mayo de 1880 -por decisión del presidente Nicolás Avellaneda-los restos del General retornan a la patria, pasando a ser depositados en la Catedral de Buenos Aires, según algunos en una ampliación lateral del cuadrilátero de la misma, pues la presunción de haber sido miembro de la masonería -aunque falsa impediría su permanencia en lugar sagrado.

 Pero el mausoleo construido al efecto no ofrece el espacio necesario y el sarcófago debe ser colocado de manera inclinada, suceso que parece simbolizar de qué modo el General ingresa forzada mente a la Historia Oficial.

 Por otra parte, aun cuando se corrija la tergiversación, el San Martín auténtico sólo puede ingresar a la historia de su patria chica con la condición de que ésta se integre a la historia latinoamericana.

 Argentino de nacimiento, Libertador de Chile y Protector del Perú, que se aparta cuando se frustra su intento de consolidar una gran fuerza latinoamericana, resulta, para la historia argentina, un entrometido en los países hermanos, sin preponderante actuación en el reducido marco del país.

Esto se comprende claramente hoy porque idéntica situación se presenta con el Che Guevara: también argentino de nacimiento, acompaña el proceso revolucionario de Guatemala, se constituye en figura de primera línea en la Revolución Cubana y es asesinado en Bolivia, cuando intentaba gestar una fuerza liberadora latinoamericana.

 Sólo la Historia de la Patria Grande latinoamericana puede albergados.

 Apoteosis y tergiversación

 En 1887, Mitre publica la versión definitiva de su Historia de San Martín y de la emancipación americana.

Con ella, la clase dominante crea un San Martín a su imagen y semejanza, cuyas luchas e ideas, exaltadas por los diversos medios de comunicación, contribuyen a consolidar el orden que preserva sus intereses. Sin embargo, esta canonización de San Martín, insoslayable pero no signada por el afecto y la admiración, permite detectar viejos resentimientos y desinteligencias.

 Con razón, señala Carlos Steffens Soler que en la Historia de San Martín la lluvia torrencial de adulonerías dedicadas sin convicción al Libertador no consigue disimular el rencor agrio y solapado con que fue escrita 35.

 Este autor critica especialmente la duda sembrada por dicha historia acerca de la honestidad del General en el manejo de fondos 36.

Incluso José Pacífico Otero, no obstante su alineamiento con la Historia Oficial, manifiesta divergencias con respecto al monarquismo que se adjudica a San Martín y rechaza que el General tuviese síntomas de decadencia moral o declinación de su inteligencia, en su época del Perú, como surge de dicha obra 37.

 Esta vieja inquina brota, asimismo, cuando el director del Museo Histórico Nacional, Dr. Adolfo P. Carranza, convence a Manuela Rosas de Terrero para que done el sable que San Martín había legado a su padre.

Efectivamente, el 28 de febrero de 1897 arriba al puerto el vapor Danube, procedente de Southampton, trayendo el sable de San Martín, que días después es entregado por el presidente de la Nación, Dr. Uriburu, al Museo Histórico. Pero el retorno del sable se produce en un clima de absoluta frialdad por parte del gobierno, del resto de los organismos e instituciones. Se excusaron de concurrir todos los generales y oficiales de alta graduación, señala El Día del día 31/02/97 -38.

 En La Tribuna del 5 de marzo de 1897, puede leerse un comentario acerca de la penosa impresión que ha causado el recibimiento triste y frío que se le ha hecho a la espada de San Martín.

Los buques de la escuadra no han formado calle para que pasase entre ellos la nave portadora de la preciosa reliquia, los cañones de los mismos han permanecido mudos, no han sonado los clarines, las tripulaciones no han coronado los barcos, el ejército de tierra ha brillado por su ausencia, cuando allí debió formar, con sus mejores galas, presentando sus armas y haciendo oír las músicas marciales.

 Y todavía, por causas que no queremos buscar, retrajéronse de la ceremonia, según dijimos, casi todos los generales designados a constituir la comisión de recepción del arma gloriosa, entre los cuales no se nombra a Mitre, el Historiador de San Martín, la personalidad más indicada para ocupar el puesto de honor de la misma comisión.

Si la espada conservase todavía la vida que le infundiera su dueño habría hecho probablemente lo que éste en 1829, volverse al destierro, prefiriéndolo al hecho de la ingratitud de su propia tierra 39.

 Más allá de estas reservas -que ratifican el modo forzado con que el General se incorpora a la Historia Oficial-, el bronce perdura y se difunde.

 Los historiadores divulgan esa estampa en los colegios, periódicos y conferencias, enriqueciéndola con atributos morales -resumidos en las Máximas para mi hija- o con posturas filosóficas, según la famosa anécdota en ocasión de la visita de Sarmiento.

Excepcionalmente, su gesta se carga de matices humanos, como en los relatos de Ada María Elflein, pero las más de las veces predomina su perfil estatuario, de personalidad adusta, que es posible reverenciar pero no imitar.

 De Vicente E López a Alfredo Grosso, de Ricardo Rojas a José P. Otero, de Astolfi a Ibáñez, San Martín alcanza su apoteosis, al precio de su tergiversación.

 Ya es el Padre de la Patria y, en tal carácter, se multiplican sus estatuas, dentro y fuera de la Argentina.

 En julio de 1901 se le erige un monumento en el Perú, en la fortaleza del Callao, y en 1921, otro en Lima.

En 1883, se levanta su estatua en Rosario, en 1901 en Santa Fe, en 1904 en Mendoza, en 1906 en Corrientes, y así sucesivamente en Córdoba, La Rioja, La Plata, Río Cuarto y otros lugares 40, así como en el Cerro de la Gloria, en Mendoza.

 El 23 de octubre de 1909 se inaugura su monumento en Boulogne – sur – Mer, con algunas significativas coincidencias.

 La primera reside en que uno de los oradores es Manuel Ortiz Pereyra, quien años más tarde se constituye en decidido luchador contra el imperialismo británico, participando en 1935 en la fundación de F.O.R.J.A. (Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina), junto a Arturo Jauretche y Hornero Manzi 41.

 La segunda consiste en que otro de los oradores es el alcalde de Boulogne-sur-Mer, cuyo nombre es C. Perón 42.

 Asimismo, se suceden homenajes latinoamericanos: Montevideo (1919), La Habana (1921), Bogotá (1922), México (1927), Caracas (1930)43.

Después de 1930, cuando la crisis económica mundial tritura tantas ilusiones y tantos mitos, la aparición del revisionismo histórico constituye una oportunidad para replantear la imagen consagrada.

 Pero como política e historia van de la mano, los -rosistas evitan profundizar en la figura de este General que a menudo utilizaba el lenguaje de los revolucionarios franceses del 89 -lo cual los irrita- y prefieren, en cambio, aprovechar su buena relación con Rosas y el legado del sable, para sumado al panteón del nacionalismo clerical.

 Así, a aquel San Martín que la clase dominante había -rivadavianizado, estos historiadores revisionistas lo -rosifican.

 De este modo, crean un general argentino, nacionalista, fervoroso católico, hombre de orden, monárquico, nostalgioso de la sociedad tradicional y enemigo del progreso.

 Algunos completan el cuadro inventando la línea histórica Saavedra San Martín-Rosas, simpática al ala derecha del ejército, pues identifica nacionalismo con conservadorismo, justamente en un país donde lo nacional sólo adquiere posibilidad si desarticula la dependencia, siendo precisamente lo conservador el resguardo de la misma.

 De tal modo, el destino de San Martín resulta doblemente trágico: viviendo fuera del país natal durante la mayor parte de su vida, historiadores de uno y otro signo le permiten ingresar a sus historias al precio de desfigurado, con lo cual el verdadero San Martín continúa desterrado.

 La polémica insoslayable

 Por supuesto, al correr de los años, aparecen francotiradores que luchan por poner de relieve al auténtico San Martín, contrastándolo con la imagen sacralizada.

Entre otros, pueden citarse A. J. Pérez Amuchástegui, Joaquín Pérez, Augusto Barcia y Trelles, José Luis Busaniche y René S. Orsi.

 También merece ser recordado Ricardo Levene, cuando se aparta insólitamente de la vieja huella y -bajo la atmósfera popular del peronismo- publica El genio político de San Martín, mostrando la vinculación del General con los caudillos federales.

Más importante aún es el ensayo de Eduardo Astesano,

 La movilización económica en los ejércitos sanmartinianos, que revela el éxito del plan económico aplicado en Cuyo y permite que el lector perspicaz asocie esa política con su antecedente, el Plan de Operaciones de Moreno, y su continuación, el ensayo de desarrollo paraguayo realizado por Carlos A. López y Francisco Solano López.

 Cabe resaltar que este libro, al igual que el de Levene, como así también San Martín.

 Sus relaciones con Benardino Rivadavia, de Luis R. Altamira (que desnuda la enemistad entre ambos), son del año 1950, establecido por el gobierno de Perón como Año del Libertador General San Martín.

Estas reivindicaciones del San Martín auténtico se ligan, pues, a un momento de protagonismo de masas en la Argentina, aun cuando el peronismo gobernante, probablemente para evitar disensiones en el amplio frente nacional, no aborda en profundidad la polémica histórica.

 Tampoco es casual que, mientras el gobierno de Aramburu-Rojas se asocia a la inauguración del monumento al Urquiza claudicante de 1860, la renovación metodológica de la investigación histórica en la Argentina expresada en la Historia Social-con el acceso a cargos importantes de José L. Romero y Tulio Halperín Donghi- asume plenamente al San Martín oficial, procurando, con las nuevas técnicas, mantener incólume el viejo mausoleo ya deteriorado.

 También significativamente, San Martín se entremezcla en las manifestaciones populares, años después, al producirse el alza de masas de los 70, cuando los jóvenes peronistas que levantan el -socialismo nacional recuperan su bando de 1819 con aquello de –

“Seamos Libres, lo demás no importa nada.

Juremos no dejar las armas de la mano, hasta ver el país enteramente libre, o morir con ellas, como hombres de coraje.”

 Esta circunstancia parece asociada a aquella frase con la cual Sarmiento reprobaba la -prevención de San Martín ante el extranjero: …la estatua de Piedra del antiguo héroe de la independencia parecía enderezarse sobre su sarcófago para defender a la América amenazada 44.

Asimismo, resulta significativo que uno de los más duros ataques al mito del antibolivarismo de San Martín provenga del grupo Frente Obrero, cuando uno de sus integrantes, bajo el seudónimo de López Montenegro, señala, en el prólogo de la edición argentina del Simón Bolívar de Carlos Marx, que el General conservaba en su casa el retrato del Libertador venezolano, bien expuesto, durante su exilio.

 En los últimos años esta estrecha correlación entre historia y política vuelve a manifestarse cuando San Martín y Bolívar adquieren cada vez mayor vigencia, en tanto la independencia y la unión de América Latina se tornan discusión habitual.

En el caso de San Martín, se acentúa el interés cuando Rodolfo Terragno descubre en Londres un plan redactado por T. Maitland, en 1800, destinado a que Su GraciosaMajestad Británica se apodere de las tierras españolas de América, con una estrategia militar semejante a la aplicada luego por San Martín.

 Si bien Terragno no plantea que el General actuase al servicio de los ingleses, su libro crea una inquietud que es desarrollada por Juan Bautista Sejean en San Martín y la tercera invasión inglesa, con esta pregunta clave: ¿Por qué motivo este teniente coronel del ejército español pasa a Londres, se informa casi seguramente de un plan inglés de dominación de América, decide lanzarse al Río de la Plata y aplicarlo, lo cual lo obliga a enfrentar al ejército al que pertenecía hasta pocos meses atrás?

 Como ya resulta pueril sostener que percibió el -llamado de la selva o que las influencias de los primeros seis años de vida pudieron crearle un -patriotismo argentino, Sejean supone que en Londres se convirtió en mercenario al servicio de la Corona, y lo afirma sin ambages: Es un agente inglés.

 Se intenta fundamentar la tesis con algunos otros argumentos, pero el más importante es el indicado: la causa de su regreso en 1812.

 Si la revolución de Mayo era contra España, un alto oficial español sólo puede venir a América a luchar contra su propio ejército porque, al pasar por Londres, alguna razón muy importante lo condujo a cambiar de bandera y ésta sólo podría ser el oro británico.

El argumento es fuerte y los historiadores liberales callan, en su inmensa mayoría.

 Sólo Patricia Pasquali, discípula y admiradora de Carlos Segretti, se anima a bajar a la arena, intentando refutar a Sejean.

 Esta historiadora comienza por desechar, por pueril y poco seria, la tesis de los -recuerdos infantiles, con lo cual quema las naves de los historiadores liberales y en lugar de causas sentimentales ofrece una que provendría de la más madura reflexión: San Martín, después de largas cavilaciones, comprende que un indiano de familia pobre carece de posibilidades de hacer carrera en el ejército español.

 De ahí su decisión de abandonar ese ejército, sin horizontes para él, y dirigirse a América para luchar, precisamente, contra ese ejército en el cual ha batallado más de dos décadas, en treinta combates por tierra y mar.

 Esta posición histórica se  convierte en la última trinchera de la Historia Oficial, levantada para salvar a San Martín de ser un agente extranjero. Inteligente, osada, pero no convence.

¿Es San Martín un arribista, un escalador de posiciones, un hombre tan cegado por el interés egoísta como para abandonar camaradas, relaciones, bandera, tradición, etc.?

 Por otra parte, la lucha que empeñaban los liberales españoles para democratizar el país, ¿no creaba acaso las condiciones para su ascenso, eliminando esas causales de origen y patrimonio, propias del ejército anterior a la revolución de 1808?

 Si sólo quería guerrear y convertirse en un general famoso, ¿no podía elegir otro lugar que no fuera precisamente aquel donde debía enfrentar al propio ejército del cual procedía.

 La última trinchera se desarticula también.

 Sejean aprovecha para señalar que -es la primera apologista que admite que no fue el patriotismo el sentimiento que lo trajo a estas tierras.

En ese punto coincide exactamente con lo que yo digo en mi libro.

 Le critica que sus argumentos son contradictorios, porque en parte pareciera animarse a decir que viene por su vocación liberal, pero luego enfatiza más la tesis de que fue un cálculo, una especulación personal por la falta de horizontes profesionales en España 45.

 Por su parte, el Instituto Nacional Sanmartiniano emite una declaración en la que denuncia que Sejean osa desvirtuar, parcial o totalmente, el sentido patriótico del regreso de San Martín y que nada de todo lo dicho por el escritor es cierto, nada de todo ello se ajusta a la verdad histórica 46.

Este documento, sin embargo, no aporta argumentos capaces de destruir la tesis de Sejean, por lo cual éste replica que sería interesante y enriquecedor que los académicos se animaran a replicar mis asertos con documentos, testimonios, con juicios fundados, para concluir en que la declaración mencionada revela la impotencia de los autores para debatir sobre los temas que he osado revisar sin pedirles permiso 47.

 Sejean protesta, además, porque su libro no ha recibido comentarios, siendo víctima de -la táctica del silencio: Yo me pregunto, ¿cómo se las arreglan?

¿Cómo obtienen el silencio de todos los medios gráficos, la adhesión de todos los historiadores, la complicidad de tantos?

¿Qué se esconde detrás de todo esto? 48

 Llevado de esta inquietud, Sejean lee Oswald Spengler y se sorprende: En lugar de la hoguera como en China, donde qemaban los libros, aparece ahora el gran silencio […]

 El lector se entera de lo que debe saber y una voluntad superior informa la imagen de su mundo 49.

 Seguramente Sejean no ha leído a Jauretche, Scalabrini Ortiz y otros que hace muchos años denunciaron cómo funcionan los mecanismos de silenciamiento en la Argentina, convirtiendo en malditos a los escritores molestos, como Manuel Ugarte, Manuel Ortiz Pereyra, Juan José Hemández Arregui o José Gabriel, entre tantos.

 En ese caso, quizás se habría enterado de que, desde hace décadas, dos historiadores españoles explicaron las razones de San Martín pero que, por cuestionar la Historia Oficial, sus libros fueron silenciados más aún que el suyo (que tuvo importantes avisos publicitarios y alcanzó cuatro ediciones, más el nuevo libro Prohibido discutir a San Martín).

 Efectivamente, en 1932, Eduardo García del Real formuló una explicación razonable destacando la formación hispánica de San Martín y su adhesión a las nuevas ideas liberales que traían los vientos de la Revolución Francesa, las mismas que provocaban los levantamientos en América, al grito de Juntas, como en España, a partir de 1808.

 Como esto implicaba otorgarle a Mayo un carácter democrático y no separatista (ni anti hispánico, ni pro británico), pasó a ser un escritor maldito.

 Más tarde, en los años cuarenta, Augusto Barcia y Trelles profundizó esos argumentos en una obra de seis tomos que fue también sepultada en el mayor de los silencios.

 Ese boicot concertado que funciona tan aceitadamente – la sabia organización de la ignorancia, lo llamaba Scalabrini Ortiz , condenó la tesis de ambos historiadores, pero no a través de la polémica, sino ignorando sus libros, cerrándole sus espacios, negándoles el ingreso a las casas de estudio, omitiendo los comentarios bibliográficos.

 Auscúltese hoy, por medio de una encuesta, cuántos estudiantes de la carrera de Historia conocen a García del Real o a Barcia y Trelles y se tendrá la prueba de lo que señalamos. Ambos historiadores seguramente le podrían haber explicado a Sejean de qué manera opera el silenciamiento sobre aquellas ideas que molestan a los sectores dominantes, de lo cual Sejean se sorprende sólo ahora.

 Censurada la interpretación de los dos historiadores mencionados, ni siquiera discutida (la obra de Barcia y Trelles supera las 2600 páginas!), durante décadas se repitió la Historia Oficial.

 No imaginaron los historiadores oficiales que un día aparecerían Terragno y Sejean para provocar una polémica que exige una definición.

Si la interpretación tradicional de la revolución de Mayo es correcta y éste es, por tanto, un movimiento separatista desde su inicio y marcadamente antihispánico, la única explicación de la conducta del gallego San Martín -modelado como español entre los siete y los treinta y cuatro años- reside, como afirma Sejean, en que fue cooptado por los ingleses durante su estadía en Londres.

 Si, en cambio, la revolución fue inicialmente democrática, popular, y formó parte de la revolución liberal española comenzada en 1808 y extendida a América, como lo sostuvieron Alberdi, Manuel Ugarte y otros, entonces San Martín regresó para continuar su lucha desarrollada en la península y de ningún modo está -vendido al oro británico, resultando un general hispanoamericano, lo cual explica que cruce los Andes usando una bandera distinta de la argentina y marche al Perú con bandera chilena.

 En este segundo caso, queda a salvo San Martín, pero se derrumba la Historia Oficial impulsada por la clase dominante, a través de Mitre.

 No sólo es falsa la interpretación de Mayo y, por tanto, incorrecta la biografía de Belgrano, sino también la de San Martín; y por efecto dominó, caen estrepitosamente de la biblioteca las obras de Vicente F. López, Grosso, Levene, Rojas, Astolfi, Ibáñez y tantos otros, del mismo modo que se hunden las lecciones de tantas inocentes maestras y desprevenidos profesores secundarios, como, asimismo, los apuntes desgrabados de las cátedras universitarias hasta hoy más prestigiosas.

 El camino parece bifurcarse indefectiblemente.

 No existe manera de continuar la marcha sin optar. Probablemente, sólo un amplísimo debate, abierto a todas las corrientes historiográficas, políticas e ideológicas, permita superar la encrucijada.

 En esta polémica por venir, la obra que con tanta paciencia acaba de leer se pronuncia -como usted ya lo ha advertido- por un San Martín revolucionario latinoamericano, General de la Patria Grande.

 Buenos Aires, julio de 2000.

 Ya en imprenta este libro, la aparición de la novela histórica Don José, de José L. García Hamilton, ha provocado gran escándalo. Por un lado, este autor expone la hipótesis de que San Martín sería hijo de Diego de Alvear y una india guaraní.

 Por otro, inserta una decena de mujeres en su vida -resultando cuatro hijos naturales- a lo cual suma un -vicio indecoroso en la pubertad, la adicción al opio, y el alcohol y hasta… las hemorroides.

 El propósito sería -humanizado o más bien, según expresa el autor, concluir con la -educación patriótica.

  Racistas y pacatos han reaccionado furibundamente con lo cual se instala una nueva polémica que desplaza del centro de atención mediático a la que lo ocupaba hasta ahora: los motivos del regreso a América en 1812, si era -o no agente inglés.

 Así, García Hamilton propugna un San Martín de raíz guaranítica, tan humanizado que hasta le echa cargos de corrupción, mientras sus contendores prefieren al San Martín blanco, tradicional.

 Pero unos y otros soslayan la polémica respecto de que fuera mercenario al servicio de Inglaterra. Como se ha dicho alguna vez, la trampa a veces consiste en discutir profundamente las cuestiones secundarias y superficialmente -o no discutir-las cuestiones fundamentales.

 El viento globalizador que pretende borrar las patrias, el seudo progresismo que se agota en la siembra de escandaletes y/o la prédica de la resignación -dirigida a borramos un futuro de independencia y justicia- ocuparan tal vez algunas semanas los medios con polémicas falsas.

 Pese a ello la verdadera discusión continuará en pie.

 De ella emerge necesariamente -cabalgando desde el pasado y acompañándonos en las luchas por venir- un San Martín liberador y unificador de América Latina.

 NG/

Bibliografía:
2.-Carta de Felipe Arana a Mariano Balcarce, del 1/11/1850, en JPO, t. 8, pp. 101-102.
3.-Testamento ológrafo del Gral. San Martín, del 23/1/1844 (Ed. Peuser).
 4.-Irigoyen, Bernardo de, Recuerdos del General San Martín, Buenos Aires, Coni Hnos., 1905, p. IIZ. 5.-.-Artículo necrológico redactado el 14/11/1850, firmado con las iniciales V. c., publicado en La Gaceta Mercantil del 9/12/1850.
6.- Diario de Avisos, 15/12/1851.
 7.- Irigoyen, Bernardo de, ob. cit., p. 29.
 8.- bid, pp. 90-91. (d. p. 90. ) Id, p. 94.
 11.- Carta de D. F. Sarmiento a J. B. Alberdi, del 19/7/1852, reproducida en Grandes y pequeños hombres del Plata, ob. cit., p. 235.
 12.- Barreda Laos, Felipe, El General Tomás Guido. Revelaciones históricas, ob. cit.
 13.- Olazábal, Manuel de, Memorias del corone: Manuel de Olazábal, ob. cit.
 14.- Carta de M. Balcarce a ]. B. Alberdi, del 15/7 /1853, en ]PO, t. 8, p. 123.
 15.- Diario El Nacional, 911211856, citado por Antonio González Calderón en El General Urquiza y la organización nacional, Buenos Aires, Kraft, 1940, p. 371.
 16.-Shumway, Nicolás, La invención de la Argentina, Buenos Aires, Emecé, 1993, p. 208.
 17.- Shumway, N., ob. cit., loco cit.
  19.- Mitre, Bartolomé, Arengas, ob. cit., p. 199. 19 Ibid pp. 200-201.
20.- Ibid., p. 803.
21.- Shumway, N., ob, cit., p. 211.
22.- Mitre, B., citado por Shumway, N., ob. cit., p. 212.
23.- Shumway, N., ob. cit., p. 214.
24.- Sarmiento, DF, pról. Historia de Be/grano y la independencia argentina, B. Mitre, ob.cit. p. 9.
 25.- Mitre, B., Historia de Be/grano…, ob. cit., p. 538.
 26.- Shumway, N., ob. cit., p. 215.
 27.- Carta de B. Mitre a Vicente F. López, reproducida en el Manual de Historia Argentina, Bs Aires, L. J. Rosso (Colección La Cultura Popular). p. 243, nota al pie.
28.- JPO, t. 8, p. 257.
29.- Loc. cit.
30.- Mitre, B., Arengas, ob. cir., p. 224 (7/3/1861). Jl/bid., p. 243 (14/7/1862).
32.- Carta de B. Mitre a M. Balcarce. del 14/1/1869. citada por } PO. t. 8. p. 258.
 33.- JPO t. 8, p. 270.
34.- Mitre, B., Historia de San Martín y la emancipación americana, ob. cit., p. 39.
 35.- Steffens Soler, Carlos, San Martín en conflicto con los liberales, ob. cit., p. 232.
36 Loc. cit. J7 JPO, t. 8, pp. 267-268.
 38.- El Día, 5/3/1897, cita Nicolás Ortiz de Rozas, El sable de San Martín, Buenos Aires, Grial, p. 5!.
39.- La Tríbuna, 5/3/1897, citada p/N. Ortiz de Rozas, en El sable de San Martín, ob. cit., p. 54.
40.- PO ,t.s, pp. 166-169.
42.- JPO, t. 8, pp. 171-172. 42 JPO, loco cit.
 43.- JPO, t. 8, pp. 173-180.
44.- Carta de D. F. Sarmiento a A. Aberastain, del 4/9/1846, en Viajes, ob. cit., p. 126.
44.- Carta de D. F. Sarmiento a A. Aberastain, del 4/9/1846, en Viajes, ob. cit., p. 126.
45.- Sejean, Juan B., Prohibido discutir a San Martín, Buenos Aires, Biblos, 2000, p. 78.
 46.- Declaración del Instituto Nacional Sanmartiniano, cita Sejean, J. B.en Prohibido ob.cit.pp. 29/30.
47.- Sejean, J. B., Prohibido…, ob. cit., p. 31.
 48.- bid., p. 98.
49.- Ibid. (Sejean cita a Oswald Spengler, La decadencia de Occidente, Madrid, Espasa Calpe, 1964, pp. 537-539.).

N&P: El Correo-e del autor es Norberto Galasso info@discepolo.org.ar